ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Décimocuarta entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
Del 14 de mayo al 6 de agosto, en sucesivas trece entregas semanales Radio Cristiandad ha publicado una larga introducción a la persona y al libro del Reverendo Padre Manuel de Lacunza y Díaz La Venida del Mesías en gloria y majestad.
Decíamos en la primera de estas entregas:
Como es bien sabido, una de las cuestiones que más nos interesa y es característica de nuestro blog, es el estudio del Apocalipsis. Siguiendo las directivas de Nuestro Señor de examinar los signos de los tiempos y convencidos de que esta crisis religiosa y moral que se vive es el prolegómeno de los últimos tiempos, volvemos con un cuestionado autor que nos introduce de una manera racional y deductiva, sin alejarse ni por un momento de las Sagradas Escrituras, dando luz al último libro de la Biblia.
Para muchos de nuestros lectores, es éste un tema ya muy estudiado y comprendido; pero no para muchas otras personas (sobre todo los de aquellas latitudes que no han tenido acceso a escritos de autores argentinos o chilenos, como Castellani, Eyzaguirre, Urzúa, como también Van Rixtel o Straubinger, entre otros), que quizás han llegado a la verdad en estos últimos años, o bien al no tener una buena información del tema, se ven excedidos o temerosos de adentrarse en él.
Por haber sido puesto en el Index su libro, el sólo nombrar al Padre Lacunza provoca en muchos una reacción adversa y de rechazo. Esto es entendible.
El motivo de este trabajo es hacer conocer un poco más a este cuestionado autor y su obra (así como a otros que han escrito sobre el tema), e intentar desentrañar cuáles fueron los motivos de dicha prohibición, a fin de las personas aprensivas y recelosas puedan vislumbrar, así como nosotros, que todo va encajando con los tiempos actuales y que, lejos de constituir esta lectura una novedad que pervierte nuestra fe, por el contrario la reafirma y la endereza, la ratifica y la consolida, y nos prepara para ser de aquellos que aún conserven la fe íntegra cuando se cumpla la promesa de Nuestro Señor y vuelva EN GLORIA Y MAJESTAD.
Veremos a continuación algunos temas básicos y controvertidos, para exponerlos más adelante en profundidad.
Conforme a lo prometido hemos ido publicando:
* La división del milenismo.
* La persona del Padre Manuel de Lacunza y Díaz.
* El contenido de la famosa obra del Padre Lacunza.
* Las diversas ediciones y las traducciones de la misma.
* Los precursores del Padre Lacunza.
* Las diversas reacciones ante la obra del Padre Lacunza y su recibimiento en diversos países, especialmente en Chile.
* Particularmente la intervención de la Inquisición y de la Congregación del Índice.
* Los Decretos del Santo Oficio de los años 1941 y 1944.
Remitimos a las trece entregas para la lectura y estudio de estos diversos temas:
1ª – 2ª – 3ª – 4ª – 5ª – 6ª – 7ª – 8ª – 9ª – 10ª – 11ª – 12ª – 13ª
Llegó el momento de estudiar los puntos sobresalientes de la obra del Padre Lacunza, muchos de los cuales ya han sido tratados en nuestro blog.
A partir de esta entrega publicaremos, pues, aquellos temas que nos parecen más importantes, dejando a los lectores el trabajo de leer y meditar el libro en su totalidad.
Se conocen nueve ediciones impresas del libro del Padre Lacunza La venida del Mesías en gloria y majestad:
Dos en el año 1812, impresas en España.
Una tercera edición, casi idéntica a la primera, impresa en 1815 también en España.
Una cuarta edición, en 1816 en Londres.
La quinta edición, en 1821 en Puebla, México.
En 1824 en México se imprimió una sexta edición.
En 1825, aparece la séptima edición, también en México.
Ese mismo año, en París, ve la luz la octava edición.
La novena y última edición en castellano, y considerada la mejor, se edita en la ciudad de Londres en 1826.
Por internet se puede tener acceso en los siguientes enlaces:
Edición R. Ackermann. Londres (1826) Versión WORD
Edición Felipe Tolosa. Cadiz (1812) PDF para descargar
Edición R. Ackermann, Londres (1826) PDF para descargar
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
TOMO PRIMERO
PARTE PRIMERA
Que contiene algunos preparativos necesarios para una justa observación
De la letra de la santa escritura
Párrafo I
1. Todo lo que tengo que deciros, venerado amigo Cristófilo, se reduce al examen serio y formal de un solo punto que, en la constitución o sistema presente de la Iglesia y del mundo, me parece de un sumo interés. Es a saber: si las ideas que tenemos de la segunda venida del Mesías, artículo esencial y fundamental de nuestra religión, son ideas verdaderas y justas, sacadas fielmente de la Divina Revelación, o no.
2. Yo comprendo en esta segunda venida del Mesías, no solamente su manifestación, o su revelación, como la llaman frecuentemente San Pedro y San Pablo, sino también todas las cosas que a ella se ordenan inmediatamente, o tienen con ella relación inmediata, así las que deben precederla, como las que deben acompañarla, como también todas sus consecuencias. Si no me engañan mis ojos, me parece a mí que veo todas estas cosas con la mayor distinción y claridad en la Santa Escritura, y en toda la Escritura. Me parece que las veo todas grandes y magníficas, dignas de la grandeza de Dios, y de la persona admirable del hombre Dios. Lejos de hallar dificultad en componer y concordar las unas con las otras, me parece que todas las veo coherentes y conformes, como que todas son dictadas por un mismo espíritu de verdad, que no puede oponerse a sí mismo. Es verdad, que muchas de estas cosas no las entiendo; quiero decir, no puedo formar una idea precisa y clara del modo con que deben todas suceder; mas esto ¿qué importa? La sabiduría de Dios, que es ante todas cosas, ¿quién la rastreó? (1) Si enim Dominus magnus voluerit, spiritu intelligentiæ replebit illum. (Eccli. XXXIX, 8: Porque si aquel gran Señor quisiere, le llenará del espíritu de inteligencia).
