PADRE JUAN CARLOS CERIANI: FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

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FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Y llegándose Jesús a sus discípulos les habló, diciendo: Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado. Y mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo.

La razón humana puede llegar a determinar la existencia de Dios y algunos de sus atributos; pero la Revelación nos comunica nueva luz. Por eso, debemos dirigir con reverencia la mirada de nuestra alma hacia el santuario de la Trinidad adorable, y debemos escuchar lo que Jesucristo ha querido revelarnos acerca de la vida íntima de Dios.

Como sabemos, en Dios hay una sola inteligencia, una sola voluntad, un solo poder, porque no hay más que una naturaleza divina; pero hay también distinción de Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; tres Personas distintas y una esencia o naturaleza única.

Semejante distinción de Personas resulta de las operaciones misteriosas que se verifican en la vida íntima de Dios y de las relaciones mutuas que de esas operaciones se derivan.

El Padre engendra al Hijo, y el Espíritu Santo procede de entrambos.

Engendrar, ser Padre, es propiedad exclusiva de la Primera Persona; ser Hijo, es propiedad personal de la Segunda Persona; así como el proceder del Padre y del Hijo, por vía de amor, es propiedad personal del Espíritu Santo.

Pero fuera de esas propiedades y relaciones, todo es común e indivisible entre las divinas Personas: la inteligencia, la voluntad, el poder y la majestad; porque la misma naturaleza divina indivisible es común a las tres Personas.

Profundicemos lo poco que podemos en este piélago sin límites…

Inteligencia infinita, el Padre conoce perfectamente sus perfecciones y expresa este conocimiento en una palabra única, el Verbo; Palabra viviente, sustancial, expresión adecuada de lo que es el Padre.

Al proferir esta palabra, el Padre engendra a su Hijo, a quien comunica toda su esencia, su naturaleza, sus perfecciones, su vida: Como el Padre tiene vida en sí mismo, de igual modo ha concedido tener vida en sí mismo al Hijo, dice Nuestro Señor por San Juan.

El Hijo, enteramente igual al Padre, está entregado a Él por una donación total, que arranca de su naturaleza de Hijo; y de esta donación mutua de un solo y mutuo amor procede, como de un principio único, el Espíritu Santo, que sella la unión del Padre y del Hijo, siendo su amor viviente y sustancial.

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El Catecismo Romano enseña: Tres son las personas en la divinidad: la del Padre, que de ninguno procede, la del Hijo, que ante todos los siglos es engendrado por el Padre, y la del Espíritu Santo, que igualmente procede desde la eternidad del Padre y del Hijo.

Es el Padre, en una misma esencia de la divinidad la primera persona, quien con su Hijo unigénito y el Espíritu Santo es un Dios y un Señor, no en la singularidad de una persona sino en la Trinidad de una sustancia.

Pero estas tres divinas Personas, siendo ilícito pensar alguna desemejanza o desigualdad entre ellas, sólo se entienden distintas por sus propiedades; porque el Padre es no engendrado, el Hijo es engendrado por el Padre y el Espíritu Santo procede de ambos.

Y así, de tal manera confesamos una misma esencia y una misma sustancia en todas tres personas, que en la confesión de la verdadera y eterna Deidad, creemos deber ser adorada piadosa y santamente la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la Trinidad.

Cuando decimos que el Padre es la primera persona, no ha de entenderse esto de tal suerte que creamos exista en la Trinidad alguna cosa primera o postrera, mayor o menor. No permita Dios tal impiedad en las almas de los fieles, cuando enseña la religión cristiana una misma eternidad, y una misma majestad de gloria en todas tres personas.

Mas, por eso afirmamos verdaderamente y sin ninguna duda, que el Padre es la primera persona, porque Él es principio sin principio, la cual persona, así como se distingue de las demás en la propiedad de Padre, así a sola ella conviene particularmente el haber engendrado al Hijo desde la eternidad; por eso al pronunciar en esta confesión juntos los nombres de Dios y de Padre, se nos significa que la primera Persona, siempre fue juntamente Dios y Padre.

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Santo Tomás enseña que, puesto que del Padre proceden el Hijo y el Espíritu Santo, le conviene el calificativo de principio.

La palabra principio no significa otra cosa que aquello de lo cual algo procede. Siendo, pues, el Padre de quien procede otro, se sigue que es principio.

