PABLO EUGENIO CHARBONNEAU: NOVIAZGO Y FELICIDAD

La armadura de Dios

CÓMO TRATARSE DURANTE EL NOVIAZGO

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El amor no es un juego. Es un compromiso cuyo alcance es tan profundo que llega hasta lo más íntimo que hay en el hombre. Se abre, en efecto, sobre la eternidad a la que conduce, puesto que desemboca en la muerte; se abre también sobre la felicidad terrena a la que permite realizarse lo más totalmente posible. Esta sitúa al amor en su perspectiva verdadera e impone considerarlo, no como un juego entablado por dos jóvenes inconscientes, sino como un fenómeno de una importancia primordial.

Hemos señalado ya el verdadero sentido del amor y hemos dicho hasta qué punto los novios deben preocuparse de preparar en él su futura unidad. Esta preparación indispensable se realizará en el curso de los meses de relaciones que precedan al matrimonio. Por lo cual ese período, llamado del noviazgo, es, decisivo, puesto que permite a la pareja iniciar la unión interior que se expresará en una mutua comprensión. ¿Será necesario recordar aquí que el amor no puede vivir sin la comprensión? Por lo cual es indispensable para la felicidad y se presenta como una condición necesaria de ésta. Ahora bien, tal es precisamente el primer objetivo del noviazgo: iniciar la comprensión.

Tratarse para conocerse

¿Para qué, si no, un joven y una muchacha pasan juntos durante meses, algunas tardes cada semana? ¿Se trata simplemente de hacerse compañía? ¿De distraerse recíprocamente? ¿De acudir juntos a invitaciones? ¡Nada de eso! Los encuentros carecen de sentido si no se desenvuelven en un clima de descubrimiento. Descubrir al otro. Conocerle, traspasar su corteza, averiguar detrás de las apariencias la verdadera configuración de su personalidad, captar su valor profundo, aprender a adaptarse a sus reacciones, a intuir sus deseos; he aquí por qué deben ser siempre orientados. Además en este sentido son indispensables, porque si es cierto decir que el amor sigue al conocimiento, ¿cómo no ver que entre un joven y una muchacha los lazos del corazón serán tanto más sólidos, tanto más duraderos cuanto más profundo y más serio sea su conocimiento mutuo?

Si tantas parejas han conocido la amargura de la decepción inmediatamente después de su matrimonio, no siempre fue porque su unión estuviese mal armonizada. La mayoría de las veces fue porque han omitido el tratarse seriamente. Quien emplea esos meses en mariposear, en retozar, en divertirse solamente, quien en lugar de inclinarse con avidez sobre el alma del otro, sobre su espíritu, sobre su persona, se limita a multiplicar las galanterías y a hacerse el apasionado, malogra su noviazgo. Y, por lo mismo, corre un gran riesgo de malograr su matrimonio. Esta historia es, por desgracia, corriente; los que la han vivido, lo han hecho inconscientemente y, después, han culpado al azar, al infortunio, a todo y a todos menos a ellos mismos.

No hay garantía más segura del amor que unas relaciones inteligentes. No hay relaciones inteligentes más que aquellas que implican, de una parte y de otra, una voluntad bien decidida de conocer mejor al otro para amarle mejor. En el umbral del noviazgo, una pareja que se trata ya desde hace unos meses debe ante todo preocuparse en saber cuál ha sido hasta ahora su orientación. Porque son fáciles las desviaciones y no es raro que después de haberse propuesto seguir un camino, se siga otro. Ahora bien, cualquier otro camino aleja del amor. Es preciso, por tanto, fijarse la siguiente finalidad con una energía tenaz y una conciencia constantemente alerta: conocer al otro.

De esta manera, colocarán los cimientos de su felicidad futura en un terreno sólido, cuidándose de no cultivar la planta de la ilusión. Unas relaciones seriamente llevadas no dejarán sitio alguno a las quimeras. Verdad es que hay algunas que subsistirán inevitablemente y, sin duda, no será esto un mal. Pero en conjunto, se despojará la pareja de todas las máscaras para llegar a la verdadera fisonomía de cada uno. Se conocerá al otro detrás de sus virtudes aparentes, sus defectos gentiles, y, bajo ciertas reacciones desconcertantes a primera vista, se sabrá encontrar lo que hay en él de constante y de más profundo. Para decirlo todo en pocas palabras, se descubrirá el carácter, el temperamento, el valor moral del otro. Se aprenderá a seguir en él la línea que traza una idea, desde el instante en que se la ve nacer hasta el momento en que reaparece bajo su forma definitiva. Llegará uno a ser capaz de prever sus reacciones ante tal o cual frase, ante tal o cual actitud, de modo que estará en condiciones de dirigir su propio comportamiento en concordancia con el del otro. Se sabrá pesar al futuro cónyuge según su verdadero peso, sin valorar con exceso sus cualidades, sin minimizar sus flaquezas, sin apartarse de su verdadero rostro para idolatrar dentro de sí una falsa imagen de él.

De no llegar a este punto de lucidez, las relaciones sólo serán un engaño, una puerta abierta al camino amargo de un falso amor y de una unión destinados a la ruptura. Es preciso, por tanto, afirmar en principio que las relaciones son esencialmente una etapa de descubrimiento que supone la atención: el querer conocer, el ejercicio constante del juicio, cierta capacidad de examen de conciencia. Sólo a este precio, las relaciones llegarán a ser una preparación eficaz para el matrimonio. De otro modo, no serán más que el preludio inconsciente de la desgracia. De todos los momentos de la vida en que hay que mantener los ojos bien abiertos, el de las relaciones es sin duda el más decisivo. Aprovechar este período para conocerse, para conocerse muy bien.

