LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICOS
(Parte XXIX)

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

LITURGIA DE LA EXTREMAUNCIÓN

1. Doctrina de la Iglesia

La Extremaunción fue instituida por Jesucristo para alivio espiritual, y aun corporal de los enfermos.

Debe recibirse cuando la enfermedad es peligrosa, pero antes que el enfermo empiece a estar privado de vida y de sentidos, para que así el Sacramento pueda surtir enteramente sus efectos.

1. Materia

Es el Óleo consagrado por el obispo; esto es, el líquido exprimido de los olivos, ordinariamente llamado Óleo de los enfermos.

2. Forma

Son las palabras deprecatorias que pronuncia el sacerdote a cada una de las unciones.

3. Ministro

El ministro ordinario es el párroco del lugar en que habita el enfermo, y, en caso de necesidad o con licencia, cualquier sacerdote puede administrarlo (canon 938).

4. Sujeto

Todo fiel que haya llegado al uso de la razón y, por enfermedad o vejez, esté en peligro de muerte, puede y debe recibir este Sacramento; pero sólo una vez en el mismo peligro de muerte, y si convalece y de nuevo vuelve a incurrir en el peligro, debe reiterarlo (canon 940).

En cambio, no puede recibirlo el condenado a muerte, ni el que emprende una navegación peligrosa, ni una guerra arriesgada (Cat. Rom. n° IX), ni el que en salud sufre una operación, por difícil que sea. La razón es porque, en el momento, ninguno de éstos padece grave enfermedad.

5. Efectos

Los principales son:

a) Aumentar la gracia santificante, y perdonar los pecados veniales y aun los mortales que el enfermo no hubiera podido confesar;

b) Librar el alma de la flaqueza y debilidad que contrajo por los pecados, y de las demás reliquias de ellos;

c) Dar fuerzas para sufrir meritoriamente la enfermedad, resistir a las tentaciones y morir santamente y con tranquilidad;

d) Proporcionar la salud al cuerpo, si conviene para la salvación del alma.

6. Disposiciones

El enfermo, antes de recibir la Extremaunción, ha de ponerse en gracia de Dios con la Confesión y fortalecerse con el Viático; salvo el caso de imposibilidad.

7. Muerte aparente

Está demostrado por los más eminentes médicos y biólogos que existe un período normal de muerte aparente, antes de que se produzca la muerte real. La duración de ese período varía según los individuos y la clase de enfermedad. Ténganse presente las tres reglas siguientes:

a) El máximum de vida latente se halla en los que mueren de accidente repentino, principalmente de catalepsia y de frío, y el tiempo no es menor de doce días.

b) El mínimum en los que repentinamente pierden algunos de los órganos esenciales (v. gr.: por aplastamiento de la cabeza, por carbonización, por agotamiento, etcétera), siendo simultáneas la muerte real y la aparente.

c) El término medio corresponde a los que mueren de enfermedad ni muy larga ni muy corta y es de tres a cinco horas.

Estas tres reglas marcan la norma a seguir en la administración de la Extremaunción, y también la obligación de llamar al sacerdote aun bastante después de la defunción.

2. La Extremaunción en los primeros siglos

El Sacramento del Óleo —que así se llamaba en los primeros siglos—, empezó a usarse en la Iglesia desde los tiempos apostólicos. Refiriéndose a él, escribe el Apóstol Santiago en su Epístola Católica: “¿Cae enfermo alguno de vosotros? Pues llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren por él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor: y la oración hecha con fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará, y si está en pecado, obtendrá él perdón”.

Esta recomendación del Apóstol, en que la Iglesia y los Santos Padres, a partir de Orígenes, han visto promulgada la ley del Sacramento de la Extremaunción, fue practicada entre los cristianos desde los primeros siglos. Tal vez era lo que practicaban los mismos Apóstoles cuando, como dice el texto: “Lanzaban muchos demonios, y ungían a muchos enfermos con óleo, y los sanaban”.

La materia empleada entonces era la misma de ahora, o sea el Óleo de los Enfermos, consagrado por el obispo el día de Jueves Santo juntamente con el santo crisma y el óleo de los catecúmenos.