Debe quedar claro que principio no significa prioridad, sino origen.

La palabra principio no implica, pues, la idea de diversidad de sustancia, ni de dependencia de uno respecto de otro. La única diferencia es la que sirve de fundamento a cierto orden de origen o de relación.

Por eso, si bien los griegos a veces dicen que el Hijo y el Espíritu Santo son principiados; sin embargo, entre los doctores latinos no está en uso esta locución; porque, aunque se atribuya al Padre una especie de autoridad como principio, no por eso se le atribuye al Hijo ni al espíritu Santo cosa alguna que pueda significar sujeción o inferioridad, a fin de evitar toda ocasión de error.

En este, sentido dice San Hilario: El Padre es mayor en la autoridad de donante; mas no es menor el Hijo, que recibe de Él su mismo ser. La sumisión del Hijo es piedad de naturaleza, es decir, reconocimiento de la autoridad paterna.

Así como la misma esencia, que es paternidad en el Padre, es filiación en el Hijo; igualmente la misma dignidad, que en el Padre es paternidad, en el Hijo es filiación. Con razón, pues, se dice que todo cuanto de dignidad tiene el Padre, lo tiene el Hijo. La esencia y la dignidad del Padre y del Hijo son una cosa misma, pero en el Padre en el concepto de quien da, y en el Hijo como en quien recibe.

La razón misma de paternidad y filiación divinas exige, pues, que el Hijo sea igual al Padre en perfección de naturaleza. Lo propio debe deducirse del Espíritu Santo con respecto al Padre y al Hijo.

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Para penetrar un poco más en este misterio insondable, recordemos que, así como el bien tiende a difundirse y a comunicarse, la caridad sale de sí misma, de la persona. La caridad se da. Sería contrario a la caridad que se retuviese, puesto que es exactamente lo contrario del egoísmo. Tiende a dar lo que tiene y lo que es.

Por lo tanto, como Dios es caridad, comprendemos mejor que Dios haya engendrado al Hijo, y que del Padre y del Hijo proceda el Espíritu Santo.

Puesto que Dios es caridad, se da; y al darse, lo hace de tal manera que Dios Padre no retiene nada de sí mismo, y el Hijo, engendrado desde toda la eternidad, es igual a El mismo, al Padre.

El Padre no se da parcialmente; se da de tal modo a su Hijo que, desde toda la eternidad, engendra un Hijo igual a sí mismo, sin ninguna diferencia y sin ninguna desigualdad. La única distinción es precisamente que el Hijo proviene, procede del Padre.

Puesto que Dios es caridad, también el Hijo es caridad. Y del Hijo, precisamente, procede otra persona, la que representa al amor del Padre y del Hijo entre sí: la tercera Persona, que es el Espíritu Santo. Y esta tercera Persona, que es el Espíritu Santo y que procede de las otras dos, es igual al Padre y al Hijo.

Esta es, en el interior de la Santísima Trinidad, la expresión más perfecta que se pueda imaginar de una caridad.

Esta caridad trinitaria está admirablemente expresada en la liturgia de la fiesta de la Santísima Trinidad: Caritas Pater est, gratia Filius, communicatio Spiritus Sanctus, o beata Trinitas (El Padre es la caridad, el Hijo es la gracia, el Espíritu Santo es la comunicación, oh, bienaventurada Trinidad).

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Ahora bien, Dios encuentra en esta vida divina, inefablemente una y fecunda, toda su felicidad esencial. Dios encuentra toda felicidad en las perfecciones de su naturaleza y en la sociedad inefable de las tres divinas Personas.

Por tanto, no necesita de ninguna criatura; toda la gloria que brota de sus perfecciones infinitas la refiere Dios a sí mismo, en sí mismo, en la augusta Trinidad.

Es clásica la definición de la gloria: clara notitia cum laude; un conocimiento claro con alabanza.

Podemos distinguir en Dios una doble gloria: la intrínseca, que brota de su propia vida íntima; y la extrínseca, procedente de las criaturas.

La gloria intrínseca de Dios es la que Él se procura a sí mismo en el seno de la Trinidad Beatísima.