3. Esta reflexión, que sin duda es el mayor y el más sólido consuelo, la extiendo sin temor alguno a todas cuantas cosas leo en las Santas Escrituras. Y lleno de confianza y seguridad, me propongo a mí mismo este simple discurso. Dios es en todo infinito, y yo soy en todo pequeño; Dios puede hacer con suma facilidad infinito más de lo que yo soy capaz de concebir; luego será un despropósito infinito que yo piense poder medirlo por la pequeñez de mis ideas; luego cuando Él habla, y yo estoy cierto de que habla, deberé cautivar mi entendimiento y mi razón en obsequio de la fe; luego deberé creer al punto cuanto me dice, y esto no del modo con que a mí se me figura, sino precisamente de aquel modo, y con todas aquellas circunstancias que Él se ha dignado de revelarme, pueda o no pueda yo comprenderlas; porque mi fe es la que se me pide, no mi inteligencia. Con este discurso, no menos óptimo que sencillo, yo siento, amigo, que se me dilata el corazón, mi fe se aviva, mi esperanza se fortifica, y siento en suma otros efectos conocidamente buenos, que no hay para que decirlos aquí.
4. Mas como el deseo de entender es naturalísimo al hombre, y muchas veces laudabilísimo, si se contiene en sus justos límites, busco la inteligencia de aquellas cosas que ya creo, y de que sólo hablo: esto es, las pertenecientes a la segunda venida del Mesías, que en lo demás no me meto. Busco, digo, la inteligencia de estas en los intérpretes de la Escritura. Y ¿qué sucede? Os parecerá increíble, y como el más solemne despropósito, lo que voy a decir: os digo delante de Dios, que no engaño (2), a poco que he registrado los autores sobre los puntos de que hablo, siento desaparecer casi del todo cuanto había leído y creído en las Escrituras, quedando mi entendimiento tan oscurecido, mi corazón tan frío, y toda el alma tan disgustada, que ha menester mucho tiempo y muchos esfuerzos para volver en sí.
5. Como esto me sucedía muchas veces, o por decirlo con más propiedad y verdad, siempre que leía los interpretes sobre los puntos arriba dichos; cansado un día de tanto disgusto, comencé a pensar entre mí, que sin duda podría ser un trabajo útil el aplicarme todo a un examen atento y prolijo de las explicaciones e inteligencias que hallaba en los intérpretes, confrontándolas una por una con la Escritura misma, digo, con el texto explicado, y con todo su contexto, sin espantarme más de lo que es justo y debido del argumento, por autoridad.
Esto que leo con mis ojos, decía yo, teniendo en las manos la Biblia sagrada, es cierto y de fe divina. Dios mismo es el que aquí habla, es imposible que Dios mienta (3). Lo que leo en otros libros, sean los que sean, ni es de fe, ni lo puede ser; ya porque en ellos habla el hombre, y no Dios, ya porque unos me dicen una cosa, y otros otra, unos explican de una manera, y otros de otra; ya en fin porque me dicen cosas muy distantes, muy ajenas, y tal vez muy contrarias a las que me dice clara y expresamente la Biblia Sagrada.
Hallando, pues, entre Dios y el hombre, entre Dios que habla, y el hombre que interpreta, una grande diferencia y aun contrariedad; ¿a quién de los dos deberé creer? ¿Al hombre dejando a Dios, o a Dios dejando al hombre? Diréis sin duda lo que dicen y predican frecuentemente los mismos intérpretes: esto es, que debo creer al uno y al otro; a Dios que habla, y al hombre que interpreta, es decir, a Dios que habla, mas no en aquel sentido literal, sencillo y claro que muestra la letra, y en que parece que habla, sino en otro sentido recóndito y sublime que el intérprete descubre, y en que explica lo que Dios ha hablado. Y esto so pena de inminente peligro, so pena de caer en grandes errores, como ha sucedido, dicen, a tantos herejes, y a tantos otros que no eran herejes, sino católicos y píos.
6. Poco a poco, amigo, paremos aquí un momento. ¿Os parece, hablando formalmente, que puede haber algún peligro real en creer con sencillez y fidelidad lo que se lee tan claro en la Divina Escritura? Pienso que no os atrevierais a decir tanto de los escritos de San Jerónimo, o de algún otro célebre doctor. ¿Peligro en la Divina Escritura? ¿Peligro en entenderla, y creerla como se entiende y cree a cualquier escritor? ¿Peligro en creer a Dios infinitamente veraz, santo y fiel, en todas sus palabras (4), sin pedir primero licencia al hombre escaso y limitado?
No ignoro el ejemplar tan común y decantado con que se pretende probar este peligro: es a saber; que la Escritura Divina habla frecuentísimamente de Dios, como si realmente tuviese ojos, oídos, boca, manos y pies, diestra y siniestra, etcétera; todo lo cual dicen no puede entenderse literalmente, o según la letra; pues siendo Dios un espíritu puro, nada de esto le puede competer. Mas, ¿por qué no le debe competer?, ¿por qué no puede entenderse todo esto propísimamente según la letra?, ¿qué error hay en creer y afirmar que Dios tiene realmente ojos, oídos, boca, manos, etcétera?
Cualquiera que lee la Escritura, sabe fácilmente por ella misma, si es que no lo sabía de antemano, como lo deben saber todos los cristianos, que el verdadero Dios a quien adora, es un espíritu puro y simplísimo, sin mezcla alguna de cuerpo o de materia. Si esto sabe, esto sólo le basta, aunque sea de tenuísimo ingenio, para concluir al punto y comprender con evidencia, que los ojos, oídos, boca y manos que la Escritura Divina atribuye a Dios, no pueden ser de modo alguno corporales, sino puramente espirituales, del modo que sólo pueden competer a un puro espíritu.
