PADRE JUAN CARLOS CERIANI: FIESTA DE LA ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA SIEMPRE VIRGEN MARÍA

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FIESTA DE LA ASUNCIÓN

DE LA BIENAVENTURADA SIEMPRE VIRGEN MARÍA

El tratado de las gracias y privilegios de la Bienaventurada Virgen María concluye con aquellos con que, acabada su vida en la tierra, fue coronada eternamente: su Asunción y su Glorificación en los Cielos.

El nombre de Asunción ha sido comúnmente reservado para indicar aquella singularísima prerrogativa de la Bienaventurada Virgen María que alcanzó tras el término de la vida terrena; esto es, que su cuerpo, junto con su alma, fuera trasladado al Cielo.

La Asunción de la Bienaventurada Virgen, considerada estrictamente, prescinde de la muerte y de la resurrección, y no significa más que la traslación gloriosa de la Virgen Santísima en cuerpo y alma al Cielo; porque la Asunción habría tenido plena realidad incluso si la Madre de Dios hubiera sido transportada al Cielo con su cuerpo glorificado, sin que hubieran precedido la muerte y la resurrección.

La Asunción tampoco está en conexión necesaria con la incorrupción del sepulcro, pues, admitida la incorrupción del cuerpo de la Virgen, por apartar este deshonor de la Madre de Dios, no se seguiría de esto la Asunción, porque dicha preservación pudo hacerse de tres modos: – por la mera incorrupción, separados el cuerpo y el alma; – por la resurrección gloriosa; – por la glorificación sin pasar por la muerte.

Todos los católicos confiesan desde hace muchos siglos esta verdad; por lo que dice San Pedro Canisio: “Esta sentencia está admitida ya desde hace algunos siglos y de tal manera fija en el alma de los piadosos fieles y tan aceptada en toda la Iglesia, que aquellos que niegan que el cuerpo de María haya sido asunto al cielo, ni siquiera pueden ser escuchados con paciencia, sino abochornados por demasiado tercos o del todo temerarios y animados de espíritu herético más bien que católico”.

En este sentido se dirigieron a la Sede Apostólica millares y millares de súplicas, de todas partes de la tierra y por toda clase de personas, en que se pedía instantemente la proclamación de este dogma.

El Sumo Pontífice Pío XII, por su constitución dogmática Munificentissimus Deus, de 1° de noviembre de 1950, lo definió solemnemente con estas palabras:

“Para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acreditar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica”.

Hay que distinguir en la Asunción de María Santísima el hecho y el modo.

El hecho se refiere al elemento esencial de la Asunción, o sea a su traslación, al término de su vida terrena, en cuerpo y alma al Cielo.

El modo se refiere a los otros elementos accesorios de la Asunción, esto es, a si se verificó a través de su muerte y resurrección, o si, al contrario, se hizo sin muerte y consiguiente resurrección.

Pío XII, en su constitución dogmática, se limita solamente a definir el hecho de la asunción de María, sin determinar el modo, puesto que dice: Cumplido el curso de su vida terrena; es decir, al terminar la carrera de su vida terrena, sea cual fuere el modo como la haya terminado.

La muerte, pues, de la Santísima Virgen no cae bajo la definición dogmática, porque ni consta manifiestamente que haya sido definida, ni ha sido intención del Sumo Pontífice definirla, sino prescindir cuidadosamente de ella.

Tampoco entra en la definición dogmática de la Asunción la inmortalidad de María.

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En la Sagrada Escritura tenemos dos textos importantes relacionados con este dogma, aunque sea indirectamente:

— Génesis (3, 15): Enemistades pondré entre ti y la mujer y entre tu linaje y su linaje; ella quebrantará tu cabeza.

Las enemistades establecidas por Dios entre la mujer y el demonio, entre el linaje de la mujer y el linaje del demonio, se ordenan a que la mujer con su linaje, ella con Él y por Él, quebrante la cabeza del demonio y obtenga sobre él un triunfo completo.

Este triunfo que Cristo consiguió de Satanás, y en el que María Santísima se presenta íntima e indisolublemente unida a su Hijo, es el triunfo no sólo sobre el pecado y la concupiscencia, sino también sobre la muerte, que entró en el mundo por la envidia del diablo.

Luego, así como Jesucristo, resucitando, triunfa plenamente de la muerte, así a su Madre, íntimamente asociada a Él, le corresponde la misma victoria sobre la muerte por su exención de la corrupción del sepulcro y su Asunción al Cielo.

