MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SANTA TECLA
VIRGEN Y MARTIR (siglo I)

«Veíase al animal, lamer los pies de la santa doncella, postrarse ante ella, como para dar a entender que no podía tocar el cuerpo de la virgen. Adoraba la bestia a su presa y, olvidada de su propia naturaleza, se había vestido de la naturaleza de que los hombres se habían desnudado. Con mudanza extraña vierais a los hombres crueles mandar a la bestia que lo fuese, y la fiera, besando los pies de la virgen, enseñar a los hombres lo que habían de hacer… Adorando a la inúrtir, dieron a entender cuánto significan la religión y la castidad».
SAN AMBROSIO
MUY celebrado fue en la antigüedad cristiana el nombre de esta insigne virgen. Por doquier la ensalzaban con alborozo y la honraban con pública veneración. Cuando querían ponderar las extraordinarias virtudes de una doncella cristiana, decían de ella que era otra Santa Tecla. Así llama San Jerónimo a Santa Melania y San Gregorio Niseno a su hermana Santa Macrina.
A pesar de su fama tan universal, poco es lo que se sabe a ciencia cierta sobre la vida y martirio de Santa Tecla. Vivió en Iconio; la convirtió San Pablo; consagró al Señor su virginidad; padeció por la fe y la castidad; fue a Seleucia, donde murió en paz. Esas afirmaciones constituyen la trama histórica de las biografías y numerosos panegíricos escritos en honra de esta virgen mártir.
No existen Actas auténticas de su martirio. En los escritos de algunos santos Padres y Doctores de los primeros siglos, se anotan con precisión las principales circunstancias de su vida, pero fácilmente se echa a ver que las bebieron en un libro apócrifo intitulado Actas de San Pablo, cuya parte tercera trata particularmente de Santa Tecla, de su conversión, relaciones con el Apóstol y martirio.
ACTAS DE PABLO Y TECLA. LA VIRGEN DE ICONIO
A esta tercera parte suele llamársele comúnmente Actas de Pablo y Tecla. Es muy antigua y fue sin duda compuesta por un sacerdote del siglo II en Asia Menor, quizá en Antioquía de Pisidia. Se conservó más o menos íntegra o exacta en los manuscritos siríacos, coptos y griegos, algunos de ellos anteriores al siglo VIII y contiene indicaciones, relatos e informes que cuadran con las costumbres de la época y con la Historia y la Geografía de aquellos lugares. Pero también hay en ella no pocos hechos inverosímiles y errores teológicos e históricos. Las Actas de Pablo y Tecla no contienen, ni mucho menos, una historia íntegramente auténtica de la vida de nuestra Santa: no todos sus pormenores merecen crédito; pero sería exagerado negarles valor por el mero hecho de ser apócrifos, y más algunos relatos que han sido ya comprobados por la crítica.
Por lo que a la autenticidad de estas Actas se refiere, nunca las admitieron los escritores eclesiásticos de los primeros siglos, a pesar de los elogios que de ellas hicieron y de las muchas citas que de ellas tomaron. Así, a fines del siglo II decía Tertuliano: «Téngase por cosa cierta, que quien escribió las Actas de esta Santa — Tecla— fue un presbítero natural de Asia; las presentó como habiendo sido escritas por el apóstol San Pablo, pero convencido de falsario, acabó declarando que las había inventado por amor al santo Apóstol. Fue amonestado y castigado por tal vileza.» Pasados algunos siglos, el historiador Eusebio, San Jerónimo y el autor del decreto gelasiano, dieron las Actas de Pablo y Tecla y las Actas de San Pablo por libros apócrifos, pero no heréticos. Con todo, ya a fines del siglo IV, empezaron los herejes a echar mano de ese escrito y, para ponerlo a tono en sus doctrinas, lo arreglaron a su modo introduciendo en él algunas interpolaciones y modificaciones. Desde entonces dio la Iglesia a los fieles la voz de alerta contra estos fraudulentos escritos, y las Actas de Pablo y Tecla no gozaron ya del mismo crédito entre panegiristas o biógrafos de la santa mártir. En opinión general, fue oriunda de la ciudad de Iconio (hoy en día Kaniah), la cual se halla al noroeste del monte Tauro, en las altiplanicies de Asia Menor y en la provincia de Licaonia. Hacía poco que era colonia romana cuando nació la niña, que fue por el año 30 del Señor. Su familia era de las más ricas de la ciudad, y aun dice San Metodio de Olimpo, que los padres de Tecla hicieron estudiar a su hija las Letras y la Filosofía. Concertaron luego de casarla, a juzgar por lo que dicen las Actas, con un mancebo llamado Tamiro, el cual pertenecía también a una familia muy principal de la ciudad de Iconio. Pronto, empero, iba a dar el Señor a bl
la doncella un esposo más digno de su amor y de su virginal corazón.
