ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS
Festejamos hoy la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos, último episodio de la vida terrenal de Nuestra Señora.
Dicha historia, como sabemos, fue una sucesión de maravillas. Cada uno de los momentos decisivos de su existencia aquí en este mundo fue señalado con un milagro.
Su entrada y su salida, su Inmaculada Concepción y su Gloriosa Asunción son dos misterios que tienen entre sí íntima relación.
Son el principio y el término de su paso por este valle de lágrimas; y estos extremos están tan unidos entre sí, que el uno viene a ser como la causa o razón del otro.
En efecto, si es Inmaculada, no puede quedar en el sepulcro; necesariamente ha de subir al Cielo.
La Concepción Inmaculada, es un privilegio, una excepción de la regla general del pecado con el que todos hemos sido concebidos. La Asunción es otra excepción de la regla general que todos hemos de seguir después de nuestra muerte: la corrupción en el sepulcro o, al menos, la espera en el polvo de la resurrección.
María Inmaculada vence al pecado…, María Asunta vence a la muerte y sus incidencias.
Nunca fue esclava del pecado, por eso fue Inmaculada en su Concepción. Jamás pudo ser esclava de la muerte, por eso fue asunta al Cielo en cuerpo y alma.
Así pues, la Asunción de la Santísima Virgen, es el complemento necesario de su Concepción Inmaculada.
La corrupción no tenía derecho a apoderarse de una criatura concebida sin mancha, no podía cebarse en carnes inmaculadas. La carne que prestó la materia a la sacratísima Humanidad de Cristo, no podía llegar a confundirse con el polvo de la tierra.
El hecho, dentro de su maravilla, encierra una lógica tan evidente que la inteligencia, siempre absorta ante los milagros, concibe éste sin esfuerzo alguno. La que nació sin mancha, y fue madre sin dejar de ser virgen y amamantó al Salvador, no podía confundir su destino con el del resto de los mortales.
Si Ella trajo a Dios a la tierra, es natural que Dios se la llevara al Cielo. Si todo fue milagroso en su vida, el milagro debió repetirse en su salida de esta tierra. Si vino al mundo sin pasar por el estigma del pecado, no es extraño que saliese del mundo sin seguir la suerte de los pecadores.
Dios quiso transportar su Cuerpo a los Cielos, para que allí disfrutara enseguida de la inmarcesible gloria que le correspondía, como Hija del Padre, Madre del Verbo, Esposa del Espíritu Santo y Reina de los Ángeles.
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Con ocasión de esta Fiesta, hay que recordar que la Virgen María es presentada por los Padres de la Iglesia como la nueva Eva, íntimamente unida al segundo Adán en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que debía culminar con la victoria total sobre el pecado y la muerte.
Por lo tanto, así como la gloriosa Resurrección de Cristo fue parte esencial y el último trofeo de su victoria, también era necesario que la batalla librada por la Virgen María, unida con su Hijo, terminase por la glorificación de su cuerpo virginal.
Esta es la razón por la cual la augusta Madre de Dios, Inmaculada en su Concepción, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, finalmente obtuviese, como suprema culminación de sus privilegios, ser preservada de la corrupción del sepulcro y ser asunta en cuerpo y alma a la gloria de las alturas, para brillar como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos.
Era necesario, en efecto, que esta morada digna de Dios no sufriese la prisión de las profundidades de la tierra…
Así como el Cuerpo santo y puro que el Divino Verbo había unido a su Persona, al tercer día resucitó y salió glorioso de la tumba, de la misma manera fue preservado de la tumba y sus consecuencias el Cuerpo virginal de la Madre de Dios, de modo que la Madre fuese asociada junto a su Hijo.
Y así como Él descendió hacia Ella el día de la Encarnación, Ella debía ser transportada al Cielo para estar junto a Él.
Era necesario que Aquella que dio asilo al Verbo divino en su seno, fuese a habitar en los tabernáculos de su Hijo.
Era necesario que Aquella que en el parto conservó intacta su virginidad, conservase también su Cuerpo sin conocer la corrupción de la tumba.
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La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos comprende dos partes diversas en contenido.
La primera tiene un sabor triste para nosotros, es su partida de este mundo.
La segunda es todo gozo y regocijo, es su ingreso a los Cielos en cuerpo y alma, y su coronación como Reina del universo entero.