¿Y si esto entiende, si esto cree, no entenderá y creerá una cosa infinitamente verdadera? ¿Cómo nos ha de hablar Dios para que le entendamos, sino con nuestro lenguaje y con nuestras palabras? ¿Dónde está, pues, en este ejemplar el peligro del sentido literal?
7. El peligro, amigo, no digo sólo remoto y aparente, sino próximo y real, está por el contrario en creer al hombre que interpreta, cuando éste se aparta de aquel sentido propio, obvio y literal que muestra la letra con todo su contexto; cuando quita, o disimula o añade alguna cosa que se oponga, o se aleje o no se conforme enteramente con el sentido literal.
Y si no, decidme: ¿por qué no admiten, antes condenan como peligrosa, o a lo menos como dura e indigesta, aquella célebre proposición del doctísimo Teodoreto? Éste en la cuestión 39 explicando el Génesis, sobre aquellas palabras: hizo también el Señor Dios a Adán y a su mujer unas túnicas de pieles, y los vistió (5), para negar, como lo hace, que Dios diese a Adán y a Eva tal vestido de pieles, dice así: no conviene seguir el sentido literal desnudo de la Escritura Santa, como verdadero; sino buscar la sustancia que en él se encierra, porque la misma letra, algunas veces dice una falsedad (6).
O esta proposición no es falsa, ni dura, ni reprensible, o lo son, junto con ella, todas las amenazas que nos hacen, y los miedos que nos meten de peligro y precipicio en el sentido literal de la Escritura.
8. Observad aquí de paso una cosa bien importante, pues la hallaréis practicada con bastante frecuencia: este sabio obispo de Siro, creyó verosímilmente que era buena, cierta y segura aquella opinión, tan común en su tiempo como en el nuestro, y tan sin fundamento ahora como entonces; esto es, que la transgresión de nuestros primeros padres sucedió en el mismo día de su creación; algunos les hacen la gracia hasta el día siguiente, y otros se extienden hasta el octavo, cuando más. En esta suposición, le pareció increíble que tan presto hallase Dios pieles verdaderas con que vestirlos, lo cual sólo podía suceder en una de dos maneras: o criando de nada dichas pieles, o quitándolas a algunos animales. Lo primero, no; porque ya había concluido su obra (7). lo segundo tampoco, porque los animales acabados de criar no habían tenido tiempo para multiplicarse, ni es creíble que pereciese aquella especie a quien le quitó la piel. luego el vestido que dio Dios a los delincuentes, no pudo ser de verdaderas pieles, sino de alguna otra cosa que no se sabe.
9. Este discurso le pareció a este sabio bueno y concluyente, como les parece a otros que lo siguen. Siendo el discurso bueno y concluyente, que está muy lejos de serlo, como que estriba en una cosa falsa, o no cierta suposición, se sigue forzosamente esta disyuntiva: luego, o la Divina Escritura dice una cosa falsa, o la transgresión de nuestros padres no sucedió tan presto como se supone. Esto último no se puede decir, porque es contra la opinión común de los doctores, y esta opinión común es una cosa más sagrada que la Escritura misma; luego que lo pague la Escritura; luego la Escritura Divina dice y afirma una cosa falsa.
Por tanto, para no oponerse a la opinión común, establézcase resueltamente esta regla general: no conviene seguir el sentido literal desnudo de la Escritura Santa, como verdadero; sino buscar la sustancia que en él se encierra, porque la misma letra, algunas veces dice una falsedad (8).
Tengo por cierto que esta regla general, según se presenta, la miraréis, no sólo como falsa, no sólo como dura, no sólo como poco reverente, sino también como peligrosa y perjudicial. No obstante, no dejo de temer con gran fundamento, que el uso de esta misma regla general os parezca tal vez conveniente, útil, y aun necesario en las ocurrencias.
Párrafo II
10. ¿Pues no han errado tantos, os oigo replicar, no han caído en el peligro y perecido en él, por haber entendido la Escritura así como suena según la letra? ¿No ha sido para muchos de gravísimo escándalo el sentido literal de la Escritura?
Os digo, amigo, resueltamente que no y otra vez y otras cien veces os digo que no. Los errores que han adoptado tanto, así herejes, como no herejes, no han nacido jamás del sentido literal de la Escritura, antes han nacido evidentemente de todo lo contrario; esto es, de haberse apartado de este sentido, de haber entendido o pretendido entender otra cosa diversa de lo que muestra la letra, de haber creído o pensado que hay o puede haber algún error en la letra, y con este pensamiento haber quitado o añadido alguna cosa, ya contraria, ya ajena y distante de la misma letra.
Leed con atención la historia de las herejías, por cualquier autor de los muchos que han escrito sobre este asunto, y os veréis precisado a confesar que no ha habido una sola originada del sentido obvio y literal de la Escritura, hablo del origen verdadero y real, no pretextado maliciosamente.
Tengo presente el catálogo de las herejías, que trae San Agustín hasta su tiempo, en que se comprenden todas, o las más de las que había impugnado San Irineo, y después de él San Epifanio. Y he reflexionado no poco sobre las que han nacido después; lejos de hallar su origen en la letra de la Escritura, lo hallo siempre en todo lo contrario, en no haber querido conformarse con esta letra, o con este sentido literal.
11. Esta es la razón, como testifica San Agustín en el libro segundo de Doctrina Cristiana, porque la Santa Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, cuando ha hablado y condenado alguno de estos errores, no ha hecho otra cosa que mirar la letra de la Escritura sobre aquel asunto; esto es, el texto, y el contexto tomado todo a la letra, según aquel sentido, que ocurre obvia, clara y naturalmente. Ni jamás la Iglesia ha definido verdad alguna, añado que ni lo ha podido, ni lo puede hacer, sacando el texto de su sentido obvio y literal, y pasando su inteligencia a otro sentido diverso que se aparte de la letra, y mucho menos que se oponga a la letra. ¿Qué más hubieran querido los herejes? Hubieran triunfado irremediablemente.
