JOSÉ VICTORIO MARTIN: TERTULIAS BÍBLICAS

Conservando los restos

UN CUENTO LEFEBVRISTA APOCALÍPTICO

La manifestación había terminado en disturbios. Algunos violentos comenzaron a arrojar piedras contra las vidrieras de los negocios y los automóviles estacionados, y la policía respondió con gases lacrimógenos y vehículos hidrantes. Una columna de guardia de infantería avanzaba por la avenida enfrentando a la turba enardecida, que lanzaba cualquier objeto que encontraba.

Un leve desánimo e impotencia me ganó. A lo que siguió cierto temor cauto, que me movió a la prudente decisión de desconcentrarme y escabullirme por una calle secundaria. El miedo fue trocándose en alivio, mientras respiraba el fresco aire nocturno, caminando a paso ligero, pero sereno.

Llegué a una plaza y decidí atravesarla por su diagonal, y a pocos pasos de internarme encontré un grupo de personas alrededor de un banco, bajo una glorieta. Inmediatamente los reconocí como militantes de los nuestros, por algunas insignias y pañuelos distintivos.

Me extrañó que se hubiesen reunido tan rápido. Pero pronto me enteré que nunca habían llegado a la protesta.

Estaban rodeando a un sujeto curiosamente ataviado. Resultó ser un religioso sacado de una película de Tarkovsky: hábito negro, que apenas le cubría las peludas pantorrillas, con un grueso cinturón de cuero, barba, anteojos, y gastados zapatos negros, aunque de buena calidad (seguramente regalados o encontrados), sin medias, dejando desnudos sus tobillos y flacos garrones. El personaje era esbelto, pero en nada delicado, sino un tanto rústico y enérgico en sus gestos; hombros filosos, que movía vascularmente, encajando, de tanto en tanto, los dedos pulgares en el cinturón.

Me invadió una fuerte curiosidad, pero no tenía el coraje de detenerme o meterme en la improvisada asamblea, así que pasé lo más lentamente posible.

Para mi sorpresa, escuché que alguien me llamaba por mi nombre. Era el amigo de un amigo, que me reconoció. Excelente ocasión que no desaproveché. Me acerqué y lo saludé calurosamente. Y le hice un gesto de intriga. Captó mi inquietud y me dijo:

Vení, escuchá.

Al acercarme, reconocí a uno que otro muchacho de los grupos que yo frecuentaba y nos saludamos. Entre ellos cambiaban impresiones sobre el curso que habían seguido los acontecimientos, y las medidas a tomar, ante la sonrisa entusiasta del fraile, que escuchaba con interés, mas sin intenciones de intervenir, aunque algunos se volvían hacia él, como pidiendo su parecer, pero solo encontrándose con su mirada chispeante y serena.

De repente se escucharon algunas explosiones, seguidas por gritos e insultos, que interrumpieron la conversación e inquietaron a los participantes, que decidieron dispersarse.

Uno de los muchachos me invitó a una juntada, que se estaba improvisando justo en ese momento, para seguir charlando. Mientras otro se dirigía al presbítero:

Vamos, Padre Silas, nos esperan en lo de Ibarra…

Comenzaba a oscurecer en una fría tarde de junio. No dudé en aceptar, y reparé en el clérigo, que empezaba a caminar con largas zancadas y, tal vez al escuchar su nombre, sugestionado, me pareció ver a Sileno con sotana.

Se me cruzó la estúpida idea que, si Nietzsche lo hubiese visto, se le habría derrumbado su biblioteca sobre Sócrates, los sofistas, el cristianismo, Zaratustra y el Superhombre, ya que reunía en su persona rasgos muy contradictorios como los que hay, para resumir, entre la santidad y lo salvaje, entre una severa austeridad y una exuberancia dionisiaca.

Anduvimos varias cuadras, alejándonos de los ruidos y luces de sirenas de patrulleros. De repente nos frenamos ante un edificio. Uno del grupo pulsó el botón del portero, y al rato bajó una chica de unos catorce años a abrirnos. Subimos y nos encontramos con tres matrimonios, varios niños y otras personas.

El dueño de casa resultó ser un abogado y profesor conocido de ciencias políticas, y una de las señoras era médica, también algo famosa en ciertos círculos, por su posición crítica del establishment de la salud.

Nos saludaron acogedoramente, de modo que rápido me sentí en confianza. Nos acomodamos en una sala bastante espaciosa, para ser un departamento, en sillones, sillas banquetas, y algunos en el suelo, más o menos en círculo, con algunas mesitas repartidas, a las que los niños trajeron, muy servicialmente, platos con empanadas, vasos, botellas de vino y gaseosas.

El padre de familia pidió al sacerdote que bendijera la mesa e invitó a comer; y mientras le servía al cura una empanada y un vaso de vino le dijo:

Padre Silas, la situación se está poniendo complicada. Esta ley de educación es totalitaria y comunista, y prácticamente se quita la patria potestad a los padres de familia, para adoctrinar a los niños en las ideologías más antinaturales, además de la aprobación del aborto y demás leyes, que destruyen hasta los últimos vestigios que quedaban de la civilización cristiana.

El fraile lo miraba atento y sonriente, pero no tenía ninguna intención de contestar, ya que estaba muy ocupado, disfrutando su empanada y su vaso de vino. Pero no se hizo esperar la intervención de una de las señoras, que tomó la palabra. A la cual siguieron otros dando su opinión. De modo que el Padre Silas seguía atento la charla, pero sin dejar de masticar y saborear, con apetito contagioso, y alegre como un niño más, entre los presentes.

La conversación fue derivando desde propuestas de distintas acciones ante la justicia, la organización de nuevas movilizaciones y conferencias para convocar un frente organizado de militancia, para dar batalla política, y esclarecer a la mayor cantidad posible de gente; hasta discusiones más teóricas, sobre las posibilidades de acción política a la luz de situaciones históricas semejantes.

Finalmente, el cura apuró un traguito de vino y se limpió la barba con una servilleta. Y un muchacho insistió:

Padre Silas, Usted, ¿qué opina? ¿Cómo podemos defender los derechos de la Iglesia, colaborar al reinado de Cristo Rey?

El Padre lo miró con mirada placentera, como en quien se cumplía el dicho “panza llena corazón contento”, y dirigiéndose al grupo dijo:

El Señor pelea a favor de los enemigos de su pueblo. No se puede defender lo que Dios ha sentenciado a muerte, no se puede salvar lo que ya ha perdido su función y se ha vuelto inservible. Me parece que estamos atravesando esos raros pero decisivos momentos de la humanidad, en los que el plan de la Providencia está en su fase destructiva, correlativa, en la vida mística, a la vía purgativa o purificativa.

Las palabras del fraile cayeron como balde de agua fría. Y una de las mujeres le interpeló:

¿Está diciendo, Padre, que no podemos hacer nada, que no debemos dar batalla para ganar espacio político y comenzar la reconquista, como Pelayo en España, en el siglo séptimo, contra la invasión del Islam, aunque demoremos siete siglos para lograrlo, como le llevó al reino español para echar a los moros?

Claro que debemos dar batalla, y hay mucho por hacer –le respondió con mirada bondadosa y firme el cura–, pero tenemos que preguntarle a Dios, ¿qué quiere que hagamos?

Pero, Padre –intervino uno–, lo que siempre ha hecho la Iglesia y los políticos cristianos. Hay muchos ejemplos, en los cristeros en Méjico, García Moreno en Ecuador, Oliveira Salazar en Portugal, los carlistas y falangistas en España y hasta el fascismo en Italia, si me apura, con el glorioso Concordato, y muchos otros movimientos que, por anónimos, no fueron menos importantes.

Hay un hecho que nos pone en una situación totalmente distinta, un hecho que marca un cambio de era, un cambio de frente con respecto a sus ilustres ejemplos, ¡Gerardo!, a los que yo denominaría como “el canto del cisne”, los frutos tardíos de la cristiandad agonizante –le espetó con decisión el fraile, en quien noté, un sutil transporte hacia las grandes circunstancias de la historia, como un actor que se compenetra con su personaje.

