PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

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SEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Por aquellos días, habiéndose juntado otra vez un gran concurso de gentes, y no teniendo qué comer, convocados sus discípulos, les dijo: “Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos”. Le respondieron sus discípulos: “Y ¿cómo podrá nadie en esta soledad procurarles pan en abundancia?” Él les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis?” Respondieron: “Siete”. Entonces mandó Jesús a la gente que se sentara en tierra; y tomando los siete panes, dando gracias, los partió; y se los daba a sus discípulos para que los distribuyesen entre la gente, y se los repartieron. Tenían además algunos pececillos: los bendijo también, y mandó distribuírselos. Y comieron hasta saciarse; y de las sobras recogieron siete espuertas; siendo unos cuatro mil los que habían comido; en seguida Jesús los despidió.

El Evangelio del Sexto Domingo de Pentecostés contiene esta insondable frase de Jesucristo, que nos revela lo íntimo de su Corazón misericordioso: “Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos”.

Como consecuencia tuvo lugar la segunda multiplicación de panes. Sabemos que a la primera le siguió el famoso discurso sobre el Pan de Vida, que hemos comentado en la Fiesta del Corpus Christi: El pan que yo les daré, es mi carne por la vida del mundo.

También hemos considerado el Domingo Infraoctava del Corpus que, junto con los desgraciados y extranjeros, hemos sido invitados al Banquete de la Redención. He aquí la compasión y misericordia del Sagrado Corazón de Jesús, que ha hecho depositaria de ellas a la Santa Iglesia por Él fundada.

Reflexionemos hoy sobre la actitud contraria de los fariseos y sus secuaces de todos los tiempos, especialmente de los nuestros. Esto nos servirá para juzgar sobre lo que han tramado con la falsa pandemia y sus entretelones…, bien llamada plan-demia

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Después del prodigio de la multiplicación, los fariseos, que habían rechazado el milagro de Cristo, le exigieron temerariamente que hiciera otro portento mayor, pidieron un signo del cielo, una señal, conforme a su mentalidad farisaica, judaica, por la cual demostrase que Él era el Mesías esperado…

Según San Marcos, el Maestro, gimiendo en su espíritu, dijo: ¿Por qué esta raza exige una señal? En verdad, os digo, ninguna señal será dada a esta generación. Según San Mateo, Jesucristo citó el caso del profeta Jonás como figura de su milagrosa resurrección.

Tras la negativa, Nuestro Señor, dejándolos allí, se volvió a embarcar para la otra ribera con los Apóstoles, los cuales se habían olvidado de tomar pan, y no tenían consigo en la barca más que un solo pan.

En esas circunstancias, Jesús les hizo esta advertencia: ¡Cuidado! Guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de los saduceos, y de la levadura de Herodes.

Los Apóstoles se hicieron esta reflexión unos a otros: Es que no tenemos panes.

Los Apóstoles no entendieron, y pensaron que, hablando del fermento de los fariseos, saduceos y herodianos, los reprendía porque habían olvidado de proveerse de pan.

Entonces, el Señor los regañó en serio, recordándoles la Providencia de Dios y las dos multiplicaciones de panes. Les dijo: ¿Por qué estáis pensando en que no tenéis panes? ¿No comprendéis todavía? ¿No caéis en la cuenta? ¿Tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos, no veis; y teniendo oídos, no oís?

Les hizo reflexionar de esta manera: Cuando partí los cinco panes entre los cinco mil, ¿cuántos canastos llenos de pedazos recogisteis? Doce, le dijeron. Y cuando partí los siete panes entre los cuatro mil, ¿cuantas canastas llenas de trozos os llevasteis? Le dijeron: Siete. Y les dijo: ¿No comprendéis todavía?

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¿Qué tenían que comprender?

Nuestro Señor Jesucristo, estando en la barca con sus discípulos, les previno se guardasen del fermento de los fariseos, saduceos y herodianos…

La levadura de los fariseos, según vemos en San Lucas, es la hipocresía, el fingimiento; es la corrupción de lo religioso. Hemos de guardarnos tanto de compartirla cuanto de ser su víctima.

Se trata, no sólo de guardarse contra la doctrina de los fariseos y del daño que ellos nos harán, sino de cuidarse de no caer nosotros mismos en la hipocresía, contaminados por la contagiosa levadura de los fariseos.