Unos veinticuatro años parece que vivió Nuestra Señora en este suelo después de la Ascensión del Señor. Llegado el momento predefinido por el Padre, la benditísima Virgen se sintió desfallecer de amor.
La enfermedad no podía cebarse en su cuerpo inmaculado; la muerte no podía llegar a Ella como a los demás mortales, ni apoderarse a mansalva del lirio de su purísima vida.
Si no se la arrancaban a viva fuerza los hombres, como sucedió con su Hijo, debía serle arrebatada por la violencia del amor. Por eso fue el amor el verdugo de María. Verdugo dulce, ya que realizó su obra con tal suavidad, que no logró arrancar siquiera un ay a la benignísima Madre.
El segundo acto de la Asunción de María forma paralelo con la Ascensión de su Hijo; y así como el júbilo desbordante de aquel jueves de la Ascensión reconocía dos fuentes, la gloria de Cristo y nuestro propio provecho, así también la festividad de hoy engendra gozo indescriptible en nuestras almas por doble título: por la gloria de María, y porque desde hoy tenemos por Abogada y Madre a la que ha sido coronada por Emperatriz de Cielos y tierra.
¡Qué momento aquél, en que la Doncella más bella y santa que vieron los mundos, rompiendo los lazos de la corrupción, radiante y llena de gracia, fue elevada de la tierra sobre un trono de querubines, y, rasgándose los Cielos, dieron paso a la que iba a ser aclamada por Reina y Señora del universo!
Ella asciende de la mano de su Hijo, Quien quiso en persona bajar a buscarla, y con su presencia hacer más solemne, más grande el triunfo de su Madre.
Asciende entre las nubes, y atravesando las más altas esferas llega a las mismas puertas del Cielo, donde nuevos Ángeles, impacientes, salen a esperar junto con las almas de los Santos la llegada de aquella magnífica procesión.
Así acaba la escena de la tierra y comienza la gloria del Cielo.
Las tres divinas Personas agraciaron a la escogida entre todos los mortales, colocando sobre su cabeza las tres coronas del poder, de la sabiduría y del amor, con que la declaraban solemnemente partícipe del imperio amoroso de su Hijo, Emperatriz de Cielos y tierra, y Reina de los Ángeles y de los hombres.
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Tengamos un santo orgullo, al ver así a nuestra Madre más espléndida que la aurora, más bella que la luna, más clara y brillante que el sol, temible como un ejército en orden de batalla, aclamada por todas las jerarquías y coros angélicos.
Contemplemos a la humildísima Virgen, así exaltada y sublimada, repitiendo sin cesar su cántico de agradecimiento a Dios: Magnificat…
¡Qué bien se entienden ahora aquellas palabras: Porque miró la humildad de su esclava, por eso ha hecho en mí grandes cosas el que es Todopoderoso, y así me llamarán bienaventurada todas las generaciones!
Repitamos muchas veces el título de Reina y Madre de misericordia. Si es Reina, sabe y puede. Si es Madre de misericordia, quiere remediarnos y ayudarnos. Luego, así será.
Dios Te salve, Reina y Madre de misericordia. Vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios Te salve. Oh clementísima… Oh piadosa… Oh dulce Virgen María…
Pidamos a esa Madre de misericordia, que no nos deje nunca de sus manos y que nos cobije continuamente bajo su manto protector.
Reina poderosísima, gusta de escuchar hasta al más humilde e incluso al más perverso de sus vasallos, si a Ella se acerca con dolor de sus pecados y palabras de fervor.
Mediadora complaciente, que jamás negó su protección a quien a Ella acudió en solicitud de amparo.
Virgen de la Merced y del Perpetuo Socorro, Estrella de los Mares y Guía de Peregrinos, Patrona del Mundo a Ella consagrado, milagrosa visitadora de Zaragoza, del Tepeyac, de Lourdes y de Fátima, Madre de Dios y Madre de los hombres, en Ella tenemos camino, faro y puerta para entrar en el Cielo.
Nada le niega Dios y a todo está Ella dispuesta en nuestro favor. Sólo nos pide a cambio amor y pureza; rectitud y fervor.
¡Ojalá acertáramos siempre a acudir a Ella en los momentos de peligro o de desesperación!
Bajo su manto está nuestra salvación y nuestro consuelo, y si sabemos acogernos a su amparo, Ella nos mostrará un día a Jesús, fruto bendito de su vientre; y para toda la eternidad descansaremos en la paz de su Reino Celestial.