¿Parecerá tal vez extraño insistir tanto sobre lo que parece evidente? Es que esta evidencia, que todos consideran como una cosa que, en principio, habla por sí sola, sigue siendo, sin embargo, en la práctica, letra muerta, para muchos. ¡Cuántas parejas hay para quienes el noviazgo es un feliz intermedio entre dos etapas de vida! Procuran aprovechar hasta el máximo este intermedio pensando más en divertirse que en estudiarse recíprocamente, a fin de conocerse. Se dicen que más adelante, muy pronto incluso, surgirán las cargas de la familia que no permitirán ya entregarse a la vida; y se esfuerzan en aprovechar lo más posible lo que les parecen ser sus últimos meses de libertad.

Esta mentalidad, mucho más difundida de lo que se cree, es una obra maestra de estupidez y de inconsciencia. Procediendo de ese modo se llega al matrimonio sin saber, lo que significa y sin conocer a la pareja con quien se contrae. Serán precisos unos cuantos meses de vida en común para descubrir con estupefacción que existe una incompatibilidad y que no estaban hechos bajo ningún aspecto para unirse. La situación se hace entonces bastante penosa porque no queda más que tomar una decisión poniendo a mal tiempo buena cara. Lo cual no siempre se consigue.

Evitar semejante atolladero es esencial. No se juega uno su vida, su felicidad, de una manera inconsciente. No se casa uno sin haber sondeado seriamente las posibilidades de acuerdo, sin haber juzgado, pesado sus probabilidades de éxito. Ahora bien, nadie emite un juicio seguro sino después de haber considerado, examinado, las cosas; después de haberlas confrontado juntas. Entonces es cuando se pronuncia afirmativa o negativamente, decretando que están acordes o desacordes.

En el matrimonio sucede lo mismo. La decisión que se adopte al pronunciar el «sí» que empeñará para siempre y que encadenará la libertad, deberá haber sido larga y seriamente preparada. Antes de entregarse recíprocamente el uno al otro, es preciso haber juzgado al otro, porque el «sí» matrimonial equivale a una afirmación; supone, en efecto, que se reconoce que existe compatibilidad entre ambos contrayentes. Ahora bien, este juicio es imposible de emitir si no se han demorado en conocerse y estudiarse.

La razón de ser de la época de noviazgo estriba en eso por completo. Se tratan ante todo para conocerse. Aunque también sea necesario aplicarse a ello cuidadosamente con simplicidad y confianza, es cierto, pero también con toda la perspicacia y la atención que se pueda desplegar. Por consiguiente, es de capital importancia aplicarse, ante todo, a observar. Observar al otro con sagacidad, en toda su conducta, en sus reacciones, en sus impulsos espontáneos, en sus actitudes más habituales, en sus efusiones repentinas que son a menudo tan reveladoras. Todo esto debe realizarse sin tensión, con serenidad y calma, pero debe realizarse, sin embargo. Para esto sirve el trato.

Conviene repetírselo a fin de penetrarse bien de este principio fundamental. Unas relaciones, para que no se conviertan en un juego infantil y ridículo, deben desarrollarse en un clima de descubrimiento. Llegar a conocer al otro tan perfectamente como sea posible a fin de no casarse a ciegas y de no empeñar estúpidamente su vida.

Conservar la serenidad

Para crear un clima semejante, hay que saber defenderse de sí mismo y no dejarse asombrar desde las primeras semanas. El amor está dotado de una virtud entusiasmaste. Cuando dos jóvenes están enamorados uno de otro y perciben entre ellos los primeros chispazos del amor, es muy raro que no se sientan arrebatados por una euforia enardecedora. Hasta aquí, no hay nada anormal ni censurable. Que con las primeras certezas que uno tenga de ser amado se sienta henchido de alegría y lleno de esperanzas, ¿no es de lo más normal? Que no se «piense» tanto y que se «sienta» mucho, es éste un fenómeno totalmente espontáneo que no se puede más que señalar sin censurarlo. Tiene uno derecho a emplear la censura cuando se llega a cultivar ese estado de cosas para prolongarlo indebidamente y vivir en ese falso clima.

No hay que temer romper el encanto y volver a la tierra… lo antes posible. Porque por gracioso y confortante que sea un amor naciente, no por eso debe dejar de madurar o, si se prefiere, de hacerse adulto. Debe ser contrastado con la vida, no con los sueños, y el entusiasmo que le está permitido es el que nace de la realidad entrevista, más bien que el que sólo puede desarrollarse en un falso idealismo.

Diremos además, dentro de este orden de ideas, que se deben seguir dominando unos impulsos pasionales que pueden traer el riesgo de lanzar a una pareja juvenil en la terrible refriega de los deseos, negándole esa liberación y sin la cual no puede actuar la inteligencia. Cuando de una y otra parte (o aunque sea de una sola parte) se ve uno hostigado sin cesar por las exigencias ciegas de una carne que palpita forzosamente tan sólo al ritmo de lo inmediato, cuando está uno sumido en un hervidero de codicias siempre renacientes y cada vez más vivas, ¿cómo penetrar en el mundo interior del otro? Se fija uno sin más, en las apariencias, se juzga con toda inconsciencia, se ama en la periferia, y cuando llega el momento de comprometerse a amar, sin remisión, no se sabe a qué compromete esto, ni con quién se compromete.

