SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Oración Colecta:
Oh Dios, cuya providencia no se engaña en sus disposiciones, te suplicamos humildemente que apartes todo lo que nos sea dañino, y nos concedas todo lo que pueda sernos provechoso.
Conforme a lo expresado por la Colecta de este Séptimo Domingo después de Pentecostés, debemos reconocer necesariamente que existe la divina Providencia.
Como veremos luego más en detalle, se define la Providencia como la razón del orden de las cosas a sus fines preexistente en la mente divina.
Pero consideremos ante todo una prueba que nos manifiesta, al mismo tiempo, la existencia de Dios y de su Providencia.
Dicha demostración está tomada del orden del mundo, y es la más popular de todas.
Es un hecho que en los seres desprovistos de inteligencia, los minerales, los vegetales y los animales, hay medios admirablemente ordenados a determinados fines.
No faltará quien diga que este orden admirable, sea el de los astros, sea el del organismo vegetal o animal, sea el del instinto de los animales, es obra del acaso.
Sin embargo, lo que sucede por acaso, no sucede con frecuencia, y menos siempre; sino muy rara vez.
Por el contrario, el orden admirable de la naturaleza es el orden de las leyes fijas, inmutables, que siempre se cumplen.
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Hay quienes argumentan que, de entre una multitud de organismos inútiles, un feliz acaso formó a unos cuantos admirablemente constituidos, aptos para la vida, los cuales se perpetúan, mientras desaparecen los inútiles. Es la teoría evolucionista de la supervivencia de los más aptos.
Mas esto equivale a afirmar que el acaso es la causa primera de la armonía del universo y de sus distintas partes. Lo cual es imposible…
Basta para ello considerar qué cosa sea el acaso.
La casualidad y sus efectos son algo accidental, fortuito, imprevisto, impensado…
Ahora bien, lo accidental supone lo no accidental, o sea, lo esencial, lo natural; como lo accesorio supone lo principal.
El acaso es el encuentro o concurso accidental de dos acciones; cada una de las cuales, sin embargo, no es accidental, sino intencional, por lo menos con inclinación natural inconsciente.
Como veremos luego, el encuentro de dos criados en tal lugar, aunque para ellos sea casual, es sin embargo previsto y provisto por el amo que, intencionalmente, los envió a un mismo sitio, sin que uno supiera nada sobre el otro.
Sostener, pues, que la causa primera del orden del mundo sea el acaso, equivale a explicar lo esencial por lo accidental, lo primordial por lo accesorio; es destruir lo esencial, lo natural, toda la naturaleza y las leyes del mundo físico.
El universo se reduciría a encuentros fortuitos, sin tendencias necesarias de los seres a encontrarse; lo cual es absurdo.
Buscar la explicación en el acaso es afirmar que el orden admirable del universo y de sus partes ha salido del desorden, de la ausencia de orden, del caos, sin causa alguna; es buscar el origen de lo inteligible en lo ininteligible, y el de nuestra inteligencia en la fatalidad material y ciega; es afirmar que lo más sale de lo menos, lo perfecto, de lo imperfecto…
Es el absurdo, en substitución del misterio de la creación… Misterio que, ciertamente, tiene sus oscuridades, pero que es conforme con la recta razón.
Hay sobrada luz para los que quieren ver, a pesar de ciertas sombras y oscuridades.
La finalidad de la naturaleza es un hecho evidente, no para nuestros sentidos, que sólo perciben los fenómenos sensibles, pero sí para la inteligencia, que penetra la razón de las cosas. Para ella la función del ojo es ver, y la del oído, oír.
Ahora bien, los seres que carecen de inteligencia no pueden tender hacia un fin, si no van dirigidos por una causa inteligente.
En breves palabras: un medio no puede estar ordenado hacia un fin sino por una inteligencia ordenadora.