12. No solamente la Iglesia Santa, congregada en el Espíritu Santo, sino también todos los antiguos Padres, y todos cuantos Doctores han escrito después contra los herejes, han observado siempre, o casi siempre la misma conducta.
Digo casi siempre, porque es innegable que tal vez con el fervor de la disputa, salieron muy fuera de esta regla, y muy fuera de este límite justo y preciso, que no puede vadearse (9). Mas entonces es puntualmente cuando nada concluyeron y nada hicieron. Esto es visible y claro a cualquiera persona capaz de reflexión, que lea estas disputas o controversias, así antiguas como nuevas.
Y la razón misma muestra que así debía entonces y siempre debe suceder, porque si lo que se impugna es ciertamente error, o es error contra alguna de aquellas infinitas verdades de que la Escritura Divina da testimonio claro y manifiesto, o no.
Si no, toda la Divina Escritura de nada puede servir para impugnar y destruir aquel error, aunque se amontonen textos a millares, porque ¿cómo se podrá conocer esta verdad contraria a aquel error, sino precisamente por la letra, o por el sentido literal de la Escritura? El decir, esto se puede, esto significa o se debe entender, no satisface; y por consiguiente no basta, cuando no se pruebe por otras razones hasta la evidencia; y esta prueba real y formal, no es razón que se tome solamente de este o de aquel otro autor, que así lo pensó, sino de la Escritura misma, o en este lugar, si la letra lo dice claramente, o en otros lugares en que se explica más.
Debe, pues, decirse con verdad: esto dice aquí la Divina Escritura; de otra suerte nada se concluye.
13. Los herejes más corrompidos, y más desviados de la verdad, pretendieron siempre confirmar sus errores con la Escritura, como si fuese esta alguna fuente universal de que todos pueden beber a su satisfacción, o como aquel maná de quien dice el Sabio, acomodándose a la voluntad de cada uno, se volvía en lo que cada uno quería (10). Pretendían, digo, hacer creer, que en la Escritura estaban, y que de ella los habían sacado; mas en la realidad los llevaban de antemano, independiente de toda Escritura; y lo más ordinario, los llevaban más en el corazón que en el entendimiento. Y habiéndolos adoptado, y tal vez sin adoptarlos ni creerlos, iban a la Escritura divina a buscar en ella alguna confirmación o alguna defensa, sólo por espíritu de malignidad, de emulación, de odio, de independencia y de cisma. ¿Y qué sucedía? Sucedía, y es bien fácil que suceda así, que o hallaban en la Escritora algún texto, con tal cual viso favorable, o ellos mismos le hacían fuerza abierta para que se pusiese de su parte, ya quitando, ya añadiendo, ya separando el texto de todo su contexto, para que dijese por fuerza lo que realmente no decía.
Los Maniqueos, por ejemplo, defendían sus dos principios, o dos dioses, uno bueno y otro malo; uno causa de todo el bien que hay en el mundo; otro causa de todos los males así físicos como morales, que afligen y perturban a los míseros hijos de Adán. Habiendo registrado para esto con sumo cuidado y diligencia toda la Divina Escritura, hallaron finalmente aquellas palabras de Cristo: todo árbol bueno lleva buenos frutos; y el mal árbol lleva malos frutos. No puede el árbol bueno llevar malos frutos, ni el árbol malo llevar buenos frutos (11). El gozo de un hallazgo tan importante, debió ser tan grande para estos sabios, apenas racionales, que no les dio lugar para leer otra línea más, que inmediatamente se sigue en grande deshonor de su segundo principio: todo árbol que no lleva buen fruto, será cortado y metido en el fuego (12).
Este segundo principio, que podían haber discurrido, siempre hace males, y nunca bienes; luego alguna vez será cortado y metido en el fuego; luego no puede ser ni llamarse Dios, ni principio con propiedad alguna; luego no puede haber más que un solo y verdadero Dios, principio y fin de todas las cosas, infinitamente bueno, benéfico, sabio y santo; luego no puede haber otro principio, u otro origen del mal que el mismo hombre, con el mal uso de su libre albedrío, don inestimable que le dio el Criador, para que pudiese merecer su eterna felicidad; pues no era cosa digna de Dios, llevar por fuerza a su reino piedras frías, duras, inertes, sin movimiento y sin vida.
Todo esto podrían haber concluido aquellos doctores del mismo texto que alegaban, si lo hubieran leído todo con buenos ojos. Más como estos ojos estaban tan viciados, era consecuencia necesaria que todo se viciase. Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo será resplandeciente; mas si fuere malo, también tu cuerpo será tenebroso (13).
14. Así se cumplió entonces a la letra en estos herejes, y se ha cumplido, se cumple y cumplirá siempre lo que dice la misma Escritura: quien busca la ley, lleno será de ella; y el que obra con hipocresía, tropezará con ella (14). Leyendo la Escritura con tan malos ojos, o con intenciones tan torcidas, ¿qué maravilla es que en lugar de la verdad que no buscan, hallen el error y el escándalo que buscan? ¿Qué maravilla es que hallado lo que buscan para ruina de sí mismos (15), en ello se obstinen, como en un hallazgo de suma importancia, para poder defender de algún modo y llevar adelante sus errores? Se les mostraba entonces, y se les muestra hasta ahora su mala fe, en sacar el texto de su contexto, y en darle otro sentido diversísimo y ajenísimo del obvio y literal; pero todo en vano. Su respuesta no fue entonces, ni hasta ahora ha sido otra, que avanzar otro y otros errores, mezclados siempre con calumnias y con injurias.