Así pues, es preciso, a todo precio, conservar la serenidad. No significa ello que se ignoren o se desprecien los incidentes sentimentales del amor, sino que se situarán en su exacto lugar, que no es ni el primero ni el más importante. Conservar la serenidad, quiere decir que no se dejará uno arrastrar al azar por el entusiasmo de un amor nuevo y efusivo. Hay que tener cuidado, una vez concedido al sentimentalismo lo que tiene uno derecho a concederle, en detenerse para reflexionar. Se examinará entonces la situación en la que uno se encuentra, no a través del espejo imperfecto de su corazón, no a través del prisma de su carne insatisfecha, sino a través de la luz completamente límpida de una inteligencia que sabe formularse la pregunta: «¿Podemos ser felices juntos, y en qué condiciones?».

El que no formule esta pregunta y responda a ella con sinceridad, sin paliativos, sin trampa, sin evasión, sin rodeo, no estará en condiciones de casarse. Este compromiso es demasiado serio, implica demasiadas consecuencias, para ser asumido con inconsciencia. Y también, para ser asumido con debilidad. Porque no hay nada más temible que la debilidad de los que no quieren ver, por temor a encontrarse expuestos a optar por la ruptura inmediata. El noviazgo sólo tiene validez en la medida en que se ha entablado estando dispuesto a… romperlo.

¿Qué quiere esto decir exactamente? Pues que no hay que admitir nunca, en amor, la fuerza de la costumbre, ni sufrir la esclavitud del qué dirán. Y tampoco la del temor a herir, si no hay otra manera de proceder. Algunos, en efecto, comprenden que no pueden contraer un enlace feliz, y, sin embargo, no tienen el valor de decir no, porque son demasiado blandos; no quieren causar al otro la pena inherente a tal retirada. Sin embargo, es evidente que más vale una pena pasajera, por aguda que sea, que un fracaso definitivo y una desdicha irreparable. Por eso debe uno defenderse contra esas falsas piedades que no son, en realidad, más que hijas de la cobardía.

Que esté uno en plena fuerza cuando llegue la época del noviazgo, y que se ligue al otro conforme a lo absoluto de un «sí» total, pronunciado con plena consciencia y sin reticencia alguna. El noviazgo sólo valdrá si del clima en que se haya desarrollado permite este «sí». Un clima de calma, de ponderación, de mesura. Nada de arrebato irreflexivo cuya violencia arrastraría a unas promesas desatinadas y a compromisos inconsecuentes. Nada de respuestas dictadas por los imperativos pasionales. Nada de impulsos cuya impetuosidad no podría soportar el peso de la inteligencia. Conviene recordar que si el amor es un movimiento del corazón, no por ello deja de estar basado en la inteligencia en lo que respecta a unas promesas futuras. Ya hemos explicado ampliamente, y en este mismo sentido lo decimos aquí, que hay que saber «conservar la serenidad» a fin de entregar su vida con entero conocimiento a un amor viable y cierto.

¿Tal vez se sienta alguien tentado de protestar alegando que tal estado de espíritu despojaría a la juventud de todo su encanto, de su espontaneidad, de todo cuanto la hace alegre y grata? Semejante protesta sería, sin embargo, injustificada. No se trata, en efecto, de exigir de los novios que renuncien a divertirse como es propio de su edad. No se trata tampoco de pedirles una actitud circunspecta. Se trata simplemente de abogar por la lucidez. Que se diviertan tanto como quieran, pero que sepan mantenerse despiertos y no se dejen arrastrar por una loca embriaguez. El entusiasmo, la alegría de vivir, el ardor en lo que se hace, la confianza en el porvenir, todo esto, sí: ¡es la juventud misma! Y sería inadecuado querer prohibir a la juventud que sea lo que es. Pero la ligereza, la inconsciencia, el ensueño, la temeridad ciega, ¡no! Son éstos unos venenos que han hecho fenecer demasiados hogares y que han sumido en la desgracia amores que habrían llegado a ser maravillosos.

Conservar la serenidad, para que los corazones sean realmente fogosos, con una fogosidad que no desaparece con el paso de los días. Porque si el amor es comparable a un fuego, hay que recordar que puede haber fuego de paja o fuego de leña; a nuestra elección. Fuego de paja: la llama chisporrotea y se extingue. Fuego de leña: la llama se alimenta poco a poco y prepara una hoguera que conservará su calor hasta la mañana. Así, en el amor. No es ser enemigo del amor querer conservar la serenidad. Por el contrario, es ser su defensor. Los esposos más felices no son, sino muy rara vez, los que en la época del noviazgo se han contentado con los arrullos de su cariño. Los esposos más unidos, son siempre los que han aprovechado su noviazgo para juzgarse en su justo valor. Y así han llegado a estimarse profundamente; y de esta estimación recíproca vive su amor.

Los novios más apasionados se convierten a menudo en esposos fríos. Los novios más sosegados preparan con frecuencia un hogar en donde un amor efusivo se asentará de una manera estable. Reteniendo esta lección que los hechos corroboran se podrá pedir a los novios que conserven la serenidad. Sólo entonces cultivarán su amor como debe ser y se prepararán a un matrimonio sensato y reflexivo. Se casarán con conocimiento de causa, sabiendo cómo pueden enriquecerse recíprocamente, qué es lo que no podrán darse, y aquello con que pueden contar.