Si nadie jamás conoció el fin para el cual existe el ojo, no se puede decir que el ojo se haya hecho para ver. Si nadie conoció jamás el fin del trabajo de la abeja, no se puede decir que sea la elaboración de la miel.
Alguno preguntará: ¿por qué se necesita una inteligencia ordenadora? ¿Por qué no ha de bastar la imaginación?
Porque sólo la inteligencia conoce la razón de ser de las cosas y, por consiguiente, la razón de ser de los medios. Sólo la inteligencia comprende que las alas del ave son para volar, y los pies del hombre para andar; y sólo la inteligencia ha podido ordenar las alas para el vuelo, los pies para la marcha, el oído para percibir el sonido, etc.
La abeja, que liba el jugo de las flores, ignora que la miel es la razón de ser su faena. Sólo la inteligencia percibe el ser y la razón de ser de las cosas.
Sólo una inteligencia ordenadora ha podido ordenar los medios para los fines.
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Pero…, ¿por qué exigimos una inteligencia infinita, propiamente divina? ¿Por qué, pregunta Kant, no ha de bastar una inteligencia limitada, cual es la del ángel, para explicar el orden del universo?
¿Por qué? Porque una inteligencia finita, limitada, no sería el Pensamiento mismo, ni la Intelección misma, ni la Verdad misma.
Ahora bien, una inteligencia que no sea la Verdad misma siempre conocida está ordenada para conocer la verdad.
Y esta ordenación pasiva supone otra ordenación activa, que sólo puede tener origen en la Inteligencia suprema, que es el Pensamiento mismo y la Verdad misma.
En este sentido, Jesucristo declara ser Dios cuando dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida… Como quien dice: no he recibido la Verdad, sino que soy la Verdad, como soy la Vida y el Camino que a ellas conduce.
He aquí el término y la meta de nuestra argumentación: una inteligencia ordenadora, soberanamente perfecta, la cual es la Verdad misma y, por ende, el Ser mismo, ya que la verdad es el ser conocido.
Y esta inteligencia es Dios: Ego sum qui sum.
Es la Providencia o razón suprema del orden de las cosas, que ordena todas las criaturas a sus respectivos fines, y las dirige hacia el fin último del universo, que es la manifestación de la bondad divina.
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Y así, Santo Tomas puede expresarse en los siguientes términos:
Se debe reconocer necesariamente en Dios la Providencia.
En efecto, todo lo bueno que hay en los seres ha sido creado por Dios.
Pero en las criaturas se halla el bien, no sólo en su substancia, sino también en cuanto al orden de aquellas a su fin; y especialmente al fin último, que es la bondad divina.
Luego Dios es también el autor de este bien de orden, existente en las cosas creadas.
Y, puesto que Dios es la causa de las cosas por su entendimiento, y de igual manera debe en Él preexistir la razón de cada uno de sus efectos; es necesario que la razón del orden de las cosas a su fin preexista en la mente divina; y esta razón es la que propiamente llamamos Providencia.
Recordemos que se define la Providencia como la razón del orden de las cosas a sus fines preexistente en la mente divina.
Es propio de la Providencia disponer las cosas al fin; y esa misma razón del orden de las cosas a su fin se llama en Dios Providencia.
La Providencia es la misma razón divina, constituida en Príncipe soberano de todos los seres, y que todo lo dispone.
Al cuidado de la Providencia pertenecen dos cosas, la razón del orden, llamada propiamente Providencia y disposición; y su ejecución, que se llama Gobierno: lo primero es eterno, lo segundo temporal.
La Providencia es, en la inteligencia divina, la razón del orden de las cosas al fin; y el Gobierno divino es la ejecución de dicho orden.
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Es necesario reconocer que la Providencia divina abraza no solamente todas las criaturas en general, sino también cada una de ellas en particular.
Lo cual se demuestra de esta manera:
Como todo agente obra por un fin, la disposición de los efectos al fin tiene igual alcance que la causalidad del primer agente.