¿Podremos con todo esto decir, que estos y otros errores semejantes han tenido su origen en la letra de la Escritura?
15. Demos un paso más adelante: avanzó Calvino, y algunos otros, que le precedieron y le siguieron, que Jesucristo no está real y verdaderamente presente en el sacramento de la Eucaristía. Y como si esto fuese claro y expreso en la Escritura, desafiaban a cualquiera que fuese a la disputa, con tal que no llevase, ni usase de otras armas que de la misma Escritura; a quien protestaban un sumo respeto y veneración, con hipocresía hablando mentira (16).
Vos o yo verbigracia que soy católico, y tengo suficiente conocimiento de causa, admito de buena gana el desafío, y entro a la disputa con la Biblia en la mano; mas antes de abrirla, les pido de gracia que muestren aquel lugar o lugares de la Escritura, de donde han sacado esta novedad. La presencia real de Cristo en la Eucaristía, añado, cuenta ya tantos años de posesión, cuantos tiene la Iglesia del mismo Cristo, la cual como consta de la tradición constante y universal, y también de todas las historias eclesiásticas, siempre lo ha creído, lo ha enseñado, y lo ha practicado. Así lo recibió de los Apóstoles, y así lo halla expreso en las mismas Escrituras. Yo pues, como todos los católicos, estamos en posesión legítima de esta presencia real; y una posesión legítima inmemorial, basta y sobra para fundar un derecho cierto.
16. No basta, me responden tumultuosamente: cuando se halla, y se produce en juicio algún instrumento o escritura auténtica que prueba lo contrario, va por tierra la posesión inmemorial.
Bien: muéstrese, pues, digo yo, este instrumento, esta escritura para ver lo que dice, y en qué términos habla. Por más esfuerzos que hacen, y por más que vuelven y revuelven toda la Biblia, nada producen en realidad, nada muestran, ni pueden mostrar, que destruya, que contradiga, que repugne de algún modo a mi posesión y a mi derecho.
¿Dónde está, pues, este lugar de la Escritura Santa? ¿De dónde, por tomarlo literalmente, bebieron este error? Por el contrario, yo les muestro, no uno, sino muchos lugares de la misma Escritura que están claramente a mi favor. Les muestro en primer lugar, los cuatro Evangelistas (17), que lo dicen con toda claridad, cuando hablan de la última cena. San Juan, aunque nada dice en esta ocasión, ocupado enteramente en otros misterios admirables que los otros Evangelistas habían omitido; pero ya lo dejaba dicho y repetido en el capítulo seis de su Evangelio; mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne, y bebe mi sangre, etcétera. El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo (18). Les muestro en fin la instrucción que sobre este punto da el Apóstol San Pablo a la Iglesia de Corinto y en ella a todas las demás, diciendo que lo que aquí les enseña, lo ha recibido inmediatamente del Señor: porque yo recibí del Señor, etcétera (19), y amenazando con el juicio de Dios a los que reciben indignamente este sacramento, no haciendo la debida distinción entre el pan ordinario y el cuerpo del Señor: porque el que come y bebe indignamente, etc. (20)
17. Mostrados todos estos lugares de la Escritura, claros e innegables, sólo les pido, o por gracia o por justicia, que no les quiten su propio y natural sentido, que es aquel obvio y literal que muestran las palabras; pues esto no es lícito hacer, ni aun con los escritos del mismo Calvino.
Si no atreviéndose a negar una petición tan justa, me conceden el sentido obvio y literal, para los textos de que hablamos, con esto sólo, sin otra diligencia, tenemos disipado el error; no hay necesidad de pasar a otros argumentos, está concluida la disputa. Mas si mi petición no halla lugar, si se obstinan en negar que la Escritura Divina dice lo que ven nuestros ojos; si pretenden que diciendo una cosa, se entienda otra, etcétera, el error irá siempre adelante, y tendremos disputa para muchos siglos.
18. Lo que digo de este error en particular, digo generalmente de todos cuantos errores y herejías han perturbado, afligido y escandalizado la Iglesia. Yo ninguno hallo en la historia y en la serie de diez y siete siglos, que no haya tenido el mismo principio. Una vez depravado el corazón, es bien fácil que tras él se deprave el entendimiento, y facilísimo también depravar todas aquellas escrituras auténticas que pueden hacer oposición. Esta depravación de las Escrituras, que tan común ha sido en todos tiempos, empezó ya desde el tiempo de los Apóstoles, como apunta San Pedro en su segunda epístola al capítulo III, y dice: las que adulteran los indoctos e inconstantes, para ruina de sí mismos (21).
Y desde entonces hasta ahora, siempre se ha notado en estos hombres inestables una de dos cosas: eso es, que, o han alterado y corrompido el texto, añadiendo o quitando alguna palabra, o si esto no han podido, a lo menos impunemente se han obstinado no obstante en negar que el texto dice lo mismo que dice, y lo que lee al punto el que sabe leer.
¿Y por qué todos estos esfuerzos, sino por miedo de la letra? ¿Por qué tanto miedo a la letra, sino porque debe caer y desvanecerse infaliblemente su opinión, si se cree y admite lo que dice la letra? Luego no es la letra la que los ha hecho errar.
19. No hablo ahora de aquellos otros inestables que han combatido otras verdades, las cuales aunque no constan claramente de la Escritura, no por eso dejan de serlo; y este es todo su argumento. No constan claramente de la Escritura; luego no son verdades; luego se pueden negar y despreciar sin escrúpulo alguno. ¡Pésima consecuencia!