No crear un clima artificial

Para emitir, en este sentido, un juicio sano y verdadero, hay que procurar no crear un clima ficticio. La artificialidad es uno de los peligros más temibles. Es exponerse a un error de juicio establecer un ritmo de frecuentación que sustraiga al novio o a la novia de su medio propio. Los hay que se ven así: van en coche, se detienen un momento en el hogar —apenas el tiempo de saludar a los padres— recogen a la muchacha y vuelven a partir en seguida hacia otro objetivo: cine, club, montaña. Ambos se separan entonces del medio normal y se crea un ambiente en el cual pierden contacto con la realidad. El peligro de este modo de proceder estriba en condenar a los novios a vivir en la ilusión. Pasados unos meses, cuando entren en la vida en común, no vivirán en el cine, ni tampoco en el club nocturno, ni en la montaña. Vivirán en un hogar muy sencillo, la mujer desplegando sus dotes de ama de casa, el hombre aportando allí su buen sentido y su amor al hogar. Si es así el cuadro normal de evolución de la pareja casada, así debe ser también el cuadro normal de las relaciones. Estas, deben, por consiguiente, hacerse en el hogar mismo.

En el hogar de la muchacha, primero. El novio podrá observar allí a su futura esposa en su papel por anticipado. Lo que sea ella en su casa, lo será en su futuro hogar. Si él la encuentra por entonces agria, sin interés, torpe, desdeñosa ante los trabajos hogareños, soñadora, siempre en acecho una reivindicación o de una protesta, así será el día de mañana. Si por el contrario la encuentra valiente, activa y hábil en los trabajos caseros, llena de animación y de buen humor, si la encuentra capaz de vivir en su casa alegre y serena, así será ella mañana en su propio hogar.

Y esto se aplica en los dos sentidos. El joven debe, a su vez, permitir a la muchacha que le vea evolucionar en su medio familiar. Si, observándole, le ve ella desaliñado e indolente, violento y grosero, impaciente y exigente, sabrá que él será así cuando vivan juntos. De igual modo si le ve amable con sus padres, lleno de delicadeza y de solicitud con su madre, cordial con sus hermanas, afable con todos los suyos, puede ella estar segura de que será así el día de mañana.

Esta regla es importante, porque siguiéndola se podrá levantar el telón de las actitudes artificiales y bosquejar, tras la fachada de las atenciones, toda la red de costumbres que caracterizan una personalidad. No es, en verdad, frecuentando los cines dos o tres veces por semana, agazapándose en la oscuridad para entregarse a unos sueños, la mayoría de las veces estúpidos y ridículos sugeridos por la pantalla, como se prepara uno a entrar en la vida en común. Es viendo cómo evoluciona el otro en la vida real, observándole cuando se despoja de toda cohibición y se desenvuelve con plena naturalidad, mostrándose espontáneamente bajo su verdadero aspecto, como se prepara el futuro.

Importa también saber cómo es juzgado el otro por quienes le rodean. Desde hace años los padres, hermanos, hermanas viven juntos; han tenido ocasión de estudiar las constantes más hondas de la personalidad del hijo o de la hija. Escuchando discretamente, el novio podrá descubrir lo que es su novia a través del juicio, por lo general bastante justo, que sus íntimos forman de ella; y recíprocamente.

Captar así, a lo vivo, el comportamiento del otro es de primerísima necesidad, porque no hay nada más revelador que esta experiencia. Tanto más cuanto que permitirá al mismo tiempo saber en qué medio familiar el futuro cónyuge ha llegado a ser lo que es. Los recientes adelantos de la psicología y de la psiquiatría han subrayado suficientemente el aspecto decisivo de la influencia familiar sobre la constitución de la personalidad para que se sepa que volviendo a situar los novios en su medio habitual, se les une a su origen mismo. Por eso resulta prácticamente imposible no ser uno mismo cuando retorna a su casa. Los desdoblamientos se hacen difíciles cuando hay que mantenerlos ante aquellos a quienes se les debe el ser como uno es, y con quienes se vive a diario.

Con miras a una comprensión profunda del otro, este conocimiento del medio familiar y de las reacciones que suscita, no puede ser más importante. Allí se sabrá por qué el joven ha evolucionado en un sentido más que en otro, por qué la muchacha se ha hecho esto en vez de aquello; allí se descubrirá el camino seguido por cada uno en la elaboración de su personalidad, y al mismo tiempo, se sabrá lo que debe decirse y lo que no debe decirse, lo que conviene hacer y lo que es preferible no hacer, las actitudes susceptibles de ayudar o de perjudicar la expansión del otro.

Sin contar, además, que así se establecerá contacto con los futuros padres políticos. Sería superfluo insistir sobre la importancia de las relaciones entre jóvenes esposos y suegros. Las dificultades tan célebres que oponen a menudo unos a otros, no son solamente tema para fáciles bromas. Son, por desgracia, una realidad. «Quien se casa adquiere una familia». Ciertamente, no hay que exagerar, haciendo creer que con el marido o con la mujer, se casa uno con toda la familia. No se casa uno con ésta, pero pasa a ser parte integrante de ella. Lo cual supone que se ha aprendido también a conocerla y a adaptarse a ella.

