ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Para algunos, que confiaban en sí mismos, como si fuesen justos, y despreciaban a los otros, dijo esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar, el uno fariseo, el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba en su corazón de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como el publicano ese. Ayuno dos veces en la semana y doy el diezmo de todo cuanto poseo”. El publicano, por su parte, quedándose a la distancia, no osaba ni aun levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, compadécete de mí, pecador”. Os digo: éste bajó a su casa justificado, mas no el otro; porque el que se eleva, será abajado; y el que se abaja, será elevado.
Colecta: Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia principalmente perdonando y usando de clemencia, multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, corriendo hacia tus promesas, nos hagas partícipes de los bienes celestiales.
La parábola del Evangelio y la Oración Colecta de este Domingo manifiestan claramente la diferencia entre Cristo y los fariseos de todos los tiempos.
Los fariseos, en nombre de sus pasiones, explotan egoístamente personas y cosas, arrastran por el fango a la creatura de Dios, y después la desprecian y quieren lapidarla.
Cristo, por el contrario, aun condenando la culpa, perdona al culpable, lo levanta y le da, por los méritos de su Sangre purificadora, un nuevo par de alas… Él es el Dios de la esperanza que se acerca al caído, le alarga su diestra y lo redime.
Tal vez en ningún otro punto como en éste la moral cristiana prueba que es moral de amor.
Las inteligencias y las voluntades han aprendido de los labios de Jesús que Él ha venido no por los justos, sino por los pecadores, porque no son los sanos quienes necesitan del médico, sino los enfermos; han aprendido con sorpresa que en el Cielo se hace mayor fiesta por el pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia.
Y a través de los siglos, los capítulos evangélicos que reflejan la inefable bondad de Jesús hacia las almas pecadoras fueron saludados siempre con espíritu agradecido.
Jesús dijo al paralítico que estuvo enfermo durante treinta y ocho años y a quien sanó con una sola palabra: No peques más, no sea que te suceda algo peor.
Jesús ha tomado la defensa de la mujer sorprendida en adulterio: El que de vosotros se halle sin pecado, tire la primera piedra, y escribía en tierra. Y cuando los acusadores conscientes de sus propias culpas se alejaron, el divino Maestro preguntó a la mujer: ¿Nadie te ha condenado? Nadie, Señor. Yo tampoco te condenaré; vete en paz y en adelante no peques más.
María Magdalena se arrojó a los pies de Jesús y lloró los escándalos de su vida. El fariseo se escandalizó, pero Jesús anunció que a esta mujer le eran perdonados muchos pecados, porque había amado mucho. Y la quiso al pie de su Cruz, al lado del candor de la Inmaculada y de la virginidad de Juan, y después de su resurrección le concedió la precedencia en las apariciones a sus discípulos.
Y la Samaritana será trocada de pecadora en piadosa mujer; será en el camino de Jericó que Zaqueo, principal entre los publicanos, con un toque de la divina misericordia de Jesús, se convertirá en discípulo suyo y dé la mitad de sus bienes a los pobres; será Pedro, convertido por una mirada divinamente dulce y triste, que llorará una vida entera; será en el mismo Calvario, en las últimas horas y entre las amarguras de la agonía, que el buen ladrón escuchará el Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Y ¿qué es el Gólgota, qué el Crucificado, sino el perdón, la redención, la remisión de los pecados?
Todo esto es un poema de amor de la verdadera naturaleza de la moral cristiana. Y aquí todo sentimiento de desesperación es reprobado; a cada uno —aunque se trate del hombre más infame y más criminal— Jesús, el Salvador, le habla, con divina ternura, de perdón, de rehabilitación, de reconquista, de desquite, de esperanza; a cada uno muestra su Corazón que llama y espera.
A cada uno de nosotros Él nos ha perdonado; y el que se postra ante Él no se humilla, sino por el contrario se siente consolado, y entona el canto del agradecimiento al Dios del amor.
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Con el pecado hemos preferido las cosas de la tierra, hemos negado el amor a Dios, hemos caminado hacia la muerte; con el arrepentimiento, al restablecer el orden perturbado, nos dirigimos de nuevo a Dios, le pedimos perdón del mal realizado, le aseguramos que lo amaremos siempre y que nunca más traicionaremos su Amor.
Pero la ley cristiana del Amor, la que se actúa en la virtud practicada en la vida, es un ideal que debe ser realizado entre dificultades, entre luchas, y, por desgracia, alguna vez entre derrotas.