Con respecto a las unciones y a la fórmula usada en cada una, lo más usual fue aplicar las unciones, como ahora, a los órganos de los sentidos, acompañándolas con palabras adecuadas a cada uno.

Diversidad de usos existía en cuanto al momento de administrar la Extremaunción, pues unas veces se hacía antes y otras después de la Confesión y de la Comunión.

El lugar ordinario donde se administraba era la casa del enfermo, pero a muchos la devoción los llevaba a la Iglesia para recibirla públicamente. Tal fue el caso, entre otros, de San Benito y San Mauro. En vista de ello algunas Iglesias tenían un lugar especial destinado a este ministerio y hasta disponían de una especie de enfermería.

3. Modo de administrar la Extremaunción

Pero, sea que se recibiese la Extremaunción en la casa o en la Iglesia, sentado el enfermo o arrodillado, se hacía siempre en un ambiente de compunción y de sincera penitencia, y, en muchas ocasiones, previa la imposición de la ceniza y del cilicio.

Para aquellos fervorosos cristianos de fe y de instrucción tan hondas, las lágrimas y la penitencia eran el mejor aparejo para comparecer ante el Soberano Juez.

Es clásico, a este respecto, en los anales eclesiásticos el caso de San Martín de Tours, y en los monásticos el de San Mauro, muriendo ambos envueltos en ceniza y sobre áspero cilicio.

Teodulfo de Orleans († 821) nos describe así, en su II Capitular, los ritos que en su tiempo se usaban para administrar la extremaunción:

Se lavaba al enfermo antes de ungirlo, y se le vestía con un traje blanco. Si sus fuerzas se lo permitían, se le llevaba a la iglesia y allí se le acostaba sobre el cilicio y la ceniza, se colocaba cerca de él la Cruz y el agua bendita, y tres sacerdotes iban a administrarlo. Hacían las unciones en las mismas partes del cuerpo que nosotros, pero las cruces las multiplicaban algunos hasta quince y veinte.

La fórmula era ésta, inspirada en el texto del Apóstol Santiago: “Yo te unjo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, para que la oración de la fe te salve y el Señor te alivie, y si estás en estado de pecado, te sean perdonados”.

Terminada la oración, el enfermo, rogado por el sacerdote, rezaba la oración dominical y el símbolo, recomendaba su alma a Dios, se hacía la señal de la cruz y se despedía de los vivos.

En seguida, el sacerdote le daba la Comunión, y durante siete días lo visitaba y rezaba por él las oraciones del caso.

En muchas regiones, cuando era posible, seguía la Misa pro infirmo, en la que comulgaban el enfermo, sus amigos y sus acompañantes.

Una moraleja

Todos estos datos, además de enterarnos minuciosamente de las señales inequívocas de penitencia con que recibían aquellos cristianos este Sacramento, nos hacen ver que no le pedían, como ahora, en el último trance de su vida y cuando la salud apenas podía ya recuperarse más que por un milagro, sino tan pronto como el enfermo empezaba a peligrar y la gracia del Sacramento podía todavía mejorarlo per medium medicinae, es decir, obrando como un remedio natural.

El abuso, hoy tan extendido y con tan pocos visos de enmienda, de diferir la extremaunción hasta la agonía o estado inconsciente del enfermo, proviene, principalmente, de la poca fe de los cristianos en la virtud espiritual y sobre todo corporal de este sacramento, y de considerarlo como un pasaporte seguro para la eternidad.

También contribuyó a ello una superstición muy antigua, inventada y propalada por falsos médicos, la cual hacía creer al pueblo que los enfermos oleados no podían, si sanaban, ni comer carne, ni andar descalzos, ni danzar ni hacer vida conyugal.

Hoy no existe ya el recuerdo siquiera de aquella superstición, pero cada día es más contagiosa la aprensión, por la cual los enfermos y sanos temen a la extremaunción y al sacerdote que la administra, como los nenes al cuco.

¡Cuántos muertos no lo fueran todavía, si hubiesen recibido a tiempo las unciones!

Rito actual de la Extremaunción

Según el Ritual Romano, hoy en uso, en la habitación del enfermo ha de prepararse: una mesilla cubierta con un mantel blanco; un platillo con algodón en rama, para limpiar las partes ungidas; migas de pan y agua, para que el sacerdote se lave las manos; y un cirio encendido: procurando, además, que todo se haga con la mayor pulcritud posible.

