PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

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SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Y los judíos, porque era la Parasceve, a fin de que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era el día grande, rogaron a Pilatos que les quebrasen las piernas y que fuesen quitados. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero y al otro que fue crucificado con Él. Mas cuando llegaron a Jesús, viéndole ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y salió luego sangre y agua. Y el que lo vio, dio testimonio, y verdadero es el testimonio suyo. Y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas fueron hechas para que se cumpliera la Escritura: No le quebraréis ni uno de sus huesos. Y también dice otra Escritura: Pondrán los ojos en aquel a quien traspasaron.

El culto al Sagrado Corazón de Jesús ya fue desarrollando en el curso de la vida de la Iglesia. Ya desde los primeros siglos, los Padres, los Doctores y los Santos, celebraron con frecuencia el Amor de Nuestro Redentor, y llamaron a la herida abierta en el costado de Cristo fuente misteriosa de todas las gracias.

Más tarde, en la Edad Media, las almas contemplativas acostumbraban a penetrar a través de aquella herida en el mismo Corazón herido de amor por los hombres. Y desde entonces, esta contemplación llegó a ser tan familiar a todas las almas santas, que no hay, en esa época, país ni Orden religiosa en que no se hallen de ella manifestaciones admirables.

Por fin, en los últimos siglos, y particularmente en tiempo en que los herejes, principalmente los jansenistas, con pretexto de una falsa piedad, se esforzaban en apartar a los cristianos de la Sagrada Eucaristía, comenzó a darse culto público al Sagrado Corazón, gracias sobre todo a la iniciativa de san Juan Eudes, el cual es tenido fundadamente como autor del culto litúrgico de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, y al que San Pío X llama padre, doctor y apóstol de esta devoción.

Para establecer plena y perfectamente el culto del Sagrado Corazón de Jesús, y para propagarlo por todo el mundo, Dios mismo se eligió como instrumento a Santa Margarita María de Alacoque, la cual, ya desde su infancia, había profesado un ardiente amor a la Sagrada Eucaristía.

Nuestro Señor le mandó que procurara se estableciese el viernes después de la Octava de Corpus Christi una nueva fiesta, en la que se tributara a su Corazón el culto que le es debido, y se repararan con dignos homenajes las injurias que le infieren los pecadores en el Sacramento de su amor.

Finalmente, el papa Clemente XIII aprobó, en el año mil setecientos sesenta y cinco, un Oficio y una Misa en honor del Sagrado Corazón de Jesús; y Pío IX extendió esta fiesta a la Iglesia universal.

A partir de aquel momento, el culto del Sagrado Corazón, cual río que se desborda, vencidos todos los obstáculos, se propagó por el orbe entero. Y en la aurora del siglo XX, con ocasión del jubileo, el Sumo Pontífice León XIII consagró el linaje humano al Sagrado Corazón.

Por último, Pio XI, para que la solemnidad de la fiesta fuera proporcionada a una devoción tan extendida, elevó la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús al rito doble de primera clase con Octava; y, además ordenó que se recite todos los años en dicha festividad en todos los templos del mundo cristiano un acto de desagravio.

Consideremos las principales enseñanzas de los Santos, recopiladas en el Santo Breviario.

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San Juan Crisóstomo

¿No veis cuán grande es la fuerza de la verdad? El mismo celo mal entendido de los judíos contribuye al cumplimiento de las profecías. Se cumple, en efecto, otra predicción profética gracias a ellos.

Vinieron los soldados y rompieron las piernas de los otros sentenciados, mas no las de Jesucristo; no obstante, para contentar a los judíos, atravesaron su pecho con una lanzada, ultrajando así su cuerpo muerto.

¿Puede darse un crimen más perverso y abominable? No nos turbemos, sin embargo, ni nos desalentemos, pues las acciones que les inspiraba su mala voluntad debían servir para corroborar la verdad de la profecía que dice: “Volverán los ojos hacia Aquel a quien traspasaron”. Se refiere a la profecía de Zacarías, XII, 10, que anuncia la conversión final de Israel.