Y me volvieron a asaltar a la imaginación los demoníacos bigotes de Nietzsche, exaltando el arcaico papel de la música y el coro en la tragedia griega, evocadores e intérpretes del sueño báquico, como objetivación y desdoblamiento artístico, del Uno primordial.

El concilio Vaticano II, Padre –acotó uno, con la complicidad de un mocosuelo que arroja una piedra a un panal.

¡Exacto! –siguió el reverendo, como conteniendo un grito de guerra. Ese concilio es el primero en el que triunfa oficialmente la heterodoxia en Roma. Un hecho inaudito, que marcó la muerte de la Iglesia docente y militante si me apuran.

Una de las mujeres no pudo contener un histérico gemido de horror.

Ya que, a excepción de dos obispos (Lefebvre y de Castro Mayer) –continuó impertérrito el abate–, ningún otro príncipe de la Iglesia, en ninguna parte del mundo, y ya han pasado más de cincuenta años, cumpliendo su deber sagrado de defensor y custodio del depósito de la fe, se le opuso pública e íntegramente, como miembro del magisterio ordinario universal, rechazando y denunciando públicamente ese falso concilio ecuménico modernista, como solo lo hicieron paladinamente estos dos pastores. A mi entender, es al colegio de los obispos como doctores que se refiere el sentido literal del texto de San Mateo: “Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo…” Y ya van más de cincuenta años que esa luz se ha apagado, ininterrumpida y universalmente, en el Vaticano, el faro de la Verdad que representaba el magisterio romano. Ante un signo tan evidente y después de tanto tiempo transcurrido, debemos hacer un balance de los sucesos y concluir, sin lugar a dudas, que la Iglesia de Cristo ya no está más en Roma, y que la iglesia oficial, con sede en el Vaticano, está tomada por anticristos que trabajan en contra de Nuestro Señor y a favor del poder internacional financiero y el nuevo orden mundial masónico, frecuentemente denunciados por los Pontífices Romanos y tantos obispos y sabios sacerdotes hasta Pio XII.

Uno de los jóvenes interrumpió al Padre con aires de gravedad:

Sus conclusiones, ¡Padre!, son más radicales que la de los sedevacantistas, que, al fin y al cabo, esperan una conversión de Roma, que surja algún Papa santo que restaure la Iglesia. Su postura, al contrario, no deja ninguna esperanza. ¿Cómo puede ser? ¿Dónde quedan las promesas de indefectibilidad hechas por Jesús a Pedro?Prima sede a nemine judicatur”. Existen distintas tesis teológicas al respecto, y la cosa es disputada. Y en el peor de los casos, sería una conclusión evidente solo para teólogos expertos en la materia; pero me parece imprudente inquietar con esas controversias al pueblo fiel, que no tiene tiempo para estudiar, ya por demás ocupado con su deber de estado, y sus compromisos de ciudadano. El católico de a pie debe esforzarse en ser ejemplo de trabajador, como San José, y tratar de sobresalir en su ámbito, para santificar su profesión, y desde su puesto transformar al mundo. Para mí, ese es el sentido literal del pasaje de San Mateo por usted citado: “vosotros sois la sal de la tierra”. El cristiano es la levadura que, por contagio ejemplar, hace fermentar las masas, disponiéndolas para el Reino de Dios, cuyas llaves han sido, incondicionalmente, entregadas por el Divino Maestro a Pedro y a la jerarquía romana, fundamento del sagrado poder de jurisdicción apostólica, con que se rige indefectiblemente la Iglesia católica.

Al Padre le encantaban los debates, y que la gente participase entusiasta. Por lo que escuchaba al joven con ojos atentos, aunque recostado con displicencia en el respaldo de un cómodo sillón, con las piernas cruzadas, y moviendo suave y acompasadamente la punta del pie, que colgaba, exhibiendo descuidado sus desnudos tobillos.

Querido Pablo –le respondió afectuoso el clérigo–, la conclusión a la que llego, respecto a las consecuencias de Vaticano II, no son el fruto de una especulación teológica, sino una llana percepción de la experiencia, que me dicta mi “sensus fidei”, después de un derrotero pastoral de más de cincuenta años de praxis neocatecumenal. El instinto de la fe de cualquier cristiano instruido, con el Catecismo de su primera comunión, le acusa que la iglesia postconciliar no tiene nada que ver con la Roma eterna, como la llamaban combativamente Lefebvre y sus seguidores –e hizo una pausa, mientras sorbía un trago de vino.

Yo he sentido en mi vida el peso de la tacha de lefebvrista –se sinceró Roberto, padre de una de las familias presentes–, y, si bien no ha sido un obstáculo insuperable para desenvolverme como un hombre medio, normal, ese sambenito me ha hecho sentir como un patito feo y sapo de otro pozo, en muchos ambientes y en repetidas ocasiones, aunque también ha fungido profilácticamente, ante las posibilidades mundanas. Hoy comparto desde mi vivencia, la visión del Padre Silas: ese mote, un tanto oprobioso, se ha convertido para mí, en una insignia de guerra, un distintivo que llevo con cierto orgullo y hasta con un dejo provocativo. Antes, cuando me preguntaban a cerca de mi religión, confesaba escuetamente mi pertenencia a la Iglesia católica romana; y, si se descubría mi condición de lefebvrista, me empeñaba en demostrar con gran despliegue apologético que la facción lefebvrista estaba dentro de la Iglesia. Ahora, ante la misma pregunta, espeto con desenfado mi militancia lefebvrista, resaltando el cisma que me separa de la iglesia oficial vaticana.

Noté que varios de los presentes miraban a Roberto con gesto de desacuerdo, mientras él redoblaba la apuesta:

Y, a pesar de que el obispo Lefebvre nunca fue santo de mi devoción, tal vez por mi inquina con lo francés, el galicanismo jansenista, la devotio moderna y todo lo que huela a jesuita y cartesiano en su instituto, he llegado a la fría conclusión de que su gesta, y la de su escudero de Castro Mayer, es solo comparable, en la historia de la Iglesia, a la de María al pie de la Cruz, salvando las inmensas distancias. Pues nunca nadie, después de Nuestra Señora de la Soledad, estuvo tan solo y hasta su muerte, contra todo el aparato eclesiástico, y absolutamente contra todos sus hermanos en el episcopado de todo el mundo, incluido el Santo Padre. De hecho, murió y sigue excomulgado hasta el día de hoy, pues, si no me equivoco, Roma no le levantó la excomunión post-mortem.

Aquí el descontento derivó en murmullo desaprobatorio y algunas sonrisas burlescas. Y hasta su esposa lo tironeaba discretamente intentando callarlo. Pero Roberto estaba envalentonado, y además el cura salió en su apoyo, haciendo un llamado a la libertad de expresión, que sujetó al auditorio. Y prosiguió:

Y he llegado, como conclusión de esta experiencia de vida religiosa al siguiente silogismo:

Mayor: Lefebvre denunció: Roma ha perdido la fe.

Menor: La Iglesia no puede perder la fe.

Conclusión: La verdadera Iglesia ya no tiene su sede en Roma.

Acá se intensificó el alboroto, y se definieron tres bandos, como es usual en este tipo de discusiones, que hacían corrillos y exponían simultáneamente sus opiniones:

Algunos acusaban que Roberto había incurrido en sofisma, y que a los dichos de Lefebvre había que tomarlos en sentido lato y hasta metafórico dramático. Haciendo hincapié en que Lefebvre nunca cortó relaciones con Roma y siempre se diferenció de los grupos sedevacantistas.

Otro grupo sacó a relucir la autoridad del Padre Meinvielle y otros paladines de la ortodoxia, como García Vieyra O.P., que defendieron el Concilio Vaticano II, para rebatir a Lefebvre.