Por el año 45, Pablo y Bernabé pasaron a Antioquía de Pisidia, centro de muchísimos barrios judíos. Predicaron allí con grandísimo fruto. No obstante, fueron expulsados de aquel territorio apretados por algunos judíos de duro corazón. Volvieron atrás y se detuvieron en Iconio. Aquí permanecieron muchos días y lograron convertir a un sinnúmero de griegos y judios.
El Señor obraba grandes milagros y prodigios por mano de los dos apóstoles, dando con ello testimonio de la verdad de la doctrina que predicaban. En dos bandos se dividieron los de Iconio; unos eran partidarios de los apóstoles y los defendían; pero los demás les eran hostiles, azuzados por los judíos, enemigos de San Pablo. Estos últimos lograron soliviantar al populacho contra los ministros del Evangelio. Para evitar el ser maltratados y apedreados, Pablo y Bernabé se refugiaron en las ciudades de Listra y Derbe, donde tuvieron muchísimos discípulos. Más de una vez volvió a pasar San Pablo por los caminos de Iconio y l.icaonia. La conversión de Santa Tecla y su larga conversación con San Pablo se relacionan quizá con la primera permanencia del santo apóstol en Iconio, cuando dio la primera misión en dicha ciudad.
Las Actas de Pablo y Tecla refieren que Pablo y Bernabé se hospedaron en casa de un varón virtuoso llamado Onesíforo. Empezaron luego a predicar la doctrina de Jesús en aquella casa y en la sinagoga, haciendo hincapié sobre todo en la excelencia y belleza de la castidad cristiana. Ecos de esta nueva filosofía religiosa llegaron a oídos de Tecla: su alma quedó desde luego maravillada y casi ya conquistada. Pero no podía llegarse hasta San Pablo por la estrecha vigilancia que sobre ella ejercía su madre pagana. Tecla se asomaba largas horas a la ventana de su casa, que estaba cerca de la de Onesíforo, para oír al santo apóstol y beber así en su pura fuente aquellas enseñanzas que tan bellas le parecían. Esta extraña conducta de la joven empezó a inquietar a sus padres. Pero fueron vanos sus esfuerzos para detenerla en el camino de la perfecta conversión.
VISITA HEROICA Y BENÉFICA
Si hemos de dar crédito a las Actas de Tecla y al testimonio de San Juan Crisóstomo, San Pablo fue encarcelado en Iconio. Acusáronle de levantar turbulencias en la ciudad, de embaucar y encantar a las mujeres y de corromper a los jóvenes con sus nuevas y nunca oídas enseñanzas. Los padres, y aun el mismo prometido de Tecla tenían mucha parte en aquellas calumniosas imputaciones. No se acobardó la casta esposa de Cristo con el encarcelamiento de San Pablo, antes cobró nuevo valor al tener de ello noticia.
Queriendo a toda costa ver al ilustre preso para oír de sus labios la verdad divina, ofreció al carcelero sus preciosos pendientes y su espejo de plata, y con esto logró licencia para entrar en la cárcel y hablar con San Pablo. «Sacrificaba gustosa el oro y adornos que llevaba — dice San Juan Crisóstomo— , mostrándose de esta suerte más celosa de embellecer su alma con las invisibles gracias de la fe, que su cuerpo con el brillo de fulgente pedrería». Sin demora instruyó el Apóstol a esta alma ávida de luz, y la fortaleció en su naciente fe y en su determinación de guardar castidad perpetua. Al paso que hablaba Pedro — afirma San Gregorio Niseno— , Tecla «sentía apagarse en ella la fogosidad de la juventud, los hechizos de la hermosura se le hacían indiferentes, y se iba desvaneciendo el atractivo de los sentidos: la palabra divina vivió ya en su alma, y en breve reinó en ella como soberana, al dar de mano a todo lo demás».