Tuvo lugar, al mismo tiempo, otro misterio: manó de aquella herida sangre y agua. Estas dos fuentes no brotaron sin motivo ni al azar, sino para que de ambas se formara la Iglesia. Bien lo saben los que han sido regenerados por el agua y se nutren de la Sangre y la Carne del Redentor.

De aquí arrancan los misterios; porque nosotros nos acercamos a esta tremenda bebida como si debiéramos beber de este costado divino.

Se cumplió así también la profecía que dice: “No romperéis ninguno de sus huesos”. Aunque estas palabras se dijeron refiriéndose al Cordero Pascual, éste no era más que una figura, un anuncio de la realidad, que en este hecho se cumplió perfectamente.

Previendo el Evangelista que su testimonio podía no ser creído por todos, aduce el de Moisés, para dar a entender que esto no ocurrió al acaso, sino que había sido ya anunciado desde mucho tiempo. He ahí el testimonio de Moisés: “No romperéis ninguno de sus huesos”.

El Evangelista confirma, a su vez, con su relato las palabras del Profeta: Refiero estas cosas, dice, para que veáis la relación que existe, entre la figura y la verdad.

Consideremos con cuanto cuidado procura que no se ponga en duda esta particularidad, por deshonrosa e ignominiosa que parezca. Porque, en efecto, era más afrentoso para el Cuerpo de Jesús ser el juguete de un soldado que ser clavado en la cruz.

No obstante, dice el historiador, he reportado escrupulosamente estas cosas, para que creamos. Que nadie, por lo tanto, se niegue a creer y perjudique nuestra fe con su falsa vergüenza. Porque en estas circunstancias tan bochornosas, en apariencia, se halla el origen de nuestros bienes más preciados.

San Agustín

El Evangelista empleó una expresión muy propia. No dijo: “Su costado fue herido o golpeado”, u otra expresión semejante, sino: “abierto”. Para que allí, en cierto modo, se nos mostrara la puerta de la vida de donde manaron los Sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se puede entrar en la verdadera vida.

Esta Sangre fue derramada para el perdón de los pecados; esta agua es un líquido salutífero: nos sirve de baño y de bebida.

He aquí por qué la primera mujer fue formada del costado del varón mientras dormía; he aquí por qué recibió el nombre de vida y de madre de los vivientes.

Prefiguró, pues, un gran bien, antes del gran mal de su prevaricación. El segundo Adán, habiendo inclinado la cabeza, se durmió en la cruz, para que allí le fuera dada una esposa, la cual salió de su costado.

¡Oh muerte, por la cual los muertos reviven! ¿Qué cosa hay más pura que esta sangre? ¿Qué cosa más saludable que esta herida?

El Evangelista nos ofrece dos testimonios de la Escritura relativos a cada una de las cosas de cuya realización da cuenta.

Había dicho: “Al acercarse a Jesús, viéndole ya muerto, no quebraron sus piernas”. A este pasaje se refiere el testimonio siguiente: “No le romperéis ningún hueso”, esto es, el precepto impuesto a los que en la Ley antigua debían celebrar la Pascua inmolando el cordero pascual, figura anticipada de la Pasión del Señor; por esto Jesucristo, nuestro Cordero Pascual, fue inmolado, según había profetizado de Él Isaías al decir: “Ha sido conducido a la muerte como un cordero”.

Dijo además el Evangelista: “Mas uno de los soldados abrió su pecho de una lanzada”. A esto se refiere el otro testimonio: “Volverán los ojos hacia Aquel a quien traspasaron”. He aquí la promesa de la venida de Jesucristo con el mismo cuerpo en que fue crucificado.

San Cirilo de Alejandría

San Juan no refiere estas cosas para atribuir a los desalmados y crueles judíos un sentimiento de piedad, sino para mostrar que ellos, ridícula y torpemente, colaban un mosquito y se tragaban un camello, como les dijo Cristo.

A la verdad, reputaban como nada los crímenes más grandes; y, por otra parte, observaban escrupulosamente cosas de mínima importancia; manifestando en ambos casos su ignorancia.

Y todo esto es muy fácil demostrarlo. He aquí que, después de haber dado muerte a Jesucristo, honran con gran cuidado el día del sábado; y, con audacia inaudita, dan muestras de respeto a la ley, después que han condenado al Autor de la Ley.