Y un tercer grupo cerró filas con el Padre Silas y Roberto, cortando por lo sano, y dispuestos a seguir lanzando la piedra de la discordia…

Mientras tanto algunos niños se habían dormido, otros jugueteaban bajo la supervisión de los chicos más grande, que charlaban entre ellos, un poco al margen de la polémica de los mayores.

Algunos se excusaron con la hora y se retiraron un tanto contrariados, aunque saludando amable y respetuosamente.

El cura también hizo ademán de retirarse y dejar descansar a la familia anfitriona, pero Javier, el dueño de casa, le instó a quedarse un rato más y redondear su tesis que había quedado a medio camino. Y para convencer a los participantes, le pidió a su señora y a alguna de las hijas mayores, que sirvieran una ronda de whisky escocés.

Este impase despabiló los ánimos y todos quedaron pendiente de las barbas del fraile que prosiguió distendido:

Siempre se ha visto el costado catastrófico del Vaticano II. Por lo menos por parte de quienes, por una especial gracia de Dios, han mensurado su gravedad y la han enfrentado sin ambages. Ciertamente ponderar el daño universal para la Fe que ha causado Vaticano II ha sido un privilegio gratuito para unos pocos, y no siempre los mejores, bajo muchos aspectos. Dios elige como quiere y a quien quiere. De hecho, grandes eminencias y referentes de la ortodoxia no se percataron del elefante en el escenario. Pues tenían otra misión que llevar cabo. Y se me viene a la mente, como ejemplo, la figura del Padre Leonardo Castellani, que fue un profeta y una víctima del triunfo del fariseísmo en la Iglesia. Pero su misión, como la de Juan el Bautista, fue precursora, y puso el dedo en la llaga, o el testimonio de su vida como el hacha en la raíz, pero finalmente disminuyó para que otro surja y tome la posta en el combate. Pero es hora de resaltar la ladera positiva del concilio Vaticano II, no positiva en sí misma (ya que bonum ex integra causa, malo ex quacumque defectu) sino per accidens. Para lo cual hay que arriesgar otra tremenda comparación, correlativa a la de Roberto, entre la gesta de Lefebvre y la de Nuestra Señora del Calvario.

Aquí apuró un traguito de whisky, que quedó saboreando con deleite. Y después de inspirar profundo sentenció:

Vaticano II es el acontecimiento de la historia de la Salvación simétrico al Deicidio.

Un silencio expectante dio cuenta del curso avanzado de la noche.

“El discípulo no es mayor que el maestro… si a mí me persiguieron también os perseguirán a vosotros…” –citó el Padre Silas el Evangelio de San Juan, compenetrándose y como transportado al Cenáculo. Era una de sus singularidades: lograr evocar vívidamente las imágenes y escenas evangélicas.

En el Calvario murió Cristo. En Vaticano II murió misteriosamente su Cuerpo Místico.

Pero, Padre –replicó Ricardo–, ¿dónde queda entonces la visibilidad de la Iglesia y las otras notas? ¡Explíquese! –lo interpeló con firmeza y, al advertirlo, intentó excusarse–; usted con sus novedosas sentencias deja muy debilitada la autoridad magisterial eclesial, por lo que debe dar razón de sus dichos, ya que se está serruchando el piso de su participación en la autoridad, que le asiste por su investidura. Siguiendo su lógica, debemos inferir que no debemos descansar confiados en la autoridad de ningún prelado, sino solo en la demostración de su ciencia y sapiencia, y todo tamizarlo con nuestras pobres luces, y que Dios nos ayude –concluyó angustiado.

El cura se quedó mirándolo condescendiente, esperando que siguiese su razonamiento con agrado. Pero al ver que su interlocutor no agregaba nada más le respondió:

Por ahí van los tiros, Ricardo; las promesas de indefectibilidad, hechas por Jesús a su Iglesia en la persona de Pedro, y las notas de la Iglesia siguen intactas, como no podría ser de otra manera; pero el sujeto ahora parece ser la Iglesia dicente, el pueblo fiel con los sacerdotes fieles, pero ya sin ningún obispo, al menos con jurisdicción, como órgano del magisterio ordinario universal. Es verdad que la Iglesia, tal como la organizó su divino fundador, para la dispensación de los gentiles, como la llama San Pablo, no puede sostenerse por mucho tiempo sin la regencia de sus pastores, los sucesores de los Apóstoles. Por eso dice San Juan: “heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas”, y en otro pasaje: “tenía misericordia del pueblo porque estaban como ovejas sin pastor”. Pero la Providencia suministra grandes remedios para grandes enfermedades. Y así como en el momento de mayor corrupción de la Sinagoga y de los jefes religiosos, se manifestó Él y se hizo cargo directamente del nuevo rebaño, que entresacó de Israel para formar la Iglesia; ahora, en el momento de la gran apostasía de los gentiles, Él envía una misión especial del Espíritu Santo, que nos da una gran virtud y un sello distintivo, del que hace un rato daba testimonio Roberto, para recordar y guardar íntegramente el depósito de la Fe y de los ritos auténticos.

Metió la mano en el bolsillo de la sotana y extrajo un ajado y maltrecho Nuevo Testamento, y acercándoselo casi hasta los anteojos, pasaba las páginas buscando algún pasaje mientras decía:

Escuchen al Evangelista San Juan en su Primera Carta, II, 18-23: El Anticristo. Hijitos, es la hora final y, según habéis oído que viene el Anticristo, así ahora muchos se han hecho anticristos, por donde conocemos que es la última hora. De entre nosotros han salido, mas no eran de los nuestros, pues si de los nuestros fueran, habrían permanecido con nosotros. Pero es para que se vea claro que no todos son de los nuestros.

Se detuvo para explicar:

El apóstol nos da la clara e indiscutible señal para reconocer el comienzo de los dolores previos a la Parusía: cuando existía el magisterio romano y la santa inquisición, estos intervenían, quirúrgicamente, apenas surgía un hereje. En Vaticano II muchos, dentro de la Iglesia, se hicieron anticristos y no hubo quién los extirpara, por lo que sabemos que comenzó la última hora.

San Juan continúa: Mas vosotros tenéis la unción del Santo y sabéis todo. No os escribo porque ignoréis la verdad, sino porque la conocéis y porque de la verdad no procede ninguna mentira. ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo que niega al Padre y al Hijo. Quienquiera niega al Hijo tampoco tiene al Padre; quien confiesa al Hijo tiene también al Padre.

Dejó de leer y prosiguió:

Es la certeza que trasmitía Monseñor Lefebvre cuando parafraseaba a San Pablo, que escribía a los corintios y a San Timoteo: “he trasmitido lo que he recibido”, “he peleado el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la Fe”. Quienes tenemos la gracia de entender esto tenemos una certeza divina de guardar la Fe de los Apóstoles. Y esta certeza se acrecienta y afirma por confrontación con la heterodoxia que emana sistemáticamente de Vaticano II, que es como una luz negra que hace brillar por contraste la luz de la Tradición católica; es el “humo que sube del pozo del abismo y que oscurece el sol y el aire” de que habla la quinta trompeta del Apocalipsis. Por eso yo mentaba el valor positivo, aunque accidental de Vaticano II, en cuanto se yergue como una señal indiscutible de la gran apostasía irreversible, y congrega al auténtico pequeño rebaño de Cristo por segregación y cisma de la Iglesia conciliar anticristo. Y si se fijan, eso de “vosotros sois la luz del mundo”, que hasta Vaticano II se decía, por antonomasia, del Magisterio ordinario universal, con Roma a la cabeza, ahora se dice propiamente, del pequeño rebaño fiel tradicionalista, tributario de Lefebvre y su fraternidad, de manera exclusiva, y por lo tanto la discriminación es total: no hay líneas medias ni matices, es radical, integral y fundamental: “el que no está conmigo está contra mí y el que no recoge desparrama”, al menos en la confesión pública de la Fe, que es sobre lo que debemos juzgar y discernir, ya que las conciencias solo son juzgadas por Dios. Aunque revienten los conservadores, solo en los círculos tradicionalistas lefebvristas, se conserva íntegro e incólume el depósito de la Fe de la lex credendi, lex orandi. Por eso no era presunción, sino cruda sinceridad, cuando Lefebvre decía que las cuatro notas de la Iglesia sobreviven en la Tradición.

