PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SAN JOAQUÍN

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SAN JOAQUÍN

Padre de la Santísima Virgen María

Celebramos hoy la Fiesta de San Joaquín, Padre de la Santísima Virgen María, Madre de Dios.

Hacia el año 1510 determinó Julio II que San Joaquín ocupase un lugar en el Calendario Romano con rito doble mayor; recordando los vínculos de la Sagrada Familia, en la que tan admirablemente se armonizan el orden de la naturaleza y el de la gracia, y fijó su fiesta para el 20 de marzo, día siguiente a la de San José.

Apenas habían transcurrido cincuenta años después del pontificado de Julio II, la crítica de entonces ensombreció su historia e hizo desaparecer su nombre del Breviario Romano. En 1622 volvió a incluirle Gregorio XV con rito doble, y desde entonces se ha celebrado siempre su fiesta.

De tal modo creció la devoción al Padre de María Santísima, que se formularon peticiones para que su fiesta figurase entre las solemnidades de precepto, como ya figuraba la de su esposa Santa Ana. Con el fin de satisfacer a la devoción popular, sin aumentar por eso el número de días festivos, Clemente XII, en 1738, trasladó la Fiesta de San Joaquín al domingo siguiente a la Asunción de su Hija, la Santísima Virgen; a la vez le devolvía el grado de doble mayor.

León XIII, cuyo nombre de pila era Joaquín, elevó la Fiesta de su Santo Patrono, al grado de doble de segunda clase.

Finalmente, San Pío X fijó la Fiesta para el día siguiente a la Asunción de María.

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Como ya hemos visto en la pasada Fiesta de Santa Ana (el 26 de julio), una tradición muy extendida sostiene que la Santísima Virgen María nació como fruto de un don que el Cielo hizo a sus padres en respuesta a sus oraciones y sacrificios.

Son muy pocas las noticias y antecedentes que se conservan sobre él. En las Sagradas Escrituras no se hace mención de él ni se le nombra; silencio que, examinado a la luz de la teología, no deja de tener grandes misterios y una muy convincente razón… ¿Cuál podría ser ésta?

No otra que, porque habiéndose celebrado en la Santísima Virgen el sagrado misterio de la Maternidad Divina, el nombre de sus padres no fue necesario consignarlo para que de esta suerte se entendiese que la excelsitud y la grandeza de María es por su Hijo, y no por la obra de los hombres.

La dignidad de María le viene por su Inmaculada Concepción, ordenada a la Divina Maternidad. Y, aunque sus padres fueron nobilísimos de estirpe y muy santos de condición, no por ello estuvieron exentos del pecado original; condición que no comunicaron a su purísima Hija, nacida y concebida sin mancha, como Madre que había de ser del Hijo de Dios.

Mas a pesar de este silencio, son muchos los autores, y especialmente antiguos, los que se han ocupado de San Joaquín, y nos expresan las grandes virtudes y méritos relevantes que tuvo este gran Patriarca y Santo dichoso, como esposo de Santa Ana y Padre de la Inmaculada.

San Joaquín era natural de Sephoris, antigua ciudad situada a seis kilómetros de Nazareth, y en la cual tenía propiedades. Fue de linaje real, porque era de la tribu de Judá y descendía por línea recta del rey David. Su madre descendía igualmente de la sangre real; de suerte que por era nobilísimo y descendiente de los dos hijos del rey David, Natán y Salomón, y de gran número de reyes.

El nombre de Joaquín encierra en sí un significado muy grande, propio del que había de ser Padre de María, que había de concebir y dar a luz al Redentor del mundo; significa tanto como Preparación del Señor; y como expresa San Epifanio, por él se preparó el templo al Señor del mundo, que fue su hija santísima.

Ya hombre maduro contrajo matrimonio con una doncella tan honesta como virtuosa, natural de Belén. Sus caracteres eran muy bondadosos y semejantes en virtud y santidad, de suerte que esta igualdad de genio hacía de su vida tranquila y sosegada una verdadera morada de paz.

