PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SANTA ROSA DE LIMA

sermones-ceriani

SANTA ROSA DE LIMA

En aquel tiempo Jesús les propuso esta otra parábola: El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo. Es el más pequeño de todos los granos, pero cuando ha crecido es más grande que las legumbres, y viene a ser un árbol, de modo que los pájaros del cielo llegan a anidar en sus ramas. Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó. Todo esto, lo decía Jesús a las multitudes en parábolas, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo que había sido dicho por medio del profeta: Abriré mis labios en parábolas; narrare cosas escondidas desde la fundación del mundo.

Celebramos hoy la fiesta de Santa Rosa de Lima, Patrona Principal de toda América, particularmente de Hispanoamérica.

El Santo Breviario la denomina “La primera flor de santidad en América meridional”.

Nuestra Santa Patrona nació en Lima, capital del Perú, el 20 de abril de 1586; y recibió en el bautismo el nombre de Isabel.

Ya en su misma cuna dio relevantes pruebas de su futura santidad, puesto que cierto día, en que la niña descansaba en su cuna, su madre la contemplaba en compañía de familiares y amigos, cuando vio entreabrirse en su rostro los rojos y frescos pétalos de una rosa magnífica. Extraordinariamente sorprendida, tomó gozosa en brazos a su hijita y acariciándola y colmándola de besos le dijo:” Tú serás mi Rosa”.

Cuando San Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima y apóstol del Perú, le administró el Sacramento de la Confirmación, la llamo también Rosa, aunque desconocía aquella milagrosa circunstancia con que el cielo se adelantara a distinguirla.

Llegada la adolescencia, oía la niña ponderar su hermosura, e ignorante del prodigio referido, creía que por ser bella la llamaban Rosa. Temió por su casta humildad y, postrada a los pies de la Virgen, le contó con infantil sencillez la causa de su pena. Se le apareció entonces la Santísima Virgen con el Niño Jesús en los brazos y le dijo: “Gusta a mi divino Hijo que te llamen Rosa, pero desea que a tan precioso nombre añadas el mío; por tanto, de hoy en adelante habrás de llamarte Rosa de Santa María”.

Desde muy pequeña, tres años apenas, sufrió pacientemente accidentes y enfermedades muy dolorosos. Tanta constancia en el padecer fue recompensada con muy grandes favores espirituales.

Su anhelo por seguir con absoluta fidelidad las inspiraciones de la gracia fue para la santa niña causa de una serie de ingentes sufrimientos; porque hallándose igualmente dispuesta a obedecer a sus padres y a seguir las inspiraciones de la gracia, que ellos ni sospechaban siquiera, surgían para la valerosa niña constantes tribulaciones.

Al crecer, su madre no podía resolverse a que renunciara al matrimonio, y la piadosa joven tuvo que sostener largas y penosas luchas con los suyos por conservar la virginidad consagrada a los cinco años. Temiendo que sus padres la obligaran a contraer matrimonio, se cortó secretamente su soberbia cabellera. Como recompensa de esa fidelidad, Dios le dio a conocer que, sin abandonar la casa paterna, podía consagrarse a Él y observar todas las virtudes monásticas.

Por eso, como la Santa Catalina de Siena, vistió el hábito de la Orden Tercera de Santo Domingo el 10 de agosto de 1610; y a partir de aquel memorable día, se entregó a una vida contemplativa y penitente.

La soledad era un verdadero regalo para la piadosa virgen de Lima, y como en casa de sus padres no hallaba lugar alguno bastante oculto para vivir lejos del mundo y totalmente olvidada de él, se hizo construir una pequeña ermita en un rincón del jardín, adonde llevó su pobre lecho, una silla y algunas imágenes piadosas, allí distribuyó ordenadamente su tiempo entre la oración y el trabajo manual.

Allí, entregada, a la contemplación de las cosas celestiales, extenuaba su débil cuerpo con frecuentes y duras disciplinas, privaciones y vigilias.

