ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
Cuando Adán y Eva cedieron a las insinuaciones de Satanás, oyeron de labios del Creador la sentencia irrevocable que les condenaba a morir llevando antes una vida llena de penalidades y sufrimientos.
Pero, al mismo tiempo, recibieron la promesa consoladora de que una Mujer aplastaría un día la cabeza de aquella serpiente, causa primera de sus desgracias.
Aquel enemistades pondré entre ti y la mujer, simboliza no sólo las victorias de Cristo sobre Satanás, sino también el altísimo privilegio que debía ser concedido a su Madre, redimiéndola por anticipado del pecado original, por el cual somos todos concebidos, salvo Ella, esclavos del infernal enemigo.
Pasan entre tanto los siglos, y los hombres se olvidan de las primitivas tradiciones religiosas, o las deforman confundiéndolas con los delirios de la más grosera idolatría, sustituyendo al conocimiento y culto del verdadero Dios enmarañadas cosmogonías, ridículas historias de dioses y de héroes, a quienes honraban con un culto obsceno y homicida.
Empero, en medio de esta ruina universal de las creencias, sobreviven misteriosamente las relativas a las promesas del Libertador y de la Mujer vencedora de la serpiente.
No obstante, la idea constante de una lucha entre la mujer y la serpiente sólo se conservaba íntegra en el pueblo de Dios, depositario de la promesa del futuro Libertador o Mesías.
Llegó por fin el suspirado instante, y la Niña, objeto de las esperanzas de tantos siglos, es gestada en el seno de Ana, esposa de Joaquín, y, en el primer momento de su concepción es prevenida por la gracia divina; es redimida, por los futuros merecimientos de Aquel que había de hacerse hombre en sus entrañas, del contagio que inficiona en su origen a toda la especie humana.
Esta Mujer, exenta de toda mancha, de toda mácula, Inmaculada, es la nueva Eva en esa restauración del linaje humano; nueva generación espiritual de los hijos de Dios, que tendrá su principio en Cristo y su continuación en todos los que participen de la gracia de su Redención.
De este modo principia en María la victoria sobre el enemigo infernal. Así tienen aplicación exactísima las proféticas palabras del Paraíso terrenal dirigidas allí por Dios a la serpiente tentadora: Ipsa conteret caput tuum.
Vence María por los previstos merecimientos de Cristo, por la gracia anticipada de Cristo, en relación a su futura dignidad de Madre de Cristo. Vence en Ella Cristo, descendencia suya, porque su carne y sangre son de María, porque es mérito suyo la prerrogativa otorgada a María, y porque es lauro suyo el que sobre su capital enemigo recoge la Madre del Redentor.
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La Inmaculada Señora es la Madre de Dios, preservada, por los méritos de Cristo, del pecado original.
Es, además, la imagen de la Santa Iglesia en sus luchas y en sus victorias de todos los siglos. Y el Eterno, al librar con la antigua serpiente del paraíso la tremenda batalla a la cual hoy día asistimos acongojados, ha hecho salir nuevamente contra ella a su primera Vencedora como Capitana.
Es sorprendente, y se presta a profundas meditaciones, el hecho que, al mismo tiempo que la Revolución satánica avanzó en las sociedades modernas, el culto de María también fue cobrando mayor importancia en los pueblos católicos.
¿Cuál es su explicación? La historia no tiene sólo su filosofía, tiene también su teología, y profundísima.
Toda la apostasía revolucionaria se reduce a tres negaciones fundamentales:
Negación del pecado original.
Negación de la divinidad de Cristo.
Negación de la autoridad de la Iglesia.
Hay un enlace lógico, un riguroso encadenamiento de estas tres impugnaciones, de las cuales resultan todos los errores que, así en el orden religioso, como en el político, se alzan en colosal combate contra el Catolicismo. De ellas resulta la divinización de la razón humana, y su independencia y su pretendida soberanía.
Pues bien, a las tres responde de lleno el dogma católico de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios.
En efecto, el privilegio confirma la ley; y por consiguiente, el confesar a María Santísima preservada del pecado original por singular privilegio de Dios, equivale a reconocer el pecado original en cada uno de los demás descendientes del primer hombre.
El misterio de la Concepción Inmaculada de María es, pues, un desmentido a la primera negación revolucionaria.
Además, María obtiene este privilegio por los futuros merecimientos del Dios Redentor y con el fin de ser digna Madre suya. La divinidad del Hijo exigía esta integridad de la Madre, y no se la hubiera distinguido con tal privilegio si no hubiese sido predestinada a ser la Madre de Dios.
El dogma de la Inmaculada Concepción equivale, pues, a confesar plenamente la Encarnación del Verbo divino, o sea la divinidad de Jesucristo, y es de consiguiente una reprobación de la segunda negación revolucionaria.