No hemos, pues, de temer el decir la verdad y el confesar a Cristo con todas sus paradojas y humillaciones; pero sí temblar antes de deformar la doctrina por conveniencias mundanas, porque esa es la blasfemia contra el Santo Espíritu, que no será perdonada.

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La levadura de Herodes, por su parte, es la mala vida, que se contagia como una peste.

Es la levadura de los mundanos. Herodes creía en la prédica de San Juan Bautista; le escuchaba de buena gana, pero no quería renunciar a su vida pecaminosa y libertina.

La levadura herodiana es ese evangelio permisivo y liberal; el de los que a lo malo le llaman bueno y viven excusándose en el amor de Dios para justificar su vida de pecado; los que aman más su pecado que a Dios y, por lo tanto, no quieren salir de esa vida escandalosa.

Este Herodes Antipas, con su vida disoluta, ambiciosa, paganizante y de crimen, con su ejemplo e influjo, era también fermento dañoso en la masa de Israel. Además, astutamente, quería deshacerse de Cristo por el descrédito. En esto era punto de unión con el fermento de los fariseos: en corromper la masa de Israel, para que desconociesen al Mesías, aunque en Antipas era por razones políticas.

Llevado, pues, a lo social, el fermento herodiano intenta insertar la contradicción entre el Evangelio y los problemas de este mundo, con la cuestión social especialmente. Preguntan, por ejemplo: “¿Hay que pagar el tributo al César?”… Así lo cuestionaron los herodianos a Nuestro Señor, porque no querían la dominación romana.

Y Nuestro Señor desbarata su dialéctica al mandarles “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es Dios”.

Entonces, esa dialéctica entre lo temporal y lo sobrenatural es de cuño herodiano.

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En cuanto a los saduceos, esa palabra viene del griego, y significa; “partidarios de la justicia”. Los saduceos eran un partido judío político-religioso de los tiempos del Nuevo Testamento, que representaba el ala rica, liberal, aristocrática y secularizada del judaísmo.

Como partido religioso, ellos se enorgullecían de su estricta interpretación de la Ley, es decir, de los cinco libros de Moisés, el Pentateuco, que eran los únicos que ellos aceptaban como inspirados, al punto que rechazaban toda doctrina que no tuviera un apoyo explícito en ellos.

Los saduceos se diferenciaban de los fariseos en que ellos no creían en la existencia de ángeles y de espíritus, tampoco creían en los milagros o en la resurrección. Su levadura es, pues, la del materialismo, sólo creer en lo material.

El saduceísmo es algo puramente temporal: apetencia de lo temporal, de los poderes de la política, de la economía, el poder que da el dinero, etc., etc. Es la levadura del Evangelio humanista, el cual le enseña al hombre que el Reino de los Cielos consiste en cosas materiales, y que se centra solo en la prosperidad económica, política y de dominio terrenal y material.

El calvinismo vino a ser un sinónimo del saduceísmo. El calvinismo apareció en el siglo XVI, recogió la reforma luterana, pero, con su cultura clásica, se propuso darle un sentido clásico a eso burdo y salvaje que es la doctrina de Lutero.

Ahora bien, lo central de su enseñanza radica en la predestinación. ¿Cómo hace Calvino para fundamentar esa predestinación? De un modo gráfico, él se pregunta: “¿Cómo me consta a mí que estoy salvado?” Se vale de un contexto del Antiguo Testamento, según el cual el bendecido por Dios era el hombre favorecido temporalmente. El calvinismo sostiene que el cristiano que crece en poder temporal, podrá sentirse seguro de estar salvado.

La señal, entonces, es tener el poder de las finanzas, los controles de la cultura, integrar un gabinete, fundar universidades, formar parte de los directorios de los bancos, etc., etc.

El calvinismo es una expresión depurada, y un poquito refinada, de ese saduceísmo brutal que existía en tiempos de Nuestro Señor, y que forma parte de la mentalidad judía.

Por lo tanto, es saduceísmo la apetencia de dominar lo temporal para luego, mediante ese dominio de lo temporal, hacer apostolado. Y, para ello, hay que lograr una armonía con el mundo. De allí deriva una espiritualidad laical y un compromiso con el mundo.

Ahora bien, si yo procuro una armonía con el mundo, tengo que servirme de todo lo que me da el mundo; valerme, no solamente de aquello que me brinda, sino también de lo que constituye la estructura del mundo.