Se hizo otro silencio, mientras el Padre Silas se reclinaba meditabundo sobre el respaldar. Entonces Javier, el anfitrión, tomó la palabra:

Si bien, en una lógica de la Fe incambiable, es irrefutable su razonamiento Padre; es muy difícil sostener la esperanza de supervivencia de la Iglesia en este estado, ya que, aunque con la especial asistencia del Espíritu Santo, de que usted habla, y que le da certeza infalible en lo que debe creerse al resto fiel y hace foco en él, carente del andamiaje y estructura que le dan los obispos, como sucesores de las columnas apostólicas, unidos a su cabeza el Papa, no puede sobrevivir mucho tiempo sin que termine sucumbiendo lo poco que queda; no es sustentable, como dicen ahora. Y tampoco es fácil, elucubrar un resurgir de ese aparato jerárquico romano. Aunque están las promesas de la Virgen en Fátima, con el triunfo de su Inmaculado Corazón, y la promesa del gran monarca… –Y se quedó mirando al padre, que parecía dormir.

Pero luego de un momento, el presbítero abrió paulatinamente los ojos, como un gato, mientras esbozaba una fresca sonrisa y se encaró con Javier.

Por eso Javier, si recuerdas, dije hace un rato que lo que debemos hacer es entender y escuchar dócilmente cuál sea el plan de Dios. Y entonces deconstruir, como dicen los semiólogos modernos, los prejuicios que han cristalizado en el imaginario de la vieja cristiandad. Y para eso hay que diseñar un plan de acción, o mejor dicho de contemplación, que es el acto por excelencia –acotó enigmático. Aunque el método y las herramientas no son nada novedosas, sino aquellas a las que siempre ha recurrido el cristiano, en busca de respuestas divinas; me refiero a la teología como instrumento para interpretar y buscar el sentido propio de las Sagradas Escrituras y la Tradición. Es hora de que la sagrada teología vuelva a su función primitiva y principal, la de “escudriñar las escrituras” y buscar en los divinos oráculos cuál sea la voluntad de Dios y la misión que para nosotros, hombres de nuestro tiempo, nos tiene reservada.

Pero la teología siempre ha hecho eso, Padre, no veo en qué cambia la cosa –intervino Ricardo–. La teología ha llegado a su plenitud con Santo Tomás, la escolástica y sus comentadores; y lo mismo la exégesis de las Sagradas Escrituras con los comentarios de los Santos Padres, y los exégetas modernos. Ya no queda mucho por agregar. Yo diría que ese inmenso aparato especulativo ha fijado definitivamente el arquetipo del Reino de Dios, y los cristianos de todos los tiempos debemos entregarnos a su estudio para rectificar las desviaciones a las que nos exponen los avatares del mundo, y estar siempre volviendo a ese modelo ejemplar, cuya mejor versión fue la edad media europea que, en menor medida, se realizó en América, gracias a la obra evangelizadora de España.

El Padre Silas retrucó:

Tu concepción del rol de la teología y el Reino de Dios, Ricardo, vendría a ser la oficial, la establecida después de muchos siglos de supremacía. Pero ha fracasado últimamente; y la prueba es Vaticano II y la gran apostasía que no ha dejado ninguna institución sana. Esa teología no puede dar razón de los sucesos actuales que arrancan con Vaticano II. Se queda muda y sin respuestas, ante el granmisterio de iniquidad” de “la abominación de la desolación en el lugar santo”. Su último gran aporte fue la alerta antimodernista de San Pio X, que anticipó la catástrofe.

Uno de los principios tomistas es “gratia suponit natura”, que nos indica que para una vuelta al arquetipo tiene que haber una capacidad de reacción, como los anticuerpos de un organismo para rechazar un virus, una potencialidad natural y próxima, como la del imperio romano o los pueblos bárbaros, que con sus virtudes naturales y su vitalidad sirvieron de humus a la semilla del Evangelio.

En la sociedad actual, postmoderna, ya no queda nada sano, es “la sal que ha perdido su sabor y que ya no sirve para nada”. No hay fundamento racional que justifique una esperanza de reacción o resurgimiento. Y por eso se cae en falsas esperanzas voluntaristas y en profecías privadas o mesianismos fuera de la Revelación.

San Pio X, último Papa santo, supo estar a la altura de los acontecimientos, y experimentó la necesidad de una renovación del tesoro de la tradición de la Iglesia, para dar respuesta eficaz a los embates del mundo anticristiano consolidado, e inició su restauración con los llamados movimientos litúrgico, a cargo de Dom Próspero Guéranguer y la abadía de Saint Pierre de Solesmes;  y exegético de las Escritura, a cuyo efecto fundó la Pontificia Comisión Bíblica con el objetivo de revisar y establecer la mejor versión de la misma y buscar su sentido literal.

En ese movimiento de estudios bíblicos nace una escuela de grandes eruditos que se dedicaron a estudiar y desentrañar el sentido propio o literal del texto sagrado. Este movimiento llegó vigoroso y con grandes resultados hasta Pio XII, que lo alentó y ratificó en su encíclica “Divino afflante Spiritu”.

Fruto de ese ingente trabajo, la Iglesia nos legó un vasto y actualizado material de trabajo, como el comentario de los Padres de la Compañía de Jesús y de los Frailes Dominicos de Salamanca, que se suman a obras monumentales del Renacimiento, como Juan de Maldonado, Cornelio A. Lapide y Fillion entre otros. Y en nuestro relegado rincón austral hemos tenido la gracia y el regalo del Cielo de la versión y comentario de la Biblia de Monseñor Juan Straubinger, que recoge todo ese bagaje y nos lo regurgita en leche y miel como para niños.

Y a mi entender, son dos gemas las que descubre Straubinger, como mensajes principales de parte de Dios a los hombres en las Escrituras: la doctrina de la infancia espiritual puesta en valor por Santa Teresita un siglo antes (lo que le valió de parte de San Pío X ser llamada la santa más grande de los tiempos modernos); y las promesas de una fastuosa era mesiánica, accesible con la condición de una esperanza e imaginación candorosa e infantil. Y yo estoy convencido de que estas son las dos armas para cumplir con éxito nuestra misión de militantes de esta edad oscura.

Fray Silas miró la hora y exclamó: — ¡Las dos de la mañana!

Y prosiguió: — Para sacar en limpio algo de este rico debate sobre la cuestión de cuál es nuestro deber hoy como cristianos y a qué plan de acción atenernos: lo primero es saber dónde estamos parados, cuál es la situación actual en la historia de la Iglesia, en qué etapa estamos del plan de Dios para la construcción de su Reino. Y ese plan se encuentra con pelos y señales en las Sagradas Escrituras.

Pero, ¡Padre!; nos deja con las ganas –lo increpó socarrón Gerardo– ¡Esto no puede quedar así!

Podemos ya mismo organizar una próxima reunión –intervino Javier.

Ofrezco mi casa –reaccionó espontaneo Gerardo. ¿Qué les parece el jueves, a las 20 horas?

El reducido grupo que había sobrevivido a la madrugada estuvo de acuerdo, y se comprometieron en avisar a los que ya se habían retirado y a otros posibles interesados.

Saludamos al dueño de casa y bajamos. Una vez en la calle, nos despedimos, y el padre Silas nos bendijo.

Yo comencé una larga caminata hacia casa, procesando en mi mente todos los sucesos y disfrutando la ciudad de noche.

La reunión propuesta por Gerardo no se concretó porque al sacerdote le surgió una misión de apostolado.