Y los combates no terminan jamás; se suceden, se turnan, se cambian, continúan incesantemente.
Y todo conflicto se reduce, en último análisis, a un conflicto entre el amor a Dios y el amor a lo que no es Dios.
El primer combate importante, que cada hombre debe sostener, es el del egoísmo.
Entonces dos normas están frente a frente y a cada momento chocan entre sí: la moral cristiana y el egoísmo.
De aquí la soberbia, el primero de los pecados capitales; de aquí la vanagloria, el amor propio.
Y como consecuencia de este enemigo, surge un mundo de defectos y de culpas, que son sus fatales secuelas. Al amor a Dios se sustituye el egoísmo y por esto la disgregación, la dispersión, la oposición, el odio, con los diversos frutos envenenados que de él derivan.
De ahí las autoincensaciones y la adoración del propio yo, centro del mundo, tomará formas variadísimas.
El egoísmo no sólo nos cubre de ridículo, sino que nos conduce también a mil disparates, más o menos graves y groseros, según las tareas confiadas a nuestra persona.
Si consideramos las desastrosas consecuencias del egoísmo y de la sustitución del amor de Dios por el amor propio, vemos cómo Satanás —la figura típica del orgullo— cayó precipitado en el infierno.
Nosotros también, por el mismo pecado, con frecuencia nos precipitamos en el abismo de los desengaños, de las amarguras, de las inquietudes, de las necesidades.
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¿Cuál es, pues, la diferencia entre el soberbio y el cristiano?
El soberbio dice: el verdadero Dios soy yo; todo depende de mí.
El cristiano responde: no, no soy yo quien ha creado el mundo; no soy yo quien me he dado la existencia y las dotes que poseo. En todo esto saludo el amor de Dios por mí.
El soberbio dice: yo soy grande; si no tuviese fe en mis fuerzas, nada haría.
El cristiano responde: yo soy un conjunto de fuerza y de debilidad, de buenas inclinaciones y de malos instintos. Es insensatez no formarse conciencia de las propias deficiencias, y al mismo tiempo es muy peligroso. Es verdad que tengo una voluntad preciosa de la que depende mi resolución y es también don del Amor de Dios; pero es verdad asimismo que las dificultades son múltiples y graves. Sin embargo, éstas no deben aterrarme. Deposito mi confianza no en mi yo humano, sino en mi yo divinizado por la gracia, fortificado por Dios, y entonces puedo exclamar con San Pablo: Todo lo puedo en Aquél que me conforta.
El soberbio dice: los demás existen para mí.
El cristiano responde: no; los otros existen para Dios; y yo los debo amar como a hermanos. ¡Cuántas deudas de gratitud tengo con mi prójimo! Soy deudor a los demás de la vida, de la civilización, de la cultura, de mil y mil cosas más.
El soberbio dice: puedo aplastar a los demás con pie inexorable y servirme de ellos como de escabel, puedo sacrificar por mí a los demás.
El cristiano responde: no; no tengo derecho a sacrificar a nadie; antes debo sacrificarme yo mismo por mi prójimo. Sólo así haré algo grande para mí, para mi familia, para la patria, para la Iglesia.
La diferencia reside, pues, en el objeto del amor: el soberbio se ama a sí mismo; el cristiano ama a Dios, y a sí mismo y al prójimo en Dios.
Obrando así el cristiano no va a su aniquilamiento, antes bien va a su grandeza; no se acobarda ante ninguna empresa con tal de que Dios lo llame a ella; concede un valor eterno a su vida.
En una palabra: la humildad es grandeza de caridad; el orgullo es egoísmo del alma.
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Dios nos ha creado por amor; por amor nos ha elevado al orden sobrenatural y nos ha unido a Él con la gracia y con la caridad; por amor quiere que no estemos separados de Él, ni en ésta, ni en la otra vida.
Por lo tanto, de parte de Dios, el Paraíso es su Amor a nosotros y el premio de nuestro amor a Él.
De nuestra parte, en este período de prueba, conquistamos el Paraíso con el amor que profesamos a Dios, observando la ley moral por amor, amándolo sobre todas las cosas, y amando a nuestro prójimo por su amor; y el grado del premio será proporcionado al grado de nuestro amor.
La bienaventuranza eterna consiste en esta posesión segura y perenne del Ser que es todo el Ser y por esto satisface todo deseo; es la visión intuitiva que nos revelará los secretos de la Caridad infinita de Dios.
