Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

FIESTA DE PENTECOSTÉS

Hechos de los Apóstoles, II, 1-11: Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: “¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios”.

San Lucas, en las Actas o Hechos de los Apóstoles narra los últimos acontecimientos de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra.

En una de las apariciones, al final ya de los cuarenta días que median entre la Resurrección y la Ascensión, Jesús les da un aviso importante a sus Apóstoles: que no se ausenten de Jerusalén hasta después que reciban el Espíritu Santo.

Quería el Señor que esta ciudad, centro de la teocracia judía, fuera también el lugar donde se inaugurara oficialmente la Iglesia, adquiriendo así un hondo significado para los cristianos.

Jerusalén será la iglesia-madre, y de ahí, una vez recibido el Espíritu Santo, partirán los Apóstoles para anunciar el Reino de Dios en el resto de Palestina y hasta los extremos de la tierra.

No se contenta con decir que recibirán el Espíritu Santo, sino que, haciendo referencia a una frase del Bautista, dice que serán bautizados en Él, es decir, como sumergidos en el torrente de sus gracias y de sus dones.

Evidentemente alude con ello a la gran efusión de Pentecostés.

Los Apóstoles le preguntan de si ahora, por fin, iba a restablecer el Reino de Israel; dicha consulta parece estar sugerida por la promesa del Señor de que, pasados pocos días, serían bautizados en el Espíritu Santo.

Sólo la luz del Espíritu Santo acabará de corregir estos prejuicios judaicos de los Apóstoles, dándoles a conocer la verdadera naturaleza del Evangelio. Lo que a ellos toca, una vez recibida la fuerza procedente del Espíritu Santo, es trabajar por ese restablecimiento, presentándose como testigos de los hechos y enseñanzas de Jesús, primero en Jerusalén, luego en toda la Palestina y, finalmente, en medio de la gentilidad.

Tal es la consigna dada por Cristo a su Iglesia con palabras que son todo un programa: recibiréis la virtud del Espíritu Santo y seréis mis testigos

Se trata de un mandato y una promesa. Al reino de Israel, limitado a Palestina, opone Jesús la universalidad de su Iglesia y de su Reino, predicha ya por los Profetas, y repetidamente afirmada por Él.

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Una vez que Nuestro Señor ascendió a los Cielos, los Apóstoles regresaron del monte de los Olivos a Jerusalén, y todos perseveraban unánimes en la oración, en torno a la Madre de Jesús, Reina del Cenáculo y de los Apóstoles. Estos versículos permiten dar una ojeada fugaz al embrión de la primitiva Iglesia.

En esos días tuvo lugar la elección de San Matías; y cuando llegó el día de Pentecostés, tuvo lugar la venida del Espíritu Santo, tal como lo relata la Epístola de hoy.

Escena de enorme trascendencia en la historia de la Iglesia. A ella, como a algo extraordinario, se refería Jesucristo cuando, poco antes de la Ascensión, avisaba a los Apóstoles de que no se ausentasen de Jerusalén hasta que llegara este día.

Se hacen resaltar claramente dos ideas fundamentales: la presencia divina en la Iglesia y la universalidad de la misma, representada ya como en germen en esa larga lista de pueblos enumerados.

La afirmación fundamental del pasaje está en aquellas palabras: quedaron todos llenos del Espíritu Santo.

El primer efecto manifiesto de esta plenitud fue que comenzaron a hablar en lenguas extrañas, pero no por propia iniciativa, sino según que el Espíritu les movía a expresarse.

Se trata de un nuevo aspecto de la actuación en ellos del Espíritu Santo en orden a la difusión del Reino de Dios en el mundo.

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Por lo que se refiere concretamente al don de lenguas concedido a los Apóstoles, recordemos que los primeros discípulos de Cristo fueron escogidos para que, recorriendo todo el mundo, predicaran la fe por todas partes: Id y enseñad a todas las gentes.

No era conveniente que, quienes eran enviados a instruir a los demás, necesitaran ser instruidos por otros sobre cómo habían de hablar o de entender lo que los otros decían, dado, sobre todo, que los enviados pertenecían a un solo pueblo, una sola lengua.

Por ello fue necesario que Dios les ayudara mediante el don de lenguas, a fin de que, del mismo modo que se había introducido la diversidad de lenguas al darse las gentes a la idolatría, del mismo modo, cuando las gentes regresasen al culto de un solo Dios, se pusiera remedio a esta diversidad mediante el don de lenguas.

Sobre este pasaje, algunos interpretan que hablaban las lenguas de todos, y otros que hablando la suya, eran entendidos por cada uno como si hablaran en la suya.

Santo Tomás enseña que, aunque hubieran sido posibles ambas cosas, fue más conveniente que hablaran todas las lenguas para la perfección de la ciencia de los Apóstoles, que así, no sólo podían hablar, sino también entender lo que decían los otros.

San Pablo escribirá a los Corintios: Doy gracias a Dios por hablar las lenguas de todos vosotros.

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Ante el asombro general de los asistentes y la acusación de que estaban llenos de mosto, San Pedro pronuncia un discurso que inaugura la apologética cristiana.