El Padre concibe de sí mismo una idea perfectísima: es su divino Hijo, su Verbo, en el que se reflejan su misma vida, su misma belleza, su misma inmensidad, su misma eternidad, sus mismas perfecciones infinitas. Y al contemplarse mutuamente, se establece entre las dos divinas personas una corriente de indecible amor, torrente impetuoso que es el Espíritu Santo.

Este conocimiento y amor de sí mismo, esta alabanza eterna e incesante que Dios se prodiga a sí mismo en el misterio incomprensible de su vida íntima, constituye la gloria intrínseca de Dios, rigurosamente infinita y exhaustiva, y a la que las criaturas inteligentes y el universo entero nada absolutamente pueden añadir.

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Esto es lo que esencialmente nos enseña la Revelación sobre el misterio de la Santísima Trinidad.

Ahora bien, muchos católicos, o que piensan serlo…, están turbados en su fe por afirmaciones tales como “Cristianos, judíos y musulmanes tenemos el mismo Dios”  o  “Cristianos, judíos y musulmanes creemos en el mismo Dios”.

Esta frase, lanzada a comienzos del siglo XX por el famoso sacerdote apóstata Jacinto Loyson, es tema común desde el conciliábulo Vaticano II en alocuciones, discursos y diálogos en los encuentros ecuménicos.

Esta idea es una herética blasfemia, una blasfema herejía.

Sin embargo, hay quienes presentan una objeción, que plantean de la siguiente manera:

Los judíos y los musulmanes creen en el Dios único, infinito, creador y señor del cielo y de la tierra.

Podemos considerar que los judíos actuales creen en el Dios en el cual creían los judíos del Antiguo Testamento, incluso si ellos han renegado del Mesías prometido.

Si decimos que ese dios es distinto que el Dios de los cristianos, debemos decir también que los judíos del Antiguo Testamento, antes de la venida de Jesucristo, no tenían el mismo Dios que los cristianos.

Además, se puede conocer la existencia de Dios incluso fuera de la Revelación, a la simple luz de la razón natural.

Como respuesta, decimos que esta reducción de las religiones monoteístas al mínimo denominador común es el alma del ecumenismo actual.

Para refutar la objeción, vayamos por partes.

A)“Tener el mismo Dios”no quiere decir tener algunas nociones en común sobre Dios, sino que significa creer en el mismo Dios, creer las mismas cosas sobre Dios. Esto significa que hay que aceptar y confesar el testimonio que Dios ha dado de sí mismo, su Revelación.

Si bien es cierto que objetivamente existe un solo verdadero Dios y, en ese sentido, tenemos el mismo Dios que los judíos, los musulmanes (pero no más que los minerales, las plantas y los animales), también es totalmente cierto que existe una sola Revelación de este único y verdadero Dios, de la cual el hombre no puede hacer abstracción sin caer en el error.

En consecuencia, no puede haber más que una única fe en Dios, así como único es el verdadero Dios y única es su Revelación.

Por lo tanto, se tiene el mismo Dios cuando se creen las mismas cosas sobre Dios; y se puede creer en las mismas cosas sobre Dios solamente cuando se cree en su única Revelación.

Dice el Espíritu Santo por San Juan Evangelista: La Ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad han venido por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el Dios, Hijo único, que es en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer.

Por aquí vemos que todo conocimiento de Dios o sabiduría de Dios tiene que estar fundado en las palabras reveladas por Él, a quien pertenece la iniciativa de darse a conocer, y no en la pura investigación o especulación intelectual del hombre.

Esto basta para demostrar que no tenemos el mismo Dios que los judíos, los musulmanes y muchos otros que andan dando vueltas por allí…:

1º) Porque ellos no creen en la divina Revelación.

2º) Porque ellos no creen las mismas cosas que nosotros creemos.

Existe una diferencia abismal entre la realidad divina, alcanzada en sí misma en su verdadera esencia, tal como la luz de la fe nos la revela, y las representaciones humanas de Dios que proponen las falsas religiones. Si negamos esta diferencia, si solamente atenuamos esta diferencia, entonces reducimos a una trivialidad la necesidad de una Revelación divina.

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Pero hay más todavía… Incluso el monoteísmo de judíos y musulmanes, monoteísmo sobre el cual se apoya el ecumenismo actual, no es el mismo monoteísmo católico.

En efecto, el monoteísmo cristiano profesa un Dios tal cual es: uno en la naturaleza y trino en las Personas.

En cambio, el monoteísmo judeo-musulmán profesa un dios uno en naturaleza y uno en persona.

No podemos decir que el Dios de la Revelación es el mismo dios que el de los judíos y musulmanes por el solo hecho que tienen en común la unidad de naturaleza, puesto que judíos y musulmanes no se limitan a afirmar la unidad de naturaleza, sino que afirman igualmente la unida de la persona en Dios.

Si decimos que la Unidad de naturaleza ofrece una noción común inicial sobre la cual los adeptos de las tres religiones podrían unirse, mientras que la Trinidad de Personas se presenta como una fase ulterior, la Revelación hecha por el Verbo de Dios se agregaría como un piso a esa planta baja indispensable: la Trinidad no influiría verdaderamente en la Unidad.

El dios natural, supuesto común a las tres religiones monoteístas, es un ente de razón, una concepción puramente humana sin fundamento en la realidad, un dios que no existe más que en el espíritu de ciertos hombres.

La Santísima Trinidad es un concepto ontológicamente primordial y no una noción que se agrega a la substancia divina. No es un agregado secundario o facultativo.

La Trinidad de Personas es la esencia divina; lejos de ser una noción accidental, la Trinidad es la manera única, inimitable que tiene Dios de ser Uno.

Es indispensable rechazar una teología a dos niveles: una planta baja universal y evidente, y un primer piso facultativo y agregado, que sería el verdadero obstáculo para la unidad.

El monoteísmo cristiano difiere totalmente del monoteísmo judío o musulmán.

Monseñor de Castro Mayer dice con claridad y firmeza:

“Sólo es monoteísta quien adora a la Santísima Trinidad, porque la Unidad de Dios es inseparable de la Trinidad de Personas.

Es falso decir que los musulmanes son monoteístas. No lo son porque no adoran al Único Dios verdadero, que es Trino. Ellos son monólatras, o sea, que adoran un solo ídolo supremo. Dígase lo mismo de los judíos, que rechazaron la Revelación de la Santísima Trinidad. Ellos también dejaron la adoración del verdadero Dios Trino, para inclinarse ante un ser inexistente, un ídolo.

Sólo hay una religión monoteísta: es la Católica, que adora a la Santísima Trinidad”.

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B)Los cristianos tenemos la misma fe que los Patriarcas y los Profetas del Antiguo Testamento, pero no tenemos la misma fe que los judíos de hoy en día.

En efecto, este misterio fue conocido por todos los Patriarcas y mayores de Israel. Así nos lo afirman San Fulgencio y Santo Tomás de Aquino, entre otros. Leamos sus enseñanzas:

“La fe que los santos Patriarcas y los Profetas recibieron de Dios antes de la encarnación de su Hijo; la fe que los santos Apóstoles recibieron de la boca del Dios encarnado, que el Espíritu Santo les enseñó, y que no solamente predicaron de palabra, sino que consignaron en sus escritos para instrucción saludable de la posteridad; esta fe proclama, con la unidad de Dios, la Trinidad que está en Él, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero no habría una verdadera Trinidad si una sola y misma persona fuera llamada Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En efecto, si el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo fueran una sola y misma persona, como son una sola y misma sustancia, ya no habría lugar a profesar una Trinidad verdadera. Habría, en cambio, Trinidad, pero esta Trinidad no sería un solo Dios, si el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estuvieran separados entre sí por la diversidad de sus naturalezas, como son distintos por sus propiedades personales. Pero como es verdad que este único verdadero Dios, por su naturaleza no solamente es uno, sino que es Trinidad, este verdadero Dios es Trinidad en las personas, y uno en la unidad de su naturaleza” (San Fulgencio, Maitines de la Fiesta de la Santísima Trinidad, 2º Nocturno, Lecturas IV y V).

“En el Antiguo Testamento, se halla expresada de distintas maneras la Trinidad de personas. Luego desde el principio fue necesario creer en la Trinidad para salvarse.