Cada noche se ofrecía a Dios como víctima propiciatoria por la Iglesia, por el Estado, por las Almas del Purgatorio, por la conversión de los pecadores y por los intereses de la fe católica.

Íntimamente compenetrada con la pasión de su amante Salvador, se ingeniaba sobremanera para inventar penitencias que la acercasen más y más a su divino Modelo.

Entregada a ayunos que parecen superiores a las fuerzas de la humana naturaleza, pasaba cuaresmas enteras sin probar el pan, contentándose con comer durante el día cinco pepinos de limón.

Sin embargo, sus austeridades extraordinarias las sometía a la obediencia y estaba siempre dispuesta a dejarlo todo si se lo mandasen. No ha de sorprender que sus superiores le permitiesen usar tan crueles penitencias a una jovencita de tan débil constitución, pues siempre que quisieron oponerse a ello sus confesores, se vieron impedidos por una luz divina.

Cruelmente probada por los sufrimientos que le ocasionaron varias enfermedades, por los insultos de sus familiares y por la calumnia, se afligía de no sufrir tanto como merecía.

Consumida casi constantemente, durante quince años, por la desolación y aridez espiritual, soportó con ánimo esforzado estos combates, más dolorosos que cualquier género de muerte.

Comenzó después a gustar la abundancia de las delicias celestiales, a ser iluminada con visiones. Favorecida con frecuentes apariciones de su Ángel Custodio, de Santa Catalina de Siena y de la Madre de Dios, procedía ante ellos con admirable sencillez, y mereció oír de los labios de Jesucristo estas palabras: Rosa de mi corazón, sé para mí una esposa.

Los tormentos de la agonía final de Rosa repitieron la Pasión del Calvario, y entregó su alma a Dios en la madrugada del 24 de agosto de 1617. Al morir, su faz parecía “un vivo retrato de Nuestro Señor en la Cruz”.

Fue, por último, introducida felizmente en el Paraíso de este Esposo divino.

Su entierro fue apoteósico. Multitudes de gentes llenaron plazas, calles y azoteas. Concurrieron el Arzobispo y los representantes del Cabildo de la Iglesia Metropolitana, los Magistrados y Oidores de la Audiencia de Lima, que sólo hacían acto de presencia a la muerte de un virrey.

Tenía su cuerpo yaciente una singular belleza; Rosa no parecía muerta sino dormida. Inmediatamente se repartieron por todo el Perú los fragmentos de sus hábitos, las hojas de palma de su túmulo, las partículas de su escapulario y velo, el polvo y astillas de su ermita, empezando a curar enfermedades y a obrar numerosos milagros.

Llegó a ser célebre después de su muerte, como lo había sido antes, por numerosos milagros, en vista de los cuales, el Sumo Pontífice Clemente X la inscribió solemnemente en la lista de las Santas Vírgenes.

En su Bula de Canonización, de 1671, el Papa puntualizaba cómo esta santa era “una Rosa de muy suave olor a Dios a los ángeles y a los hombres…; y la primera que el Nuevo Mundo ha de poner en el catálogo de los santos…; y de tal manera le inflamó con el fuego de su caridad, que no sólo recreó con su olor, sino que brilló con luz esplendente en aquella parte de la Casa de Dios que estaba en las tinieblas, para que resplandeciese como el lucero de la mañana entre las tinieblas, como la luna en su plenitud en nuestros días y como el sol refulgente en perpetuas eternidades”.

+++

Lo primero que llama la atención es la espontánea popularidad de esta Santa, cuya vida, casi eremítica y de escalofriantes maceraciones, desconcierta y retrae a quienes leen sus biografías.

Porque, como acabamos de considerar, Rosa, desde su más tierna edad, mortificó su cuerpo con ayunos extenuantes, abstinencias y cilicios, despiadados azotes, coronas de hirientes púas, lecho erizado de aguzadas ramas y tejas.