¿Y cuál es esa estructura que constituye el mundo? El poder.

El poder del dinero, de la cultura, de las influencias.

El mundo es poder. Porque el mundo sabe que, después de él, no hay nada más.

El espíritu secular, mundano, calvinista, insiste y pone el tono en la “añadidura”, más que en “el Reino de Dios”.

El calvinismo voluntarista tiene que refugiarse en algo que implique y asegure el ejercicio del poder, del dominio, en una concepción prometeica y voluntarista del hombre, porque la base de esa horrible predestinación de Calvino es su concepción voluntarista de Dios y de la economía de la salvación. Para Calvino, Dios condena porque prevalece en Él la voluntad y hace lo que se le antoja.

Ahora bien, ¿cómo se asegura a un cristiano que está salvado?, ¿cómo se refleja en lo temporal esa Voluntad eterna?, ¿cómo se manifiesta que Dios ha decretado desde su “santísimo antojo” salvarme y no condenarme, aunque yo sea un granuja? Dios me bendecirá con bienes materiales, con poder, influencias, etc.

O sea, se resucita la vieja concepción judía, trasladada ahora a una visión cristiana.

Vemos claramente, entonces, que el protestantismo calvinista es el motor del capitalismo liberal. El calvinismo, de hecho, influyó mucho, e influye todavía, en Inglaterra y en los Estados Unidos…

Ya también comprobamos que ese calvinismo judaico es el motor del Opus Dei…

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Retomando el diálogo de Nuestro Señor con sus discípulos comprobamos que Él quiso recomendar en su Iglesia los “medios pobres” frente a los “medios ricos”; y esto significan las cifras que recordó. Es decir, que con menos panes Cristo alimentó a más gente y sobraron más panes; con más panes, Cristo alimentó a menos gente y sobraron menos panes: ¡en proporción inversa!

Con esta enseñanza, Jesucristo quiso poner en guardia a sus Apóstoles y a toda la Iglesia contra la actitud que frente a Él tomaron los fariseos, herodianos y saduceos.

La levadura hace fermentar la masa, lo que es corromperla, como enseña San Pablo. Por la fermentación que produce, en la antigüedad se consideraba la levadura como un agente y un símbolo de corrupción y putrefacción.

La actitud de fariseos, herodianos y saduceos ante Jesucristo corrompe la masa del pueblo para la comprensión de la fe en Él. Este fermento separa al pueblo de Cristo y le impide ir a Él.

Este es el aspecto negativo de la enseñanza del Maestro: que no los imiten, no sólo en la hostilidad, pero ni siquiera en la negligencia frente a Él, lo que sería desconocerle.

Pero más en profundidad está el aspecto positivo de la enseñanza: que saquen y sigan las conclusiones de los dos milagros mesiánicos que les recuerda; las dos multiplicaciones de los panes en el desierto. Que vean en ellas los signos milagrosos con que prueba su mesianismo y divinidad.

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Hay que entender bien la función de los “medios ricos” y los “medios pobres” en manos de la Iglesia: Dios ama los medios o instrumentos pobres, para que el hombre no se alce con la gloria, que es de Dios.

Cuando la Iglesia está en posesión de instrumentos ricos o quiere trabajar con ellos (el poder, la influencia, el renombre, la astucia política, la diplomacia, los ejércitos, los nombres ilustres y, en fin, ese útil de útiles que es el dinero), en esos casos queda herida de esterilidad, o al menos de sequía; tanto que a veces permite Dios que violentamente se los arrebaten o anulen.

Esas son las armas del mundo, y la Iglesia, tentada de mundanidad, se enreda con ellas o se lastima, como David con la armadura de Saúl.

La técnica es propia del hombre. Pero la técnica moderna viene de la aplicación de las Matemáticas a la Física en orden, no al saber, sino al poder; es decir, es el triunfo de la voluntad sobre el intelecto; poner el intelecto al servicio de la voluntad de dominio.

La sana teología (y la espiritualidad se basa siempre en una sana teología) no es voluntarista. La teología y la filosofía cristianas siempre han defendido la primacía de la inteligencia sobre la voluntad. No el primado racionalista cartesiano, que ya corresponde al mundo moderno.

“Voluntas sequitur intellectum”, es decir, “la voluntad sigue al entendimiento”, es un adagio, un apotegma de la filosofía y la teología católicas. El objeto de la voluntad es el bien, pero la voluntad no lo conoce; quien le presenta a la voluntad el bien para que lo desee, lo apetezca y lo alcance, es la inteligencia.