Cuidan honrar sobremanera el gran día del sábado, ellos que han dado muerte al Señor de este gran día; y piden una gracia digna de su crueldad, esto es, que se proceda a romper las piernas de los ajusticiados, ocasionando así a ellos sufrimientos irresistibles, más crueles que la misma muerte, próxima ya para ellos.

Animados estos soldados de la misma crueldad de los judíos, y para acceder a sus deseos, quebraron las piernas de ambos ladrones, a quienes hallaron aún vivos. Mas al ver a Jesús con la cabeza inclinada, suponiendo que había ya expirado, juzgaron inútil quebrarle las piernas; les quedaba, empero, alguna duda, sobre su muerte, por lo cual le atravesaron el pecho con una lanzada, y broto de allí sangre mezclada con agua, símbolos y primicias de la Eucaristía y del Bautismo.

De todo lo acaecido, el sapientísimo Evangelista saca como consecuencia que aquel Jesús es realmente el Cristo anunciado en otro tiempo por las Sagradas Escrituras, ya que los hechos referidos se desenvuelven conforme a los divinos oráculos.

San Buenaventura

Para que del costado de Jesucristo, dormido en la cruz, se formara la Iglesia, y se cumpliesen las palabras de la Escritura, dispuso Dios que uno de los soldados abriera con su lanza aquel pecho sacratísimo, de modo que, al brotar de allí sangre y agua, se derramara el precio de nuestra salvación; el cual, procediendo de lo más profundo del Corazón divino como de una fuente, diese a los Sacramentos de la Iglesia la virtud de comunicar la vida de la gracia, y fuera para los que ya viven en Cristo el manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna.

¡Levántate, pues, oh alma amiga de Jesucristo!; no dejes de estar alerta; aplica allí tus labios para sorber las aguas de la fuente del Salvador.

Ya que una vez nos hemos acercado al Corazón dulcísimo de Nuestro Señor Jesucristo, y tan grato nos es estar aquí, no nos dejemos separar fácilmente de Él.

San Lorenzo Justiniano

Es realmente un prodigio grande e inaudito, el que de un cuerpo inanimado brotara sangre y agua. En esta circunstancia quiso Dios, en su sabiduría, someter a nuestra admiración un gran misterio: el de su unión con la Iglesia.

Una figura de esta unión espiritual la vemos ya en Adán dormido, de una de cuyas costillas sacada de su costado, es formada Eva, madre de todos los hombres, figura, a su vez, de la Iglesia.

Al mostrárnoslo, el Espíritu Santo significaba que un día vendría al mundo el verdadero Adán espiritual, plasmado por la virtud del Paráclito, y que de la sangre y el agua que brotasen de su pecho, mientras dormía sobre la cruz, se formaría su esposa radiante de hermosura, sin mancha ni arruga: la santa Iglesia.

En esta sangre y en esta agua vemos los Sacramentos, por los cuales es lavado y fortificado todo el cuerpo de la Iglesia.

El Señor quiso conservar en su cuerpo las cicatrices de sus llagas, para que constituyeran para los réprobos un testimonio irrefragable de condenación, así como constituyen para los elegidos un incentivo inagotable de amor.

Todos estos misterios realizados en Jesucristo, habían sido anunciados mucho antes por los Profetas, para robustecer la fe católica a los ojos de los fieles y contra los errores de los herejes.

San Bernardino de Siena

¡Oh amor que todo lo consumes! ¡En qué estado has dejado, por nuestra redención, a quien tanto nos ama! Para que la inundación del diluvio del amor se extendiera a todas partes, grandes cataratas se abrieron sobre nosotros, a saber, los profundos arcanos de aquel Corazón de Jesús, al que no perdonó la lanza cruel, hiriéndole en lo más íntimo.

Salió sangre y agua: sangre para redimirnos, y agua para lavarnos. Con lo cual se formó la Iglesia del costado de Cristo, para que se reconozca eternamente que Ella es la única amada por Cristo, y se comprenda cuánto le repugna el pecado, por el cual Dios hecho hombre, así en vida como después de su muerte, derramó su Sangre.

En efecto, no nos tiene Dios en poco, cuando por nosotros se vertió sangre divina.