Tal adaptación no se realizará por el simple hecho del matrimonio. Este instituye de derecho al nuevo cónyuge miembro de la familia del otro. Queda la cuestión de hecho que es, sin duda, la más importante. Con arreglo a las circunstancias concretas que rodean tal acontecimiento, el cónyuge ¿aceptará que esa familia sea ahora la suya? Por otro lado, la familia ¿va a dispensar una acogida cordial al recién llegado o va a cerrarse a él? A fin de responder a esta pregunta se debe frecuentar el medio familiar lo más posible. Cada cual deberá entonces esforzarse para no dejarse dominar por unos prejuicios antipáticos.

No se trata de conceder un diploma de alta perfección a la familia del otro, pero aquí también (¡siempre se vuelve a lo mismo!) se trata de comprender, para poder, luego, amar. Porque bajo pena de dejar infiltrarse entre ellos un veneno que, no por estar disimulado y por pasar desapercibido, será menos nefasto, los jóvenes esposos tienen el deber de querer a sus padres políticos. Ahora bien, ¿cómo llegar a quererlos sin aprender a conocerlos? ¡Cuántos conflictos se evitarían si, desde el período del noviazgo, supieran, tanto el joven como la muchacha, percibir claramente esta dificultad y prevenirla! Pueden existir circunstancias que separen a los esposos de su familia política, pero si esto se produce —y es caso excepcional— que se sepa al menos desde el período de las relaciones, a fin de evitar, después, dar pasos en falso que comprometerían el equilibrio del hogar.

Será, pues, el afán de adherirse a la vida concreta sin dejarse llevar sobre las alas siempre peligrosas del idealismo, lo que obligará a frecuentar, primeramente y ante todo, el medio familiar.

El medio social

¿Quiere todo esto decir que se aislarán los novios del resto del mundo? Evidentemente no. Pues así como el medio familiar tiene su importancia, de igual modo el medio social tiene la suya. Cada cual evoluciona en un ambiente dado, al que le impulsan sus tendencias naturales, sus lazos de amistad o las exigencias de su trabajo. Aunque quisiera, no podría el individuo sustraerse del todo a ese marco. Se puede reducir su influencia, pero no eliminarlo. Por eso importa que cada uno de los novios sepa calar ese medio en que habrá forzosamente de entrar. «Los hombres no son islas», ha escrito Thomas Merton. Nadie es una isla, es decir que el que se casa no ingresa en un universo cerrado. Por el contrario, se encuentra ante un universo nuevo en el cual toda clase de figuras ocuparán su lugar; ese mundo en el cual evoluciona el otro. O tiene que aceptar ese universo e integrarse en él, o tiene que rechazarlo. En el primer caso, tiene derecho a saber a qué se compromete; en el segundo caso, el otro tiene derecho a que le prevengan de la recusación.

En esto también hay que evitar el replegarse sobre sí. La pareja debe aprovechar sus salidas para entrar en comunicación con ese pequeño mundo constituido por los amigos. Está en el deber de penetrar en ese mundo, no imaginando que podrá apartarse de él más adelante, sino pensando, por el contrario, que los amigos de hoy serán los amigos de mañana. Que, por una parte, se les juzgue, pues, con esta perspectiva; y por otra parte, que el novio y la novia hagan su elección del otro teniendo en cuenta la necesidad en que se encontrarán más adelante de vivir en el medio de ese otro. El hombre que al día siguiente de su casamiento, no pueda llevar consigo a su mujer a su círculo de amigos, o la mujer que no pueda invitar a sus amigas a su hogar, se hallarían en una situación de las más complicadas. Y esta complicación es la que se trata de prevenir en la época del noviazgo no apartándose del medio futuro.

Permítaseme subrayar aquí que, sobre todo para la mujer, existe el peligro de imaginarse que por la sola fuerza de su amor o por su sola habilidad, podrá, más tarde, separar al hombre de ese medio Sería una grave ilusión. Puede suceder así, ciertamente, pero representa la excepción, la rarísima excepción. En la mayoría de los casos el joven esposo sigue tratando a sus amigos de antes. No debe, pues, la novia confiar demasiado en sí misma y creer que podrá eliminar a aquellos a quienes se niega a aceptar. Esta eliminación debe hacerse antes, y de mutuo acuerdo, o, si no, es de creer que no se hará nunca. Se ha dicho de la mujer que ella alimenta la ilusión de triunfar allí donde todos habían fracasado antes de ella. Nuestras amigas, en efecto, tienen de común con Bonaparte que creen siempre triunfar allí donde todo el mundo ha fracasado. Si hay en ello algún elemento de verdad, es aquí donde puede aplicarse.

Es difícil arrancarse al medio en donde se ha vivido y, quiérase o no, se conservan siempre amistades cultivadas en el tiempo de la juventud. No hay, pues, que pensar que una vez casados puedan los novios apartarse de golpe de todas aquellas personas que les rodeaban. En modo alguno. Al regreso del viaje de novios, las invitaciones, de una parte y de otra, se encargarán de reanudar bajo un ángulo nuevo, las relaciones de otro tiempo. Cada uno de los cónyuges heredará un nuevo círculo de amistades: el del otro. Si el joven esposo se muestra reacio a las amigas de su esposa, o si la muchacha no puede soportar los amigos de su marido, ¡cuántos conflictos surgirán! Por eso hay que poner cuidado en conocer esos futuros amigos antes de casarse.