Constituyeron Joaquín y Ana el matrimonio más santo que hasta allí hubo en el mundo, y su matrimonio fue el que más había agradado a Dios. Así lo dijo un Ángel a Santa Brígida: “Como Dios hubiese visto todos cuantos matrimonios consumados, santos y honestos ha habido desde la creación del mundo hasta el último que se hiciere al fin de él: ninguno vio semejante al de San Joaquín y Santa Ana, en tanta caridad divina y honestidad; y así plugo que se engendrase el cuerpo de su castísima Madre de este santo matrimonio”.

Como ya sabemos, la Tradición considera a los Padres de la Santísima Virgen como dotados de bienes de fortuna. Su riqueza consistía sobre todo en rebaños, como los de los primeros patriarcas.

También es conocido que hacían el más noble uso de sus bienes, siempre prontos a prestar su ayuda al que la solicitaba, y dando siempre el doble en las ofrendas que debían a Dios.

Buena es la oración con el ayuno, y hacer limosna vale más que amontonar tesoros. San Joaquín conoció por experiencia la verdad de esta palabra del Arcángel, mejor aún que Tobías. Cuenta una tradición que hacía tres partes de la renta de sus bienes: una para el Templo, otra para los pobres y la tercera para su casa.

De este modo reza el Introito de su Fiesta: Repartió a manos llenas sus bienes, dio a los pobres; su justicia permanecerá de siglo en siglo; su fortaleza será ensalzada con gloria. Bienaventurado el varón que teme al Señor y que se deleita sobremanera en sus mandamientos.

Al igual que para Santa Ana en su Fiesta, la Epístola de la suya nos proporciona un retrato de San Joaquín:

Bienaventurado el varón que fue hallado sin mancha, y que no se fue tras el oro, ni confió en el dinero ni en los tesoros. ¿Quién es ése, y le alabaremos? Porque hizo maravillas en su vida. Fue probado con el oro y hallado perfecto; tendrá una gloria eterna. Pudo violar la ley, y no la violó; hacer el mal, y no lo hizo. Por eso, sus bienes han sido establecidos en el Señor, y toda la asamblea de los Santos pregonará sus limosnas.

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El piadoso empleo que daba Joaquín a sus bienes, atraía la bendición del Señor sobre su hogar. Pero había otra bendición que deseaba más aún, y el Cielo se le negaba: Ana, su esposa, era estéril… Esta carencia de hijos, era lo único que amargaba aquella existencia tranquila y sosegada.

El santo matrimonio se entregaba mucho a la oración, acompañada de ayunos y actos de caridad, que constituían las ocupaciones de la familia modelo de matrimonios santos y virtuosos.

Aquel santo matrimonio hizo muchas promesas y ofrecimientos al Señor a fin de que les concediera fruto de bendición que les libertara de aquel oprobio. Aún más, ofrecieron al Señor en voto dedicar al Templo el fruto que les concediese, si escuchaba y atendía sus plegarias y las recibía como justas en la demanda.

No pidieron en vano al Señor, que escucha siempre a todo aquel que con fe y arrepentimiento de sus culpas le invoca. Atendidas su súplica y plegarias, después de cuarenta días de preparación del espíritu, recibieron el consuelo del Señor por medio de un Ángel que les profetizó que Ana concebiría una doncella santísima que, escogida por el Señor, había de ser Madre suya y dar a luz al Mesías, tan deseado y esperado por el pueblo.

Tornó Joaquín a su casa y confió a Ana su revelación, que confirmó aquélla por haber tenido igual promesa hecha por el Señor. Agradecidos ambos santos esposos, lleno su ánimo de gozo y llenos de agradecimiento y consolados en su aflicción por las promesas del Señor que había escuchado sus ruegos, quedaron tranquilos y confiados.

Ana muy pronto pudo decir: “¡Ahora sé que el Señor me ha bendecido de un modo grande! Porque era estéril y ya he concebido.”

Les concedió el Señor por sus virtudes esta inapreciable dicha, y por ella vemos a cuánto alcanza el poder de la oración y honestas costumbres ante la mirada de Dios, y cómo recompensa a quienes con la fe y el ejemplo proclaman su grandeza.