La causalidad de Dios, que es el primer agente, se extiende en absoluto a todos los seres; y no sólo en cuanto a los principios de la especie, sino también en cuanto a los principios individuales, tanto de los incorruptibles como de los corruptibles.
Luego todo lo que de cualquier modo participa del ser, necesariamente ha de estar ordenado por Dios a un fin; es necesario que todas las cosas dependan de la Providencia divina.
Dios conoce todas las cosas, tanto las universales como las particulares; y es necesario que todo se halle sometido al orden que Él ha establecido.
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Se puede plantear la objeción que dice: Nada que haya sido previsto y provisto es casual; y, si todo está previsto y provisto por Dios, nada habrá fortuito, ni habrá razón de ser para la casualidad y la fortuna, lo cual es contrario a la opinión común.
La solución dice que hay una gran diferencia entre la causa universal y la causa particular.
Hay efectos que pueden hallarse fuera del orden de una causa particular; más ninguno, que se separe del de la causa universal.
Porque un efecto no se sustrae a la influencia de la causa particular, sino por la intervención de alguna otra causa particular impediente, como el agua impide arder a la madera.
Pero como todas las causas particulares están contenidas en la causa universal, es imposible que algún efecto eluda o escape el orden de esta.
Todo efecto que se sustrae al orden de una causa particular, se dice casual o fortuito respecto a esta causa; pero en cuanto a la causa universal, cuya influencia no puede eludir, dícese previsto y provisto; al modo que el encuentro de dos criados en un mismo lugar, aunque para ellos sea casual, es sin embargo previsto y provisto por el amo, que intencionalmente los envió a ese mismo sitio, sin que el uno lo supiera del otro.
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Otra objeción raya con la blasfemia…, y sabemos que el mundo moderno ha nacido blasfemador…
La dificultad se expresa de este modo: Todo proveedor sensato procura, cuanto le es posible, remover los defectos y los males de aquellos encomendados a su cuidado. Ahora bien, vemos, sin embargo, muchos males en las criaturas: Luego o Dios no puede evitarlos, y en este caso no es omnipotente, o no tiene cuidado de todos los seres.
En la respuesta hay que distinguir entre el que tiene a su cuidado algo particular y el provisor y proveedor universal, que es Dios; porque hay una gran diferencia entre el que tiene cuidado de una cosa particular, y el que provee a todo.
El proveedor particular aleja, en cuanto está de su parte, lo defectuoso de lo que está sometido a su cuidado; mientras que el que provee a todo, permite algún defecto a ciertos seres particulares, a fin de no perjudicar a la perfección del conjunto.
De aquí resulta que las alteraciones y los defectos en los seres naturales se dicen contrarios a la naturaleza particular; mas son conformes al plan de la naturaleza universal, por cuanto el defecto de uno cede en beneficio de otro, e incluso redunda en bien de todo el universo.
Por consiguiente, extendiendo Dios su Providencia universalmente a todos los entes; entra en su designio el permitir ciertos defectos en algunos seres particulares, para no impedir la perfección del universo.
Si no hubiera algunos males, faltarían muchos bienes al universo.
Por lo cual dice San Agustín: Dios omnipotente de ningún modo consentiría mal alguno en sus obras, si su poder y su bondad no fuesen tan grandes como para sacar bien aún del mal.
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Dice San Gregorio: Gobierna por sí mismo el mundo, el que por sí mismo lo ha creado.
La Providencia comprende dos cosas: la razón del orden, según el cual las cosas se dirigen a su fin; y la ejecución de este designio, que es lo que se llama gobierno.
En cuanto a lo primero, Dios provee inmediatamente por sí a todos los seres, porque Dios los tiene a todos en su mente, hasta el más ínfimo; y a cada una de las causas, a que asignó algunos efectos, les dio la virtud de producir tales efectos, por consiguiente es preciso que haya existido previamente en su misma razón el orden de todos los referidos efectos.
