SANTA ROSA DE LIMA

Fray Mario José Petit de Murat, O.P.

sta rosa

La faz de Santa Rosa se extiende como un cielo de reproches, ardiente, sobre el frívolo catolicismo de los americanos.

Con esa varonil niña de Santa María, la Divina Providencia reprodujo —por supuesto, en pequeño— la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, con el fin de que este continente pudiera resucitar y entrar en el Reino.

Es la Proposición de Dios ante la libertad de los pueblos que pronto iban a declarar su mayoría de edad.

Por otra parte, una Europa, más aún, una Francia, traidora de sí mismas, los solicitarían con burdas mistificaciones del verdadero camino de la libertad.

La vida espontánea, nos pone a merced de una porción de cotidianas y pequeñas infamias que nos van devorando. La libertad no se encuentra más que en el colmo de la paradoja: la Cruz. Es expansión infinita esa vertical que todo lo ve; esos brazos abiertos que todo lo comprenden en la Vida y en el Bien.

No se ha extendido hasta ahora la palabra delicada y magnífica. No se ve el rostro de la niña iluminada que nos mira y sufre. Las almas están muy aletargadas por el exceso de vacas, trigo, caña de azúcar y vino. Un predominio del vientre y un clima afrodisíaco, letal, no permiten al americano entender que tiene que crecer mucho si quiere coincidir con la verdad del hombre y llegar a una verdadera civilización. Sólo en caminos heroicos, el hombre se alcanza a sí mismo. Las verdaderas dimensiones humanas son montañas aún vírgenes, por encima de nosotros.

Rosa de Santa María, tórtola y Varona, puerta, para nosotros, del Reino de los Cielos, se destaca fulgurante, sola, en medio de un tendal de seres humanos prematuramente agotados por la lujuria, la bebida y la indolencia. ¿Cómo nosotros, ahogados por un mar de comodidades y comidas, pretendemos sonreír a la heroica? ¿Cómo nos atrevemos a llamarnos hermanos de la casta?

Ella no sonríe, pensando que ya hemos dilapidado, casi, los bienes que nos obtuvo, y pronto, si no reaccionamos, seremos visitados, en las tinieblas, por baño de sangre y de fuego.

“Pueblo mío, el que te dice bienaventurado, ése es el que te engaña” (Isaías). Síntoma de debilidad y cobardía es que un pueblo se tilde de grande, antes de serlo. Es de temer que esa conformidad con su estado actual lo lleve a no serlo nunca. Nos envuelve una apariencia de civilización, sensible, y dormimos tranquilos.

La agitación de Buenos Aires monstruosa y vacía, nos encandila. Se admira la mucha actividad, sin notar que toda ella está ordenada a fines insignificantes. Es estúpido pensar que se es culto porque se dispone de ciento cincuenta diversidades de jabones de afeitar y rouges, de otras tantas marcas de autos y de zapatos.

Las vidas tremendas de los hombres se consumen en perseguir dos o tres bagatelas; sobre todo en la fermentación del aplastado sensualismo. Y se colocan penachos de triunfadores cuando han logrado disgregarse y disgregar su reino y sus mujeres, en esas zonas de la estupidez y el saqueo.

Rosa, canto de Dios, rutila altísima; sus ráfagas nos rozan, cargadas de penetrantes perfumes: mas no encuentran inteligencia y respuesta.

Nuestro Cielo pesa sobre nosotros opaco y muerto, despoblado de estrellas. Solamente la Cruz del Sur, intensa e inmaculada de Rosa; otro lucero, San Martín de Porres; y —quizás— Fray Mamerto y María Antonia, nada más, brillan en él, con un contraste verdaderamente dramático.

Las construcciones humanas memorables brotan de las almas y los cuerpos tallados por la mortificación; enriquecidos por las disciplinas arduas del espíritu. Europa edificó la más alta civilización gracias a que durante mil años fue un continente de ascetas.

No sólo el cielo nos acusa; también lo hace la tierra que nos ha sido confiada. No hemos interpretado frases grandiosas, las cuales permanecen estériles a nuestro lado, porque aún no se ha desposado con ellas un verbo humano proporcional. La Historia muestra que la íntima compenetración del espíritu del hombre con la tierra que habita, constituye la raíz de las grandes culturas.

Cuanto más profunda sea aquélla tanto más verdadera, es decir, arraigada a lo eterno, será la civilización resultante.

El carácter español, la Iglesia de una aldea de Castilla, se levantan en medio del paisaje, como una versión humana y divina del mismo; son la corona final que hace vibrar todo el conjunto en un ciclo perfecto de ser y de vida.

La Argentina será grande el día que la austera Rioja sea convertida en una Tebaida.

Cuando surja una continuidad de la Filosofía, una música, una arquitectura, en semejanza con la grandiosa contraposición de masas de la Pampa y de los Andes.

Un monasterio de auténticos trapenses o cartujos sería lo único que podría explicar cabalmente a esa cadena de montañas.

La floreada del Aconquija, donde cada árbol es un cuadro, claman por una inteligencia y un pincel equivalente a los de Van Gogh.

Tafí del Valle, delicada Virgen, languidece en su abandono, desesperando no se traduzca nunca en música o colores la extraordinaria inmaterialidad de sus paisajes.

Si no se resuelve el americano a una más grave y profunda posesión de la tierra y el Cielo, muy poco pesará su existir en la cultura y en la gloria del Reino.