Pero entonces, ¿qué implica el Paraíso?
Implica el amor a Dios con todo el corazón, con toda la inteligencia, con todas las fuerzas.
Quien no tiene la pureza del amor, o sea, quien muere teniendo aún alguna satisfacción que dar, o también algún amor a las creaturas o a las culpas, no puede entrar en el Paraíso.
Si amamos desordenadamente a las creaturas, si todavía debemos alguna satisfacción a la justicia divina, Dios no nos une a Él en la gloria.
Es ésta la razón del Purgatorio. El amor de Dios lo ha creado para purificar a las almas de todo otro amor y de toda mancha y hacerlas capaces de la visión y de la posesión del Amor infinito.
Alguien se asombrará al oír hablar ahora del infierno en función del concepto de Amor…
Pero no se maravilló Dante, en sus tercetos:
Por mí se va tras la ciudad doliente,
Por mí se va al eterno sufrimiento,
Por mí se va con la maldita gente.
Movió a mi Autor el justiciero aliento;
Hízome la Divina Gobernanza,
El Primer Amor; el Alto Pensamiento.
Antes de mí, no hubo jamás crianza,
Sino lo eterno; yo por siempre duro:
¡Abandona al entrar toda esperanza!
Para comprender el pensamiento de Dante es útil hacer una reflexión.
Analicemos el estado de alma de los que no quieren concebir un Infierno eterno. Si se observa bien, esta pretensión oculta el más brutal y el más descarado egoísmo.
En efecto, podría enunciarse así: «Yo pecador, no quiero amar a Dios ahora, en este periodo de prueba en que debería mostrar con mi vida moral mi amor hacia Él; a Él prefiero la carne, el oro y otras cosas por el estilo, mi yo. Hasta la muerte, hasta el último instante quiero conservar esta orientación espiritual. Más adelante, cuando con el término de mi existencia terrenal no pueda gozar ya de estos bienes, entonces…, ¡entonces Dios sería injusto, si no me concediese su amor! ¿Por qué debe tenerme separado de Él por toda la eternidad? ¿Por qué debe hacerme sufrir por siempre? Para aquel entonces cambiaré de parecer. Me dirigiré a Dios cuando no pueda desear otra cosa. Pero entendámonos: si entonces yo pudiese gozar aun, como ahora, prescindiría de Dios…»
Por lo tanto, el contraste entre Dios y el réprobo se manifiesta en esta forma.
Por una parte, tenemos el Amor infinito; tenemos a Jesucristo que nos ha amado hasta encarnarse y morir por nosotros; tenemos tal profusión de amor y de gracias que Dios puede preguntarse con toda razón: «¿qué más pude hacer por mi viña y no lo he hecho?»; tenemos una continua insistencia de Dios sobre el pecador hasta el último aliento.
Por otra parte, tenemos la repulsa voluntaria, culpable, obstinada del Amor a Dios.
El tiempo de prueba concluye con la muerte. Hasta la separación del alma del cuerpo, Dios llama al hijo rebelde y le advierte que de él depende una eternidad. Y el hijo rechaza el llamamiento del Primer Amor.
¿Acaso la justicia no exige un castigo proporcionado a la culpa? Y ¿cómo se puede negar que la culpa en este caso es de gravedad infinita, por ser infinitos el Amor insultado y la estúpida rebelión?
De aquí la pena de daño en la que consiste esencialmente el Infierno, o sea, la separación eterna del Amor y el eterno odio a Dios.
De aquí la exactísima definición que Santa Catalina de Génova daba de Satanás: el que no ama, ni puede amar.
La ley moral tendrá así su sanción perfecta en el Amor conquistado o perdido por siempre.
La simple exposición de la moral cristiana basta para disipar las trilladas y retrilladas objeciones acerca de la invocada injusticia de Dios por parte del utilitarismo y del egoísmo de nuestra ética.
Con la caridad, con la noción de un amor, no simplemente humano, sino elevado por la gracia, es necesario leer el Nuevo Testamento, cuando San Juan afirma: Hemos conocido la caridad que Dios nos tiene, y hemos creído en esa caridad. Dios es caridad; y el que permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios permanece en él.
Os digo que el publicano bajó a su casa justificado, mas no el fariseo; porque el que se eleva, será abajado; y el que se abaja, será elevado.
Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia principalmente perdonando y usando de clemencia, multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, corriendo hacia tus promesas, nos hagas partícipes de los bienes celestiales.