En la constitución Munificentissimus Deus dice Pío XII: “Desde el siglo II, María Virgen es presentada por los Santos Padres como nueva Eva, estrechamente unida al nuevo Adán, si bien subordinada a Él, en aquella lucha contra el enemigo infernal, que, como fue preanunciado en el Protoevangelio, habría terminado con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes. Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esta victoria, así también para María la lucha común debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, porque, como dice el mismo Apóstol: «Cuando este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que está escrito: la muerte fue absorbida en la victoria».

— San Lucas (1, 28): El ángel Gabriel saluda así a María: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres

Nuestra Señora es saludada llena de gracia; ahora bien, la plenitud de la gracia es el cúmulo y afluencia de todas las gracias, desde la gracia inicial (la Concepción Inmaculada) hasta la gracia final (la Glorificación total, del alma y del cuerpo, en el Cielo).

Nuestra Señora es llamada bendita entre las mujeres; palabras estas que reclaman que se llame bendita, no sólo por la bendición de tal y tan grande Hijo, sino también por la bendición contraria a la común maldición de la culpa original.

Esta maldición, común a las mujeres y a los hombres, es triple: de la culpa, de la concupiscencia y de la muerte. Luego, así como la Virgen Madre de Dios es llamada bendita por haber escapado a la maldición de la culpa y de la concupiscencia, de la misma manera lo es por haber escapado de la muerte, en cuanto que fue librada de su esclavitud por su Asunción gloriosa.

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Pasando a la glorificación celestial de la Bienaventurada siempre Virgen María, sabemos que la gloria celestial, una es esencial y otra accidental.

Considerada esencialmente, la gloria consiste en la visión intuitiva de Dios, a la cual siguen, como propiedad natural, el amor y el gozo en la posesión del Sumo Bien.

La gloria esencial, en cuanto al grado comparativo de su perfección específica, es la misma en todos los Bienaventurados; pero en cuanto al grado cuantitativo, admite una doble desigualdad, a saber: la intensiva y la extensiva, según que los Bienaventurados contemplen en diverso modo de perfección la esencia de Dios, o perciban más o menos objetos secundarios en la visión de la esencia divina.

— Pues bien, la gloria esencial de la Bienaventurada Virgen María supera grandemente la gloria de todos los hombres y Ángeles bienaventurados, tanto intensiva como extensivamente.

— Intensivamente, porque la gloria celestial se proporciona ya a la perfección de la gracia y de la caridad, ya a la cantidad de los méritos que se han alcanzado en el tiempo.

Ahora bien: María Santísima sobrepuja a todos los Santos, tanto por la plenitud de su gracia y de su caridad incomparable, cuanto por el inmenso y casi infinito conjunto de sus méritos.

Como la visión beatífica no compete a los Bienaventurados por la natural facultad de su entendimiento, sino por el lumen gloriæ (luz de la gloria), la visión más perfecta de Dios no depende de la mayor agudeza natural del entendimiento, sino de una participación más amplia de la luz de la gloria, la cual se infunde mayor o menor, según la diversidad de la gracia y de la caridad y según la cantidad de los méritos.

Ahora bien: la Bienaventurada Virgen María sobrepujó a todos los Bienaventurados en la perfección de su gracia y de su caridad y en la cantidad de sus méritos.

— La perfección extensiva de la visión beatífica es tanto mayor cuanto mayor número de seres se contemplan en la divina esencia.

Pero la Bienaventurada Virgen ve en el Verbo más criaturas que todos los Bienaventurados; porque:

a) Cuanto más intenso es el grado de visión, tanto mayor número de seres se ven en la esencia divina.

b) Cualquier Bienaventurado, por virtud de la visión de la esencia divina, ve en Dios todas aquellas cosas que se relacionan con su estado.

Ahora bien, al estado de María como Madre de Dios, asociada a la redención y Reina de todas las criaturas, pertenecen no solamente las cosas que son comunes a todos los Bienaventurados, sino también todo lo que de algún modo se refiere a la salvación de los hombres en el orden de la naturaleza y de la gracia.

— De la sobreexcelente visión intuitiva de Dios que fue dada a la Bienaventurada Virgen, se sigue su amor beatífico, con el cual Ella ama a Dios más que todo el conjunto de las criaturas.

— A la visión y al amor acompaña el gozo inefable, de tal modo que, así como María viviendo en la tierra fue un mar de amargura, así en los Cielos es un océano inmenso de inmenso deleite.

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La gloria accidental consta de aquellas cosas que, aunque no son necesarias para la bienaventuranza, la perfeccionan de alguna manera, como son ciertas revelaciones y gozos, aureolas, dotes especiales del cuerpo y algunos bienes exteriores, como el honor y la reverencia.

— Además del sumo gozo que acompaña a la visión de Dios, uno y trino, la Bienaventurada Virgen se goza grandemente en la contemplación de la humanidad de su Hijo Unigénito y en la vista de todos los elegidos.