TRIUNFA DE LAS LLAMAS
AQUELLA castísima doncella era ya perfecta cristiana, y estaba muy determinada a guardar virginidad por amor a Jesucristo, Salvador suyo. Con esta noticia inesperada que desbarataba todos sus planes, la madre y el novio de Tecla se afligieron e irritaron sobre manera.
Solicitaciones, caricias, amenazas, rabia y furor, todo fracasó ante la inquebrantable determinación de la neófita. Apelaron entonces a los magistrados con ánimo de asustarla y traerla más fácilmente a que se sometiese a la voluntad de sus padres. Acusáronla de ser cristiana e infiel al esposo con quien estaba concertada de casarse. Mandóle el juez que renunciase a Jesucristo y aceptase la mano de su prometido; pero ella respondió que era cristiana y quería permanecer virgen. Todos los medios de que echaron mano para vencer su constancia, que sin duda fueron muchos, resultaron vanos.
Finalmente, impulsado quizá por el clamoreo del populacho, el juez condenóla a ser quemada viva. Encendióse una hoguera en la plaza o en el anfiteatro. La santa doncella se armó con la señal de la cruz, y entró en ella de grado y con grande alegría y modestia, suplicando al mismo tiempo al Señor que se dignase recibir su alma: moría por su fe y por guardar su virginidad. Al ver los presentes que las llamas cercaban por doquier el cuerpo de Tecla, juzgaron que muy presto quedaría reducido a cenizas. Pero nada de eso ocurrió. El fuego respetó la carne virginal de la Santa: «¡Milagro de la virginidad!» —exclama San Gregorio Nacianceno. Levantóse de repente recia tempestad, y cayó del cielo tal copia de agua, que el fuego se apagó y la gente que allí había huyó despavorida. Con esto quedó Tecla milagrosamente libre, y fue recogida por una familia cristiana.
Estando de camino de Iconio a Dafne, se encontró con San Pablo, el cual había sido echado de la ciudad con algunos discípulos, y se había refugiado en un mausoleo de los alrededores. Suplicó al Apóstol que la dejase acompañarle en sus viajes y misiones, para ayudarle a ganar almas a Jesucristo. Pablo convino en que Tecla le acompañase hasta que le fuera dado residir en alguna de las nacientes cristiandades; allí viviría al abrigo de las persecuciones de su familia y seria como un apóstol en medio de los neófitos.
CONDENADA A LAS FIERAS
HALLÁNDOSE en Antioquía, la virgen cristiana fue blanco de insolentes y violentos asaltos por parte de un hombre principal que gozaba de mucho crédito cerca del gobernador romano. Insultóla un día en medio de la calle; pero Tecla, armándose de valor, rasgó la túnica de su agresor, le arrebató la corona que llevaba por ser ordenador de los festejos religiosos, y le dejó corrido y avergonzado delante de cuantos presenciaban aquella escena.
Furioso de verse de aquella manera burlado y humillado, denunció a la casta doncella, acusándola ante los magistrados de ser cristiana y sacrílega. Condenáronla a ser echada a las fieras.
Las amigas de la Santa y muchas otras mujeres, que tenían noticia de su inocente vida, protestaron con energía contra aquella inicua sentencia. Entretanto llegaba el día señalado para el tormento, la virgen cristiana se hospedó en casa de una princesa de sangre real, la cual se había retirado a Antioquía por haberse muerto su marido y su hija Falconila. Llamábase Trifena, y había logrado del gobernador licencia para acoger a la santa mártir, con lo que puso a salvo la virtud de Tecla.
El día señalado la condujo con muchas lágrimas al anfiteatro. Allí desnudaron a la Santa y la ataron a un poste al que estaba clavado un cartel con esta sola palabra: Sacrílega.