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Aprovechemos de esta festividad para recordar, meditar y poner en práctica algunos consejos del Papa Pío XII a los esposos:

Toda familia es una sociedad de vida; toda sociedad bien ordenada requiere un jefe; toda potestad de jefe proviene de Dios. Por eso también la familia tiene un jefe investido por Dios de autoridad sobre aquella que se le ha dado por compañera para constituir su primer núcleo, y sobre aquellos que con la bendición del Señor vendrán a acrecentarlo y alegrarlo.

¡Oh esposas y madres cristianas! No cedáis nunca a la sed de usurpar el centro de la familia. Vuestro cetro —cetro de amor— debe ser el que os pone en las manos el Salvador, mediante la procreación de los hijos, si os conserváis en la fe, en la caridad y en la santidad, con modestia.

En verdad, aquellos que han sido bautizados en Cristo y se han revestido de Él, son todos hijos de Dios, y no existe diferencia entre hombre y mujer. En cambio, en la Iglesia y en la familia, en cuanto son sociedades visibles, la condición es diferente: la mujer está sometida al hombre.

San Pablo advertía la necesidad de recordar esta verdad y este hecho fundamental a los convertidos de Corinto, porque muchas ideas y costumbres del mundo pagano se los podían haber hecho olvidar fácilmente, o no comprenderlos y desfigurarlos. ¿No sentiría quizá la misma necesidad de sus amonestaciones, si hablara con no pocos cristianos de hoy día? ¿No sopla en nuestros tiempos un aire malsano de paganismo renacido?

Las condiciones de vida que se derivan al presente del estado económico y social tienden a engendrar e introducir prácticamente una amplia paridad de las actividades de la mujer con las del hombre, de tal manera que los esposos se encuentran no pocas veces en una situación que casi raya en la igualdad. ¿Qué de extraño tiene que se debilite y disminuya, hasta perderse, el sentido de la jerarquía familiar?

Restablecer en la familia la jerarquía indispensable a su unidad y a su felicidad, y restituir al mismo tiempo el amor conyugal a su primitiva y verdadera grandeza, fue una de las mayores obras del cristianismo.

Al hombre la primacía en la unidad, el vigor en el cuerpo, los dones necesarios para el trabajo con que ha de proveer y asegurar el sustento de la familia; a él le fue dicho, en efecto: “Con el sudor de tu frente te ganarás el pan”.

A la mujer le ha reservado Dios los dolores del parto, los trabajos de la lactancia y de la primera educación de los hijos.

Pero, sin dejar de mantener firme la dependencia de la mujer respecto al marido, sancionada en las primeras páginas de la Revelación, el Apóstol de las gentes recuerda que Cristo, todo misericordia para nosotros y para la mujer, ha endulzado ese poco de amargura que aún quedaba en el fondo de la Ley antigua, y ha mostrado, en su divina unión con la Iglesia, desposada con Él, cómo la autoridad del jefe y la sujeción de la esposa, sin que se mermen en nada, pueden ser transfiguradas por la fuerza del amor, de un amor que imite a aquel con que Él se une a su Iglesia; y de qué manera la constancia del mando y la docilidad respetuosa de la obediencia pueden encontrar, en un amor activo mutuo, el olvido de sí mismo y el generoso don reciproco, de tal modo que también de aquí nazca y se consolide la paz doméstica que, como una flor del orden y del cariño, fue definida por San Agustín como la ordenada concordia de mandar y de obedecer entre aquellos que viven juntos.

Este ha de ser el modelo de las familias cristianas.

Vosotros, maridos, habéis sido investidos de la autoridad. Cada uno de vosotros es el jefe en vuestro hogar, con todos los deberes y las responsabilidades que este título significa. No dudéis ni vaciléis, pues, en ejercer dicha autoridad; no os sustraigáis a esos deberes, no huyáis de esas responsabilidades. La indolencia, el descuido, el egoísmo y la distracción no os deben hacer abandonar el timón de la navecilla de vuestra casa, confiado a vuestras manos; pero, ¡qué delicadeza, qué respeto, cuánto cariño deberá demostrar y practicar vuestra autoridad, en cualquier circunstancia, alegre o triste, respecto a aquella que habéis escogido para compañera de vuestra vida!