El mismo tesón e industria que ponemos el común de los mortales en huir el cuerpo al dolor y hacer más llevadera la fatiga y cómodo el bien vivir, lo empleó esta singular doncella en atormentarse, hasta desbaratar de firme en sí misma aun los más sutiles requerimientos de la naturaleza, todo con la mirada fija en Jesús Crucificado, de Quien vivía perdidamente enamorada y resuelta a imitar en su sacrificio.

A pesar de haber cultivado una santidad tan a trasmano de la mentalidad temporal, su nombre sobrepasó las fronteras del Perú hasta invadir la toponimia americana. No hay país americano que no la celebre bautizando más de un pueblo o comarca con su nombre y erigiendo iglesias, monasterios o escuelas dedicados a ella.

La Liturgia la denomina, como dijimos, Primera rosa de santidad del continente americano; y la Iglesia nos la propone como modelo a imitar e intercesora a quien invocar.

¿Qué podemos hoy aprovechar para nuestra alma de esta vida ejemplar, algo que nos edifique y estimule?

Fray Mario Petit de Murat tiene un ensayo muy fuerte sobre nuestra Santa Patrona. De allí voy a citar algunos textos que ahondarán la cuestión que acabo de plantear.

Comienza el Padre con una severa censura, pues dice:

“La faz de Santa Rosa se extiende como un cielo de reproches, ardiente, sobre el frívolo catolicismo de los americanos. Con esa varonil niña de Santa María, la Divina Providencia reprodujo —por supuesto, en pequeño— la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, con el fin de que este continente pudiera resucitar y entrar en el Reino. Es la Proposición de Dios ante la libertad de los pueblos que pronto iban a declarar su mayoría de edad”.

Más la reconvención va más lejos y llega hasta los reinos que constituyeron la Cristiandad, de cuyas infidelidades padecemos aún hoy en día:

“Por otra parte, una Europa, más aún, una Francia, traidoras de sí mismas, los solicitarían con burdas mistificaciones del verdadero camino de la libertad. La vida espontánea, nos pone a merced de una porción de cotidianas y pequeñas infamias que nos van devorando. La libertad no se encuentra más que en el colmo de la paradoja: la Cruz”.

Y la letanía va en aumento:

“Un predominio del vientre y un clima afrodisíaco, letal, no permiten al americano entender que tiene que crecer mucho, si quiere coincidir con la verdad del hombre y llegar a una verdadera civilización. Sólo en caminos heroicos, el hombre se alcanza a sí mismo. Rosa de Santa María, tórtola y Varona, puerta, para nosotros, del Reino de los Cielos, se destaca fulgurante, sola, en medio de un tendal de seres humanos prematuramente agotados por la lujuria, la bebida y la indolencia”.

Y pregunta angustiado:

“¿Cómo nosotros, ahogados por un mar de comodidades y comidas, pretendemos sonreír a la heroica? ¿Cómo nos atrevemos a llamarnos hermanos de la casta?”

La respuesta, dada hace más de cincuenta años, tiene acentos de profecía:

“Ella no sonríe, pensando que ya hemos dilapidado, casi, los bienes que nos obtuvo, y pronto, si no reaccionamos, seremos visitados, en las tinieblas, por baño de sangre y de fuego. «Pueblo mío, el que te dice bienaventurado, ése es el que te engaña» (Isaías). Síntoma de debilidad y cobardía es que un pueblo se tilde de grande, antes de serlo. Es de temer que esa conformidad con su estado actual lo lleve a no serlo nunca. Nos envuelve una apariencia de civilización, sensible, y dormimos tranquilos. La agitación de Buenos Aires monstruosa y vacía, nos encandila. Se admira la mucha actividad, sin notar que toda ella está ordenada a fines insignificantes. Las vidas tremendas de los hombres se consumen en perseguir dos o tres bagatelas; sobre todo en la fermentación del aplastado sensualismo. Y se colocan penachos de triunfadores cuando han logrado disgregarse y disgregar su reino y sus mujeres, en esas zonas de la estupidez y el saqueo”.