No obstante las voces de indignación de muchísimas mujeres presentes, soltaron contra ella una leona furiosa. Mas no se atrevió la fiera a tocarla, antes, olvidando su natural feroz, vino a lamer blanda y mansamente sus pies. Echáronla entonces un león y un oso. Pero la leona, postrada a los pies de Tecla, se volvió contra aquellos dos nuevos enemigos, en ademán de defender a la Santa; y riñó con cada uno de ellos mientras la virgen mártir oraba con fervor. En su famoso libro de las vírgenes, San Ambrosio pinta con palabras conmovedoras este triunfo de la castidad cristiana que obligó a las bestias sanguinarias al respeto y a la piedad. «Veíase —dice— al animal, lamer los pies de la santa doncella, postrarse ante ella, como para dar a entender que no podía tocar el cuerpo de la virgen. Adoraba la bestia a su presa y, olvidada de su propia naturaleza, se había vestido de la naturaleza de que los hombres se habían desnudado. Con mudanza extraña vierais a los hombres crueles mandar a la bestia que lo fuese, y la fiera, besando los pies de la virgen, enseñar a los hombres lo que habían de hacer… Adorando a la inúrtir, dieron a entender cuánto significan la religión y la castidad».
«SIERVA SOY DEL SEÑOR»
DICEN las Actas que Tecla tuvo que padecer otro género de tormentos. Echáronla en una hoya que previamente llenaron de víboras, serpientes venenosas y otras alimañas nocivas. Pero de este tercer tormento quedó también libre milagrosamente. Atáronla después a dos toros ferocísimos para que, al echar a correr en opuestas direcciones, la despedazasen. Las ataduras se rompieron de por sí, sin causarle lesión alguna. Tantos y tan extraordinarios prodigios dieron al fin qué pensar al gobernador.
Llamó a Tecla y le dijo: «¿Quién eres? ¿Qué ven en ti las fieras que ni a tocarte se atreven?» Ella respondió: «Sierva soy del Señor, soberano del universo. Sólo tengo conmigo la fe en Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador del mundo». El procónsul dio por libre a la santa mártir, y ella volvió a su casa de Trifona, que era ya cristiana con toda su familia. Grande era el contento de los cristianos de Antioquía por tener entre ellos aquella valerosa mártir; pero Tecla sólo tenía un deseo, el de volver a ver a San Pablo.
Con este propósito, pasó a la ciudad de Mira, acompañada de algunos discípulos. Llena de gozo refirió al santo Apóstol las gracias con que el Señor le favoreció en medio de los tormentos que le prepararon en Antioquía. Finalmente se despidió de él con muchas lágrimas, habiendo recibido su bendición y sus postreras recomendaciones.
MUERTE DE LA SANTA
VOLVIÓ Tecla a Iconio con ánimo de predicar el Evangelio a sus deudos y amigos. Tamiro, su prometido, hacía tiempo había muerto. Teoclia, su madre, vivía todavía. La Santa echó mano de todos los medios para traerla a la fe cristiana; pero viendo que de ninguna manera lograba convertir a sus deudos, dejó la casa paterna y su patria, y pasó a Dafne y de allí a Seleucia de Isauria, sita al sur del Tauro, junto al mar. Muy cerca de Seleucia edificó un eremitorio, donde vivió muchos años con admirable ejemplo de santidad, alumbrando con el resplandor de sus virtudes a cuantos venían a ella para oír de sus labios la doctrina evangélica. Murió en paz, cargada de años y merecimientos; y, si bien no dio su vida de manera sangrienta por la fe, con todo, mereció la corona y dictado de mártir por los atroces tormentos que tuvo que padecer por Cristo.
En la vida de Santa Tecla, como sucede con aquellas que el pueblo toma por su cuenta y devoción, introdujo la fantasía ciertos datos o historias secundarias de carácter legendario que, aun siendo muy bellas de por sí y hasta quizá edificantes, no interesan al enfoque histórico crítico, y deben descartarse en lo posible.