Revestido el sacerdote con sobrepelliz y estola morada, entra donde está el enfermo con el saludo de la paz; le da a besar el crucifijo; lo rocía con agua bendita, así como a la habitación y a los circunstantes; lo confiesa y absuelve; le instruye brevemente acerca de la virtud y eficacia de este sacramento, y si es necesario lo alienta y consuela con la esperanza de la vida eterna.

¡Dígase si estos actos preliminares no son, más bien que para asustar, para tonificar y reanimar, aun físicamente, al enfermo!

Previas unas cuantas oraciones y el acto de contrición, el sacerdote absuelve al enfermo, y, mientras los asistentes rezan por él los Salmos Penitenciales, las Letanías de los Santos u otras preces apropiadas, le impone las manos sobre la cabeza y lo bendice en el nombre de la Santísima Trinidad.

Luego le unge los ojos, los oídos, la nariz, la boca, las manos y los pies, diciendo cada vez: “Por esta santa unción † y por su piadosísima misericordia, te perdone el Señor lo que hayas pecado con la vista (con el oído… con el olfato… con el gusto y las palabras… con el tacto… y con los pasos). Así sea”.

Las partes ungidas, como se ve, son las que la naturaleza dio al hombre como instrumentos de los sentidos, cuales son: los ojos para ver, los oídos para oír, la boca para gustar y hablar, los pies para andar, y las manos para tocar; pues si bien el tacto está repartido en todo el cuerpo, está más vigoroso en las manos.

Si el enfermo (y nótese que no decimos el moribundo) se entrega con confianza a la acción, espiritualmente purificadora y corporalmente restauradora de la extremaunción, experimentará en el alma la sensación del más absoluto perdón y quizás vea en el cuerpo restablecida su amenazada salud.

Las manos del sacerdote, que van delineando suavemente la señal de la cruz con el Santo Óleo en todos los sentidos, le parecerán al enfermo caricias del Padre celestial que, o le devuelve la salud o le prepara para los eternos goces del cielo.

Antes de despedirse, el sacerdote da al enfermo oportunos consejos, deja a su alcance el crucifijo y el agua bendita para que los use devotamente, y amonesta a los deudos que, si se agrava y entra en agonía, llamen al párroco para que lo ayude a bien morir.

A este fin ha reunido el Ritual una serie de reflexiones y jaculatorias muy oportunas para excitar en el moribundo actos de fe, esperanza, caridad y otras virtudes, y disponerlo a abrazar la muerte con santa resignación.

La Bendición Apostólica

A la Extremaunción, la Iglesia ha añadido dos ritos complementarios, que agregan eficacia y solemnidad a este Sacramento: la Bendición Apostólica y la Recomendación del Alma.

La Bendición Apostólica o Papal, con indulgencia plenaria para la hora de la muerte, la otorgó el primero en la Iglesia el Papa Inocencio IV, en favor de Santa Clara, a cuya muerte estuvo él presente.

Desde entonces acostumbraron los Papas a concederla, aunque con suma parsimonia, a algunos personajes beneméritos, sea directamente, como lo hizo Paulo IV con San Ignacio de Loyola, sea por medio de los obispos o sacerdotes.

En el siglo XVI se hizo casi general, y en el XVIII, Benedicto XIV la extendió a todos los cristianos debidamente dispuestos.

Sólo puede recibirse una vez en la misma enfermedad, y aunque se la anticipe al momento de la Extremaunción, no se gana la indulgencia hasta el trance mismo de la muerte.

Las condiciones para lucrar esta indulgencia son: que el enfermo adolezca de enfermedad grave, aunque no sea de inminente peligro de muerte; que esté en gracia de Dios; que tenga intención de ganarla, y acepte generosamente la muerte.

La Recomendación del Alma

Si, a pesar de la tierna solicitud de la Iglesia y de los deudos para salvar al enfermo, entra éste por fin en la agonía, el sacerdote va de nuevo a su cabecera para sostenerlo en su última lucha, para arrullar con dulces oraciones su postrer sueño y para ponerlo, como quien emprende un peligroso viaje, bajo la dirección de guías fieles y al resguardo de una escolta invisible.