El calvinismo, por el contrario, se basa en el voluntarismo, se caracteriza por un voluntarismo a ultranza.

El voluntarismo es contrario a la naturaleza ordenada; pero, por desgracia, es conforme a la naturaleza caída.

Caín fue el primer voluntarista, el primer cultor de la voluntad de poder. Él y sus hijos, Jubal y Tubalcaín, inventaron la técnica; Nimrod fundó la primera ciudad amurallada; la torre de Babel fue el primer acto de culto tecnolátrico.

Caín fundó la primera ciudad y algunos de su linaje inventaron los instrumentos más necesarios para la vida técnica y la música. No hay, pues, duda de que la civilización primitiva era preferentemente cainita, no solamente en su origen, sino también en su espíritu, que era exclusivamente materialista. También la poligamia trae su origen de los cainitas, que con ello cambiaron por completo el orden natural instituido por Dios.

Por eso Dios borró de la tierra en el diluvio esta civilización.

La herejía voluntarista nació en la Cristiandad Occidental en los siglos XVI y XVII. Lutero es voluntarista. El voluntarismo domina toda la Filosofía Moderna y, desde allí, reina en toda la práctica, desde la técnica hasta la religión: los que mandan hoy día no son los contemplativos sino los prácticos; no los sabios, sino los expertos y astutos; no los más inteligentes, sino los más briosos y dominadores.

Ahora bien, si domina la voluntad, entonces el hombre no es más que el animal (cuyo conocimiento está determinado a la acción, a la acción presente) y la religión es una cuestión de sentimiento, no de verdad ni de error.

Veamos las consecuencias extremas del voluntarismo moderno:

1°- la voluntad de producir a todo costo, antes de ordenar la producción al consumo, el medio al fin: de donde el hombre viene a quedar subordinado a la producción, el hombre es para la producción; de allí procede el Capitalismo.

2°- la voluntad de planificar para aumentar la producción; que, sin la moderación de la sabiduría, viene a subordinar el hombre al plan en forma dura y no flexible.

3°- la voluntad de dominar férreamente una nación a otra; de allí nacen los mercados.

4°- la voluntad de hacer dinero sin límites; de allí proviene el lucro para aumentar el capital; y cuanto más capital más dominio, más producción, más lucro.

5°- la voluntad de destruir la producción para hacer dinero, sea volcando el vino y quemando el maíz, sea por esas grandes destrucciones colectivas que son las guerras.

6°- la voluntad de destruir el dinero para hacer producción; origen del monopolio arbitrario del dinero, la inflación, la deflación.

7°- la voluntad de destruir y destruirse, que es diabólica; o sea el suicidio.

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¿Por qué pues el hombre se entrega de esta manera absoluta y cuasi religiosa a la técnica?

Es que hay aquí también una raíz religiosa: conquistar la tierra es una misión del hombre. En efecto, Dios puso al hombre en el Jardín del Edén para que lo conquistase con un trabajo suave y humano, y después toda la tierra, que producía ya entonces abrojos y espinas, y la volviese Jardín del Edén.

El hombre abandonó su primera relación, la relación con Dios, para entregarse con furia a su segunda relación, la relación con la tierra y prefirió hacer la torre de Babel. Y lo que él prefirió no le fue negado.

Está a la vista la torre de Babel; creo que en estos días están por terminarla…

Todo deriva de las ideas; porque lo primero que deriva de las ideas son los ideales, y los ideales gobiernan la marcha del hombre. Pero, la herejía de la acción sin freno, la del voluntarismo, consiste en caminar mucho y pensar poco.

Como ejemplo actual, tenemos las consecuencias de lo que publicó en 1798 el Pastor anglicano, inglés, Thomas Malthus, su “Ensayo sobre el Principio de la Población”. Allí afirma que la población tiende a aumentar en proporción geométrica, mientras que la producción de alimentos avanza en proporción aritmética. La consecuencia, para él y sus seguidores, salta a la vista: se impone la limitación de los nacimientos…, y ahora matan ancianos y pobres… Tenemos la píldora del día después y la pildorita del día anterior…; las vacunas para esterilizar, evitando las vidas, y las vacunas para quitar la vida…

Una de las citas más renombradas de Malthus dice así:

“Un hombre que nace en un mundo ya ocupado, si sus padres no pueden alimentarlo y si la sociedad no necesita su trabajo, no tiene ningún derecho a reclamar ni la más pequeña porción de alimento; de hecho, ese hombre sobra. En el gran banquete de la Naturaleza no se le ha reservado ningún cubierto. La naturaleza le ordena irse y no tarda mucho en cumplir su amenaza”.