Se les responde: porque fuera de aquellas infinitas verdades, que constan claramente de la Escritura según la letra, hay todavía algunas otras que recibió la Iglesia por la viva voz de sus primeros maestros, los cuales las recibieron del mismo modo por la viva voz del Hijo de Dios ya resucitado, apareciéndose por cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios (22), y también por inspiración del Espíritu Santo que en ellos habitaba; las cuales verdades ha conservado siempre fiel y constantemente desde sus principios; siempre las ha creído, las ha enseñado, las ha practicado pública y universalmente en todas partes, y en todos tiempos, sin interrupción ni novedad sustancial, como son estas cinco principales: primera, el símbolo de su fe, segunda, los siete sacramentos, tercera, la jerarquía, cuarta, la perpetua virginidad de la Santísima Madre del Mesías, quinta, la Escritura misma, como ahora la tenemos, sin más variedad que la que es indispensable en las versiones de una lengua a otra.
20. Algunas otras verdades señalan los Doctores, las cuales o no son tan seguras, o no son tan interesantes, o se pueden reducir a estas cinco, a quienes no se les halla otro principio que los Apóstoles.
Así decimos confiadamente con San Ambrosio: despréciense los argumentos cuando se trata de buscar la fe, y calle la dialéctica; porque entonces se cree a la Iglesia y no a los filósofos (23).
Importa, pues, poquísimo que no se hallen estas verdades en las Escrituras. Basta que no se halle lo contrario clara y expresamente, que en este caso, cualquiera tradición dejará de serlo, o por mejor decir quedará convencida de falsa tradición. Y basta que la Iglesia las haya siempre creído, siempre enseñado, y siempre practicado.
Los que a todo esto no se rindieren, darán una prueba más que suficiente para pensar que todo el mal está en el corazón. Por consiguiente, no queda para ellos otro remedio, si acaso este nombre le puede competir, que aquel terrible y durísimo que ya está registrado en el Evangelio: y si no oyere a la Iglesia, tenlo como un gentil, y un publicano (24).
Párrafo III
21. Cuanto a los católicos y píos, que alguna vez erraron, o mucho o poco, decimos casi lo mismo que de los herejes; mas con esta grande y notable diferencia que hace toda su apología; que si en algo erraron alguna vez, su error no fue de corazón, sino de entendimiento, y cuando llegaron a conocerlo, lo retractaron al punto con verdad y simplicidad.
Mas si buscamos con mediana atención el verdadero origen de estos errores, lejos de hallarlo en la letra o sentido literal de la Escritura, lo hallamos siempre o casi siempre en todo lo contrario.
Todos los errores que se atribuyen a Orígenes, hombre por otra parte grande y célebre por su sabiduría y santidad de vida, parece cierto que no tuvieron otro principio. Siendo joven tuvo la desgracia de entender y practicar en sí mismo un texto del Evangelio. No digo ya según su sentido obvio y literal, que esto es falsísimo, sino en un sentido grosero, ridículo, ajeno del espíritu del Evangelio, y de la letra misma, que no dice ni aconseja tal cosa. Como esta mala inteligencia le costó cara, empezó desde luego a mirar con otros ojos la Escritura, inclinando siempre su inteligencia, no ya a lo que decía, sino a alguna cosa muy distante, que no decía. Casi cada palabra debía tener otro sentido oculto, que era preciso buscar o adivinar. Y la Escritura en sus manos no era ya otra cosa más que un libro de enigmas.
22. Alegaba para esto el texto de San Pablo: porque la letra mata; y el espíritu vivifica (25); el cual entendía del mismo modo, y con la misma grosería como había entendido aquel otro: hay castrados que a sí mismos se castraron por amor del reino de los cielos (26). Fundado en un principio tan falso, como era la inteligencia de la letra mata; ¿qué maravilla que errase? Maravilla hubiera sido lo contrario; como lo es que sus errores no fuesen más y mayores de los que se hallan en sus escritos. Si acaso son suyos y no prestados por los infinitos enemigos que tuvo, todos los errores que corren en su nombre, que esto no está todavía bien decidido.
23. Este ejemplar que pongo de Orígenes, lo podéis aplicar sin temor a todos cuantos han errado en la exposición de la Escritura, o contra alguna verdad de la Escritura, que estos son los errores de que aquí hablamos, sean estos antiguos o modernos, sean de santos o no lo sean.
Si erraron contra alguna verdad de la Escritura, este error parece que no podía nacer sino de dos principios: o porque dejaron el sentido literal de aquel lugar, en cuya inteligencia erraron; o porque lo siguieron fielmente, y se acomodaron a él.
Si lo primero; luego en esto está el peligro y el precipicio. Si lo segundo; luego no es falsa, sino buena y segura la regla de Teodoreto: la misma letra algunas veces dice una falsedad (27).
Luego no es verdadera, sino falsa y peligrosa, aquella regla primaria y fundamental, que asientan todos los doctores con San Agustín. Es a saber: que la Escritura Divina se debe entender en su propio y natural sentido, según la letra, o según la historia, cuando en ello no se hallase alguna contradicción clara y manifiesta, lo cual está muy lejos de suceder.
Párrafo IV
24. Pues ¿no es verdadera aquella sentencia del Apóstol y doctor de las gentes, la letra mata, y el espíritu vivifica (28)? ¿No es verdad, según esta sentencia, que la Escritura Divina, entendida a la letra, mata al pobre simple que la entiende así; mas vivifica al sabio y espiritual que la entiende espiritualmente? Os respondo, señor, con toda cortesía, que lo que dice San Pablo, es una verdad, y una verdad de grande importancia; mas no lo es, sino una falsedad grosera y aun ridícula, la interpretación que acabáis de darle.
25. La letra de que habla el Apóstol, como puede ver cualquiera que tuviese ojos, no es otra que la ley grabada con letras sobre piedras (29), que Dios dio a su pueblo por medio de Moisés.