Cuanto más perfectamente que los demás contempla a su Hijo y más ardientemente le ama, tanto más se goza en su vista que todos los otros.

La Santísima Virgen María trató en la tierra a su Hijo con la más íntima familiaridad, y se le asoció no menos íntimamente en las persecuciones, trabajos, angustias, pasión y muerte; por eso, merecidamente, se goza ahora con mayor dicha que todos en el honor, exaltación y belleza de su gloriosa humanidad.

— Todos los Bienaventurados, redimidos por la sangre de Cristo y regenerados por su gracia, son hijos espirituales de María. Y es cosa natural en una madre gozarse y alegrarse en los triunfos de sus hijos. Y como la Bienaventurada Virgen desea ardientemente la salvación de sus hijos, ruega por ellos y les alcanza gracias; por eso se goza en sumo grado en la salvación conseguida por aquéllos.

Además, cuanto más ardientemente ama a Cristo, su Hijo, tanto más fervientemente desea el fruto de su pasión y muerte. Por eso, al ver fructificar en tantos miles de almas santas la pasión de su Hijo, se goza vehementísimamente en la salvación de esos innumerables elegidos.

— Se señalan tres aureolas, conforme a las tres victorias privilegiadas correspondientes a los tres combates que amagan a cualquier hombre: contra la carne, el mundo y el demonio. Enseña Santo Tomás:

“En la lucha contra la carne obtiene una gran victoria el que se abstiene por completo de las delectaciones venéreas, que son las principales en este género; como son las vírgenes, y por esto se les debe la aureola de la virginidad. En la lucha contra el mundo, la principal victoria está en sufrir la persecución del mundo hasta la muerte; y esta segunda aureola se debe a los mártires, que consiguen la victoria en esta lucha. En la lucha contra el demonio, la principal victoria está en apartar al enemigo no sólo de sí, sino también del corazón de los demás, lo que se realiza por la doctrina y la predicación; y por esto la tercera aureola se debe a los doctores y predicadores”.

— La Bienaventurada Virgen fue adornada más ilustre y eminentemente con las tres aureolas dichas, pues María conservó perpetuamente purísima virginidad de alma y de cuerpo, fue la principal maestra de la fe, y fue más que mártir tolerando en la pasión de su Hijo penas más dolorosas que la misma muerte.

— Por el oficio de la maternidad de Dios está adornada María con cierto resplandor singular, que es más perfecto y de un orden más elevado que toda otra aureola; este resplandor es ciertamente singularísimo y como insignia de su regia dignidad y principado sobre todos los bienaventurados.

— El cuerpo de la Virgen Madre de Dios, además de las dotes comunes a los cuerpos gloriosos, brilla con singular hermosura.

Como sabemos, cuatro son las dotes de los cuerpos glorificados: impasibilidad, sutileza, agilidad y claridad; las cuales estarán en los cuerpos de los Bienaventurados por cierta redundancia del alma en ellos, en cuanto que, siendo el alma gloriosa, y habiendo sido el cuerpo colaborador suyo en el mérito y en el trabajo, ha de ser también su compañero en el premio y felicidad de la gloria.

Por eso, cuanto mayor sea la bienaventuranza del alma y su premio esencial, estarán estas dotes de modo más eminente en el cuerpo.

Y así lo estuvieron en la Santísima Virgen, cuya bienaventuranza es incomparablemente superior a la de todos los Santos.

— Además, el cuerpo de la Virgen Madre de Dios brilla también con una belleza y resplandor singular; pues cuanto más unida está el alma a la luz increada y más sumergida en ella, tanto es más hermosa, clara y resplandeciente la carne que anima.

Pues bien: el alma de la Virgen está sumergida en la luz increada tan radiantísima y profundísimamente, cuanto fuera de la unión hipostática ha podido comunicarse a una criatura.

— A todo esto hay que añadir los bienes externos del honor y reverencia que se tributan a la Bienaventurada Virgen en el Cielo.

Es honrada por su Hijo, como Madre suya dignísima y muy amada, a la que nada niega, de la que no aparta su rostro, por cuya reverencia, méritos y súplicas tiene misericordia de todo el mundo y lo perdona y socorre.

Es honrada por todos los Bienaventurados, que la alaban con fervor y la ensalzan jubilosamente, porque la miran como Madre de Dios toda hermosa y adornada con los resplandores de una santidad perfectísima, compañera y cooperadora del Redentor, por la cual con Cristo y bajo Cristo ha sido reparado el género humano y restaurado el palacio celestial, y por la cual tantos y tan inmensos bienes ven que les han sido impetrados, su felicidad y gloria conseguida e inefablemente aumentada.

— La Bienaventurada Virgen María forma en el Cielo un orden o jerarquía especial.

