PADRE JUAN CARLOS CERIANI: LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR

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LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.

Este Evangelio es el más corto de todos los del Año Litúrgico, pero no deja de recordarnos dos hechos característicos de los primeros días de la vida de Nuestro Señor, dos grandes misterios donde ya se manifestó todo su amor: su Circuncisión y la imposición del Nombre de Jesús.

Los festejos de Belén se alteran hoy por los resplandores siniestros del cuchillo cruel. El delicado Niño es sometido ya a un suplicio.

Asistimos a una escena de dolor.

El que se sometió a las miserias de nuestra carne, aceptó también las flaquezas de la niñez; mas todo lo que hasta ahora ha podido padecer es poco en comparación del misterio de dolor que hoy presenciamos.

La circuncisión era una ceremonia humillante y dolorosa, impuesta por Dios a Abraham y sus descendientes, para ser como el sello de su alianza o pacto con ellos, y como un signo distintivo para toda su raza.

Prescrita en el momento en que todos los pueblos, olvidando el castigo del diluvio y las promesas divinas, estaban inmersos en la impureza y la idolatría, la circuncisión era:

— un símbolo de consagración a Dios y un acto de reconocimiento de su soberanía;

— un signo del pecado y, al mismo tiempo, una especie de tributo o satisfacción para expiarlo;

— un testimonio perpetuo de la maldición de las generaciones humanas y de la mortificación que debía hacerse de las pasiones sensuales, introducidas por el pecado;

— finalmente, un símbolo de fe y de esperanza en el Mesías prometido, que iba a venir para redimir al hombre de la esclavitud del pecado y santificar la naturaleza humana.

La Circuncisión era el sacramento principal de la antigua Ley; pero no podía remitir ningún pecado por sí mismo, sólo significaba la fe que justifica: Abraham recibió el signo de la circuncisión como sello de la justicia de la fe, dice el Apóstol San Pablo. Y agrega Santo Tomás que por eso en la circuncisión se confería la gracia en cuanto era signo de la futura Pasión. Era también una figura del Bautismo.

En la ceremonia se imponía un nombre al niño, en memoria del cambio de nombre que Dios había realizado a Abraham al imponerle la circuncisión: Te llamarás Abraham, padre de una multitud, porque te he constituido padre de muchas gentes.

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Considerando las circunstancias de la Circuncisión de Nuestro Señor, sabemos que fue circuncidado, como mandaba la ley, al octavo día después del nacimiento.

La ceremonia probablemente se realizó en la cueva de Belén y, según la costumbre, en presencia de unos pocos testigos y por mano de San José, aunque también la habían hecho varias madres. Ningún otro era digno de tocar la carne del divino Niño.

Al menos la Santísima Virgen estaba allí para enjugar las lágrimas del Niño y recoger la sangre que fluía de la herida, Sangre de precio infinito, y vendar la herida de su amado Hijo.

¡Con qué amor ofreció esta preciosa Sangre al Padre Eterno por la expiación de nuestros pecados! ¿Quién podrá expresar los sentimientos de ternura y compasión de esta Madre divina por su inocente Niño, llorando con Él y consolándolo con las más dulces caricias?

Lloró el Niño Jesús por el intenso dolor que sintió su carne, pues la había tomado verdadera y pasible como los demás hombres. Mas llorando el Niño, ¿pensamos que su Madre podría contener sus lágrimas? Lloró también Ella, y hacía por consolarle cuanto podía.

¿Qué mortal no se conmueve ante una escena tan tierna?

Lloremos, sí, lloremos también nosotros, puesto que somos los que en verdad arrancamos al Niño-Dios esas lágrimas de dolor.

Amemos con todas nuestras fuerzas al que nos amó tanto, que no dudó en someter sus delicadas carnes al tajante cuchillo… por nosotros.

Bastaba a Jesús, para obrar una redención infinita, el más insignificante suspiro; pero esto no era suficiente para su amor, y por eso, ya desde su más tierna infancia, deja caer sobre la tierra una gota de sangre, como preludio de la que derramará copiosamente desde la Cruz.

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¿Por qué Nuestro Señor quiso ser circuncidado?

Siendo la circuncisión un signo del pecado y el remedio del pecado original, era obvio que Nuestro Señor, el Santo de los Santos, concebido en el seno purísimo de María por la operación del Espíritu Santo, de ninguna manera estaba sujeto a esta ley humillante.

Pero quiso someterse a ella por varias razones, dignas de su sabiduría infinita:

1ª.- Para mostrar que había tomado una carne real, capaz de sufrir, y no, como algunos herejes argumentaron más tarde, un cuerpo aparente e impasible.

2ª.- Para probar su descendencia de Abraham y, por lo tanto, impedir a los judíos cualquier pretexto para rechazarlo; porque nunca hubieran podido, ni hubieran querido reconocer y escuchar a un Mesías incircunciso.

3ª.- Para mostrarnos su amor infinito, queriendo comenzar a sufrir desde el principio, vertiendo unas gotas de su Sangre y ofreciéndolas como depósito a su Padre, hasta que derramase esta preciosa Sangre en el Calvario por la redención de los hombres.