Esta letra, o esta ley escrita, comparada con la ley de gracia, dice el Santo que mata. ¿Por qué? No solamente porque mandaba con rigor y con amenazas terribles, ya de muerte, ya de otros castigos y calamidades; no solamente porque aquella ley descubrió muchas cosas que de suyo eran pecado, las cuales, aunque habían hasta entonces reinado en el mundo, no todas se habían imputado, no habiendo ley expresa que las prohibiese como dice a los Romanos: mas no era imputado el pecado, cuando no había ley (30).
Mataba pues aquella ley, o no vivificaba como lo hace la ley de gracia porque no dio, ni daba espíritu; es decir, que cuando se promulgó en el monte Sinaí, no se dio junto con ella el espíritu vivificante. No era todavía su tiempo. Lo reservaba Dios para otro tiempo más oportuno, en que el Mesías mismo, concluida la misión de su eterno Padre sobre la redención del mundo, resucitase y fuese glorificado: porque aún no había sido dado el espíritu, por cuanto Jesús no había sido aún glorificado (31).
26. Por el contrario, la ley de gracia en el día de su promulgación no se escribió otra vez en tablas de piedra, sino en las tablas del corazón (32); no con letras formadas y materiales, sino con el espíritu vivificante de Dios vivo, que en aquel día se difundió abundantemente por Jesucristo en los corazones simples y puros de los creyentes, dejándolos iluminados, enseñados y fortalecidos para abrazar aquella ley y cumplirla con toda perfección, no ya por temor como esclavos, sino por amor como hijos de Dios, de que el mismo espíritu les daba testimonio y prenda segura. Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, etc. (33)
27. Pues como este espíritu que entonces se dio, no fue una cosa pasajera, limitada a aquel solo día, sino permanente y estable, que se debía dar en todos tiempos, y a todos los creyentes que quisiesen darle lugar.
Por eso dice el Apóstol que el espíritu de la ley de gracia vivifica; y no vivifica, antes mata la ley escrita, porque no había en ella tal espíritu. Esto es lo que sólo dice San Pablo, y esta es en sustancia la explicación que dan a este texto los autores juiciosos, cuando llegan a él.
Digo, cuando llegan a él, porque no siempre que lo citan proceden con el mismo juicio. Muchas veces se ve, que a la inteligencia literal de un texto claro de la Escritura, le dan el nombre de inteligencia, según la letra que mata, aludiendo sin duda al la letra mata de San Pablo, mas lo entienden en aquel sentido que ni tiene, ni puede tener.
Leed el libro sobre el espíritu y la letra de San Agustín, y allí hallaréis desde el principio la censura que merecen los que pretenden defenderse con este texto para dejar el sentido propio de la Escritura, y pasarse a la pura alegoría.
La alegoría es buena, cuando se usa con moderación, y sin perjuicio alguno de la letra; la cual se debe salvar en primer lugar. Asegurada ésta, alegorizad cuanto quisiereis, sacad figuras, moralidades, conceptos predicables, etcétera, que puedan ser de edificación a los que leyeren, con tal que no se opongan a algún otro lugar de la Escritura, según su propio y natural sentido.
Párrafo V
28. No se puede negar que muchas cosas se leen en la Escritura, que tomadas, según la letra, y aun estudiando prolijamente todo su contexto, no se entienden. Pero ¿qué mucho que no se entiendan? ¿Os parece preciso y de absoluta necesidad, que todo se entienda y en todos tiempos?
Si bien lo miráis, esta ignorancia, o esta falta de inteligencia en muchas cosas de la Escritura, máximamente en lo que es profecía, sucede por una de dos causas: o porque todavía no ha llegado su tiempo, o porque no se acomodan bien, antes se oponen manifiestamente a aquel sistema, o a aquellas ideas que ya habíamos adoptado como buenas.
Si para muchas no ha llegado el tiempo de entenderse, ni ser útil la inteligencia, ¿cómo las pensamos entender? ¿Cómo hemos de entender aquello de la sabiduría infinita que Dios quiso dejarnos revelado, sí, pero ocultísimo debajo de oscuras metáforas, para que no se entendiese fuera de su tiempo?
La inteligencia de estas cosas, no depende, señor mío, de nuestro ingenio, de nuestro estudio, ni de la santidad de nuestra vida; depende solamente de que Dios quiera darnos la llave, de que quiera darnos el espíritu de inteligencia. Porque si el gran Señor quisiere, le llenará de espíritu de inteligencia (34), y Dios no acostumbra dar sino a su tiempo; mucho menos aquellas cosas que fuera d5e su tiempo pudieran hacer más daño que provecho.
Los antiguos es innegable, que no entendieron muchas cosas que ahora entendemos nosotros, y los venideros entenderán muchas otras, que nos parecen ahora ininteligibles; porque al fin no se escribieron sino para algún fin determinado, y este fin no pudiera conseguirse, si siempre quedasen ocultas. Ocultas estaban, y lo hubieran estado toda la eternidad sin escribirse, ni habría para que usar esta diligencia inútil e indigna de Dios.
29. De un modo semejante discurrimos sobre la segunda causa de nuestra falta de inteligencia. Si algunas cosas, y no pocas, de las que leemos en las Escrituras no se acomodan con aquel sistema, o con aquellas ideas que hemos adoptado, antes se les oponen manifiestamente, ¿cómo será posible en este caso que las podamos entender?
Al paso que el sistema nos parezca único, y nuestras ideas evidentes, a esa mismo paso deberá crecer la oscuridad de aquellas Escrituras, que son visiblemente contrarias, y algunas veces contradictorias. Se harán en todos tiempos esfuerzos grandísimos por los mayores ingenios para conciliar estos dos enemigos; mas serán inútiles necesariamente. ¿Por qué razón? Por la misma que acabamos de apuntar. Porque nuestro sistema nos parece único, y nuestras ideas evidentes. Y siendo así todos los esfuerzos que se hicieren, no se encaminarán a otro fin que hacer ceder a las Escrituras, para que se acomoden al sistema, quedando éste victorioso sin haber perdido un punto de su puesto.