Respecto de la ejecución o gobierno, la divina Providencia se sirve de ciertos medios; puesto que gobierna lo inferior por lo superior, no por defecto de su poder, sino por la redundancia de su bondad, comunicando la dignidad de causalidad aún a las criaturas.
Es propio de la dignidad de un rey el tener ministros ejecutores de su Providencia.
La Providencia inmediata de Dios sobre todos los seres no excluye la intervención de las causas segundas, que son las ejecutoras de sus órdenes.
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Luego de toda esta exposición, ¿no descubrimos alguna lección moral en esta prueba de la existencia de la Providencia de Dios por el orden del mundo?
Sí, por cierto, y muy hermosa: aquella que nos enseña el Libro de Job y, con más claridad, Jesucristo en el Sermón de la Montaña.
Y la lección es ésta: Si en el mundo físico hay orden, con más razón lo ha de haber en el mundo moral, no obstante los crímenes que la justicia humana deja impunes, y los actos heroicos no recompensados en que se manifiesta ya acá en la tierra la intervención divina.
No es otra la respuesta del Señor a Job y sus amigos. El Libro de Job se propone responder a esta pregunta: ¿por qué a veces los justos acá en la tierra padecen más que los impíos? ¿Será siempre para expiar sus faltas, al menos las ocultas?
Así lo afirman los amigos de Job, echando en cara al desventurado paciente los lamentos que se le escapan del corazón atribulado.
Niega Job que todas las aflicciones y tribulaciones tengan origen en los pecados ocultos. Y pregunta cuál sea la causa de los dolores que sobre él han recaído.
Al fin del Libro interviene el Señor declarando el orden maravilloso del mundo físico, desde la vida del insecto hasta el vuelo del águila; con lo cual viene a decir: si tal es el orden existente en las cosas sensibles, ¿cuál no será el de los designios de mi Providencia respecto de los justos, aun cuando sean terriblemente probados?
Mas esto es acá abajo un misterio oculto e inescrutable.
Con mayor claridad aún lo dice Jesucristo en el Sermón de la Montaña: No os acongojéis por vuestra vida, qué habéis de comer o beber… Mirad las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y el Padre celestial las alimenta. ¿Pues no valéis vosotros mucho, más que ellas?… Contemplad los lirios del campo… no labran, ni tampoco hilan. Y sin embargo, yo os digo, que ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si una hierba del campo… Dios así viste, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?
Si en el mundo visible hay orden, y para las aves y flores providencia, ¿cómo no ha de haber orden en el mundo espiritual, y cómo no habrá providencia para las almas inmortales de los hombres?
En cuanto a la cuestión propuesta en el Libro de Job, Jesucristo da la respuesta definitiva en el Evangelio de San Juan: Yo soy la vid y mi Padre el labrador. A todo sarmiento que diere fruto, lo podará, para que dé todavía más.
Dios prueba al justo como a Job, para que dé grandes frutos de humildad, de paciencia, de abandono en manos de Dios, de amor de Dios y del prójimo: los grandes frutos de la caridad, que es la vida eterna comenzada acá en la tierra.
Tal es la hermosa lección que fluye de la prueba de la existencia de Dios que acabamos de exponer: si en el mundo visible hay un orden admirable, con más razón lo ha de haber en el mundo moral y espiritual, no obstante las pruebas y tribulaciones…
Hay allí sobrada luz para quienes quieren ver y caminar hacia la verdadera luz de la eternidad…
Oh Dios, cuya providencia no se engaña en sus disposiciones, te suplicamos humildemente que apartes todo lo que nos sea dañino, y nos concedas todo lo que pueda sernos provechoso…
Y, si no apartas lo dañino…, ni concedes lo provechoso…, igualmente nos sometemos a tu divina Providencia, que sabrá sacar bien del mal y conceder lo necesario para la salvación de nuestra alma…