La Bula Ineffabilis Deus elogia así a María: “Por lo cual la colmó tan maravillosamente y mucho más que a todos los ángeles y santos con la abundancia de todas las gracias sacadas del tesoro de la Divinidad, que libre por completo de todo pecado, toda hermosa y perfecta, poseyera aquella plenitud de inocencia y de santidad que, después de Dios, no puede concebirse mayor”.

La Sagrada Liturgia dice: “La Santa Madre de Dios ha sido elevada al reino celestial sobre todos los coros de los ángeles.” “La Virgen María ha sido elevada al tálamo celestial en el que el Rey de reyes se sienta en estrellado solio”.

Dice San Alberto Magno: “Así como nada hay vacío en lo corporal, tampoco lo hay en lo espiritual. Ahora bien, el medio entre la criatura y Dios es ser criatura unida a Dios, Cristo; de igual manera, entre ser pura criatura y ser como Cristo criatura unida a Dios, el medio es ser la criatura de quien se toma o de quien nace lo que se une a Dios; pero esto es la Bienaventurada Virgen. Luego, Ella es el medio entre las criaturas y su Hijo; y le es debido un estado medio entre su Hijo y las demás criaturas”.

Y, ciertamente, siendo la dignidad de la maternidad divina de un orden superior, que constituye a María en un orden completamente singular, que se acerca próximamente al orden de la unión hipostática, fue necesario que María formara en el Cielo una jerarquía especial sobre todos los órdenes de los Ángeles y de los Santos.

— El inmenso gozo de los Bienaventurados en el Cielo se aumenta por la presencia y visión de la gloriosísima Virgen María.

Como el gozo nace del amor, cuanto más intensamente se ama un objeto, tanto más se goza en su presencia y contemplación.

Pues bien: los Bienaventurados aman ardentísimamente a la gloriosa Virgen, tanto porque el amor de la Bienaventurada Virgen excede en gran medida a todo el amor que los Bienaventurados se tienen entre sí, y es notorio que el amor inclina a corresponder con amor, como porque cada Bienaventurado sabe claramente que, en orden a su salvación, le ha sido concedido más por la Bienaventurada Virgen que por todos los Bienaventurados juntos.

Y en verdad, los Bienaventurados no pueden menos de alegrarse en la contemplación de la gloriosa Virgen Madre de Dios, siendo ella espejo brillantísimo y limpio en que se reflejan grandemente las perfecciones de Dios: omnipotencia, sabiduría, bondad, caridad, piedad y misericordia.

Por esto, con razón dice Dionisio el Cartujano: “Después de la humanidad que el Verbo eterno unió a sí, no hay, en todo orden de cosas, objeto tan preclaro y evidente, tan gracioso, glorioso y admirable para contemplar a Dios en sus efectos como la felicísima Virgen María”.

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La vida de la Santísima Virgen es una sucesión de maravillas; cada uno de los momentos decisivos de su existencia se señala con un milagro, que evidencia sus singulares privilegios.

Su vida es un poema cuyas estrofas van haciendo vibrar todas las cuerdas del espíritu, desde aquellas que nos llenan el alma de inefable alegría hasta las que nos inundan de esa amargura interior que hace brotar lágrimas y entristece los corazones.

Y este poema sin igual de la vida de la Virgen se cierra con la apoteosis bellísima de la Asunción a los Cielos.

El hecho, dentro de su maravilla, encierra una lógica tan evidente que la inteligencia, siempre absorta ante los milagros, concibe éste sin esfuerzo alguno. La que nació sin mancha, fue madre sin dejar de ser virgen y amamantó al Salvador, no podía confundir su destino con el del resto de los mortales…

Si Ella trajo a Dios a la tierra, es natural que Dios se la llevara al Cielo. Si vino al mundo sin pasar por el estigma del pecado, no es extraño que saliese del mundo sin seguir la suerte de los pecadores.

Dios quiso transportar su Cuerpo a los Cielos, para que allí disfrutara enseguida de la inmarcesible gloria que le correspondía, como Hija del Padre, Madre del Verbo, Esposa del Espíritu Santo y Reina de los Ángeles.

Si a María le priváramos de su Asunción, su gloria nos parecería incompleta; el poema terminaría bruscamente.

La Virgen Santísima, tan pura de Cuerpo como de Alma, tan bella en lo material como en lo espiritual, sólo tiene lugar adecuado en el trono que el Eterno preparó para Ella desde el principio sin principio de los siglos; y ese trono le ocupa con la misma envoltura carnal que tuvo en este mundo.

Allí, en medio de los esplendores inimaginables de la gloria, rodeada de coros de vírgenes y aclamada por las legiones angélicas, María ostenta la máxima hermosura que el mismo Dios puede prodigar.