SANTA INÉS

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a: 

SANTA INES Virgen y mártir en Roma (291-304)

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ES Santa Inés una de las cuatro principales Santas de los primeros siglos de la Iglesia; una de las cuatro cuyo nombre consta en el canon de la misa. Se ignora su verdadero nombre; el de Inés, que recuerda, según la etimología primitiva griega la idea de inmolación y pureza, y según la etimología latina la inocencia del cordero, era tal vez sólo un sobrenombre. Sufrió el martirio probablemente en el año 304, es decir, durante el reinado del emperador Diocleciano.

JOVEN ESTUDIANTE. PETICIÓN DE MANO

UN día, al volver de una escuela donde se educaban las jóvenes, vióla el hijo de Sinfronio, prefecto de Roma, y al punto se enamoró de ella. Para seducirla le envió joyas; pero ella las rechazó como cosa vil. El joven no se dio por vencido, e hizo que presentaran a Inés piedras preciosas, ofreciéndole, por medio de sus amigos, palacios, quintas y una inmensa fortuna.

Dícese que Inés le envió la siguiente respuesta: «Apártate de, mí, tizón del infierno, incentivo de pecado, tropiezo de maldad, manjar de muerte; ya estoy prometida a otro cuyas joyas son más preciosas que las tuyas; tiene empeñada la palabra con el anillo de su fe; su nobleza, su raza y su dignidad sobrepujan en mucho a las tuyas. Ha estampado ya su signo sobre mi frente, y jamás consentiré otro amante.  El cuarto nupcial está dispuesto; óyense ya los conciertos, y los cánticos son de un coro de vírgenes. Su Madre es virgen, su Padre no tiene esposa; sírvenle los ángeles, los astros le admiran; sus perfumes resucitan a los muertos; a su contacto sanan los enfermos  Yo le guardo mi fe y a  Él me he entregado con amor inmenso. Amándole permanezco casta, abrazándole quedo siempre pura, y tomándole por esposo, nunca perderé mi virginidad. Después daré a luz sin dolor y mi familia aumentará cada día.»

Al recibir el joven esta respuesta apoderóse de él tan ciega pasión, que le devoraba hasta el punto de caer enfermo. Los médicos manifestaron a su padre la causa del mal. Hiciéronse nuevas proposiciones a la virgen del Señor; pero ésta las rechazó, declarando que nada sería capaz de hacerla faltar a la palabra empeñada a su primer prometido. Convencido el prefecto de que nada podría resistir a su dignidad, averiguó por sus espías, llamados parásitos, quién podía ser el prometido de la doncella. «Inés —le dijeron— es cristiana y desde niña está encantada con procedimientos mágicos que la inducen a decir que Jesucristo es su esposo.»

INÉS ANTE EL TRIBUNAL

ENCANTADO el prefecto con esta noticia, le envió numerosos ujieres, con orden de comparecer ante su tribunal. Hiciéronle secretamente magníficas promesas, y luego terribles amenazas; mas nada fue capaz de seducir a la virgen del Señor; su semblante permaneció sereno, y cuando el prefecto intentaba conmoverla o infundirle terror, ella le miraba con cierta ironía. Viéndose despreciado, Sinfronio llamó a los padres de Inés; mas, como no podía hacerles violencia por ser nobles, hablóles de su profesión de cristianos y los despachó. Al día siguiente, ordenó que Inés compareciese ante su tribunal, y al notar su perseverancia, le dijo: —¿Tú quieres conservar la virginidad? jPues bien! Yo te obligaré a ir al templo de Vesta para que ofrezcas, día y noche, los venerandos sacrificios.

Respondió Inés: —Si he rechazado a tu hijo, hombre vivo dotado de inteligencia, ¿cómo te atreves a esperar que me incline ante tus dioses que no tienen vida? —Me compadezco de tu edad —replicó el prefecto Sinfronio—, reflexiona y no te expongas a la ira de los dioses. A lo cual repuso Inés: —Dios no tiene en cuenta los años, sino los sentimientos del alma. Mas estoy viendo que tratas de arrancarme lo que nunca conseguirás de mí. Pon en práctica todos los medios de seducción: todo lo puedo en Aquel que me conforta. Agotados todos los argumentos contra la virgencita, el prefecto amenazó enviarla a una casa pública, si rehusaba ofrecer sacrificios en el templo de Vesta. Replicóle Inés con entereza: —Si conocieses a mi Dios, no hablarías de ese modo. Yo conozco el poder de Jesucristo, mi soberano, y me burlo de tus amenazas. No permitirá que ofrezca sacrificios a tus dioses, y sea profanada con ninguna impureza ajena. Además, tengo por guardián de mi cuerpo a un ángel del Señor. El Hijo único de Dios, a quien tú no conoces, es mi baluarte inexpugnable, mi centinela siempre alerta, mi valeroso defensor. Tus dioses de bronce son como vasos, como ollas y calderos, tus dioses de piedra servirían para ponerlos de guardacantones. La divinidad no habita en piedras inútiles, sino en los cielos. En cuanto a ti y a tus semejantes, si no cambiáis de senda, seréis condenados al mismo castigo; y así como se echa el metal al fuego para fundir estatuas, del mismo modo seréis condenados al fuego eterno, donde padeceréis eterna confusión.

