REYNALDO: EXAMINAOS

LA ARMADURA DE DIOS

¿CÓMO PUEDO SABER SI TENGO FE?

“PROBAOS A VOSOTROS MISMOS PARA SABER SI TENÉIS LA FE. VOSOTROS MISMOS EXAMINAOS” (II Corintios, XIII: 5)

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En este brevísimo versículo, el apóstol nos invita a hacer un auto-examen para determinar si realmente tenemos fe, y yo diría más, para conocer “cuál es el nivel de nuestra fe”.

Todos los maestros religiosos, libros de piedad y compendios de espiritualidad proponen el “examen de conciencia” como un medio de crecimiento espiritual. No hay devocionario, por insignificante que sea, que no sugiera que hagamos un examen de conciencia antes de entregarnos al sueño cada noche. Y para los que aspiran a una mayor perfección, existen también otros tipos de exámenes, como por ejemplo, el “examen particular” para vencer las faltas que más a menudo cometemos y que son, como dice el libro del Cantar de los Cantares, las “zorras pequeñitas, que son las que echan a perder las cosechas”.

La propia Escritura nos invita a examinarnos. Citemos tres ejemplos:

1- En el Salmo 4, que se recita en la última hora canónica (“Completas”) del Oficio Divino del domingo, dice el versículo 5: “Irascimini et nolite peccare: quæ dicitis in cordibus vestris, in cubilibus vestris compungimini” (que traducido sería: “Airaos mas no pequéis, de lo que decís en vuestros corazones, arrepentíos en vuestros lechos”. Y me agrada la versión de Straubinger en esta última parte: “… en vuestros lechos, recapacitad y enmudeced.

 

2- En el Libro de las Lamentaciones de Jeremías, el Profeta nos pide en el capítulo III y versículo 40: “Examinemos y escudriñemos nuestros caminos, y convirtámonos a Yavéh”.

 

3- En el capítulo 11 de la Primera Epístola a los Corintios, San Pablo también nos insta a “examinarnos a nosotros mismos” y dice que “si nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Mas siendo juzgados por el Señor, somos corregidos para no ser condenados con el mundo” (vv. 31-32).

Y en el versículo que nos ocupa en la Segunda Epístola de San Pablo a los Corintios, el verbo griego en imperativo que emplea el apóstol es “Peirázete[πειράζετε] y sólo aparece en este pasaje. El verbo raíz significa: “probar, escudriñar, examinar y disciplinar”.

Reuniendo, entonces, todas esas acepciones, el mensaje del Santo Apóstol para nosotros es:

Aceptemos, pues, el desafío y comencemos a hacerlo; pero para ello, vamos a definir algo muy importante, y es lo siguiente:

QUE LA FE NO SE MIDE POR HAZAÑAS. En el capítulo 7 del Evangelio según San Mateo, en los versículos 22-23, Jesús nos dice que en el día postrero, muchos alegarán que hicieron muchos milagros, que echaron fuera demonios y que profetizaron, y sin embargo, Nuestro Señor les dirá: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Si leen el capítulo 6 del Evangelio de San Marcos con sumo cuidado, se darán cuenta de que el propio Judas Iscariote –sí, ¡Judas Iscariote!, el traidor– hacía milagros, predicaba, sanaba enfermos, expulsaba demonios, etc., y sin embargo, TODOS CONOCEMOS SU FINAL.

En el capítulo 10, versículo 41, del Evangelio según San Juan, el Señor Jesucristo dijo que “Juan el Bautista NO hizo ningún milagro”, y sin embargo, en el Evangelio según San Mateo, capítulo 11, también dijo que “entre los nacidos de mujer, no había otro que le superara en estatura espiritual”. Sí, ese San Juan Bautista que renunció a todos los derechos que tenía por su casta sacerdotal y cambió el alimento santo de los ministros del templo por “langostas y miel silvestre”, y cambió las vestiduras talares de lino fino por “la piel de un animal y un cinto de cuero”, ese santo NUNCA HIZO NINGÚN MILAGRO… nunca sanó a ningún enfermo, no echó a ningún demonio (al menos, hasta donde nos cuentan las Escrituras), y aun así, el calibre de su fe y de su santidad no tenía parangón.

Para concluir esta introducción, quiero decir una palabra más: “La fe –y de hecho, toda la santidad– se mide por la disposición que tengamos a decirle “Sí” a Dios en todo”.

Ejemplo elocuentísimo de ello es Nuestra Señora, con Su “hágase en mí según Tu Palabra”, y también Nuestro Señor, con Su “hágase Tu voluntad y no la mía” y Su “sí, Padre, porque así Te agradó”, y el santo rey David, con su “Te alabaré por lo que has hecho y porque lo has hecho así”, y todo un ejército de Santos y Santas de Dios que aceptaban de la Mano Divina todo lo que les sucedía porque veían a Dios en cada acontecimiento de su existencia y estaban convencidos de que Su sabiduría NO PUEDE ERRAR… de que Su Poder NO PUEDE FRACASAR… de que Su Amor NO PUEDE CAMBIAR, y que aún la forma más dura de proceder con ellos era para su ganancia espiritual.

Pues bien, vamos a examinarnos ahora… ¿Cómo puedo saber si tengo fe?