Mientras tanto, la situación social se fue agravando: el país al borde de la guerra civil; la policía desbordada a pesar del estado de sitio; había desabastecimiento, saqueos, zonas urbanas y rurales dominadas por bandas de criminales y narcotraficantes. No se podía transitar libremente, debido a un estado de sitio. La gente necesitaba un permiso para salir de su casa, y agentes de seguridad detenían e interrogaban como a sospechosos a quienes no tenían permiso. No se podía ir de una localidad vecina a otra. Y ni hablar de otra provincia. Se resentía el suministro de servicios públicos: muy reducida la electricidad y el agua corriente, no había más transporte público y escaseaba el combustible. Tampoco funcionaba internet.

Pero en otras regiones la situación era muy distinta. Hacía tres años que se había firmado un histórico acuerdo con los acreedores de la deuda externa que atrajo una avalancha de inversiones: puertos de gran calado en Río Negro y Santa Cruz, factorías y explotaciones de última generación y de escalas gigantescas, de todos los recursos naturales y agropecuarios para exportación. Todo administrado por mega consorcios autosuficientes, que contaban con ejércitos privados equipados con tecnología bélica de avanzada, ciudades ecológicas en puntos estratégicos del territorio con escogidos entornos naturales y paisajísticos, intercomunicadas con aeropuertos modelos.

Se complicó contactar a los amigos y conocidos de los grupos católicos por la falta de los medios habituales de comunicación. Se tuvo que “correr la bola” yendo a buscar a cada uno a su domicilio, porque ni siquiera se los encontraba en los lugares acostumbrados. Pero finalmente se aceitó un improvisado sistema de chasquis y colaboración solidaria, y se convocó una reunión discreta en el departamento de Gerardo.

Ese día los amigos empezaron a llegar a distintas horas desde la madrugada hasta que, cerca de las once de la mañana, se habían reunido unas cuarenta personas.

Era un antiguo piso señorial de amplias dimensiones, de modo que la gente estaba cómoda; los que habían llegado temprano pudieron descansar unas horas en algunas habitaciones acondicionadas al efecto. Otros preparaban la sala principal para la celebración de la Santa Misa, y en el escritorio confesaba fray Silas. Un grupo se encargaba de la comida.

Terminada la Misa, que fue corta y breve el sermón, se desmanteló la improvisada capilla, y las chicas sirvieron el almuerzo entre cuchicheos y conversaciones en voz baja. Entonces algunos hicieron señas de hacer silencio y el dueño de casa hizo una pequeña introducción:

Queridos amigos, ya todos conocen el motivo de esta reunión, que nos parece a todos muy oportuna para los tiempos que corren, en cuanto a confortar los ánimos y orientarnos un poco en medio del caos. En la última reunión que tuvimos hace dos meses describimos la inaudita situación de la Iglesia y de la sociedad, y se debatió sobre qué debemos hacer como católicos. Las cosas han ido de mal en peor y es acuciante prepararse para sucesos aún peores. Creo que los acontecimientos han terminado de convencernos que el margen de acción política, ciudadana y apostólica, si quieren, es casi nulo, según avizoraron algunos. Por lo que le pedimos al padre Silas que nos dé su punto de vista.

Y encarándose con el Presbítero se sentó. El Padre estaba muy recogido rumiando un sándwich con un vasito de vino, por lo que solo atinó a levantar la mirada y esbozar una tenue sonrisa con los cachetes llenos. Pero una piadosa señora aprovechó la tregua y tomó la palabra con intrepidez:

Varios de ustedes saben que se están organizando grupos de resistencia y colaboración solidaria para atender las necesidades más urgentes de nuestras comunidades, apoyados por ex agentes de las fuerzas de seguridad, médicos, y otros profesionales y técnicos en distintas áreas. Hay que aprovechar el vacío de poder, para reorganizar, progresivamente, la vida social desde nuestras comunidades organizadas. Estamos trabajando en un plan de aglutinar gente, en una determinada zona de la ciudad, en la que se vaya restableciendo, aunque sea precariamente un orden mínimo. En el orden espiritual, la Hermandad del Santo Padre Pío sigue con su incansable apostolado, y ha lanzado una cruzada de cadena de oraciones pidiendo a la Virgen de Fátima por la conversión de Rusia, y que restablezca el orden y la paz; y mucha gente, que ha sido abandonada y decepcionada por el clero, se acerca a la Hermandad y se suma a la cruzada.

Gerardo aprovechó un silencio de la mujer para volverse a Fray Silas y, simplemente, interpelarlo:

¿Padre…?

El cura se limpió la barba con una servilleta de papel y dijo lacónico y exabrupto, aunque sereno:

Solo debemos conservar la Fe.

Y citando Apocalipsis III, 11 agregó:

“Guarda firmemente lo que tienes para que nadie te arrebate la corona”. En la reunión pasada quedamos en que solo debemos buscar respuesta en la Palabra de Dios, como dice San Pedro en su Segunda Carta I, 19: “Y tenemos también, más segura aún, la palabra profética, a la cual bien hacéis en ateneros –como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro hasta que amanezca el día y el astro de la mañana se levante en vuestros corazones– entendiendo esto ante todo: que ninguna profecía de la Escritura es obra de propia iniciativa…”.

Después del último encuentro, quedamos en reunirnos a la semana siguiente; y los acontecimientos dilataron la reunión dos meses. Debemos aprovechar la gracia de Dios, que hoy nos permite reunirnos. Hemos celebrado el Santo Sacrificio y recibido al Señor sacramentado. No sabemos en qué circunstancias podremos repetirlo. Y aún en este momento, no estamos seguros de poder terminar la reunión. Por lo que intentaré exponer una cronología, según las profecías bíblicas, que yo conjeturo, lo más sucintamente posible, trayendo a colación las citas del texto que cada uno, si puede, deberá leer y compulsar. Yo solo daré un esquema.

En el encuentro anterior hicimos un paralelismo entre el Deicidio del Calvario y el concilio Vaticano II, como la Pasión del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, simbolizado en Apoc. IX, 1 Quinta Trompeta: Y tocó la trompeta el quinto ángel, y vi una estrella que había caído del cielo a la tierra, y le fue dada la llave del pozo del abismo.

Para Castellani, las trompetas son grandes herejías, que mutilaron vastas porciones de la cristiandad. Y en las estrellas, ha visto la tradición latina, a los obispos.

El obispo de Roma es el Papa. Juan XXIII para nosotros, que fue quien convocó el concilio Vaticano II. La caída marca una defección de su función.

Y las llaves del pozo del abismo son las que tiene Jesucristo en Apoc. I, 18: y el viviente; estuve muerto, y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo.

No podemos dejar de traer a colación la cita de Mt. XVI, 18-19: Y Yo, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del abismo no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo que atares sobre la tierra, estará atado en los cielos, lo que desatares sobre la tierra, estará desatado en los cielos”. Aquí Jesús promete a San Pedro las llaves del reino de los cielos.

Y es curioso que en el versículo 18 menciona el abismo, cuyas llaves, según el Apocalipsis, también tiene Jesús; y vemos que le son dadas a un traidor sucesor de Pedro, en la figura de Juan XXIII.

También señalamos que, en el relato evangélico, inmediatamente después, Jesús anuncia a sus apóstoles su pasión, y Pedro le responde reconviniéndolo, diciéndole que eso de ninguna manera le sucedería, aparentemente con buena intención e ingenuo optimismo.

Y recibe del Maestro una dura y, en apariencia, exagerada reprimenda, llamándolo Satanás al que acababa de llenar de elogios celestiales: Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Mas Pedro, tomándolo aparte, se puso a reconvenirle, diciendo: “¡Lejos de Ti, Señor! Esto no te sucederá por cierto”. Pero Él volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítateme de delante, Satanás! ¡Un tropiezo eres para Mí, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres!”

