DOMINGO SIGUIENTE
A LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS
Y A LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
Todas las Fiestas y Conmemoraciones del Año Litúrgico tienen su excelencia y su utilidad para nuestra alma.
Las dos que venimos de celebrar en estos dos últimos días, son de las más consoladoras e instructivas, ya que nos muestran la gloria que disfrutan los Santos, nuestros hermanos mayores, en el Cielo, y las lecciones que nos dan las Benditas Almas del Purgatorio.
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La gloria de los Santos nos hace esperar compartirla algún día; porque, según el famoso dicho de San Agustín, ¿por qué no podríamos hacer lo que estos hombres han hecho?
La Iglesia ha erigido la Fiesta de todos los Santos:
– Para agradecer a Dios por todas las gracias que ha concedido a todas estas Almas Benditas para santificarlas mientras estaban en la tierra, así como por la gloria inefable y eterna que les confirió en el Cielo.
– También para honrar en una misma solemnidad a todos los Santos, conocidos o desconocidos, y para estimular el celo de todos los fieles para reparar hoy, con un mayor fervor y piedad, toda su negligencia en el culto dado a cada uno de los Santos durante el transcurso del año.
– Así mismo, con el fin de interesar a todos los Santos del Cielo en defendernos, protegernos e interceder por nosotros.
– Para excitarnos más a la virtud, presentándonos a la vez tantos modelos perfectos para imitar; porque hay Santos de todas las condiciones de vida…, sexo, edad, ocupación…
– Finalmente, para sacudir nuestra apatía y cobardía, mostrándonos que la gloria y la felicidad de los Santos está a nuestro alcance, pues ellos nos prometen y nos aseguran la misma recompensa que disfrutan, con la condición de que trabajemos para santificarnos como ellos.
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¿Cómo llegaron los Santos al Cielo?
Si los Santos disfrutan hoy de tanta felicidad en el Cielo, no es porque hicieron milagros y cosas extraordinarias, porque este don es una de las gracias gratuitas que no pueden confundirse con la gracia santificante.
Todos fueron fieles a las gracias de Dios, atentos a observar en todo su voluntad, haciendo las cosas comunes de una manera no común, es decir por razón de fe, por puntos de vista o intenciones sobrenaturales, por amor a Dios y con un inmenso deseo de agradarlo y glorificarlo en todo.
No fueron impecables; ya que tenían la misma naturaleza que nosotros; pero cuidaron sus sentidos y sus corazones, huyeron de las oportunidades del pecado, oraron, vivieron sin cesar en un santo temor de Dios y con un gran horror de los pecados más pequeños.
Algunos, incluso, tuvieron durante mucho tiempo caídas graves y se alejaron de Dios; pero se arrepintieron de sus tristes errores y reconquistaron sus méritos a través de una vida de penitencia, caridad y celo. Ejemplos de esto tenemos en David, San Pedro, San Pablo, Santa María Magdalena, San Agustín, etc.
Los Santos intentaron constantemente crecer más y más en santidad, para ser más dignos de Dios; con una voluntad enérgica y generosa, activa y eficiente, para avanzar siempre, seguir e imitar perfecta y fielmente a Jesús.
Ahora son recompensados por sus luchas, sus esfuerzos, sus virtudes y sus obras…
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Tengamos en cuenta cómo los Santos han correspondido a las gracias de Dios.
Los Santos han sido fieles a todas las gracias de Dios; han tenido cuidado de hacer un buen uso de los talentos que le había confiado, siempre dispuestos a dar cuenta de su administración.
En todos se destaca la abnegación de sí mismo, por la humildad y la mortificación del amor propio.
En cuanto a la penitencia, ¡qué no hicieron los que habían sido graves pecadores para levantarse y reparar sus faltas! Y aquellos que tuvieron la gracia de ignorar tales miserias, ¡a qué mortificaciones se han sometido!, ¡qué guarda ejercieron sobre sus sentidos, por temor a caer en ellas!
Los Santos cargaron la cruz con amor y la llevaron todos los días con generosidad, paciencia y perseverancia.
No siempre fue fácil y sin quejas de la naturaleza, pero Dios prevaleció por su gracia.