No se puede creer explícitamente en el misterio de Cristo sin la fe en la Trinidad. El misterio de Cristo, efectivamente, incluye que el Hijo de Dios asumió nuestra carne, que renovó al mundo por la gracia del Espíritu Santo, y también fue concebido del Espíritu Santo. Por eso, del mismo modo que, antes de Cristo, el misterio de Él fue creído explícitamente por los mayores, y, por los menores de manera implícita y como entre sombras, así también el misterio de la Trinidad”. (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, IIa-IIæ, q. 2, a. 8).

Por otra parte, Patriarcas y Profetas sabían bien que la Revelación divina no estaba terminada (Dt. 18: 14-20) y vivieron en la espera de Aquél al cual aspiraba como a su fin todo el Antiguo Testamento y al cual estaba reservado, como Hijo de Dios, hacer la Revelación trinitaria.

En efecto, la revelación clara y explícita de este misterio a todos los hombres era incumbencia del Verbo de Dios encarnado; y por eso los Patriarcas velaron este misterio al pueblo llano (que creía y adhería a la fe de los mayores); pero, aun así, este misterio fue conocido y custodiado en el Antiguo Testamento por aquellos que debían ser los guardianes y transmisores de la verdad revelada.

Claramente se comprende entonces cuán falsa es la actitud del actual ecumenismo, que supone que los judíos siguen siendo fieles a la fe de sus mayores. ¡Nada más falso! Porque la fe de los judíos creyentes del Antiguo Testamento era una fe que incluía el dogma de la Santísima Trinidad, y por eso, aunque no todos la conocieran explícitamente, tampoco la negaban; mientras que los judíos actuales rechazan expresamente este dogma, y así se separan de la fe de Abraham.

Los cristianos, pues, no tenemos el mismo Dios que los judíos incrédulos porque el desarrollo de la fe depende del desarrollo de la Revelación divina.

Ignorar aquello que todavía Dios no ha revelado es una cosa, y otra muy distinta es rechazar como una injuria y como una herejía aquello que Dios revela, sosteniendo, contra la Revelación divina, que Dios es una sola persona como es uno en naturaleza.

Por eso Jesús dijo de sus adversarios: “Si Yo no hubiese venido, y no les hubiese hablado, no tendrían pecado; pero ahora su pecado no tiene excusa” (Jn., 15: 22).

Rechazando la fe en Aquél que es el “autor y el consumador de la fe”, los judíos han rechazado el Evangelio de Dios, que Él les había prometido por sus profetas.

Rechazando la realización, los judíos conservan en vano las promesas y las figuras contenidas en la Revelación preparatoria al Mesías.

Es una ingenuidad pensar que los judíos leen y comprenden el Antiguo Testamento como nosotros lo leemos y comprendemos. San Pablo dice claramente que un velo permanece delante de sus ojos cuando ellos leen las Escrituras; velo que será levantado cuando sus corazones se vuelvan hacia el Señor (II Co., 3: 16).

Por eso Jesús les dijo: No penséis que soy Yo quien os va a acusar delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quien habéis puesto vuestra esperanza. Si creyeseis a Moisés, me creeríais también a Mí, pues de Mi escribió Él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras? De este modo les demostró el verdadero motivo de su resistencia: la ausencia de fe en Dios.

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C)Es cierto que la Iglesia afirma la posibilidad de conocer la existencia de Dios por medio de las cosas creadas; pero también sostiene:

1º) que el conocimiento natural de Dios no es la fe;

2º) que lo que se puede conocer de Dios por la razón natural es absolutamente insuficiente para salvarse;

3º) que en el estado actual del género humano las verdades religiosas naturales pueden ser conocidas por todos, fácilmente, con firme certeza y sin ninguna mezcla de error, únicamente por medio de la Revelación divina.

Además, las verdades religiosas naturales, si son aceptadas por el testimonio de la razón, no son objeto de fe, sino de simple conocimiento racional.

Por lo tanto, la diferencia entre aquél que acepta la Revelación y aquél que sólo acepta lo que su razón le demuestra, no solamente es una diferencia de perfección en el conocimiento de Dios (conozco más o conozco menos sobre Dios), sino una diferencia de fe: para uno son objeto de simple creencia humana, para otro es objeto de fe sobrenatural.

Así, pues:

— No hay otros monoteísmos verdaderos distintos del revelado por Jesucristo.

— No hay tampoco otras religiones verdaderas distintas de la única religión revelada por Nuestro Señor Jesucristo.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Gloria a la Santísima Trinidad.