Además, por regla general, se obtendrá de este modo una preciada indicación, porque el proverbio ha quedado con frecuencia comprobado: «Dime con quién andas y te diré quién eres». Es posible juzgar a alguien por sus amigos. Que pueda haber en ello una probabilidad de error, es indiscutible; pero en la mayoría de los casos es realmente revelador. Por eso, lo que podría llamarse el «test» de las amistades debe efectuarse en el período de las relaciones. Ahí se encontrará el reflejo de las ideas que sustenta el futuro cónyuge, así como el de sus preocupaciones. La ventaja que hay en conocer y observar ese medio es que se entrega sin reservas ni rodeos. Los amigos se muestran habitualmente tal como son y si, quizá por inconsciencia, el novio o la novia disimulasen, los amigos los revelarán a plena luz. A este respecto, valen, pues, su peso en oro, porque permitirán saber cuál es la mentalidad general del joven y de la muchacha.

He aquí por qué no hay que separar al futuro cónyuge de su medio social. De igual modo que el medio familiar le revelaba, así el medio social le revelará también. Además, así como al casarse se adopta la familia del cónyuge, se adopta igualmente su circula de amistades. En ambos casos, es preciso saber lo que es, desde antes del matrimonio. Lo mismo que no había que olvidar la familia, tampoco hay que olvidar el medio social.

Las relaciones deben, pues, conducir la pareja a descubrir el medio de vida en el cual uno y otro evolucionan, a fin de adaptarse a él. Ya se trate del medio familiar o del medio social, la regla es la misma: el mayor peligro está en aislarse. Se esforzarán, por tanto, en tratarse en las mismas circunstancias en que tendrán que vivir en un futuro próximo, para familiarizarse con todo lo que ese modo de vida implica. En otros términos, hay que entrar a formar parte del círculo que rodea el otro cónyuge.

Defender la intimidad

De todo cuanto llevamos dicho hasta aquí, no debe inferirse que la pareja tenga que llevar un ritmo de frecuentación que le entregue por entero a las exigencias siempre invasoras de una vida social demasiado intensa. Ni tampoco, que deba enajenar su intimidad con los futuros padres políticos ligándose a ellos en un clima de dependencia de excesiva amplitud. Los novios deben reservar lo mejor de su tiempo para ellos mismos. Por eso sería un error craso el preocuparse de todo menos de salvaguardar la intimidad.

Porque el matrimonio no es sólo un contrato que liga externamente, es decir según los elementos aparentes, sino porque es un compromiso que liga al nivel de los corazones, o mejor aún al nivel del alma, no se debe contraer sin haber aprendido a conocer el alma del otro, todo ese mundo secreto que se agita detrás de la máscara y que no se revela más que poco a poco, gota a gota, parcela a parcela. Quien no profundice hasta ahí y no logre trazar la fisonomía interior de su cónyuge, no tiene derecho a unir su existencia a la del otro, porque no sabe lo que hace. En efecto, al contraer matrimonio, se pronuncia un «sí», que posee claramente el sentido de siempre. Ahora bien, no durará la unión por la carne sino por el alma. Es preciso, por tanto, que el conocimiento del otro llegue hasta su mundo interior, hasta el alma del futuro cónyuge. Como no se consiga esta percepción del alma del novio o de la novia, el otro lo ignorará todo de la persona con quien se liga, sin embargo, para la vida entera. ¿Cómo no ver el flagrante ilogismo de tal situación?

Descubrir verdaderamente el mundo interior del otro, es, como dijimos al principio de este trabajo, el auténtico objetivo de las relaciones. Ahora bien, la intimidad de los novios es el único camino que permite ese descubrimiento. Encontrarse, día tras día, a solas, y entregarse el uno al otro a lo largo de conversaciones que revelen poco a poco una parte de la riqueza del otro, y que descubran gradualmente, sin que se note apenas, su ser más profundo. Esta detención periódica, este corte con el exterior, esta concentración sobre el alma del otro, poseen la mayor importancia; en esto se reconoce el carácter serio de unas relaciones.

Con toda evidencia, no bastará parlotear juntos a la manera de esos novios a los que no se les ocurre decir más que trivialidades. No se trata de una charla insulsa sino de un intercambio. Descubrir mutuamente su alma, discutir sus respectivos conceptos sobre la mujer, el hombre, el amor, el matrimonio, los hijos, la vida y… Dios. Porque a lo largo del camino que pronto van a emprender conjuntamente, son esos conceptos los que entrarán en juego y serán fermento de discordia o elementos de unión. No se construye un hogar sobre la gracia de una sonrisa, sobre el atractivo de un rostro, sobre la ternura de un instante. Se construye el hogar sobre todo lo que es la esencia misma del yo: los pensamientos, los deseos, los sueños, las decepciones, las penas, las esperanzas, las alegrías, las tristezas. El amor implica la puesta en común de todo eso; por ello las relaciones enderezadas a consolidar el amor y a preparar la unión indefectible, deben desarrollarse en ese plan, y exhibir ante el otro ese fondo secreto de sí mismo, cada uno de cuyos elementos favorecerá o perjudicará la futura unión.

Para que este clima sea posible, es preciso que la pareja sepa no dilapidarse, malgastando su tiempo en naderías. Que se diviertan, bien está. Que no hagan más que divertirse, aquí estaría el mal. Que los novios realicen, pues, un sensato reparto de su tiempo y que se impongan la obligación de proteger su intimidad, de velar por ella que es su riqueza más preciada ahora y siempre.