¿Quién contará las luchas internas y externas, las persecuciones y los sufrimientos que tuvieron que soportar por la causa de Dios? ¡Con qué resignación y alegría aceptaron los trabajos, las enfermedades, las privaciones, el desprecio, las humillaciones, etc., por el amor de Jesucristo!
Todos sufrieron una especie de martirio, o en su cuerpo o en su alma. Dios los ha probado como al oro en el crisol, y los encontró dignos de Él.
La paciencia ha completado el trabajo de su perfección y santificación, y, de acuerdo con la ley sancionada por Jesucristo, es por la cruz que ellos han llegado a la gloria.
Los Santos siguieron a Jesucristo; su principal preocupación fue revestirse de Él, vivir de su vida, penetrarse de sus virtudes. Cada uno de ellos se convirtió en otro Jesucristo y pudo decir con el Apóstol: es Jesucristo quien vive en mí.
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La Fiesta de Todos los Santos nos hace pensar en el Cielo y en cómo llegar allí.
Después de entreabrirnos el Cielo y mostrarnos la gloria y la felicidad que los Bienaventurados disfrutan allí, la Santa Iglesia nos hace descender al Purgatorio para hacernos meditar en los sufrimientos de las Benditas Almas que allí se purifican para poder ingresar a la contemplación de Dios.
Primero nos invitó a recurrir a la intercesión de los Santos; y luego nos pidió que recemos por nuestros hermanos difuntos.
Emotivo y santo comercio entre los miembros de la Iglesia triunfante, la Iglesia militante y la Iglesia purgante… Creo en la Comunión de los Santos…
Consideremos hoy, una vez más, qué es el Purgatorio y cuáles son los sufrimientos que allí se soportan.
Detengámonos atentamente sobre estos temas tan importantes; porque, ¿quién de nosotros se atrevería a presumir de que no pasará por las llamas expiatorias del Purgatorio?
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¿Qué es el Purgatorio?
El Purgatorio es un lugar de castigo, donde las almas justas expían los pecados veniales no perdonados antes de morir y todas las demás penas debidas por los pecados perdonados de las cuales no han hecho suficiente penitencia.
Los atributos de Dios lo exigen: su santidad, que no puede soportar absolutamente nada impuro en el Cielo; su justicia, que reclama una rigurosa expiación por los pecados; su bondad, que quiere que esas Almas sean hermosas y dignas de Él.
La razón misma lo exige, porque comprende que Dios, infinitamente justo y santo, tiene derecho a exigir reparación y satisfacción por la menor desobediencia; reparación que el hombre tendrá que hacer, ya sea durante o después de esta vida; de lo contrario, la condición de los descuidados y tibios sería mejor que la de los vigilantes y fervorosos.
La acción de Judas Macabeo, enviando doce mil piezas de plata al Templo de Jerusalén para ofrecer sacrificios por los pecados de los soldados muertos en el combate, manifiesta dos verdades de una gran importancia:
La primera es el estado de sufrimiento en el que se suponía que padecían las almas de aquellos soldados que murieron con faltas no expiadas; sufrimiento que se suponía deseaban ser aliviados.
Este estado de sufrimiento temporal que sigue a la muerte no es otra cosa que el Purgatorio.
La segunda verdad es la creencia en la eficacia de los sacrificios y las oraciones por las almas que son purificadas allí.
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En cuanto a los sufrimientos del Purgatorio, ellos superan en rigor cualquier imaginación…
Dice San Buenaventura: Dios tiene más en cuenta una penitencia ligera pero voluntaria, hecha en la vida presente, que una penitencia más fuerte pero necesaria, sufrida en la vida futura; y es por eso, lo que falta a esta penitencia, del lado de la voluntad, debe ser compensado por el rigor.
Estas penas son tan grandes y rigurosas que, según los Santos Doctores, superan con creces todas las aflicciones, todas las enfermedades, todas las torturas y todos los martirios que uno pueda soportar en esta vida; a punto tal que las Almas del Purgatorio preferirían sufrir todos los males de este mundo durante miles de años, en lugar de un solo día en ese lugar de suplicio…
Estas Almas sufren la pena de sentido; especialmente un fuego terrible, que arde sin consumir, similar al del infierno, dice Santo Tomás, aparte de la duración.
Además de esta pena de sentido, ya extremo, existe la pena de daño, es decir, la privación de la vista y gozo de Dios.