En él podemos ver el esquema de lo que había de constituir la predicación apostólica: como centro, el testimonio de la resurrección y exaltación de Cristo; y girando en torno a esa afirmación fundamental, otras particularidades sobre la vida y misión de Cristo; para concluir exhortando a los oyentes a creer en Él como Señor y Mesías.

Contra la aceptación de esa prédica se levantaba una enorme dificultad: la pasión y muerte ignominiosa de ese Jesús Mesías. A ella responde San Pedro que todo ocurrió según los designios de la presciencia de Dios; y, por lo tanto, no fue a la muerte porque sus enemigos prevalecieran sobre Él, sino porque así lo había decretado Dios en orden a la salvación de los hombres.

En este discurso de San Pedro, como, en general, en todos los discursos de los Apóstoles ante auditorio judío, se da un realce extraordinario a la prueba de las profecías. En efecto, más que insistir en presentar los hechos, se insiste en hacer ver que esos hechos estaban ya predichos en la Sagrada Escritura. Esto se explica por la extraordinaria veneración que los judíos tenían por la Escritura, cuyas afirmaciones consideraban de valor irrefragable.

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¿Cuál fue el efecto del discurso de San Pedro?

En oyéndole, se sintieron compungidos de corazón y dijeron a Pedro y a los demás Apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?”

Pedro les contestó: “Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es esta promesa y para vuestros hijos, y para todos los de lejos, cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro”.

Con otras muchas palabras atestiguaba y los exhortaba diciendo: “Salvaos de esta generación perversa”.

Ellos recibieron su palabra y se bautizaron, y se convirtieron aquel día unas tres mil almas.

Vemos, pues, que la reacción de los oyentes ante el discurso de San Pedro fue muy parecida a la que habían mostrado los oyentes de San Juan Bautista.

Como entonces, también el día de Pentecostés, además de los compungidos y bien dispuestos, aparecen otros que siguen mostrando su oposición al mensaje de Nuestro Señor Jesucristo.

Contra estos, San Pedro previene diciendo: «Salvaos de esta generación perversa». La expresión parece estar inspirada literalmente en Deuteronomio, XXXII, 5; y la volvemos a encontrar en Filipenses, II, 15.

Con esta grave sentencia parece insinuar que la gran masa del pueblo judío quedará fuera de la salvación mesiánica, y habrá que buscar ésta separándose de ellos.

Las condiciones que San Pedro propone a los bien dispuestos, que preguntan qué deben hacer, son el «arrepentimiento» y la «recepción del bautismo en nombre de Jesucristo». Con ello conseguirán la «salud», la cual incluye la «remisión de los pecados» y el «don del Espíritu Santo».

Ese «don del Espíritu Santo» no es otro que el tantas veces anunciado por los Profetas en el Antiguo Testamento y prometido por Jesucristo en el Evangelio; don que suponía una gracia interior permanente que, aunque no se especifica, parece consistía en una fuerza y sabiduría sobrenaturales que capacitaban al bautizado para ser testigo de Cristo.

Esta promesa estaba destinada no sólo a los judíos, sino también a «todos los de lejos», expresión que es una reminiscencia del Profeta Isaías, y que claramente alude a los gentiles.

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Algunos días más tarde tuvo lugar la curación del rengo mendigo y otro discurso de San Pedro al pueblo en el pórtico de Salomón.

En este segundo sermón de San Pedro al pueblo podemos distinguir dos partes principales:

Una, de carácter apologético, haciendo ver que el milagro obrado en el rengo de nacimiento es debido a Jesucristo, a quien los judíos crucificaron, pero que Dios resucitó de entre los muertos, de todo lo cual los discípulos son testigos.

Otra, es una exhortación a sus oyentes al arrepentimiento y a la fe en Jesús, si quieren tener parte en las bendiciones mesiánicas.

Son de notar en la primera parte del discurso los títulos mesiánicos que se dan a Jesús: «siervo de Dios», «santo» y «justo». Fueron títulos mesiánicos muy en uso en la primera generación cristiana.

Fue el Profeta Isaías quien primeramente, en estrofas impresionantes, habló del Siervo de Yahvé, preanunciando sus sufrimientos y su triunfo; y en ese misterioso Siervo de Yahvé reconocen los cristianos a Jesús, disipando la repugnancia que experimentaba el judaísmo contemporáneo en aceptar la idea de un Mesías paciente, varón de dolores; evocando así el valor expiatorio y salvífico de la pasión y muerte del Señor.

La glorificación que Dios le otorga consiste es su Resurrección, con todas las consecuencias que eso lleva consigo.

En cuanto a los títulos de «santo» y «justo», están inspirados también en el Antiguo Testamento, y en el Evangelio habían sido aplicados ya con frecuencia a Jesucristo.

San Pedro le aplica también otro título, el de Autor de la vida, en contraposición a Barrabás, asesino o destructor de la misma. Es claro que, a pesar de que la confrontación invitaría a pensar lo contrario, la intención de San Pedro es indicar la vida sobrenatural, es decir, la salud mesiánica en toda su extensión, incluyendo la vida gloriosa futura.