Ser sincero con el otro

Se esforzarán además en disciplinarse recíprocamente según las exigencias psicológicas que hacen posible y viva la intimidad. Entre ellas, la primera es la sinceridad. Querer franquearse con el otro. Esto puede ser mucho más difícil de lo que se cree o de lo que parece. Porque cada uno de nosotros quiere guardar ocultos los secretos de su corazón. Accede gustoso a hablar de esto o de aquello, siempre que no se trate más que de cosas secundarias y externas. Pero descubrir el propio yo para dejar ver lo que se agita en el interior del mismo, es algo que cuesta. Inconscientemente nos negamos a abrirnos. Se encubre esta negativa tras numerosos pretextos, se encuentran mil y una razones de guardar para sí mismo el curso de sus pensamientos; en realidad lo que uno quiere es sustraerse al juicio ajeno. Hay, a este respecto, un reflejo defensivo que cada cual experimenta a la manera de la tortuga que esconde la cabeza dentro de su caparazón no bien se siente amenazada.

Los novios no deben «esconder la cabeza». Por el contrario, deben franquearse mutuamente, lo más posible, dentro de, claro está, los límites de una sana decencia. No se debe incurrir en el exceso contrario y llegar a un exhibicionismo tan inútil como fuera de lugar, que les llevaría a detallar todas sus sandeces pasadas. Se trata de revelar al otro el pensamiento propio; de definir ante él esas grandes orientaciones por las cuales un ser se diferencia de cualquier otro, y conforme a las cuales efectúa su elección en la vida. Todas las almas se parecen, en cierto modo, pero todas son también diferentes. Estos elementos diferenciales son los que hay que poner al descubierto a fin de que los novios puedan orientarse con respecto a su futuro cónyuge.

Por tanto, hay que hacer un esfuerzo para entregarse. Desatar esos lazos del individualismo. «Traducirse» al otro, nos atreveríamos a decir aquí, porque el lenguaje del alma es peculiar de cada cual; nadie tiene acceso a ese misterio, como no sea introducido en él. Por todo cuanto hemos dicho podemos ver hasta qué punto el amor está basado en la comunidad de pensamiento. Ahora bien, ésta no existirá sino en la medida en que los novios muestren una voluntad, decidida y eficaz, de realizarla. Desde la época de las relaciones, hay que aplicarse a ello con energía, porque si la unión interior no se inicia ya en ese período, no será nunca posible después. Por lo menos así lo revela la experiencia, que nos muestra a tantas parejas separadas por el muro impenetrable del individualismo.

Habrá que añadir a la sinceridad un gran afán de lealtad. Porque no se debe intentar presentar una imagen favorable de sí, cuando ésta no corresponde a la realidad. A este respecto ¿no es también una tendencia espontánea de nuestra naturaleza la de mostrarnos tan sólo bajo el aspecto más halagador? Con los extraños, no hay nada anormal en ello. Nadie está obligado a ser totalmente sincero con el primer venido. Pero cuando se trata del futuro cónyuge, éste tiene derecho a saber a qué ser va a ligar su existencia. No vivirá el día de mañana con una persona idealizada; se encontrará con un ser que oscilará, como toda criatura humana, entre perfecciones e imperfecciones, cualidades y defectos, virtudes y vicias. Por lo cual, es preciso guardarse de disimular. No podría haber mayor mezquindad, ni mayor estupidez, que la de no mostrar más que el lado favorable de uno mismo. Evidentemente, el futuro esposo o la futura esposa podrían quedar decepcionados, lo cual es como decir que sería de temer una crisis conyugal tanto más profunda cuanto más se hubiera disimulado.

Nunca se insistirá bastante sobre esta lealtad que deben mostrar los novios, recíprocamente. Todas sus relaciones deben estar impregnadas de ella, a fin de que su amor pueda conseguir así la solidez que necesitará para subsistir a lo largo de los años. La franqueza de alma con la más total lealtad será, pues, el medio por excelencia de evitar, el uno y el otro, las ilusiones pueriles. Con esta actitud, el amor encontrará realmente su fuerza y sólo con ella impedirá que se destruya, en breve plazo, contra los primeros obstáculos que surjan. Unas relaciones que no estuvieran animadas por este espíritu no serían más que una diversión tonta. Los novios que no quieran hacer de payasos y reducir su matrimonio a una triste bufonada, deberán, pues, seguir esta regla con todo rigor, a lo largo de esos meses durante los cuales se preparan para casarse.

Pero para practicar esa fórmula, tendrán que tener una gran humildad. Esta ocupa un lugar en el amor, como en todas partes, por lo demás; por haberla olvidado, muchos han acabado por no amarse ya. Porque no puede haber amor duradero sin sinceridad, como acabamos de observar. Ahora bien, toda sinceridad es radicalmente imposible sin humildad.