Ya conocemos al mayor neo-malthusiano, aunque éste es agnóstico, se llama Bill y trae tanto “gato encerrado” que él mismo no vacuna a sus hijos… Una de sus frases no deja duda sobre los invitados al gran banquete de la Naturaleza:

“El mundo tiene actualmente 6.800 millones de personas. Y está en camino para llegar a 9.000 millones. Ahora, si hacemos un gran trabajo en nuevas vacunas, cuidado de salud, y servicios de salud reproductivos podríamos disminuir esa cifra, quizás, 10 o 15 %”

Vacunas, píldoras, DIU, preservativos y otras yerbas, ¡sí!… Pero no hay cubiertos disponibles para aquellos cuyos padres no pueden alimentarlo y si la sociedad no necesita su trabajo, pues la naturaleza les ordena no llegar o irse antes de tiempo…

Tomando el porcentaje menor con el cual el “gato vil” espera poder disminuir la cifra de 9.000 millones el resultado es la fruslería de 220 millones, que, convengamos, es un poquito mayor que 6 millones de hijos de Agar, e incluso un poco más que los 30.000 que ahora reciben giros al exterior en dólares…

Con el 15% la cifra sube a 330 millones…

No sé si Al-verso Fernández los contará “uno a uno”, o si dispondrá de otro sistema aún más mendaz y burlón…

Lo que sí sé es que Nuestro Señor ya ha dicho a los fariseos de todos los tiempos: Vosotros sois hijos del diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él fue homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay nada de verdad en él. Cuando profiere la mentira, habla de lo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira. Y a Mí porque os digo la verdad, no me creéis.

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Esta dureza de corazón es diametralmente opuesta a la actitud evangélica hacia los pobres, débiles y sufrientes, a quienes Jesucristo manda cuidar. Pero no cuidar de cualquier manera… El Estado también puede cuidar viejitos o cuidar leprosos; darles de comer para prolongarles unos años de miseria, sería una obra humana, pero no sería una obra divina…, sería filantropía, pero no caridad…

Una de las divas del cine italiano, al cabo de una visita al Cottolengo de Turín, dijo a la religiosa que la había guiado: “Hermana, yo no haría lo que usted hace aquí ni por un millón de dólares”. Y la religiosa le respondió simplemente: “Yo tampoco”…

Jesucristo tiene preferencia por los enfermos, por los pecadores, por los débiles, por los pobres. Tiene compasión y misericordia… ¿Por qué? ¿Amaba Cristo la fealdad, el dolor, la privación, lo que está torcido o roto por sí mismo? ¡No! Cristo es el Creador; y el Creador ama la verdad, el bien, belleza, la armonía, la salud, la felicidad. Todas las cosas buenas que hay en la tierra salieron de Dios.

Cristo ama al enfermo, al ignorante, al pobre, a pesar de sus miserias y para sacarlo de ellas.

Pero si en lugar de tender la mano al desvalido, ahora el fuerte y el astuto procuran exprimirlo o aplastarlo, ello se debe a una mutación ética, y, en definitiva, religiosa.

Esta es la Economía calvinista, fruto de un profundo cambio en la concepción del hombre y de Dios mismo.

La imagen inmortal e indestructible del Creador ya no es reconocida en la creatura porque el calvinismo cambió a Dios Padre y Providente por el Dios de la Fatalidad del Paganismo y del Islam. El Protestantismo sustituyó la Providencia por la Fatalidad.

Como todo lo que está próximo a Dios, cae dentro de la Providencia y escapa al desorden de la Fatalidad, se sigue que, cuanto más se aleja uno de Dios, más se liga a los lazos del azar.

La sustitución de la Providencia por la Fatalidad significa la “Muerte de Dios” y también la “Muerte del Hombre”, porque el sometimiento total de la vida humana al influjo de las creaturas hace que la libertad humana se quiebre bajo la presión de las circunstancias.

¿Por qué?