Como dice San Agustín, vuestros mandatos deben tener dulzura de consejos, para que la obediencia obtenga de ellos consuelo y estímulo.

En la casa del cristiano, los mismos que mandan sirven a aquellos sobre los que parecen mandar; porque no mandan por ansia de señorear, sino por oficio de aconsejar; no por soberbia de prevalecer, sino por misericordia de proveer.

La responsabilidad del hombre ante la mujer y los hijos, nace, en primer lugar, de los deberes para con su vida. Con su trabajo, él debe procurar a los suyos una casa y el alimento cotidiano, los medios necesarios para un sustento seguro y para un conveniente vestir. Su familia tiene que sentirse feliz y tranquila bajo la protección que le ofrece y da, con pensamiento previsor, la fecunda actividad de la mano del hombre.

El hombre casado no debe pasar los límites impuestos por la obligación que tiene de no exponer, sin motivos gravísimos, a un peligro, la segura, tranquila y necesaria subsistencia de la mujer e hijos. Otra cosa sería si, sin culpa suya, circunstancias independientes de su voluntad y de su poder pusiesen en peligro la felicidad de la familia, como suele suceder en las épocas de grandes trastornos políticos o sociales.

Por eso siempre conviene que él, al hacer o al abstenerse, al emprender o al atreverse, se pregunte a sí mismo: ¿puedo yo cargar con esta responsabilidad ante mi familia?

El hombre no debe tampoco olvidar cuánto ayuda a la felicidad de la convivencia doméstica el que guarde y demuestre siempre, tanto en su interior como en su modo exterior y en sus palabras, respeto y estima a su mujer, madre de sus hijos.

La mujer no es solamente el sol, sino también el santuario de la familia, el refugio de las lágrimas de los pequeños, la guía de los pasos de los mayorcitos, el consuelo en los afanes, la tranquilidad en las dudas, la confianza en su porvenir. Dueña de la dulzura, es también ama de la casa.

¡Oh jefes de familia!, de vuestro aspecto, de vuestra actitud, de vuestras miradas, de vuestros labios, de vuestra voz, de vuestro saludo, distingan y vean los hijos la consideración que tenéis a vuestra esposa.

Es poderoso el ejemplo de los padres para con los hijos; él es para ellos un vigoroso y vivo estímulo para mirar a la madre y al mismo padre con respeto, veneración y amor.

Por eso, cuando os halléis en casa, no seáis fáciles en ver y buscar los defectos pequeños, inevitables en toda cosa humana; fijaos más bien en todo lo bueno, poco o mucho, que se os ofrece como fruto de penosos esfuerzos, de cuidadosas vigilias, de afectuosas intuiciones femeninas, para hacer de vuestro hogar, aunque sea modesto, un pequeño paraíso de felicidad y de alegría.

No os conforméis con considerar bien tan grande y en amarle sólo en el fondo de vuestro pensamiento y vuestro corazón; no: hacedlo notar y oír abiertamente también a aquella que no ha ahorrado ningún trabajo para procurároslo, y cuya mejor y más dulce recompensa será aquella sonrisa amable, aquella mirada atenta y complaciente, aquella palabra graciosa que le harán comprender toda vuestra gratitud.

Amad a vuestras mujeres. Les sois responsables de este deber del amor como del más alto y necesario don, porque en este don está la tutela de la castidad conyugal y de la paz familiar; porque en este amor se confirma la fidelidad, se glorifica la prole, se perpetúa inviolable el Sacramento de la presencia de Dios.

El esposo no debe olvidar los dolores y, a veces, los peligros y sublimes sacrificios que representa para su esposa aquella maternidad que le da a él el gozo de ser y de llamarse padre.

Santificad a vuestras mujeres con el ejemplo de vuestra virtud; concededles el honor de que os imiten en el bien y en la vida religiosa, en la asidua laboriosidad y en la intrepidez en los momentos duros y en los no leves sufrimientos que no faltan en la vida humana.