Finalmente, de la divinidad de Cristo nace la divinidad de su obra, la Iglesia; cuya autoridad ha ejercido plenamente en los tiempos modernos definiendo como dogma de fe la Inmaculada Concepción de María. Proclamar, pues, la Inmaculada Concepción, es aseverar la autoridad de la Iglesia, que nos manda confesarla.
Este dogma es, pues, un mentís a la tercera negación revolucionaria.
He aquí tres puntos de vista luminosísimos, bajo los cuales la doctrina católica de la Inmaculada Concepción de María se ve exactamente como la más adecuada refutación de la doctrina revolucionaria.
El monstruo infernal se encuentra detenido en su fiera embestida por el pie de esa Virgen celestial en la cual ha querido Dios viésemos los católicos de los últimos tiempos nuestra bandera y nuestra victoria.
La Providencia divina ha hecho resplandecer este dogma con más vivos fulgores en esta época de vacilaciones y de tan general descreimiento.
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Sabemos que Dios, en sus altísimos designios, consiente en que tanto los individuos como los pueblos pasen por durísimas pruebas; pero también comprendemos que no las permite sin ordenarlas hacia su mayor gloria y para una mayor perfección de los mismos que las padecen.
La lucha que empezó en los Cielos con la rebelión de Lucifer y de sus ángeles, continuó en el paraíso terrestre con la seducción lastimosa del primer hombre, y acabará al fin de los tiempos con la aparición del Anticristo.
Entre tanto, cada época la ha presenciado debajo de formas diversas.
Antes del Mesías fue la monstruosa idolatría, corrompiendo la noción primitiva de un solo Dios.
Después de fundada la Iglesia, fue la orgullosa herejía, alzándose contra la autoridad de los dogmas revelados.
Hoy es la Revolución, pretendiendo acabar con toda idea de orden sobrenatural o eliminar al menos su influencia de la sociedad moderna.
Dios dispuso vencer al infierno, e inauguró su victoria al decretar la Encarnación de su Hijo divino para redimir al mundo.
Pero como en esa victoria ha querido que también nosotros tuviésemos nuestra parte y nuestro mérito, por eso el enemigo, vencido por Cristo, no quedó sin embargo inutilizado para el mal.
Dios le dejó que se revolviese y se retorciese y continuase aún enroscado por el mundo, facilitándonos en cambio a nosotros la defensa y asegurándonos la victoria, de modo que no pueda ser subyugado por el infierno sino aquel que voluntariamente se le entregue.
El triunfo será definitivo el día de la recapitulación final de todas las cosas en Cristo y por Cristo. Entonces resplandecerán en toda su plenitud la gloria de Dios y su justicia, y cesarán eternamente los combates.
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El misterio augusto de la Inmaculada Concepción de María es como un compendio de todo esto.
Al principio de la funesta rebelión, en compensación de aquel inmenso agravio que recibía la honra de Dios, ya fue profetizada la victoria de Cristo.
Y como promesa que daba el Creador de que no faltaría a su palabra, se anunciaba también el advenimiento de una Mujer privilegiada que, con ser hija de aquel mismo miserable Adán, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, sería la primera y más espléndida muestra del poder de Dios sobre su enemigo, ya que éste no podría hincar en Ella su venenoso diente como en las demás criaturas. Antes, por el contrario, por su débil pie de mujer sería aplastada la monstruosa cabeza del Dragón infernal.
Esta Mujer es María, Inmaculada en el primer instante de su Concepción.
Dios ha querido presentarnos a su Madre, vencedora la primera de nuestro común enemigo, para movernos y alentarnos a las mismas victorias.
No empequeñezcamos con mezquinos pensamientos y deducciones ruines el grandioso cuadro que de las luchas de la Verdad en el mundo nos ofrecen al unísono la Religión y la misma historia profana genuina.
Elevémonos a la altura de la verdadera filosofía y de la teología de la historia; pues también la historia tiene su profunda teología y su incontrastable filosofía.
Los enemigos del Catolicismo se reducen a uno solo: el infierno.
Los enemigos del infierno se reducen a uno solo: Dios.
Una sola es la lucha de todos los siglos, y dos solos los combatientes. De un solo punto sale el ataque, y a un solo punto va dirigido. Pueden variar los pretextos, puede cambiar la táctica, pueden modificarse las armas; pero a través de tantas diferencias, se percibe un satánico concierto de principio y de fin.
Del lado divino encontramos como respuesta una unidad admirable en la impugnación del error y del mal. Y María Santísima tiene allí un puesto de honor.
En las célebres jornadas, para luz del mundo y terror del infierno, siempre resplandeció la Madre sin mancilla…
En las memorables batallas de Covadonga, de las Navas y de Lepanto, la Inmaculada fue como un ejército en orden de batalla.
La Virgen Madre de Dios, que aplasta al Dragón por su Inmaculada Concepción y su Maternidad virginal; Ella, que es glorificada hasta en su cuerpo y que reina en los Cielos junto a su Hijo; Ella domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia, y, particularmente, el tiempo más temible para las almas: el tiempo de la venida del Anticristo, y el de la preparación de esta venida por sus diabólicos precursores.