Porque el carácter favorable o adverso de las circunstancias permitiría discernir en cada caso si una persona se dirige a la Salvación o a su eterna Perdición. Y, como para el hombre moderno, el signo clarísimo de la buena estrella es el éxito en esta vida, éxito que habitualmente da el dinero… Saquen las conclusiones a las que llegan los malthusianos y los gattesianos…

El Protestantismo convirtió la Pobreza en el pecado imperdonable, sin remisión en esta vida ni en la otra, porque ella es la señal de cuantos han nacido con mala estrella, de aquéllos a quienes la Fatalidad ha puesto en el infinito número de los “perdedores”.

El pobre es visto entonces como un factor de contaminación ambiental al que es conveniente e incluso necesario eliminar, o por lo menos, tener cortito, haciéndolo trabajar como a persona de “diferente tonalidad”, o, si prefieren, como a negro…, y, encima, “en negro”…

La horrible teología de Calvino, que es la única teología coherente que produjo el Protestantismo, concibe la predestinación y la reprobación como algo que está, no en la mente divina, fuera del orden temporal, en lo eterno, sino en la naturaleza de los individuos.

Por lo tanto, respecto a los que se han de salvar, ese algo viene a ser, en fin de cuentas, la prosperidad en esta vida, la prosperidad material… En los países anglosajones la pobreza se ha vuelto, de hecho, un crimen teológico.

La reintroducción del Demonio pagano de la Fatalidad llevada a cabo por el Protestantismo no es casual: en efecto, el Destino justifica la dedicación humana a las cosas de este mundo; puesto que la salvación no pasa por las obras, sino por la fe en una arbitraria decisión divina, la actividad humana se desvía ahora hacia los bienes de la tierra y conduce a la apoteosis del trabajo, cuyo fin último es la instalación del hombre en el mundo.

La economía burguesa supone una mentalidad nominalista-voluntarista, que inspiró a la Revolución Protestante y a su perversa teología.

La doctrina malthusiana, la antigua y la moderna, es expresión cabal de la “ciencia burguesa”, necesariamente relativista, porque su espuela no es el hambre de Verdad sino la voluntad de Poder sobre las cosas y las personas.

El burgués es, al mismo tiempo, hermético a la Verdad y cerebral en sus procedimientos para reducir al hombre a mero dato estadístico. Y al aborrecer la Verdad pierde la realidad: el egoísmo desvía brutalmente su inteligencia de las cosas del mundo, obra de Dios, y la lanza hacia entidades ideales, que nada significan divorciadas del hombre concreto: el mercado, la oferta y la demanda, la línea ascendente de un gráfico o registros en un archivo electrónico…

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En la raíz del genocidio mundial, que los usureros hoy llevan a cabo con pretextos científicos, hay algo mucho más perverso que la decisión de excluir del “Gran Banquete de la Naturaleza” a cuantos no forman parte del Primer Mundo: está el odio a la Luz, Jesucristo, y la pretensión de sustituir su claridad por el brillo del Oro.

Y al margen de Jesucristo, la Verdad, el hombre no sólo pierde la Libertad, sino también la Vida.

La Sabiduría divina, el Verbo de Dios, por el contrario, invita a todos a su Banquete.

Nadie es excluido…

Más aún: hay una sorprendente predilección por la “escoria”: Haz entrar aquí a los pobres y lisiados y ciegos y cojos… Y oblígalos a entrar hasta que se llene mi casa.

Pero, cuantos no aceptan ser liberados por la Verdad y hacen oídos sordos a su convite caen en la ruina que el Evangelio vaticina a los rebeldes.

¡Guardaos, pues, de la levadura de fariseos, saduceos y herodianos…

¡No exijáis signos del Cielo!, signos que demuestren que Jesús es el Mesías esperado, conforme a la mentalidad farisaica, judaica…

¡Vigilad y orad!

¡Esperad y pedid su Segunda Venida!…

¡Preparaos para el Banquete eterno de la Sabiduría! Pues el Espíritu y la novia dicen: ¡Ven!

¡Ven, Señor Jesús!, es el suspiro con que termina toda la Revelación divina…

Nota: para este sermón he utilizado citas tomadas de diversas obras del R.P. Leonardo Castellani; así como también el Cuaderno N°1 en homenaje al R.P. Raúl Sánchez Abelenda: El Opus Dei: ¿un fariseísmo, un saduceísmo, un herodianismo?