Es la mayor pena, pues estas Almas Benditas aman a Dios, quien las ama; y sienten un deseo irresistible de verlo; se lanzan hacia Él para unirse con Él; pero su justicia las rechaza, permanecen separadas de Él; y esta separación es para ellas un tormento indescriptible, una tortura insoportable; tanto que una hora de este sufrimiento, de esta privación de Dios, les parece una eternidad.
A todo esto, se suma la impotencia de estas Almas para aliviarse. No pueden por sí mismas, ni hacer penitencia, ni satisfacer, ni merecer, ni recibir ningún Sacramento, ni ganar ninguna indulgencia…
¡Justo castigo, que reconocen y aceptan, por su tibieza y su abuso de las gracias!
Ven sus pecados y se arrepienten de ellos. A la luz divina, entienden qué respeto y qué amor merece Dios; distinguen claramente el número y la fealdad de sus pecados, sienten un arrepentimiento abrumador, un dolor y una confusión incalculables…
El recuerdo de los beneficios y las gracias de Dios, unido a la vista de sus ofensas, es como una espada de dos filos que perfora su corazón…
Finalmente, a todas estas penas se suma el olvido y abandono de sus amigos y seres queridos.
A pesar de las promesas…, pronto se los olvida y abandona…
Afortunadamente, la Iglesia de la tierra interviene para consolar a estas almas abandonadas y aliviarlas efectivamente por sus sufragios.
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Regresando a los Bienaventurados del Cielo, consideremos nuestros deberes para con los Santos.
La Iglesia, al mostrarnos la gloria y la felicidad de todos Santos del Cielo, desea entusiasmarnos: para honrarlos, invocarlos e imitarlos, tres maneras fáciles de agradar a Dios, de santificarnos y de merecer ir al Cielo para vivir eternamente con los Santos.
En primer lugar, tenemos que honrar a los Santos.
Porque son amigos de Dios; lo han amado y servido durante su peregrinación aquí; lo han glorificado por su vida santa y sus obras; y ahora Dios los honra como sus amigos, y son gloriosos y poderosos en el Cielo…
Compensación por la oscuridad en que vivieron en esta tierra, en su mayor parte despreciados, humillados, perseguidos…
El honor que tributamos a los Santos proviene de Dios, como de su fuente, y a Él regresa, como a su fin necesario, ya que es Dios el autor y premiador de su santidad.
Luego, debemos invocar a los Santos.
Porque ahora son poderosos. Durante su vida, siempre han agradado a Dios, y ahora Dios se complace en responder a sus oraciones; les permite protegernos, velar por nosotros, recurrir a sus tesoros celestiales para ayudarnos.
La vida de los Santos está llena de conmovedores testimonios del interés que tienen por nosotros y del maravilloso poder que tienen para ayudarnos.
Ellos conocen nuestras miserias, nuestras debilidades, nuestros peligros, nuestras tentaciones, todas nuestras necesidades. Su propia experiencia y el conocimiento más perfecto que tienen sobre el precio del alma y la excelencia de las perfecciones divinas suscitan en ellos una mayor compasión por nosotros y un mayor deseo de ayudarnos.
Por todo esto, debemos ser diligentes al invocar a los Santos. Hay gracias que Dios tiene reservadas para otorgarlas por su intercesión; es la condición que Él pone; así que es nuestro interés solicitar a los Santos que intercedan por nosotros.
Finalmente, debemos imitar a los Santos.
Lo debemos…, y podemos; porque los Santos han estado en la tierra en las mismas condiciones que nosotros; tenían la misma debilidad nativa y las pasiones; tuvieron que sufrir los mismos combates, las mismas tentaciones, pruebas similares.
¿Cómo, entonces, han triunfado sobre todos los males, incluso los más violentos? Por la vigilancia activa, por la fuga de las tentaciones, por el recurso a la oración, por una lucha perseverante y valiente.
Tenemos a nuestra disposición las mismas gracias y la misma ayuda, los mismos medios para obtener de Dios el mismo galardón.
Ellos se han esforzado por seguir e imitar el Modelo Divino, meditando sin cesar su vida, su Pasión, alcanzando en sus enseñanzas celestiales y en sus ejemplos divinos la manera y la fuerza para practicar todas las virtudes cristianas.