Díganme si este diálogo no viene como anillo al dedo para imaginarlo entre Nuestro Señor y el sucesor de Pedro, Juan XXIII, el “Papa bueno y optimista”, que abrió las ventanas de la Iglesia al mundo para aggiornarla, con sentimientos de humanismo integral, y que condenaba a los profetas de catástrofes, diciendo en el discurso de apertura del concilio: “nos parece necesario expresar nuestro completo desacuerdo con esos profetas de calamidades que anuncian siempre catástrofes, como si el mundo estuviera próximo a su fin”…

Por lo que podemos inferir que la solemne promesa de indefectibilidad que hace Cristo a Pedro, tiene por objeto a Su Iglesia (de Cristo, no de Pedro), que deberá ser preservada del máximo peligro de humanismo con que será atacada por un sucesor de Pedro –Satanás– quien: Abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como el humo de un gran horno, y a causa del humo del pozo se obscurecieron el sol y el aire… (Apoc. IX, 2).

Notemos que el daño que genera esta “estrella” es universal y no parcial como las anteriores, en consonancia con la jurisdicción universal del Papa.

Y el daño consiste en una disminución de la luz del sol, que simboliza el Magisterio Romano, faro universal de la verdad revelada; y el aire es la Fe, que es el aire del que vive el cristiano: “mi justo vive de la Fe”.

Sigamos con la Quinta Trompeta (Apoc. IX, 3-4): Del humo salieron langostas sobre la tierra; y les fue dado poder, semejante al poder que tienen los escorpiones de la tierra. Y se les mandó que no dañasen la hierba de la tierra, ni verdura alguna, ni árbol alguno, sino solamente a los hombres que no tuviesen el sello de Dios en la frente.

Estas langostas con poder de escorpión, son figura de los propagadores del error modernista, con el poder de la autoridad conciliar, con que se devastó a la inmensa mayoría de la grey. Fue una destrucción espiritual, que adulteró por completo la lex orandi, lex credendi de las almas, dejando intacto el mundo físico.

“El sello de Dios en la frente” nos recuerda la unción del Bautismo y la Confirmación, y aunque todos los católicos recibieron este sello, muy pocos, por la gracia divina, fueron fieles.

En el capítulo séptimo Straubinger trae la cita de Ezequiel IX,4: “Y le dijo Yahvé: “Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y pon por marca una Tau en la frente de los hombres que gimen y se lamentan a causa de todas las abominaciones que se cometen dentro de ella”.

Esta fidelidad tiene que ver con el signo de contradicción que representa la cruz, son los aguafiestas, los pesimistas, los profetas de calamidades, los que no transan con las novedades.

La letra “tau” es el estigma lefebvrista que segrega a los leprosos, los marginados, los ninguneados, los trogloditas excomulgados, los exaltados, los desequilibrados.

Avancemos: Les fue dado no matarlos, sino torturarlos por cinco meses; y su tormento era como el tormento que causa el escorpión cuando pica al hombre.

El veneno del escorpión raramente mata a un hombre, pero causa ansiedad, náuseas, asfixias, mareos…, la insoportable levedad del ser del hombre post moderno…, el gusano de la conciencia, que debe ser acallada con ruido, aturdimiento, diversión, ocupación febril…, y todos los escapismos del sí mismo.

En cuanto al período de cinco meses, yo veo cinco mandatos de pseudo–pontífices anticristos, desde Pablo VI, que clausuró el concilio y lo normativizó, hasta Bergoglio. Y me baso en los turnos de ejercicio del sacerdocio en el mosaísmo, que tenía por ciclo las fases lunares mensuales.

Siguen cinco versículos terribles: En aquellos días los hombres buscarán la muerte, y no la hallarán; desearán morir, y la muerte huirá de ellos. Las langostas eran semejantes a caballos aparejados para la guerra, y sobre sus cabezas llevaban algo como coronas parecidas al oro, y sus caras eran como caras de hombres. Tenían cabellos como cabellos de mujer y sus dientes eran como de leones. Sus pechos eran como corazas de hierro, y el estruendo de sus alas era como el estruendo de muchos carros de caballos que corren al combate. Tenían colas semejantes a escorpiones, y en ellas aguijones; y en sus colas reside su poder de hacer daño a los hombres durante los cinco meses.

Se hace una descripción fisonómica de estos monstruos torturadores.

Una de las claves del éxito y aceptación de los cambios conciliares, se debió al poder propagador e influencia masiva de la prensa, representada en la rapidez de la caballería.

Las coronas son la dignidad de las mitras episcopales, aunque no eran de oro legítimo, sino parecidas al oro.

Las caras de hombres es la apariencia de filantropía, y los cabellos de mujer las ínfulas del afeminamiento y el feminismo, como vanguardia de todas las reivindicaciones subversivas del orden natural.

Mas los dientes de leones nos muestran la crueldad asesina de sus lenguas calumniadoras, conspiradoras, difamadoras.

En los pechos de hierro se representa la dureza de corazón y la mano dura e implacable, con la que impusieron la revolución, de un modo totalitario e intolerante, a la auténtica tradición apostólica.

El estruendo de las alas designa el aparato de prensa y difusión.

Y que el poder de dañar resida en sus colas, muestra el modus operandi engañoso, solapado y traicionero.

El versículo 11 señala a su jefe: Tienen por rey sobre ellas al ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abaddón y que lleva en griego el nombre de Apollyon.

El nombre de ese ángel del abismo quiere decir “destructor”, que es el fruto del concilio: todo lo destruyó. Y hoy creemos que la obra demoledora fue completada por Bergoglio, gran intérprete de la letra y el espíritu del concilio y gran ejecutor, gracias a su praxis jesuita-marxista.

Y sigue una grave advertencia: Él primer ay pasó; ved que tras esto vienen aún dos ayes.

Para mí esta es la gran señal de los inicios de los últimos tiempos del fin de los tiempos, la última hora, de la que habla San Juan, en su Primera Carta, y que ya leímos la vez pasada; últimos tiempos que comenzaron con la Encarnación del Verbo.

A la infidelidad del Pueblo elegido, le corresponde la apostasía de los gentiles, según el paralelo que traza San Pablo en la carta a los Romanos XI, y II Tes. II, 1-7: “Pero, respecto a la Parusía de Nuestro Señor Jesucristo y nuestra común unión a Él, os rogamos, hermanos, que no os apartéis con ligereza del buen sentir y no os dejéis perturbar, ni por espíritu, ni por palabra, ni por pretendida carta nuestra en el sentido de que el día del Señor ya llega. Nadie os engañe en manera alguna, porque primero debe venir la apostasía y hacerse manifiesto el hombre de iniquidad, el hijo de perdición; el adversario, el que se ensalza sobre todo lo que se llama Dios o sagrado, hasta sentarse él mismo en el templo de Dios, ostentándose como si fuera Dios. —¿No os acordáis que estando yo todavía con vosotros os decía estas cosas?— Y ahora ya sabéis qué es lo que le detiene para que su manifestación sea a su debido tiempo. El misterio de la iniquidad ya está obrando ciertamente, sólo hay el que ahora detiene hasta que aparezca de en medio”.

Esto que lo detiene, era, al principio, para los Santos Padres, el Imperio Romano; después, para Santo Tomás, fue el orden jurídico romano; y para nosotros, modernos, es el Magisterio Romano, el imperio de la Verdad Infalible, que detenía el misterio de iniquidad, y que fue destruido por el concilio Vaticano II.

La destrucción de Jerusalén fue el castigo del Deicidio y tipo de la caída de Babilonia descripta en Apoc. IX,13 – XVIII, 1; Mt. XXIV; Mc. XIII; Lc. XXI, 5; que es el inminente castigo que pende sobre la civilización occidental por su apostasía; que, a su vez, marca el fin de la Iglesia de Sardes de Apoc. III, 1.