El Padre presenta al Cielo y la tierra como testigos acusadores:

“Rosa, canto de Dios, rutila altísima; sus ráfagas nos rozan, cargadas de penetrantes perfumes: mas no encuentran inteligencia y respuesta. Nuestro Cielo pesa sobre nosotros opaco y muerto, despoblado de estrellas. Solamente la Cruz del Sur, intensa e inmaculada de Rosa; otro lucero, San Martín de Porres; y —quizás— Fray Mamerto y María Antonia, nada más, brillan en él, con un contraste verdaderamente dramático.

No sólo el Cielo nos acusa; también lo hace la tierra que nos ha sido confiada. No hemos interpretado frases grandiosas, las cuales permanecen estériles a nuestro lado, porque aún no se ha desposado con ellas un verbo humano proporcional. La Historia muestra que la íntima compenetración del espíritu del hombre con la tierra que habita, constituye la raíz de las grandes culturas. Cuanto más profunda sea aquélla tanto más verdadera, es decir, arraigada a lo eterno, será la civilización resultante”.

Y culmina con una lacerante aserción, una vez más profética:

“Si no se resuelve el americano a una más grave y profunda posesión de la tierra y del Cielo, muy poco pesará su existir en la cultura y en la gloria del Reino”.

+++

Llegados aquí, repito la pregunta: ¿Qué podemos hoy aprovechar para nuestra alma de esta vida ejemplar, algo que nos edifique y estimule?

Reflexionemos sobre el Evangelio que la Liturgia escogió para su fiesta: “Semejante es el Reino de los Cielos a un grano de mostaza…”.

El Reino de los Cielos, la doctrina de Cristo, la Iglesia Católica es como el grano de mostaza: muy pequeña en su comienzo, tan insignificante que apenas fue tenida en cuenta; y sin embargo llegó a convertirse en la más grande, gloriosa e importante de las instituciones… Todas las actividades del hombre y todas las instituciones humanas, cual pájaros del cielo, recurrieron a sus ramas para anidar en ellas, para encontrar en esa doctrina y en esa institución un lugar de refugio y de progreso.

Gracias a la Iglesia Católica y a su doctrina, todo cambió en el mundo: la teología, el dogma, la moral, las costumbres, la filosofía, la ciencia, las artes (la literatura, la música, la pintura, la escultura, la arquitectura), la educación, el derecho, la política, la economía… todo… toda la vida del hombre quedó transformada…

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados”, dice León XIII. Hubo un tiempo en que la doctrina católica iluminaba toda la vida del hombre y dirigía todas sus empresas. Así se fundó, se construyó, se desarrolló, se conservó y llegó a su apogeo la Ciudad Católica, la Civilización Cristiana.

Esa misma fuerza misteriosa del Evangelio llegó también aquí a nuestras tierras y produjo los mismos frutos de santidad; siendo Santa Rosa el primero de ellos.

Su simiente tendría que haber producido frutos aún más escogidos. La lista de santos americanos debería ser interminable… Y, sin embargo… ¿Qué pasó?

Contra aquella Sociedad Católica se había levantado la Revolución Anticristiana, el proceso revolucionario…

Aquí llegó lo último que quedaba de la Cristiandad, personificado en la España de Fernando e Isabel…

Pero ese proceso revolucionario también llegó…; más tarde, pero llegó y se propagó: Humanismo – Renacimiento – Protestantismo – Masonería – Filosofismo – Revolución Francesa – Siglo Estúpido – Revolución Comunista – … Concilio Vaticano II… y lo que va de la Gran Apostasía, que ya llega a su término… y lo que preanuncia…

+++

¿Qué hacer, entonces?

Ante el proceso revolucionario anticristiano que se iniciara hace siete siglos y que hoy parece arrasar y aniquilar todo, sólo se opone aquella fértil semilla, que hoy apenas es perceptible, sí, pero que perdurará hasta el fin de los tiempos.