4ª.- Para darnos un brillante ejemplo de humildad; por eso Él, la inocencia y la santidad, asume la semejanza del pecado y acepta la marca ignominiosa del mismo, confundiéndose desde la cuna con los pecadores y ofreciéndose como víctima bajo el cuchillo de la circuncisión, esperando la inmolación completa sobre la Cruz.

5ª.- Para enseñarnos la verdadera obediencia, al querer estar sujeto libremente a una ley tan dolorosa y humillante. Esta obediencia de Jesús condena el orgullo y la insubordinación de tantos cristianos que, ya sea buscan exenciones o subterfugios para evadir la obediencia a las leyes de la Iglesia, ya sea se someten por comodidad a corruptelas de la ley, incluso contra la naturaleza…

6ª.- Finalmente, para inculcarnos la necesidad de la circuncisión espiritual, es decir, la penitencia y mortificación, de la cual habla San Pablo en su Carta a los Romanos.

La escena que contemplaron las paredes de la gruta de la Natividad revela muchas y grandes virtudes en el Divino Infante y sus Padres.

Por la Circuncisión el Niño quedaba atado a las prescripciones mosaicas. ¿Quién será capaz de admirar la humildad, paciencia y demás actos heroicos de virtud de que da testimonio Dios, al someterse al peso de la Ley, siendo Él el propio Legislador?

Pero en la ceremonia de la Circuncisión se encierra todo un misterio. Jesús se inclina gustoso bajo el yugo de la Ley, para librarnos a nosotros de ella; toma para Sí todo lo odioso, a fin de dejar para nosotros lo suave.

¡Qué consideración tan sustanciosa! Dios se somete por nosotros a la dura Ley mosaica; y ¿nosotros rehusaremos cargar con el yugo ligero de la Ley de la libertad, de la Ley de Gracia?

Él quiere aparecer como esclavo, a fin de que nosotros disfrutemos de los beneficios del libre; y ¿seremos tan desagradecidos que no nos prestaremos a obrar con la dignidad de libre?

Nos gloriamos de nuestra dignidad de libres, y, no obstante, obramos como esclavos, no somos capaces de arrancarnos las cadenas que nos aherrojan al mal.

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Por el amor que demuestra hacia nosotros y por las lecciones que nos da en ellos, Nuestro Señor es admirable en todos los misterios de su vida.

Su amor en el misterio de la Circuncisión es particularmente conmovedor por tres aspectos diferentes: como sujeto, pecador y salvador.

En primer lugar, Nuestro Señor se somete, está sujeto, por el amor nuestro.

Se muestra sujeto, sometiéndose a una ley y operación muy dolorosa.

La circuncisión era una señal de sujeción a la ley mosaica; Jesús, siendo Dios, es superior a la Ley y, por lo tanto, no está obligado ni a la circuncisión ni al resto de las leyes.

Además, la circuncisión era el remedio del pecado original, y no podría obligar a Aquel que, por su naturaleza, está libre de todo pecado.

Sin embargo, Jesús quiere someterse a la Ley para redimirnos, como enseña San Agustín.

En segundo lugar, por nuestro amor se presenta como pecador.

¡Oh maravilloso invento de su misericordia y amor! Para liberarnos del pecado, adquiere su propia apariencia…, y recibe sobre sí la marca dolorosa e indeleble del pecado…

En otras circunstancias de su vida, en las que mostrará ante los hombres los rasgos del pecador, el Padre Celestial lo exaltará para compensar, de alguna manera, sus humillaciones voluntarias, como sucedió durante su Bautismo e incluso en el Calvario, donde la naturaleza consternada proclamó su poder y el ladrón y el centurión su divinidad…

Pero, en su Circuncisión no aconteció nada semejante para atenuar la humillación; e incluso ella aparece como connatural, a punto que inspira a su Evangelista a hablar de eso sólo de manera secundaria e indirecta…

Finalmente, Nuestro Señor se manifiesta como Salvador.

No sólo toma el Nombre, sino que cumple con su oficio… Vino a la tierra para ser Salvador, y tiene prisa por ejercer sus funciones…

Pero su Sangre era necesaria para nuestra salvación, porque sin efusión no hay remisión. Es por lo que, tan pronto como nació, ya entrega unas gotas de esta preciosa Sangre; y, si no la derrama toda en ese momento, es para poder hacerlo sobre el Calvario con mayor significación y eficacia, habiendo instituido la víspera un sacrificio sacramental para perpetuar el que allí ofrecería…

La vida de Jesús es el modelo de la nuestra. Su Circuncisión pide de nosotros que no temamos tomar el cuchillo y podar cuantos brotes viciados dé de sí la naturaleza, a fin de que no haya en nosotros nada que no sea puro y santo.

Hemos de circuncidar espiritualmente al hombre viejo con sus apetitos feroces, cercenando las demasías en todo lo que concierne a la vida de los sentidos, refrenando la vista, teniendo a raya la lengua, cuidando que no se desmadre en nada el cuerpo animal.

Debemos agradecer a Nuestro Señor las humillaciones que quiso soportar por nuestro amor, y rogarle que nos aplique los méritos de su adorable Sangre que desde la cuna comenzó a derramar por nosotros.

Aprovechemos para agradecer las innumerables gracias que nos ha dado en el último año, y para pedir perdón por las faltas que hemos cometido, tomando la firme resolución de ser más fieles y vigilantes en el año civil que comienza.