Tal es el objeto de la Recomendación del Alma.

Este rito pertenece a la más remota antigüedad, y muchas de sus fórmulas, al igual que las del Oficio de difuntos, se leen en las inscripciones de las catacumbas.

Eran, aproximadamente, las mismas expresiones que empleaban los primitivos cristianos para despedir a los moribundos, y las que formulaban los mártires al presentarse ante los verdugos.

Es difícil encontrar nada más tierno y confortador.

Consiste este rito en rezar unas Letanías y varias Oraciones; en leer algunos pasajes del Evangelio; en recitar dos Salmos, y sugerir al moribundo unas cuantas jaculatorias.

Las Letanías son un extracto de las de los santos, con algunas invocaciones de circunstancia, como son los nombres de San Benito, San Gregorio Magno, San Camilo de Lelis y San Juan de Dios, abogados de los moribundos; San Abel, el primer difunto, y San Abrahán, el padre de los creyentes y depositario de las promesas consoladoras.

De las Oraciones:

– la primera (“Sal, alma cristiana”) es una regaladísima invitación para emprender confiadamente el camino del cielo;

– la segunda (“Dios misericordioso”) es una súplica ardiente para aplacar a Dios ofendido poniéndole delante las lágrimas del moribundo;

– la tercera (“Te encomiendo a Dios”) repite en términos muy encarecedores la invitación de la primera, describiéndole, con frases floridas de San Pedro Damiano, las delicias del paraíso;

– la cuarta (“Recibe, Señor”), compuesta a modo de letanía, reclama el auxilio divino recordando muchos de los prodigios de bondad esparcidos en la Biblia;

– la quinta (“Te encomendamos, oh, Señor”) pide a Dios reconozca en el alma del moribundo a su imagen, aunque afeada a veces por el pecado;

– y en las tres últimas invoca en general a todos los Ángeles y Santos del cielo, y en particular a la Santísima Virgen y a San José, para que le salgan al encuentro y lo lleven al lugar de la felicidad.

La Lectura del Evangelio de San Juan (c. XVIII), que contiene la oración que pronunció Nuestro Señor después de la Cena, y la del relato de su pasión y muerte (c. XVIII y XIX), tiende a ayudar al paciente a soportar resignadamente las angustias de la agonía.

El Salmo 117, que canta las divinas misericordias, y el 118, que celebra la felicidad del cristiano que ha practicado la ley de Dios, envuelven al moribundo en un ambiente celestial.

Siguen otras tres oraciones, con las que termina la Recomendación del Alma propiamente dicha y el moribundo empieza a expirar.

El sacerdote y los fieles redoblan entonces su fervor y le sugieren algunas jaculatorias que él, si todavía es capaz, ha de tratar de repetir.

Donde es costumbre, se tañe en este momento la campana de la iglesia parroquial, para enterar a los cristianos de la muerte inminente de su hermano, y pedirles que lo encomienden a Dios.

La Capilla Ardiente

Con respecto al cadáver del difunto y al modo de velarlo, atiéndase y obsérvese con cuidado lo que prescribe el Ritual:

El cuerpo del difunto aderezado honestamente, según costumbre, colóquese entre las luces en lugar conveniente. Sobre el pecho y entre sus manos, acomódese un crucifijo, y a falta de él, póngansele cruzadas ambas manos. De tiempo en tiempo rocíesele con agua bendita, y hasta que sea llevado a sepultar, tanto los sacerdotes como todos los que lo visiten, rezarán por el difunto”.

El aderezo del cadáver es usanza muy antigua y cristiana que empieza por el lavado de este y termina por el aliño de la barba y del cabello.

La mortaja puede variar según los países; pero, si consiste en el traje ordinario, han de evitarse, por descontado, los escotes, las demasiadas galas y todo alarde de mundanidad.

La capilla ardiente ha de instalarse en lugar conveniente. Cuanto más sobria, más apropiada será. Quiere el Ritual que no falte alguna luz, y se entiende, luz de cirio, que es la única litúrgica.

El rociar el cadáver con agua bendita corresponde no sólo al sacerdote, sino a todo el que lo va a visitar. Para ello servirá un recipiente cualquiera, y un ramito de cualquier planta. El rezar por el difunto es también deber general.