Mas como la verdad de Dios es esencialmente inmutable y eterna, incapaz de ceder a todos los esfuerzos de las criaturas; esta misma firmeza inalterable vendrá a ser por una consecuencia natural, toda la causa de su oscuridad. Como si dijéramos: este lugar de la Escritura y otros semejantes no se pueden acomodar a nuestro sistema con todos los esfuerzos que se han hecho; luego son lugares oscuros; luego se deben entender en otro sentido; luego será preciso buscar otro sentido, el más a propósito para que se acomoden, a lo menos para que no se opongan al sistema.
30. Este modo de argumentar, os parecerá sin duda poco justo; y no obstante, es increíble el uso que tiene. Y ¿quién sabe, amigo (guardad por ahora este secreto hasta que lo veáis por vuestros ojos en toda la segunda parte), quien sabe si aquellas amenazas que nos hacen de error y peligro en el sentido literal de la Escritura, miran solamente a estas cosas inacomodables al sistema que han adoptado?
Estas amenazas no se extienden ciertamente a toda la Escritura; pues ellos mismos buscan, y admiten en cuanto les es posible este sentido literal. Con que sólo deben limitarse a algunas cosas particulares.
¿Cuáles son estas? Son aquellas puntualmente, y a mi parecer únicamente, cuya observación y examen es el asunto primario de este escrito, pertenecientes todas a la segunda venida del Señor.
Notas:
1- Sapientiam Dei pæcedentem omnia, quis investigavit? (Eccli., I, 3).
2- Ecce coram Deo, quia non mentior. (Ad Galat., I, 20).
3- Imposibile est mentiri Deum. (Ad Hebre., VI, 18).
4- In omnibus verbis suis. (Psalm. CXLIV, 13).
5- Fecit quoque Dominus Deus Adæ, et uxori ejus tunicas pelliceas, et induit eos. (Gen., III, 21).
6- Non oportet adhærere nudæ litteræ Scripturæ sanctæ, tamquam veræ; sed thesaurum in littera latentem quærere, eo quod ipsa littera divinæ Scripturæ interdum falsum dicat. (Teodoret., q. 39).
7- Cessaverat enim Deus ab omni opere. (Vide Gen., II, 2).
8- Non oportet adhærere nudæ litteræ Scripturæ sanctæ, tamquam veræ; sed thesaurum in littera latentem quærere, eo quod ipsa littera divinæ Scripturæ interdum falsum dicat. (Teodoret., q. 39).
9- Qui no potest transvadari. (Ezeq., XLVII, 5).
10-Deserviens uniuscujusque voluntati, ad quod quisque volebat, convertebatur. (Sap., XVI, 21).
11- Omnis arbor bona fructus bonos facit: mala autem arbor malos fructus facit. Non potest arbor bona malos fructus facere: neque arbor mala bonos fructus facere. (Mat., VII, 17 et 18).
12- Omnis arbor quæ non facit fructum bonum, excidetur, et in ignem mittetur. (Mat., VII, 19).
13- Si oculus tuus fuerit simplex, totum corpus tuum lucidum erit; si autem nequam fuerit, etiam corpus tuum tenebrosum erit. (Luc., XI, 34).
14- Qui quærit legem, replebitur ab ea, et qui insidiose agit, scandalizabitur in ea. (Eccli. XXXII, 19).
15- Ad suam ipsorum perditionem. (II Pet., III, 16).
16- In hypocrisi loquentium mendacium. (Ad Tim., IV, 2).
17-Mat., XXVI, 27-28. Marc., XIV, 22-24. Luc., XXII, 17-20.
18- Caro enim mea vere est cibus, et sanguis meus vere est potus. Qui manducat meam carnem, et bibit meum sanguinem, etc. Panis quem ego dabo, caro mea est pro mundi vita. (Joan., VI, 56-57, et 52).
19- Ego enim accepi a Domino, etc. (I ad Cor., XI, 23).
20- Qui enim manducat, et bibit indigue, etc. (I ad Cor. XI, 29).
21- Quæ indocti, et instabiles depravant,… ad suam ipsorum perditionem. (I Pet., III, 16).
22-Per dies quadraginta apparens eis, et loquens de regno Dei. (Act., I, 3).
23- Aufer argumenta, ubi fides quæritur, jam dialectica taceat: piscatoribus creditur, non dialecticis. (Ambrosius, de Fide Cath, lib. I, cap. V).
24-Si autem Ecclesiam non audierit, sit tibi sicut ethnicus et publicanus. (Mat., XVIII, 17).
25- Littera enim occidit, spiritus autem vivificat. (II ad Cor., III, 6).
26- Sunt enim eunuchi… qui seipsos castraverunt propter regnum cælorum. (Mat., XIX, 12).
27- Non oportet adhærere nudæ litteræ Scripturæ sanctæ, tamquam veræ; sed thesaurum in littera latentem quærere, eo quod ipsa littera divinæ Scripturæ interdum falsum dicat. (Teodoret., q. 39).
28- Littera enim occidit, spiritus autem vivificat. (II ad Cor., III, 6).
29- Litteris deformata in lapidibus. (II ad Cor., III, 7).
30- Peccatum autem non imputabatur, cum lex non esset. (Ad Rom., V, 13).
31- Nondum enim erat Spiritus datus, quia Jesus nondum erat glorificatus. (Ad Rom. VII, 39).
32- Non in tabulis lapideis, sed in tabulis cordis. (II ad Cor., III, 3).
33- Ipse enim Spiritus testimonium reddit spiritui nostro, etc. (Ad Rom., VIII, 16).
34- Si enim Dominus magnus voluerit, spiritu intelligentiæ replebit illum. (Eccli., XXXIX, 8).