CÓMO DEFIENDE DIOS A SUS CRIATURAS

EJECUTÓ el prefecto su amenaza, dejando a la doncella tan sólo una túnica para cubrirse. Mas Dios velaba sobre su fiel sierva. Al entrar en el lugar de ignominia, halló al ángel del Señor, para recibirla y protegerla, rodeándola de luz tan resplandeciente que deslumbraba y la hacía invisible; era semejante al sol en todo su esplendor. Al postrarse para invocar el nombre del Señor, vio una veste blanquísima; vistiósela en seguida, diciendo: «Gracias te doy, Señor Jesús mío, por haberme enviado este vestido en prenda del amor que tienes a tu sierva.» Y en verdad, se avenía tan perfectamente al delicado cuerpo de la virgencita, que parecía haber sido preparado por mano de ángeles. Aquella morada de pecado habíase convertido en casa de oración. Todos los que en ella entraban veíanse obligados a adorar esta manifestación luminosa quiso ir, a su vez, con algunos de sus compañeros disolutos. Pero halló a los jóvenes que habían entrado con anterioridad, cambiados en respetuosos admiradores. Llamóles cobardes, y, burlándose de ellos entró en el aposento donde estaba orando la virgen; vio la luz que la rodeaba, no rindió homenaje a Dios y se adelantó hasta la misma luz. Mas al Intentar tocar a Inés, cayó a sus pies exámine, ahogado por el demonio. Uno de sus familiares, viendo que no salía, impacientado de su tardanza» entró también y hallóle muerto. Salió en el acto, y a gritos llamó al pueblo a un teatro contiguo al lugar del suceso. Unos decían: —Esta joven es una hechicera. Otros, por el contrario: —No, que es inocente. Al tener el prefecto noticia de lo ocurrido, acudió también al teatro y habiendo penetrado en el aposento donde yacía exámine el cuerpo de su hijo, gritaba irritado contra Inés: —¡Oh, mujer cruel! ¿Cómo te has atrevido a emplear en mi hijo tu arte sacrílego? Contestóle Inés: —Satanás, cuya, voluntad seguía, apoderóse de él para siempre. ¿Por qué los demás que intentaron acercarse a mí, gozan de perfecta salud? Por que todos reconocieron el poder de Dios que me envió un ángel protector, me cubrió con el vestido de su misericordia y guardó mi cuerpo ofrecido y consagrado a Jesucristo desde mi cuna. Porque vieron la gloria de Cristo, le adoraron y se retiraron sanos y salvos. Ese joven imprudente entró ciego de furor; mas al extender su mano criminal el ángel del Señor le castigó con la muerte de los condenados. —Nos convenceremos de que no te has servido de maleficios si con tus oraciones devuelves la vida a mi hijo. La bienaventurada Inés le contestó: —Vuestra falta de fe no merece favor semejante; no obstante, bueno será que se manifieste el poder de Cristo. Salid todos de aquí, para que pueda yo hacer mis oraciones acostumbradas. Todos salieron y, estando la virgen orando con gran fervor, apareciósele de nuevo el ángel del Señor, infundióle valor sobrenatural y resucitó al joven.  Este, tan pronto como volvió a la vida, comenzó a gritar: —No hay más que un solo Dios, Señor de cielos y tierra; los templos de  los ídolos no valen nada; los dioses que en ellos se adoran son simulacros vanos e impotentes para ayudar a los hombres. Al oír tales palabras, los sacerdotes paganos y los arúspices se conmovieron e incitaron al pueblo a que armase una nueva sedición. Por todas partes se oía gritar: —¡Muera la hechicera! ¡Muera la bruja que trastorna las ideas y enloquece las inteligencias! El prefecto, estupefacto al ver esta agitación y temiendo comprometerse si hacía alguna demostración en contra de los sacerdotes paganos y salía en defensa de Inés, puso el asunto en mano de su vicario Aspasio y se retiró.

MARTIRIO DE SANTA INÉS Y SANTA EMERENCIANA

ASPASIO, habiendo hecho encender una gran hoguera, mandó arrojar a la virgen en medio de. las llamas. Cumplióse la orden, mas éstas se separaron en dos partes; abrasaran al pueblo amotinado, y dejaron a Inés perfectamente ilesa. También esta vez atribuyeron el prodigio, no a la protección del cielo, sino a los encantamientos de la virgen, por lo que proferían incesantes vociferaciones. En medio de las llamas Inés exclamaba: —¡Oh Dios! omnipotente, adorable, terrible y digno de todo respeto, os alabo y doy gracias, pues, por mediación de vuestro Hijo Jesús, me habéis librado del peligro» y he menospreciado las impurezas de los hombres y las asechanzas del demonio. Me habéis enviado por vuestro Espíritu Santo un rocío refrigerante; el fuego no me ha consumido y el ardor de las llamas se ha vuelto contra los que las encendieron. Os bendigo, ¡oh Padre! digno de ser aclamado por todo el mundo, por permitirme llegar con valor hasta Vos, a través de estas llamas. Ahora veo lo que antes había creído; poseo lo que había esperado; abrazando estoy lo que había deseado. Mis labios Os confiesan, Os amo con todo mi corazón y de lo íntimo de mi alma. Yo vengo a Vos, verdadero Dios, Dios eterno y Dios vivo, que con vuestro Hijo y el Espíritu Santo vivís en los siglos de los sigios. Amén.

Acabada esta oración se apagó el fuego de modo que no quedó rastro de él. Mas Aspasio, por sosegar al pueblo que andaba inquieto y se alborotaba, mandó que traspasasen la garganta de la Santa con una espada; de este modo Inés fue consagrada a Cristo como esposa y como mártir con la sangre virginal que por Él derramó.  Sus padres, sin pesar, antes bien con alegría, transportaron el cuerpo de Inés a su quinta situada en la vía Nomentana, no lejos de la ciudad. Los acompañó una muchedumbre de cristianos, que hubo de aguantar ciertos desmanes de los paganos. La mayor parte de los fieles huyeron al ver que aquéllos se acercaban con armas; algunos fueron heridos a pedradas. No obstante, Emerenciana, hermana de leche de Inés, permaneció impávida a pesar de los golpes. Esta virgen santísima, aunque no era todavía más que catecúmena, decía a los paganos: —Sois unos miserables y salvajes, matáis a los que adoran al verdadero Dios y degolláis a personas inocentes para defender a vuestros dioses de piedra.

Estaba aún hablando cuando la apedrearon, y entregó su alma al Criador junto a la tumba de su bienaventurada amiga. Así, pues, Emerenciana fue bautizada con su propia sangre derramada por la gloría de Dios y la fe de Nuestro Señor Jesucristo. En aquel momento estalló espantosa tempestad y el rayo mató a algunas de aquellas mujeres impías que habían asesinado a Emerenciana. Cuando llegó la noche, varios sacerdotes y los padres de Inés dieron sepultura a esta nueva mártir junto a la tumba de su hija.

APARICIONES Y MILAGROS

LOS padres de la Santa pasaban a menudo noches enteras junto al sagrado sepulcro. En una de ellas vieron una legión de vírgenes ataviadas de ricos paños de oro y rodeadas de luz resplandeciente. En medio de ellas aparecía Inés triunfante y gloriosa con un vestido de admirable esplendor, y junto a ella un cordero más blanco que la nieve. Sus padres estaban admirados y atónitos, mas ella les dijo: —No me lloréis, padres míos, como a muerta; antes regocijaos y felicitadme porque con estas vírgenes he alcanzado un trono resplandeciente de luz. En el cielo estoy últimamente unida con Cristo a quien sobre la tierra amé con todo mi corazón. Y dicho esto desapareció. Los testigos de esta visión la publicaban sin cesar, de suerte que algunos años después, llego a conocimiento de la princesa Constancia, doncella muy prudente, muy enferma, y de pies a cabeza cubierta de llagas. Para alcanzar la curación, aconsejáronla fuese al sepulcro de la Santa. Hízolo así una noche y, con ser todavía pagana, aunque ya creyente en el fondo de su corazón, se deshizo en ardientes súplicas ante el sepulcro bendito. Apoderóse de ella un apacible sueño, durante el cual vio a la virgen Inés que le decía: —Constancia, no te olvides de tu nombre, obra constantemente y cree con fe viva que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es nuestro Salvador; por Él, desde este momento, todas tus llagas serán sanas. 

En acabando de decir Santa Inés estas palabras, despertóse Constancia, hallándose tan sana como si nunca hubiera tenido enfermedad. De vuelta al palacio refirió el prodigio a su padre Constantino Augusto y a sus hermanos, los Césares. La alegría fue universal; la impiedad de los paganos quedó cónfundida, los cristianos se regocijaron y se fortaleció su fe. A petición de Constancia., el emperador mandó erigir un templo a Santa Inés, en el lugar de su sepultura; y ella misma hizo construir en él un sepulcro donde se guardaron las reliquias de la santa virgen. La fe de los cristianos afirmaba que los enfermos que acudían al sepulcro de Inés, recobraban la salud. ¿Quién dudará de que Cristo devuelve la salud a los que sean de su agrado?

LA TRADICIÓN DESDE LOS PRIMEROS SIGLOS

LAS principales fuentes primitivas de la historia de San Inés son: una inscripción en verso» compuesta por el papa San Dámaso I (366-384) y grabada en una gran lápida de mármol que se conserva en la vía Nomentana; un sermón de San Ambrosio, obispo de Milán, pronunciado por los años de 375, inserto en su colecoión De la Virginidad, y del cual la Iglesia ha extractado las lecciones del breviario para la fiesta de la Santa; un himno de la misma época, y, con verosimilitud, del mismo autor; y, por último, un discurso que parece muy posterior a la muerte del preclaro obispo, a quien se atribuye también, aunque con menos verosimilitud. Este texto, traducido libremente, es el que hemos dado. El Breviario ha conservado varios pasajes del discurso que la santa mártir dirigió a su pretendiente y la oración que hizo en medio de las llamas.

LAS DOS IGLESIAS DE ROMA

ERIGIERONSE en Roma varias iglesias en honor de Santa Inés; dos de ellas existen todavía; la una en el lugar, según se cree, de su suplicio, cerca de la plaza Navona, sitio que ocupó en otro tiempo el redondel del Circo Agonal o estadio de Domiciano; la otra extramuros, no lejos de su sepulcro, en la vía Nomentana. La primera fue reedificada varias veces desde el siglo IV. Es un edificio suntuoso, hermoseado y ampliado en el siglo XVII por el papa Inocencio X (Pamphili), que confirió a su familia el derecho de patronato y la propiedad. El 19 de enero de 1908, Pío X ofreció a esta iglesia, en un hermoso relicario, los huesos del cráneo de Santa Inés, que habían pertenecido durante varios siglos al tesoro incomparable del Sancta Sanctorum de Letrán.

En donde estaba un oratorio con el sepulcro de Santa Inés en la vía Nomentana, el papa Honorio I mandó construir en el siglo VII otra iglesia que aun existe, así como el mosaico absidal, que representa al citado Pontífice junto a la joven mártir. El cardenal Julián della Rovere, más tarde Julio II, mandó levantar un campanario a fines del siglo XV, y Pío, X hizo restaurar la abadía inmediata. La iglesia, con título cardenalicio desde Inocencio X, antes adjunto a la iglesia de la plaza Navona, fue confiada a los canónigos regulares de Letrán.

En 1605, encontróse en ella una urna, que contenía dos cuerpos que, según se creyó, eran los de las santas Inés y Emerenciana. Paulo V ofreció para guardarlos una urna de plata, con orden de colocarla en una cella tapiada. La urna fue hallada en el pontificado de León XIII, cuando el cardenal Hopp, titular de la iglesia, ordenó la restauración; mas el Papa prohibió el «reconocimiento» oficial de las reliquias. La fiesta de Santa Emerenciana, venerada como virgen y como mártir, se celebra el 28 de enero. Cada año, el 21 de enero, se celebra ante el altar —que es al propio tiempo el sepulcro de la Santa— la bendición de dos corderos, que se conservan hasta finalizar las solemnidades de Pascua, para ser ofrecidos al Papa en la dominica in albis por el Cabildo de San Juan de Letrán, en calidad de censo. Con su vellón se hacen los palios, insignia de la autoridad pontifical, que el Papa envía a los arzobispos y a algunos obispos como prenda de los poderes que les delega; esta costumbre data por lo menos del siglo VII.

EL CULTO DE SANTA INÉS

LA imagen de la Santa fue pintada o representada en mosaico desde los primeros siglos, y siempre lleva un cordero, símbolo que conviene a una joven doncella, niña mejor dicho, inmolada por permanecer fiel al Cordero sin mancilla. Muchas son las vírgenes preclaras que han profesado en el transcurso de los siglos, ardiente devoción a Santa Inés, escogida como modelo de amor divino; tales como las Solange, Gertrudis, Lutgarda, Catalina de Sena, Brígida de Suecia, Catalina de Ricci, Magdalena de Pazzis y Francisca Romana. En la Edad Media el nombre de Inés se imponía con frecuencia en el bautismo y su culto se hallaba muy esparcido: cinco Santas y varias Beatas llevan este nombre, y también lo llevaron bastantes emperatrices, reinas o princesas célebres. 

Las doncellas tienen en esta Santa un bello ejemplo que imitar, particularmente en estos tiempos tan corrompidos en que la virtud de la pureza corre grandes riesgos perderse.

 

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

 

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