María se manifiesta, no sólo como la Virgen poderosa y consoladora en las horas de angustia para la vida terrenal y corporal, sino especialmente en lo que la representa como la Virgen que socorre, fuerte como un ejército en orden de batalla, en los tiempos de devastación de la Santa Iglesia y de agonía espiritual de sus hijos.
Ella es Reina para toda la historia del género humano, no sólo para los tiempos de angustia, sino también para los tiempos del Apocalipsis.
Henos aquí ahora que entramos en un tiempo de Apocalipsis. No cabe duda de que aún no estamos en la tormenta de fuego que aterrorizará los cuerpos, pero ya estamos en la agonía de las almas, porque la autoridad espiritual parece ya no ocuparse de defenderlas, parece desinteresarse tanto de la verdad de la doctrina como de la integridad del culto.
Es la agonía de las almas en la Iglesia Santa, minada desde el interior por los traidores y los herejes todavía no condenados.
Durante el curso de la historia hubo otros tiempos de Apocalipsis.
Pero los tiempos de Apocalipsis están siempre marcados por las victorias de la gracia. Porque, incluso cuando las bestias del Apocalipsis entren en la Ciudad Santa y la expongan a los últimos peligros, la Iglesia no deja de ser la Iglesia: ciudad bien amada, inexpugnable al diablo y a sus secuaces, pura y sin mancha, de la cual Nuestra Señora es la Reina.
Ella es la Reina Inmaculada, que hará acortar por Cristo su Hijo los días siniestros del Anticristo.
Incluso, y sobre todo, durante este período, Ella nos obtendrá perseverar y santificarnos.
Ella nos conservará la parte que nos es absolutamente necesaria de una autoridad espiritual legítima.
Su presencia en el Calvario, de pie junto a la Cruz, es el presagio infalible. Ella estaba de pie junto a la Cruz de su Hijo, el Hijo de Dios en persona, para unirse más perfectamente a su sacrificio redentor, para merecer en Él toda gracia para los hijos de adopción.
¡Toda gracia! La gracia para hacer frente a las tentaciones y a las tribulaciones; la gracia de perseverar, de levantarse, de santificarse en las peores pruebas, las pruebas del agotamiento del cuerpo y las pruebas, mucho más oscuras, de la agonía del alma; la gracia para los tiempos en que la ciudad carnal cae presa de los invasores y, especialmente, los tiempos en que la Iglesia de Jesucristo debe resistir a la autodestrucción.
Estando de pie junto a la Cruz de su Hijo, la Virgen Madre, cuya alma fue atravesada por una espada de dolor, la divina Virgen, que fue abrumada como ninguna criatura lo será jamás, nos hace comprender, sin lugar a la vacilación, que Ella es capaz de sostener a los redimidos en las pruebas más inauditas, por una intercesión maternal pura y omnipotente.
Ella nos persuade, esta Virgen dulcísima, Reina de los mártires, que la victoria está escondida en la propia Cruz y que será manifestada, pues la radiante mañana de la resurrección se levantará para el día sin ocaso de la Iglesia Triunfante.
En la Iglesia de Jesús, presa del modernismo en todos los niveles de la jerarquía, el sufrimiento de las almas, la quemadura del escándalo alcanza una intensidad abrumadora; este drama no tiene precedentes; pero la gracia del Hijo de Dios Redentor es más profunda que este drama.
Y la intercesión del Corazón Inmaculado de María, que obtiene toda gracia, no se interrumpe nunca. En las almas más abatidas, las más cercanas a sucumbir, la Virgen María interviene día y noche para resolver misteriosamente este drama, rompe misteriosamente las cadenas que los demonios imaginaban irrompibles. Solve vincla reis.
Todos nosotros, a los que el Señor Jesucristo, mediante una marca singular de honor, llama a la lealtad en estos nuevos peligros, en esta forma de lucha de la cual no tenemos experiencia —la lucha contra los precursores del Anticristo que irrumpieron en la Iglesia—, recordemos que creemos en la divinidad de Jesús, en la maternidad divina y en la maternidad espiritual de María Inmaculada.
Entreveamos, al menos, la plenitud de gracia y de sabiduría que se esconde en el Corazón del Hijo de Dios hecho hombre y que deriva con eficacia a todos los que creen; vislumbremos también la plenitud de ternura y de intercesión, que es el privilegio único del Corazón Inmaculado de la Virgen María.
Recurramos a Nuestra Señora como sus hijos, y entonces tendremos la inefable experiencia que los tiempos del Anticristo son los tiempos de la victoria: la victoria de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.
¡Apresurad la paz, Madre poderosa; apresurad la humillación de vuestros enemigos, que son también nuestros enemigos!
Y mientras dura la furiosa borrasca, dad serenidad a los desalentados, refugio a los perseguidos, fortaleza a los que combaten, consuelo a los que gimen, arrostrando el más doloroso de los martirios, el martirio del corazón…