Y se viene la Sexta Trompeta (Apoc. IX, 13-21): Y tocó la trompeta el sexto ángel, y oí una voz procedente de los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Dios, y decía al sexto ángel que tenía la trompeta: “Suelta a los cuatro ángeles encadenados junto al gran río Éufrates”. Y fueron soltados los cuatro ángeles que estaban dispuestos para la hora y el día y el mes y el año, a fin de exterminar la tercera parte de los hombres. Y el número de las huestes de a caballo era de doscientos millones. Yo oí su número. En la visión miré los caballos y a sus jinetes: tenían corazas como de fuego y de jacinto y de azufre; las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones, y de su boca salía fuego y humo y azufre. De estas tres plagas murió la tercera parte de los hombres, a consecuencia del fuego y del humo y del azufre que salía de las bocas de aquéllos. Pues el poder de los caballos está en su boca y en sus colas; porque sus colas, semejantes a serpientes, tienen cabezas, y con ellas dañan. Mas el resto de los hombres, los que no fueron muertos con estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos y no cesaron de adorar a los demonios y los ídolos de oro y de plata y de bronce y de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni andar. Ni se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus latrocinios.

En este aterrador cuadro de la sexta tuba vemos el complemento, como simétrico, de la quinta, con la diferencia de que aquí son más literales todos los elementos, exceptuado, tal vez, el anacronismo de los caballos. Pero se pinta una invasión de un ejército gigantesco y cuyo número es exacto y precisado por la aclaración de San Juan “yo oí su número”, para cerrar toda controversia.

En la quinta tuba se mataron las almas; y bien, en la sexta, viene el consecuente castigo físico. Y el tercio de muertos es el correspondiente al occidente otrora cristiano y el Islam.

Los sobrevivientes son los pueblos orientales idólatras, mano de obra barata y sumisa para el nuevo imperio judaico que se instaura.

Esta invasión está también descrita en el profeta Joel bajo la figura de plagas de langostas, en combinación con la quinta tuba.

Pasamos al castigo de Babilonia, todo el capítulo XVIII:

Anuncio del castigo de Babilonia. Después de esto vi cómo bajaba del cielo otro ángel que tenía gran poder, y con su gloria se iluminó la tierra. Y clamó con gran voz diciendo: “Ha caído, ha caído Babilonia la grande, y ha venido a ser albergue de demonios y refugio de todo espíritu inmundo y refugio de toda ave impura y aborrecible. Porque del vino de su furiosa fornicación bebieron todas las naciones; con ella fornicaron los reyes de la tierra y con el poder de su lujo se enriquecieron los mercaderes de la tierra”.

La caída de Babilonia. Oí otra voz venida del cielo que decía: “Salid de ella, pueblo mío, para no ser solidario de sus pecados y no participar en sus plagas; pues sus pecados se han acumulado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus iniquidades. Pagadle como ella ha pagado; retribuidle el doble conforme a sus obras; en la copa que mezcló, mezcladle doblado. Cuanto se glorificó a sí misma y vivió en lujo, otro tanto dadle de tormento y de luto, porque ella dice en su corazón: “Como reina estoy sentada y no soy viuda y jamás veré duelo”. Por tanto, en un solo día vendrán sus plagas: muerte y luto y hambre: y será abrasada en fuego, porque fuerte Señor es el Dios que la ha juzgado”.

Lamentaciones de los aliados y mercaderes. Al ver el humo de su incendio llorarán y se lamentarán sobre ella los reyes de la tierra, que con ella vivieron en la fornicación y en el lujo. Manteniéndose lejos por miedo al tormento de ella, dirán: “¡Ay, ay de la ciudad grande de Babilonia, la ciudad poderosa, porque en una sola hora vino tu juicio!” También los traficantes de la tierra lloran y hacen luto sobre ella, porque nadie compra más sus cargamentos: cargamentos de oro, de plata, de piedras preciosas, de perlas, de fino lino, de púrpura, de seda y de escarlata, y toda clase de madera olorosa, toda suerte de objetos de marfil y todo utensilio de madera preciosísima, de bronce, de hierro y de mármol; y canela, especies aromáticas, perfumes, mirra, incienso, vino y aceite, flor de harina y trigo, vacas y ovejas, caballos y carruajes, cuerpos y almas de hombres. Los frutos que eran el deleite de tu alma se han apartado de ti; todas las cosas delicadas y espléndidas se acabaron para ti, y no serán halladas jamás. Los mercaderes de estas cosas, que se enriquecieron a costa de ella, se pondrán a lo lejos, por miedo a su tormento, llorando y lamentándose, y dirán: “¡Ay, ay de la ciudad grande, que se vestía de finísimo lino, de púrpura y de escarlata, y se adornaba de oro, de pedrería y perlas; porque en una sola hora fue devastada tanta riqueza!” Y todo piloto, y todos los que navegan de cabotaje, los marineros y cuantos explotan el mar se detuvieron lejos, y al ver el humo de su incendio dieron voces, diciendo: “¿Quién como esta ciudad tan grande?” Y arrojaron polvo sobre sus cabezas y gritaron, y llorando y lamentándose, dijeron: “¡Ay, ay de la ciudad grande, en la cual por su opulencia se enriquecieron todos los poseedores de naves en el mar! porque en una sola hora fue desolada”. ¡Alégrate sobre ella, oh cielo, y vosotros, los santos y los apóstoles y los profetas, pues juzgándola Dios os ha vengado de ella!

El juicio definitivo sobre Babilonia. Y un ángel poderoso alzó una piedra grande como rueda de molino, y la arrojó al mar, diciendo: “Así, de golpe, será precipitada Babilonia, la ciudad grande, y no será hallada nunca más. No se oirá más en ti voz de citaristas, ni de músicos, ni de tocadores de flauta y trompeta, ni en ti volverá a hallarse artífice de arte alguna, ni se escuchará más en ti ruido de molino. Luz de lámpara no brillará más en ti, ni se oirá en ti voz de novio y de novia, porque tus traficantes eran los magnates de la tierra, porque con tus hechicerías han sido embaucados todos los pueblos. Y en ella fue encontrada sangre de profetas y de santos, y de todos los que fueron sacrificados sobre la tierra”.

Después de esta destrucción de la ciudad maldita se instaura un reino judío universal cuyo plan (ya casi cumplido en su totalidad) se describe en el libro “Los protocolos de los sabios de Sion”, o cuarto reino de la cuarta bestia moral vaticinado en Dan. II, 42-VII 23-28.

Apenas se instaura este reino se presentan los dos testigos ante el Señor de la tierra (Apoc. XI, 3-4; Zc. IV, 14).

La conversión del Señor de la tierra (Apoc. XI, 4; Is. XXII, 20; Zc. III, 4) marca comienzo de la última semana de años del mundo dividida en dos períodos de tres años y medio (Dan. IX, 20).

Sigue la entrada de una tercera parte de los judíos a la Iglesia y la formación de la comunidad judeo-cristiana (Apoc. III, 7; XII; Mt. X, 16; Mc. XIII, 5).

Los hechos posteriores son los que siguen:

– Reconstrucción del Templo (Apoc. X, 11; XI, 1; Zc. II, 1).

– Prédica universal del Evangelio Eterno (Apoc. XIV; Mt. X, 23).

– Muerte de los dos testigos (Apoc. XI, 7).

– Conversión del pleroma (Apoc. XI, 13; Rom. XI, 26).

– Reinado del Anticristo personal (Apoc. XIII, 1; Dan. VII, 24).

– Marca universal del 666 (Apoc. XIII, 16).

– Leva del ejército del Anticristo para luchar contra Cristo (Apoc. XVI, 13).

– Venida de Cristo (Apoc. XIX, 11).

– Arrebato de vivos fieles y resurrección de santos (Apoc. XIV, 1; I Tes. IV, 15).

– Reino de mil años. Iglesia de Laodicea (Apoc. III, 14; XX).

– Gog y Magog (Apoc. XX, 8).

– Juicio Final (Apoc. XX, 11).

– Cielo nuevo y tierra nueva (Apoc. XXI).

Este esquema, aunque conjetural y perfectible, puede ayudarnos para permanecer escudriñando las Escrituras y buscando intelecto de las Profecías. Y así estar en guardia, atentos para no ser engañados por nadie que nos diga que aquí o allá está Cristo.