Notemos que, por una disposición especial de Dios, cada Santo se ha destacado en una virtud particular, de acuerdo con su naturaleza perfeccionada por la gracia y de acuerdo con su vocación. Solo Jesús y su divina Madre se destacaron en todas las virtudes.
Así admiramos, en San Francisco de Asís, la pobreza y la caridad; en San Francisco Javier, el celo apostólico; en San Francisco de Sales, la mansedumbre y dulzura; en San Vicente de Paul, la humildad y la caridad, etc.
La vida de los Santos hace que la Iglesia se vea como una hermosa piedra preciosa, de mil facetas brillantes.
A cada uno de nosotros le corresponde descubrir qué virtud le exige especialmente Nuestro Señor. La práctica fiel y constante de esa virtud principal y dominante pronto llevará a todas las demás a un grado más o menos perfecto.
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Luego de haber considerado nuestros deberes para con los Santos, regresemos al Purgatorio y consideremos los motivos que tenemos para aliviar a las Benditas Almas que allí purgan sus pecados.
Es una verdad de fe que las Almas que sufren en el Purgatorio pueden ser aliviadas por los fieles que militan en la tierra.
Varias razones sirven para establecer esta verdad y comprometernos con esta buena obra:
Ante todo, el interés de Dios, que ama a estas Almas y quisiera coronarlas de inmediato. Y nos convierte en mediadores entre su justicia y su misericordia.
Entonces, aliviar estas Almas, es llenar sus deseos, dándole a su corazón la alegría de recibirlas a todas purificadas en el Cielo.
También está en juego el interés de estas Almas. La caridad, de hecho, nos obliga a prestar un servicio a nuestros desafortunados hermanos; pero, ¿quién es más desafortunado que estas pobres almas, completamente indefensas para liberarse? ¿Quién sería tan cruel como para no correr en su ayuda?
Es, además, un deber de piedad filial y gratitud, especialmente para aquellos que nos han amado tanto, nuestros padres, nuestros benefactores…
Por último, también nuestro propio interés está comprometido, pues las Almas que ayudemos a llegar más rápidamente al Cielo se convertirán en nuestros defensores e intercesores; alabarán a Dios por nosotros y nos ayudarán con sus oraciones.
En verdad, Dios, cuya justicia no les permite satisfacer por sí mismos, sin embargo acepta, en su misericordia, desde ahora sus oraciones por nosotros, a cambio de nuestros sufragios por ellos.
Nuestro Señor dijo: Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Si tenemos compasión de estas Almas, Dios también tendrá compasión de nosotros; y permitirá que otros recen por nosotros después de nuestra muerte, y nos sean aplicados muchos sufragios.
Aquellos que tienen un corazón duro y no hayan tenido piedad, serán juzgados por igual y tratados sin piedad.
¡Qué poderosos motivos para entusiasmarnos a hacer mucho por las Benditas Almas del Purgatorio!
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Consideremos, pues, para terminar, los medios de que disponemos para aliviarlas.
Primero, nuestras oraciones, especialmente aquellas que están enriquecidas con indulgencias, como el Santo Rosario, el Via Crucis, el De profundis, el Angelus y otras invocaciones y oraciones jaculatorias.
Las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, hechas a favor de las Almas del Purgatorio; por ejemplo, alimentar a los pobres, visitar a los enfermos, consolar a los afligidos, instruir a los ignorantes, etc.
Obras de penitencia y mortificación; nuestras comuniones y visitas al Santísimo Sacramento. Pero, sobre todo, el Santísimo Sacrificio de la Misa, cuyo mérito es infinito. Allí comprobamos la efectividad de la preciosísima Sangre de Nuestro Señor para aliviar a las Benditas Almas y para extinguir o disminuir las llamas del Purgatorio.
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Estamos, sin excepción, llamados a la santidad, al Cielo…; y todos podemos lograrlo, ya que Dios nos da la gracia y los medios.
Recordemos lo que han hecho los Santos, tomemos la resolución de seguirlos en sus pasos y pidámosles que nos ayuden en la tarea de nuestra santificación.
Ayudemos también a las Benditas Almas del Purgatorio a llegar a la Bienaventuranza eterna.
Y, poniendo manos a la obra, mereceremos compartir un día, en el Cielo, su gloria y felicidad sin medida y sin fin.