Según el texto, tomado literalmente, el agua y la sangre salieron separadamente. La presencia del agua habría pasado desapercibida a los desconocedores del misterio, si hubiese manado mezclada con la sangre.

Quizá salió toda la sangre de aquel cuerpo divino para poner de manifiesto todo el amor de Jesucristo; y únicamente después brotó el agua, lo cual entraña una elevada significación: de un mismo cuerpo salieron, en primer lugar, el precio de nuestra salvación, y después el agua que simboliza la multitud de los pueblos regenerados.

Las aguas numerosas, significan los pueblos numerosos; pero todos los que profesan la fe cristiana forman un solo pueblo fiel; de manera que del costado de Cristo, no salió variedad de aguas, sino una sola agua.

Con todo, debe advertirse que el costado de Cristo se dice que fue abierto, no herido, ya que propiamente la herida tan sólo puede hacerse en un cuerpo vivo. Y así dice el Evangelista San Juan: “Un soldado abrió su costado con la lanza”; a fin de que reconozcamos en el costado abierto el amor de su Corazón, que nos ama hasta la muerte, y nos acerquemos a ese amor inefable que le movió a descender hasta nosotros.

Vayamos por consiguiente a su Corazón, tan grande, tan desconocido; a aquel Corazón que atiende a todo, que todo lo conoce, a aquel Corazón amante encendido en amor; y sepamos comprender la vehemencia de este amor contemplando esta puerta abierta en su costado.

Identifiquemos nuestros sentimientos con los del Corazón de Jesús, para penetrar en este sagrario que estaba oculto desde la eternidad, y que ahora con su muerte nos ha sido revelado en su costado abierto, ya que la abertura del costado nos demuestra la abertura del templo eterno.

San Pablo

Escuchemos, finalmente, a quien ha recibido la gracia de anunciar la insondable riqueza de Cristo y de hacer brillar a los ojos de todos la dispensación del misterio que estaba oculto desde siempre en Dios…, el designio que Dios concibió desde toda la eternidad en Cristo Jesús, Nuestro Señor. San Pablo, escribiendo a los Hebreos, enseñó:

Temamos, pues, no sea que, subsistiendo aún la promesa de entrar en el reposo, alguno de vosotros parezca quedar rezagado. Porque igual que a ellos también a nosotros fue dado este mensaje; pero a ellos no les aprovechó la palabra anunciada, por no ir acompañada de fe por parte de los que la oyeron. Entramos, pues, en el reposo los que hemos creído, según dijo: “Como juré en mi ira: no entrarán en mi reposo”; aunque estaban acabadas las obras desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar habla así del día séptimo: “Y descansó Dios en el día séptimo de todas sus obras”. Y allí dice otra vez: “No entrarán en mi reposo”. Resta, pues, que algunos han de entrar en él; mas como aquellos a quienes primero fue dada la promesa no entraron a causa de su incredulidad; señala Él otra vez un día, un “hoy”, diciendo por boca de David, tanto tiempo después, lo que queda dicho arriba: “Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Pues si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría Dios, después de esto, de otro día. Por tanto, aún queda un descanso sabático para el pueblo de Dios. Porque el que “entra en su reposo”, descansa él también de sus obras, como Dios de las suyas. Esforcémonos, pues, por entrar en aquel descanso, a fin de que ninguno caiga en aquel ejemplo de incredulidad.

San Pablo prueba que la promesa de que los israelitas entrarían en el reposo, no se cumplió en aquel pueblo obstinado. Las palabras tienen, pues, un sentido mesiánico y se cumplirán tan sólo en el Nuevo Testamento, siendo la fe la condición para entrar en el Reino de Dios.

San Pablo ve en el “descanso” de que hablan los textos de la Escritura, no simplemente el de la entrada en la tierra prometida, sino un “descanso” más elevado y noble, al que Dios invita a todos los hombres.

Evidentemente el “descanso” aludido, que debemos cuidar mucho de no perder, es el descanso eterno de la gloria, incoado ya acá en la tierra mediante la unión con Dios por la gracia, y que ciertamente conseguiremos si permanecemos firmes en la fe en Jesucristo y en la caridad de su Sacratísimo Corazón.