Es el mismo sentido que Jesucristo da a la palabra «vida» cuando dice que ha venido al mundo para que sus ovejas tengan vida y vida abundante. La expresión está recogida en la liturgia del tiempo pascual: Dux vitae mortuus regnat vivus.

La afirmación fundamental de San Pedro es que no ha obrado el milagro con el rengo de nacimiento en virtud de sus fuerzas naturales o en virtud de los méritos de su piedad, sino por la fe en Jesucristo.

Con sólo tener fe como un grano de mostaza, les había dicho Jesús, podréis trasladar las montañas. Esa fe tenía ciertamente San Pedro al ordenar el milagro en el nombre de Jesucristo.

En cuanto a la segunda parte del discurso, es toda ella una apremiante exhortación al arrepentimiento y a la fe en Jesús como Mesías. El resultado fue la conversión de cinco mil oyentes que, incorporados a los del día de Pentecostés, suman ocho mil nuevos cristianos.

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El milagro del rengo de nacimiento, magníficamente aprovechado por Pedro en su discurso, estaba dando mucho que hacer a las autoridades religiosas judías, que, de una parte, no podían negar el hecho, y, de otra, se obstinaban en no creer, metiéndose por el único camino que parecía quedarles abierto: taparlo y que nadie vuelva a hablar del asunto.

A esta solución, que tratan de imponer por la fuerza, responden San Pedro y San Juan con admirable valentía, diciendo que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, y que ellos no callarán, porque tienen orden de predicar el Evangelio, y contra un mandato divino no pueden alegarse leyes humanas.

Esa misma valentía habían demostrado antes, cuando les preguntaban con qué poder y en nombre de quién habían hecho el milagro. Es admirable la respuesta de San Pedro, diciendo que en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien ellos crucificaron, y que no hay otro nombre por el cual podamos ser salvos.

Palabras de enorme alcance, en que se omite toda mención de la Ley, en la que no se puede ya confiar para conseguir la salud. Es el mismo principio que se aplicará en el concilio de Jerusalén para resolver la grave cuestión allí planteada, y el que luego desarrollará San Pablo al insistir sobre la universalidad de la salud cristiana, sin barreras de razas ni de clases sociales.

San Pedro aplica aquí a Jesucristo una cita de Salmo 117: 22, que ya el mismo Jesús se había aplicado a sí mismo, diciendo que, aunque rechazado por los judíos, Él es la piedra angular de la nueva casa de Israel.

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Interesante hacer notar que San Lucas, antes de darnos estas magníficas respuestas de San Pedro, dice que éste responde lleno del Espíritu Santo.

Se cumple así lo que el Señor había prometido para después de su muerte, y en lo cual se viene haciendo hincapié desde el comienzo del libro de los Hechos. Con razón se ha llamado a este libro, ya desde antiguo, el evangelio del Espíritu Santo.

Por esta razón, es emocionante la oración de los Apóstoles al reunirse con sus condiscípulos. En efecto, San Lucas nos narra que los Apóstoles, despedidos, se fueron a los suyos y les comunicaron cuanto les habían dicho los jefes de los sacerdotes y los ancianos. Ellos, en oyéndolos, a una levantaron la voz a Dios y dijeron:

Señor, tú que hiciste el cielo y la tierra, y el mar y cuanto en ellos hay, que por boca de nuestro padre David tu siervo dijiste: «¿Por qué protestan las gentes y los pueblos meditan cosas vanas? Los reyes de la tierra han conspirado y los príncipes se han unido contra el Señor y contra su Cristo». En efecto, se unieron en esta ciudad contra tu santo Siervo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para ejecutar cuanto tu mano y tu consejo habían decretado de antemano que sucediese. Ahora, Señor, mira sus amenazas, y da a tus siervos hablar con toda libertad tu palabra, extendiendo tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo Siervo Jesús.

Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos, y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con libertad.

Por vez primera los Apóstoles experimentan el cumplimiento de las repetidas predicciones del Señor sobre las persecuciones que debían sufrir. Y se dirigen a Dios Padre en nombre de su Hijo, pidiendo su protección y fortaleza para proseguir en el cumplimiento de la misión que tenían encomendada.

Habían sido conminados por las autoridades judías a no hablar más en nombre de Jesús, y querían asegurarse de seguir contando con la aprobación de Dios, a quien debían obedecer antes que a los humanos.

La respuesta de Dios no se hizo esperar, produciéndose un fenómeno, no igual pero sí análogo al de Pentecostés, con una fuerza del Espíritu, que los impulsó a predicar el Evangelio con mayor fortaleza y empuje.

De este modo se cumplió a la letra lo que Nuestro Señor había profetizado a sus Apóstoles, tal como vimos el Domingo pasado:

Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Y también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

De la misma manera que se cumplió para los Apóstoles, también se ha ido verificando a lo largo de la historia de la Iglesia.

No debe sorprendernos, pues, que también se cumplan estas palabras en los últimos tiempos, los que no tocan vivir a nosotros…