Semilla que se conserva en los que son verdaderamente cristianos, genuinos católicos, auténticos hijos de la Iglesia y discípulos de Nuestro Señor Jesucristo. Estos se asemejan a aquellos que forjaron la Civilización Cristiana.

Hemos visto cómo se construyó la Sociedad Católica. Del mismo modo debe ser conservada y transmitida en la medida de nuestras posibilidades.

¿Cómo lograr esto? De la misma forma en que se instauró; con los mismos ideales, con los mismos principios, con el mismo programa, con idéntico estilo de vida.

Así como la semilla del Evangelio transformó el mundo pagano, y fundó las universidades, y edificó las catedrales, organizó las cruzadas, emprendió la obra grandiosa de la evangelización de América… del mismo modo, también hoy, aquella semilla puede influir sobre la vida toda entera, sobre la manera de vivir, sin olvidar la muerte y la forma de morir…

Pero, para esto hacen falta idénticos cristianos…, católicos como los primeros mártires…, cristianos con los mismos principios de los hombres y mujeres de la Edad Media…, católicos con espíritu de cruzado…, hijos de la Iglesia como Santa Rosa de Lima, como los vendeanos de Francia, los carlistas y requetés de España y los cristeros de Méjico…, católicos enamorados de la Iglesia, de Cristo y de la Civilización Cristiana…

El espíritu del Evangelio, la vida de Cristo conocida y vivida, el ideal cristiano hecho carne, sigue siendo aún hoy en día una semilla capaz de germinar católicos íntegros.

Sólo se trata de sembrar esa semilla en buena tierra y regarla con la oración, la mortificación y los Sacramentos.

Sembrarla en tierra espaciosa, en almas grandes, magnánimas, no en macetas, no en la mezquindad y la pusilanimidad.

Pero debemos ser conscientes que es imprescindible que la espiritualidad de los que luchan por el recto orden social sea sostenida por sacerdotes fieles a la Tradición, y exclusivamente por éstos. En efecto, toda la Cristiandad se edificó alrededor del Depósito de la Fe y de la Santa Misa. Es impensable que los sacerdotes que compaginan errores conciliares con verdades católicas, aunque recen la Misa de siempre, puedan alimentar rectamente las almas de los que han decidido resistir en la inhóspita trinchera con alma de pie de gallo.

Los que para poder sobrevivir necesitan esconder ciertas verdades, ciertos hechos, colocan una espesa nube de deformaciones sobre la evidencia de un cambio, de una ruptura, respecto de doctrinas y ritos que no se pueden abandonar sin vulnerar la Fe Católica.

Este arreglar las cosas, este acomodar los discursos, produce un catolicismo mediocre, que no permite que prenda el fuego sagrado del amor por la Verdad íntegra; engendra un catolicismo mortecino, que impide que la semilla de mostaza germine; gestando en cambio un catolicismo amerengado…

Para terminar, una pregunta… ¿queremos sembrar esa semilla?…

Si estamos dispuestos a ello, entonces habrá almas y hogares, aislados ciertamente, pero en los cuales el legado de Santa Rosa dará su fruto.

Si no estamos dispuestos a esa siembra, con todo lo que ello exige, pues entonces, poco a poco, lo que aún queda de catolicismo en estas tierras irá desapareciendo y hará su irrupción el hijo de perdición

Mientras maduramos la respuesta, recordemos que el don más grande que Dios da a un alma, a una familia, a un pueblo es el don de la FE. Por encima de todas las discusiones, es necesario dar gracias a Dios por este inestimable Don y conservarlo con delicada fidelidad.

De ello es figura señera la Santa que hoy honramos y veneramos. Así como ella fue luminaria en los albores de la evangelización de nuestro continente, también puede serlo igualmente en el ocaso que vivimos y en el cual, a pesar de todo y de todos, estamos llamados a dar testimonio de la Verdad.

Que el maravilloso ejemplo de Santa Rosa, Patrona de América, nos ilumine y nos guíe en esta tarea; y que María Santísima, vencedora de todas las batallas de la Cristiandad, nos conceda la gracia de la fidelidad…