El episodio de la persecución levantada por los médicos de Seleucia contra Tecla, porque la Santa curaba a los enfermos sin exigirles honorarios; aquel otro de la roca que se abrió milagrosamente para proteger a la casta doncella contra algunos malvados que pretendían deshonrarla, y para servir de sepulcro a su cuerpo virgen, y finalmente el viaje de Santa Tecla a Roma, no estriban en fundamento histórico ninguno. Son episodios añadidos al texto primitivo de las Actas de Pablo y Tecla, sin duda a fines del siglo V.
SEPULCRO Y RELIQUIAS
SANTA Tecla murió en Seleucia. Allí veneran su sepulcro los fieles de la ciudad y de sus alrededores y también forasteros. A los pies de aquellas sagradas reliquias fue San Gregorio Nacianceno a buscar refugio contra los honores del episcopado que le perseguían.
La virgen española Eteria, que por los años de 395 fue en romería a los Lugares Santos y que dejó escrito el relato de su larga peregrinación, dice que visitó el sepulcro o martirium de Santa Tecla en Seleucia. Basilio, obispo de esta ciudad en el siglo V, afirma que Tecla es preclarísima gloria de Seleucia, donde se guarda su sagrado cuerpo.
Muchos y grandes milagros obraba el Señor por ella en su sepulcro, y de muchas partes concurrían los pueblos, porque la Santa oía siempre las peticiones que le hacían. En las Actas del VII Concilio ecuménico se habla de aquellas famosas peregrinaciones. Jaime II, rey de Aragón (1291-1327), pidió una parte de las reliquias de Santa Tecla al rey de Armenia, de quien dependía en el siglo XIV la ciudad de Seleucia de Tauro. Diéronle un hueso del brazo de la insigne mártir. Esta preciosa reliquia fue trasladada a Barcelona por los años de 1320, y más adelante depositada en la iglesia metropolitana de Tarragona, dedicada a la Santa. Hay reliquias de esta virgen y mártir en algunas iglesias de Francia, Italia y Alemania, y en las catedrales de Riez, Chartres y Milán.
VENERACIÓN UNIVERSAL A SANTA TECLA
A antes del siglo IV se edificó una iglesia sobre el sepulcro de la Santa. Más tarde, el emperador Zenón (474-491) levantó en Seleucia un suntuoso templo en honor de la mártir, cuyo patrocinio le ayudó a vencer al usurpador Basilisco y a reconquistar el imperio.
El culto de Santa Tecla se extendió por el Asia Menor, Egipto y Alta Italia; en Constantinopla, Nicea, Milán, etc., le dedicaron iglesias. Había en Roma, en el Itorgo Santo Spírito, un monasterio y capilla llamados de Santa Tecla, los cuales fueron enriquecidos con muchísimos privilegios por los papas Juan XIX y Benedicto IX.
La festividad de esta virgen «protomártir», émula de San Esteban, se celebra por doquier desde la más remota antigüedad, observa el cardenal Itaronio. Los más antiguos Padres de la Iglesia se hacen lenguas hablando de Santa Tecla. San Epifanio la pone después de la Virgen María; San Juan Crisóstomo hace hincapié en haber dado la Santa sus alhajas para poder hablar con San Pablo; San Ambrosio le tuvo especialísima devoción: habló de ella con admiración y conmovedora ternura; no cesó de proponerla como dechado de vírgenes cristianas y, en Milán, le edificó una iglesia.
En su famoso libro intitulado El Banquete, San Metodio ( f 311), obispo de Olimpo, pone en labios de Tecla un admirable elogio de la castidad. La Iglesia griega, a lo menos desde el siglo VII, celebra su fiesta el día 24 de septiembre. También en Milán la celebran ese día. El Martirologio Romano la señala para el 23 de septiembre, y hace el elogio de «Santa Tecla, virgen convertida a la fe por el apóstol San Pablo». En la colecta que encomienda a la divina clemencia las almas de los agonizantes, la Iglesia dice: «Suplicármoste, Señor, que libraste a la bienaventurada Tecla, virgen y mártir, de tres atroces tormentos — hoguera, fieras, agua— , te dignes librar á esta alma y concederle la gracia de gozar en tu compañía de los bienes celestiales».
EL SANTO DE CADA DÍA
EDELVIVES
Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea
