ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
EPIFANÍA DEL SEÑOR
Nacido, pues, Jesús, en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos Magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle. Al oír esto el rey Herodes, se turbó, y con él toda Jerusalén. Y reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos contestaron: En Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel”. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, les interrogó cuidadosamente sobre el tiempo de la aparición de la estrella. Y enviándolos a Belén, les dijo: Id a informaros sobre ese niño; y cuando le halléis, comunicádmelo para que vaya también yo a adorarle. Después de oír al rey se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que, llegada encima del lugar en que estaba el niño, se detuvo. Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo. Y entrados en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y de hinojos le adoraron. Y abriendo sus tesoros le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino.
El Niño Jesús, llevado por su amor a comunicar a los gentiles las gracias de su venida, envía una estrella a los Magos para llamarlos hacia Sí.
Veamos en estos Reyes las primicias de toda la gentilidad, que en pos de ellos vendrá a participar de la gracia de la Redención. Se creía hasta entonces que sólo Judea tenía el privilegio de las promesas hechas al Mesías; la vocación de los Magos nos manifiesta que todas las naciones tendrán parte en ellas.
Los Magos, antes de la aparición de la estrella, vivían en las tinieblas de la gentilidad; pero, en cuanto vieron la estrella y prestaron atención a la gracia que los llamaba, se convirtieron, lo desdeñaron todo para ser enteramente de Jesucristo, se dejaron conducir por la gracia con sencillez y valor.
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Admiremos al Niño Dios que hace brillar en el alma de los Magos la luz de la fe, al mismo tiempo que los ilumina con el resplandor de la estrella milagrosa. Admiremos cuán viva debió de ser su fe, que los resolvió a abandonar su país, a despreciar la crítica del mundo, a emprender un viaje lejano y a reconocer al gran Dios del cielo bajo la forma de un niño pobre, reclinado sobre las pajas de un establo.
La fe es de un precio inestimable; es el principio de toda justificación, de todo mérito, de toda verdadera grandeza. Sin ella todo pecado es irremediable y toda obra buena sin mérito. Por ella, al contrario, se recobra la inocencia; las acciones más vulgares se elevan al orden sobrenatural y nos valen un grado inmenso de gloria.
Obrar sin reflexión y sin causa, es moverse como una máquina; obrar para la satisfacción de los sentidos, es llevar la vida del bruto irracional; obrar por la simple luz de la razón, es vivir como los paganos; por el contrario, obrar por la fe y con el fin de agradar a Dios, es vida cristiana, vida que agrada a Dios y que nos vale el Cielo.
Con espíritu de fe, el alma se eleva y se engrandece; su vida será noble y sobrenatural, y todas las acciones meritorias.
¡Felices, pues, las almas que tienen ese espíritu de fe! ¡Desgraciadas las que están privadas de él!
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Consideremos la fidelidad de los Magos a la gracia que los llamó; admiremos su fidelidad para responder al llamamiento de la gracia y propongámonos imitarlos.
La fidelidad de los Magos fue pronta. Desde que vieron la estrella milagrosa, partieron sin vacilar, sin dejarlo para el día siguiente. La hemos visto, dicen, y hemos venido.
Una vez en camino, no se detuvieron en ninguna parte, sino que caminaron directamente a donde la gracia los llamaba.
La fidelidad de los Magos fue generosa. Los mayores obstáculos se oponían a su partida.
Eran sabios del Oriente; ¿cómo exponer su reputación por un viaje que el mundo tacharía de locura?
Una estrella va a conducirlos a un país lejano y desconocido. ¡Cuántas fatigas que soportar!, ¡cuántos riesgos que correr!, ¡a cuántos peligros se van a exponer!
Nada detiene a estos generosos Magos. Cuando el corazón es todo de Dios, se va siempre adelante y sin calcular.
Se ponen en camino, y después de una larga marcha llegan a Jerusalén. Allí, nuevo obstáculo, pues la estrella desaparece. No es en medio del mundo donde se encuentra la gracia que nos guía. No saben en dónde encontrar al Mesías que buscan y, sin embargo, no se desalientan, preguntan en la misma corte de Herodes.
¡Qué valor, superior a todo respeto humano y al temor que inspira el monarca receloso y cruel que reina en Jerusalén!
La sinagoga, interrogada por Herodes sobre esta cuestión, responde que Belén es el lugar de su nacimiento. Al punto, los Magos toman el camino de la pequeña aldea que les ha sido indicada, y continúan su viaje, hasta que encuentran a Jesús.
Así obra el alma generosa: va a Dios a pesar de los obstáculos; sabe privarse, molestarse y padecer, cumplir su deber y nada más; busca a Dios únicamente, y lo demás es nada para ella.
La fidelidad de los Magos fue fervorosa.
¿Quién podría decir la alegría con que hicieron este viaje; el gozo con que hablaban acerca de la felicidad que les esperaba al término de su carrera?; cómo se animaban entre sí; cómo querían acelerar con sus santos deseos el momento de postrarse delante del Dios recién nacido.
Durante la desaparición de la estrella conservaron su valor, bella imagen de las almas fervorosas, que no se dejan abatir por los trabajos, sino que permanecen firmes en las tinieblas y en las privaciones de gustos sensibles a que Dios las somete.
Por fin, los felicísimos viajeros llegan al establo; y ahí, lejos de disminuir o enfriarse su fervor a la vista de un lugar tan miserable, de aquella mujer pobre y de los humildes pañales con que envuelve al Niño, se sienten sobrecogidos de estupor, en presencia de tanta grandeza abatida, de tanto esplendor escondido y de tanta majestad humillada; se prosternan y adoran.
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Los Magos, dice el Evangelio, habiendo abierto sus tesoros, le ofrecieron oro, incienso y mirra, dones misteriosos que, a los ojos de la fe, tenían su significación y su lenguaje.
El oro significaba el tributo que le pagaban como a un gran Rey, soberano del universo y dueño de los tesoros del Cielo y de la tierra.
El incienso simbolizaba el tributo de alabanzas y súplicas que le presentaban como al Dios vivo y verdadero.
La mirra, que empleaban en embalsamar a los muertos, era para ellos un acto de fe en la santa humanidad, que en el pesebre estaba unida a la divinidad y que debía un día inmolarse por nosotros en la cruz.
Jesús no se contentó con manifestarles por sus miradas de amor cuánto le agradaban sus presentes, sino que se lo atestiguó con reciprocidad de presentes. En cambio del oro, les dio el don de la sabiduría, para comprender los más grandes misterios de la Religión y enseñarlos a otros; en canje del incienso, les dio el don de piedad, para amar sólo a Dios y despreciar todo lo demás; y en permuta de la mirra, los enriqueció con el espíritu de mortificación y de sacrificio, que los hizo a la vez apóstoles y mártires.
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Los piadosos Magos no tuvieron prisa en dejar Belén; no se puede gozar de tanta felicidad sin desear prolongarla; no se viene a buscar de tan lejos un regocijo tan puro, sin darse el placer de multiplicarlo.
Así, pues, sin vacilar, los Magos permanecen algunos días en Belén; y durante ese tiempo vienen a menudo a visitar al Niño Dios. ¿Quién podrá decir con qué sentimientos de admiración, de amor, de acciones de gracias y de abnegación pondrían todas sus personas al servicio del divino Niño?
¡Qué abundantes y preciosas luces y qué bendiciones derramaría el Niño Jesús en sus almas!
¡Cuán cortas les parecerían sus visitas! No se retiraban sino con pesar, y en cuanto podían se apresuraban a volver, diciendo con David: Mi corazón tiene sed de Vos, oh Dios vivo. Como el ciervo sediento suspira por la fuente de agua, así yo suspiro por Vos, oh fuente de vida.
Después de rendir sus homenajes al Niño Dios, hablaban con María Santísima y con San José, rogándoles que les explicaran las maravillas del misterio que habían venido a contemplar. Y María y José, siempre dispuestos a complacer, les decían lo que sabían. ¡Oh santas conversaciones!, que encantaban el corazón de los Magos y se grababan en su memoria.
Ellos hablaban a su turno, y de su corazón conmovido salían palabras que María creía dignas de ser meditadas y conservadas por Ella.
En el intervalo de estas santas entrevistas, ¿en qué pensaban sino en Jesús?, ¿de qué hablaban sino de Jesús? Jesús lo era todo para ellos. Santa fue la vida de estos felices Magos durante su estadía en Belén; ¡qué lección para nosotros! Ella nos enseña el provecho que debemos sacar de la presencia de Dios en todo lugar y de la presencia real de Jesucristo en nuestros tabernáculos.
Si llevamos en estas visitas la fe y la piedad de los Magos, sacaríamos muchas gracias. Podemos conversar con Jesús, hablarle, escucharle, tomando a los Magos en el pesebre como modelos; por medio del espíritu de recogimiento, podemos durante el día imitar la vida santa que ellos llevaron fuera del establo de Belén.
Como los Magos, gozamos de Dios, podemos hablarle, oírle, tomar de Él consejos en las dudas, llamarlo en nuestra ayuda en las dificultades y peligros, ofrecerle nuestras acciones y nuestra vida, agradecerle sus beneficios, prorrumpir en adoraciones, alabanzas, bendiciones y súplicas.
Ahí recogeremos con gratitud y amor los buenos pensamientos que nos envíe, los piadosos sentimientos que nos sugiera, las santas resoluciones que nos ponga en el corazón y haremos nuestra vida santa como la de los Magos.
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Si los Magos no hubiesen consultado más que a su corazón, habrían fijado su residencia en Belén, que era para ellos el paraíso en la tierra. Pero el deber los llamaba a otra parte, y comprendieron que era necesario sacrificar aun los goces de la piedad para ir a donde llaman los deberes de estado.
Aunque les costaba mucho, se deciden a partir, y van a dar sus adioses a Jesús, a María y a José.
En lugar de su Hijo, María Santísima responde a los fervorosos adioses y confirma a los Magos en la fe en las grandezas del Niño Jesús y en la práctica de la vida perfecta que deben llevar en adelante.
El humilde San José les anima, por su parte, a grabar en sus corazones estas buenas palabras, y ellos se retiran felices con esta santa entrevista.
¡Cuán bueno es conversar con Jesús, María y José!
Después de haber dado sus adioses al pesebre, los Magos fueron a descansar un poco, para partir al día siguiente muy temprano. Mas, durante la noche, vino un Ángel del cielo a instruirlos de que Herodes, comprendiendo que había sido burlado por ellos, tenía contra sus personas designios perversos, y que era necesario que regresasen por otro camino.
En esto hay tres preciosas enseñanzas.
La primera es que Jesús vela por nosotros continuamente, aun mientras dormimos, y que a menudo aleja de nosotros los peligros que nos amenazan y que no podemos prever.
La segunda es que, después de haber encontrado y saboreado a Dios como los Magos, es preciso no seguir por la misma vía que antes, sino por una vía nueva y más perfecta, diferente de la que sigue la multitud. Dios no concede sus gracias particulares sino con esta condición, y es abusar de ellas seguir siempre por una misma senda.
La tercera enseñanza es que, después de haber dejado el camino del Cielo por el pecado, no podemos volver a dicho camino sino por el de la inocencia; después de habernos alejado por los placeres del mundo, no podemos entrar más que por las lágrimas y los trabajos de la penitencia.
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Tan pronto como los Magos volvieron a sus hogares, fueron los apóstoles del Dios recién nacido; publicaron en todas partes el nacimiento del Rey del universo; predicaron el espíritu nuevo que venía a traer a la tierra.
Y estas preciosas doctrinas las confirmaron con la santidad de su vida, con el poder de la gracia, de la cual estaban llenos, y con un fervor de apóstoles, que descubría en ellos a hombres celestiales y profundamente convencidos; en fin, con su sangre, que tuvieron la felicidad de derramar por el Evangelio, siendo a la vez apóstoles y mártires.
Tal fue la maravillosa mudanza que operó en los Magos la permanencia de algunos días en el pesebre.
En contrapartida de la felicidad y gracia de los reyes Magos, la mala conducta de Herodes en esta circunstancia se señala por tres caracteres: su turbación con la noticia del nacimiento del Mesías; su hipocresía; su desengaño tan merecido.
El nacimiento del Mesías era, sin duda, el suceso más feliz para la tierra. Herodes lo apreció de muy distinto modo.
Cuando, con la simplicidad y el candor de las almas rectas, los Magos vienen a anunciarle este gran acontecimiento y a preguntarle dónde ha nacido el Salvador tan esperado, este monarca se inquieta por su corona, y toda Jerusalén se inquieta con él.
Así se turba todo corazón que está bajo el imperio de una pasión. Que se nos critique, que nos humillen, que contraríen nuestros deseos…, eso es suficiente para caer en la turbación y la tristeza; no podemos soportar que nuestro orgullo, nuestra vanidad se vean atacados. No hay paz y felicidad sino para aquel que, libre de todo apego, nada tiene que le ate a lo terreno.
Herodes, dice el sagrado texto, llamando en secreto a los Magos, averiguó cuidadosamente de ellos el tiempo en que la estrella se les apareció y, encaminándolos a Belén, les dijo: Id a informaros puntualmente de lo que hay de ese Niño y, en habiéndole hallado, dadme aviso, para ir también yo a adorarle.
Así era como, bajo la apariencia del respeto y de la piedad, este príncipe hipócrita ocultaba el designio que tenía de dar la muerte al divino Niño.
Esta hipocresía nos irrita; en efecto, ella es abominable delante de Dios y de los hombres. La hipocresía es la mentira en acción, deshonrosa para el hombre digno, y merecedora de todo desprecio.
Pero los malos nada pueden contra Dios, quien sabe hacer servir las maquinaciones del impío para la confusión del malvado y para mayor bien de sus elegidos.
Así desbarató los planes de Herodes, ordenando a los Magos que se volvieran por otro camino, y a San José que huyera a Egipto con el Niño y su Madre.
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Herodes, mientras tanto, les espera. Les separa ya de él un abismo: conocen la verdad, y no volverán al mundo de la mentira; saben de santidad, y no se contaminarán tratando con los impíos; sus almas iluminadas no entrarán ya más en la región de las tinieblas.
Dios les advierte, y vuelven a su país por otro camino.
Símbolo del repudio de Israel que, por su contumacia, quedará fuera del verdadero camino, hasta que la plenitud de las naciones haya entrado en la Iglesia.
Símbolo de que las profecías han cedido ya a la realidad; de que ha llegado Jesús, la salvación para todo el mundo.
Si Herodes hizo degollar a los Santos Inocentes, esta matanza sólo sirvió para dar al Cielo nuevos Santos mártires, y entregar al tirano a la execración de todos los siglos.
Así sucederá siempre a todos los que persiguen a Jesucristo en su Iglesia o en sus miembros.
En la lucha de Satanás contra los Santos, Dios tendrá siempre la última palabra y concluirá por tomar la ventaja. No permite el ataque sino para dar a las más brillantes virtudes la ocasión de ostentar su esplendor.
Confiemos en Dios, sin dejarnos abatir jamás por los triunfos pasajeros de nuestros enemigos. Y subiremos de claridad en claridad, de epifanía en epifanía, revelándose Dios cada vez con mayor claridad; hasta que nos deje verle en la revelación definitiva de su gloria, que es la epifanía eterna, que inunda de gozo a los Bienaventurados.