El peligro, en la vida conyugal, está siempre en alzarse el uno contra el otro, encerrándose cada cual dentro de sí. En la mayoría de los casos, semejante actitud proviene de un orgullo demasiado vivo que no se ha aprendido a dominar durante las relaciones. Cuando los primeros lazos del amor han ligado a un joven y una muchacha con la suficiente fuerza para que piensen en entregarse por entero y de un modo definitivo el uno al otro, deben aceptar manifestarse según la más estricta verdad, sin intentar hacer creer —aunque sea sin malicia— que son personas superiores. Tener la humildad de reconocerse tal como es uno, ni más ni menos, y presentarse al otro sin falsa riqueza, sin falso esplendor, sin ese brillo de bondad con el que cada cual procura adornarse sin saberlo. Es ésta una condición necesaria para la futura armonía de la pareja y para la verdad del amor. Sin esto, se corre el riesgo de sustituirse por un personaje inexistente; y cuando llegue la hora decisiva de la vida en común, que suprime todas las apariencias reduciendo cada cual a su verdadera estatura, se verá que el otro descubre poco a poco el error. Y desde ese momento, el amor no puede ya vivir, ni la unión subsistir.

Las relaciones deben desarrollarse ante todo en la verdad, y la verdad no será posible sin humildad, una humildad nacida del amor mismo y basada en el respeto mutuo con que deben tratarse los novios. Porque es necesario un inmenso respeto al otro para confesarle que uno no es más… que lo que es… y que él habrá de acomodarse a esta pobreza durante toda su existencia. Tiene uno entonces todas las probabilidades de que esta pobreza misma tome el aspecto de una gran riqueza, iluminada como estará por el amor, la verdad, la humildad. De este modo se habrá colocado la piedra angular de un matrimonio que tendrá todas las garantías posibles de duración, al haber sido preparado por unas relaciones verdaderamente serias.

Abrirse al otro

Digamos finalmente, para terminar estas reflexiones, que si es necesario ser sincero con el otro, es decir mostrarse a él bajo su verdadero aspecto, hay también que abrirse al otro, es decir aprovechar la época de las relaciones para corregir sus preocupaciones egoístas y convertirlas en una constante solicitud hacia el otro.

Porque el amor es incompatible con el egoísmo, y porque las relaciones deben preparar el amor definitivo, nada más lógico que exigir de los novios que aprendan a salir del círculo cerrado de sus intereses personales. Los esposos que no se esfuercen en vivir el uno para el otro, que no consigan olvidarse de sí mismos para enriquecer al cónyuge, estarán muy cerca de la desgracia. Se encontrarán suspendidos al borde del abismo del irremediable fracaso matrimonial. Desde el momento en que se reconoce esta verdad, no queda más que predicar la urgente necesidad que se impone a los novios de luchar contra la tendencia innata al egoísmo que si florece significará la muerte del amor.

Desarrollar la preocupación por el otro de un modo concreto. En esta, cada uno debe educarse a sí mismo. Cada uno debe esforzarse, por ejemplo, en asociarse a las preocupaciones del otro, en compartir sus gustos, en hacer suyos sus ocios. También sobre esto, hay que repetir que sería ilusorio pensar que todo ello «se hará después del matrimonio» y que siempre habrá tiempo de sacrificarse así a la voluntad arbitraria del otro. Desde el noviazgo hay que aprender a franquearse con el otro, a renunciar a todo por él, a cultivar ese indispensable reflejo por el cual quien ama de verdad, quiere ante todo hacer la felicidad del amado. Hasta en las cosas pequeñas.

Esta generosidad debe desarrollarse mucho antes del matrimonio a fin de que los primeros meses de éste no se perturben con penosas disputas. En suma, a la humildad de que antes hablábamos, hay que añadir una caridad soberana que va a iniciar, desde el período de las relaciones, el desposeimiento que implica todo amor.

Así aparece, pues, la orientación general que debe darse a las relaciones. Tal orientación tiene en cuenta la naturaleza misma de aquéllas, que no podrían concebirse más que con la perspectiva del matrimonio al que están normalmente ajustadas. Como no se desarrollen en este sentido, las relaciones asiduas son injustificables y peligrosas: corren el riesgo de llevar a situaciones equívocas y a amores descarriados.

Pero para quien las comprende y las vive en el sentido que acabamos de exponer, se presentan como el período muy feliz en que el amor se consolida, se esboza la armonía futura y se prepara la felicidad del mañana. Para unos novios no puede haber escuela más provechosa que ésa que refleja ya desde tan cerca lo que será su vida en común.

Surgirán sin duda dificultades. Es muy natural. No se aprende de golpe a convivir con otra persona. Es preciso para ello un largo aprendizaje que no terminará hasta pasados varios años de vida conyugal. Pero ya unas relaciones bien llevadas y sanamente orientadas consolidan una pareja y la preparan admirablemente para la unidad en la cual habrá de vivir en lo sucesivo, durante su vida entera. La importancia que tiene el aprovechar inteligentemente esa época es tal, que no se podría nunca exagerar. Unas relaciones serias, llevadas con toda conciencia y con el verdadero sentido del futuro, son un preludio de la felicidad. Cuántos sinsabores evitarán, cuántos fracasos impedirán. Ciertamente, no harán desaparecer todas las dificultades inherentes a la vida conyugal pero las reducirán mucho, tanto en número como en intensidad. Y sobre todo, pondrán en acción lo que podría llamarse el mecanismo de la armonía que consiste en ese juego recíproco por el cual la psicología propia de cada uno se transforma poco a poco para adaptarse al otro. En realidad, el secreto de la felicidad en la vida conyugal depende de ese mecanismo. Cuanto antes funcione, antes se logrará la felicidad. En cambio, cuanto más se retrase, más obstáculos se acumularán, más simas se abrirán y más comprometido estará el amor. Saber tratarse bien, es amarse mucho, y es edificar el mañana en el amor de hoy.