Pero la cooperación del hombre para la felicidad del hogar doméstico no puede detenerse ni restringirse al respeto y consideración para la compañera de su vida: debe ir más allá, hasta ver, apreciar y reconocer el trabajo y los esfuerzos de la que, con silencio y asiduidad, se dedica a hacer más confortable, más grata y más alegre la habitación común.

El amor verdadero y profundo en el uno y en el otro deberá ser y mostrarse más fuerte que el cansancio y el fastidio, más fuerte que los sucesos y las adversidades cotidianas, más fuerte que los cambios del tiempo y de las estaciones, más fuerte que las alteraciones de los humores personales y las desgracias imprevistas.

Conviene dominarse a sí mismo no menos que a los acontecimientos exteriores, sin ceder y sin abandonarse a ellos. Conviene saber hallar en la fuente del amor reciproco la sonrisa, la gratitud, la estima de los afectos y de las cortesías, el dar alegría a quien os da pena.

Queda otra advertencia por añadir a los hombres: por muy cordial que sea este reconocimiento, vosotros, hombres, podéis y debéis hacer más.

Vuestra perfección de jefes de familia no consiste solamente en la realización de los trabajos pertinentes a vuestra profesión, a vuestro oficio, a vuestro arte particular, dentro o fuera de la casa; en la misma, que es el dominio de vuestra mujer, tenéis también una activa parte que realizar. Vosotros, más fuertes, frecuentemente más hábiles en el uso de los instrumentos y de las herramientas, en el arreglo de vuestra casa encontraréis tiempo y lugar para cosas que son más propias del hombre que de la mujer.

Y en las ocasiones más difíciles de la vida familiar, horas y tiempos que mezclan alegrías y tristezas, penas y sudores, incomodidades, todos los de casa tendrán que hacer todo lo que puedan, aun los pequeños con sus pequeñas ayudas; pero el primero que se ha de poner al trabajo será el padre, el jefe de familia, el que tendrá que dar ejemplo de prestarse, prevenir y proveer, empleando, sin ahorro e inmediatamente, su propia persona.

Dentro del recinto de vuestra casa no os detengáis en calcular, medir o comparar para ver quién se cansa o afana más, quién da más su tiempo y sus fuerzas. El verdadero amor no sabe de estos cálculos, de estas comparaciones: se da estimando siempre poco lo que se hace por quien se ama.

¡Oh, hombres!, volved la mirada al hogar de San Joaquín y Santa Ana… Mirad a aquel pastor y labriego que con sus sudores sustentó el hogar de la futura Madre de Dios. Observad con qué veneración y respeto ayudaba aquella mujer madura, madre, hasta hace poco su esposa estéril…

Ojalá que esta contemplación conserve en vuestros corazones aquellos sentimientos de grata y tierna entrega de vosotros mismos, que en sus diarias manifestaciones constituirán vuestro generoso concurso al bien y a la tranquilidad de la casa.

Que en vuestra vida cristiana sea noble franqueza y orgullo de vuestra conciencia el tomar con amplitud y amor aquella porción de colaboración y de cuidado para formar la felicidad doméstica.

Por la intercesión de San Joaquín pedimos la bendición celestial para los hombres que, no sólo en el gobierno de la familia y en su sustento llevan un peso a veces muy grave, sino que, además, tienen, especialmente en esta hora de grandes pruebas, obligaciones y deberes en el cumplimiento de su deber.

Que San Joaquín les alcance las gracias necesarias para santificarse cumpliendo con su noble misión de esposos y padres cristianos.

Y a Ti, San Joaquín, Te damos gracias, Padre de María Santísima. Toda criatura Te es deudora desde que el mismo Creador quiso deberte la Madre de quien determinó nacer para salvarnos.

La Santa Iglesia te honra más que nunca en estos días de prueba; conoce Ella tu crédito cerca del Padre Soberano, que se dignó asociarte, sin otro intermediario que tu propia Hija, a la generación temporal de su Hijo eterno.

Santifica la familia, repara nuestras costumbres, extiende tu protección a todos los hogares cristianos, especialmente los de la Inhóspita Trinchera.