Nuestro sistema también coincide con el orden de las señales, que daba San Agustín, que debían preceder a la venida de Cristo:

– 1° Prédica de Enoch y Elías,

– 2° Conversión de los judíos,

– 3° Aparición del Anticristo,

– 4° Venida de Cristo.

Y el mismo Doctor nos revela lo que era doctrina común para muchos Padres de la Iglesia: que el mundo se iba a consumar en tantas edades, como días habían sido empleados por Dios para plasmarlo, correspondiendo al séptimo día de sábado, el reino de los mil años, coincidente con lo que dice San Pedro en su Segunda Encíclica III, 8: “A vosotros, empero, queridísimos, no se os escape una cosa, a saber, que para el Señor un día es como mil años, y mil años son como un día”.

Solo así, además, se explica el artículo del Credo: “Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”. Entre el juicio de vivos y muertos corren mil años.

¿Quiénes son estos “vivos” de los que habla el Credo? Porque los vivos no resucitan, porque para resucitar hay que haber muerto.

El reino de los mil años es el juicio de vivos, universal o de las naciones, cuyo último acto es el juicio de los muertos o final.

Si os ejercitáis en esta perspectiva escatológica, seguramente el Espíritu Santo os irá iluminando el camino hacia el encuentro con el Señor.

Es sorprendente comprobar cómo la divina liturgia está preñada en todos sus textos de esta esperanza de la era mesiánica, que, equivocadamente, la devotio moderna nos ha querido hacer creer que es simplemente figura del Cielo o Bienaventuranza eterna; según el esquema teológico establecido para las postrimerías, que un exégeta moderno resume de la siguiente manera: “Sesión del Señor a la diestra del Padre; su vuelta al juicio final; universal resurrección muertos; celebración del juicio final en que se hace la separación entre buenos y malos, y cada uno va a ocupar su puesto en la eternidad feliz o desgraciada”.

Esta posición teológica violenta el sentido de las Escrituras, según hemos visto; y, por lo tanto, distorsiona nuestra esperanza, al no entender el plan de Dios, que el Espíritu Santo ha reservado para los santos de los últimos tiempos, que esperemos y pidamos estar en ese selecto número de los “que siguen al Cordero donde quiera que vaya”.

A una mirada racionalista, el sistema teológico arriba citado parece más lógico o coherente, ya que el Cielo supera y comprende cualquier realidad física material. Pero resulta que Dios, en su infinita sabiduría, se dignó crear la materia. Y Dios no se arrepiente de sus obras, sino que son todas buenas y perfectas. Y por eso la materia está llamada a participar de la gloria divina. Y su liberación, junto a la de los hijos de Dios, comienza en la era mesiánica, según Rom. VIII, donde Cristo, Cabeza de toda la creación, reinará y juzgará en la tierra, en una dispensación donde aún habrá viadores y generaciones y naciones.

Todo lo cual parece raro y difícil de elucidar para los abstractos aparatos escolásticos, pero no lo era tanto para los fabulosos Padres Apostólicos. Entre los cuales, San Ireneo de Lion, recogió y compendió el canon dogmático de la tradición apostólica, ocupando en el mismo un lugar de privilegio el legado joánico del reino milenario.

Hay que contagiarse un poco, de la ingenuidad “naif” de San Papías, y volar con imaginación límpida, a través de las fastuosas descripciones del reino mesiánico.

Pero entonces, Padre, ¿qué debemos hacer? –preguntó Rosa.

Primero lo primero –respondió paciente fray Silas–; nos lo dice la pregunta del Catecismo: ¿Para qué creó Dios al hombre? Para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida, y gozarlo en el Cielo.

La primera obligación del cristiano es, pues, conocer a Dios. Y eso no termina con el Catecismo de la primera comunión.

Si bien, el estudio teológico en los libros no garantiza el conocimiento de Dios, debe arder en el corazón del buen cristiano una santa curiosidad, como la que acicateaba a Santo Tomás de Aquino, que se preguntaba obsesivamente: ¿Quién eres Señor? Es una actitud contemplativa, que ordena todas las demás cosas a ese deseo de conocer al Señor.

Y nuestras vidas son una pantalla en la que Dios se nos va dando a conocer: todo lo que nos pasa, son lecciones que Dios nos da para conocerlo. Y las Sagradas Escrituras son otro de los medios, por excelencia, que Dios nos ofrece para reflexionar en todas las situaciones de la vida. Y en las que nos cuenta su plan, para nosotros y para toda la creación.

Todo el que pueda, debería priorizar, entre sus actividades y devociones, la lectura meditada y rezada de las Palabra de Dios.

Y tendría que ser la primera obra pastoral, como era la Palabra, en la edad apostólica, y ha sido siempre, en mayor o menor medida, en la historia de la Iglesia. Pero ha ido disminuyéndose y diluyéndose por los predicadores, quienes lo restringen a las homilías; y desde el púlpito se explican cada vez menos las Escrituras, y en su lugar se usan manuales y escritos de moral o sermonarios.

Y tampoco se alienta ni promueve un apostolado bíblico, con reuniones, como las nuestras; en las que, simplemente, nos congregamos a leer el Evangelio y los comentarios de los mejores exégetas a nuestro alcance, y después escuchar las reflexiones y cuestiones que surgen, y finalmente cada uno sacar sus propias conclusiones asimilando lo escuchado.

Quien intensifica esta actitud de conocer y saborear las cosas de Dios, pronto se desapega de las solicitudes terrenas, y el reino de Dios se va convirtiendo en su principal fin de esta vida.

La primera comunidad apostólica esperaba la inminente vuelta de Cristo, y su preocupación prioritaria era escudriñar las Escrituras, en las que encontraban respuesta a todas sus inquietudes y consuelo en todas sus pruebas.

Esa actitud, les hacía fácil seguir los consejos y preceptos evangélicos.

Su horizonte, en esta vida, era muy efímero y sus expectativas muy precarias.

Trabajaban para el día a día, solo para subsistir, sin preocuparse del futuro, ni del de sus hijos.

No atesoraban, ni se preocupaban de hacer carrera o progresar en las cosas terrenas.

Lo principal de sus quehaceres era lo espiritual.

Y el tener riquezas, u ocupaciones demandantes, por ejemplo, no era algo moralmente reprobable en sí mismo, pero sí un gran obstáculo para dedicarse a la contemplación, por el tiempo y esfuerzo que requiere la administración de un gran patrimonio.

Hoy, ante esta crisis terminal de la civilización moderna, basada en el progreso económico, Dios nos da una gran oportunidad para volver a esa actitud primitiva y auténticamente cristiana.

El hombre moderno ha perdido el sentido de la vida. Y todo aquello en lo que ponía su corazón, se lo están prohibiendo, con la dictadura mundial que se ha impuesto.

Y eso facilita al cristiano el darse cuenta que solo la bienaventurada esperanza da sentido a la vida, y fortalece para seguir adelante, cumpliendo el deber de estado, y esperando todo de la Providencia, y reconociendo todo lo que tenemos, como recibido de la Providencia.

Así se nos simplifica la vida y es más llevadera y feliz, aun en este valle de lágrimas, que cada vez se parece más al infierno.

Contamos con esa añadidura, con la que Dios nos mima, para tener la paz y prosperidad necesarias, para no sucumbir ante la tristeza moderna.

El Evangelio nos quita ese peso y responsabilidad, mal entendida, de sostener el mundo, que se ha introducido sutilmente en la conciencia católica.

Dios nos da señales claras de que ha entregado la sociedad a su destrucción.

Ese es su plan evidente, y el que está en el esquema escatológico que hemos esbozado.

A nosotros solo nos pide que permanezcamos al margen, libre de los pecados por los que el mundo será castigado; limpiar nuestras almas y casas de todo lo mundano que pueda quedar en ellas.

Del resto se ocupa Él.

Con estas palabras concluyó su exposición el Padre Silas.

A lo que siguieron muchas preguntas y comentarios de los presentes, que se fueron reconfortados y llenos de fervor y consuelo.