Y el primer punto es prácticamente una repetición de lo que hemos señalado ya…

 

1- PODEMOS DECIR QUE TENEMOS FE cuando somos capaces de “aceptar cualquier cosa que ocurra en nuestra vida sin atribuirle ningún “despropósito” a Dios.

Para contemplarnos en el espejo de la Revelación Divina –como dice el Apóstol Santiago– vamos a abrir el Libro del Santo Job.

Un solo día le bastó a Satanás –con el permiso divino– para ponerle fin a todo lo que poseía este santo varón de Dios: sus rebaños, sus ganados, sus camellos, sus asnos, sus hijos… y su única respuesta a aquel duro trato fue: “Desnudo salí de las entrañas de mi madre y desnudo volveré allá. Yahvé lo ha dado. Yavéh lo ha quitado. ¡Sea bendito el nombre de Yahvé!

Al día siguiente, perdió su propia salud física. Y aun esto aceptó sin un “por qué”, sin un “hasta cuándo”.

Su esposa, que no entendía nada de lo que estaba pasando, lo criticó duramente y lo interpeló de este modo: ¿Todavía perseveras en tu rectitud? ¡Maldice a Dios y muérete!”, a lo cual respondió: -“Hablas como una mujer necia. Si hemos aceptado el bien de parte de Dios, ¿no hemos de aceptar también el mal?

Y esta parte del capítulo 2 termina diciendo: “En todo esto no pecó Job con sus labios”.

Y nosotros…

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Y ahora, vamos para el segundo punto…

2- PODEMOS DECIR QUE TENEMOS FE cuando somos capaces de confiar en Dios a pesar de estar atravesando por tribulaciones que parezcan contradecir Sus promesas.

Al santo profeta Habacuc le tocó vivir la ruina de Samaría… Los campos que un día estaban cuajados de grano, de frutos, de flores, ahora estaban secos. Los establos que otrora estaban llenos de reses, de ovejas, de caballos y de aves, ahora estaban totalmente vacíos. La sequía no parecía ceder….

Y allí, sentado sobre la tierra árida y cuarteada, aquel profeta de Dios exclamó estas palabras registradas en el capítulo 3 de su libro, en los versículos 17-19:

“Pues AUNQUE no florezca la higuera, ni haya fruto en la vid; AUNQUE falte el producto del olivo, y los campos no den alimento; AUNQUE desaparezcan del aprisco las ovejas, y no haya más ganado en los corrales, YO, CON TODO, ME REGOCIJARÉ EN YAHVÉ, Y ME GOZARÉ EN EL DIOS DE MI SALVACIÓN. Yahvé, el Señor, es mi fortaleza, Él me da pies como de ciervo y me hace correr sobre mis alturas”.

Creo que al Señor le encantaría oír de nuestros labios cosas así –fascinarían Su Sacratísimo Corazón: –“Señor, aunque tenga que seguir bebiendo este cáliz amargo, aunque siga padeciendo de esta enfermedad que me preocupa y me aflige, aunque haya tenido que soportar esa ofensa que tanto me dolió, aunque haya personas que me miren con recelo y me dé cuenta claramente de que sus corazones no confían en mí… aunque todo parezca contradecir mis esperanzas, aunque todos mis planes se rompan… YO, CON TODO, ME REGOCIJARÉ EN TI, MI SEÑOR, MI FORTALEZA”.

Y no puedo dejar de mencionar de nuevo al Santo Job.

Tres amigos suyos trataban de hacerle ver que su vida no era agradable a Dios y que ésa era la razón de todos sus sufrimientos… No lo comprendían, lo juzgaban muy mal, lo insultaban, lo calumniaban…

Pero en el paroxismo de todo aquel padecimiento –corporal, moral y espiritual, la traducción literal del hebreo [el Texto Masorético] de las palabras de Job en el capítulo 13 y versículo 15 reza así:

“Dios podría matarme… pero yo en Él confiaré”

Una oración favorita compuesta por el Padre Charles de Foucauld dice así:

Padre, me pongo en Tus manos,

Haz de mí lo que quieras,

Sea lo que sea, Te doy gracias,

Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,

Con tal que Tu voluntad se cumpla en mí.

No deseo nada más, Te confío mi alma,

Te la doy con todo el amor del que soy capaz.

Porque Te amo y necesito entregarme a Ti,

Ponerme en Tus manos porque eres mi Padre.

¿Nos atreveremos a rezarla… sinceramente?

3- PODEMOS DECIR QUE TENEMOS FE cuando somos capaces de mantener una vida devocional a pesar de “no sentir nada” por cuanto las “emociones no cuentan”.

Agradable no es… Ciertamente que no… pero, el Sabio Señor a Quien servimos, quiere ser el centro de nuestra vida, el objeto de todos nuestros pensamientos, la razón de nuestra existencia, el que llene todo nuestro corazón… y por tanto, no quiere que ese lugar que le corresponde solo a Él se lo demos a otras cosas que –por más piadosas y cristianas que parezcan– ¡NO SON ÉL!, y entre ellas podríamos citar, “las emociones”, “los consuelos espirituales”, etc., etc.

Si supiéramos hacer uso de esas cosas en la medida correcta, sería una bendición, pero como somos tan proclives a deleitarnos en esas experiencias y desearlas desmesuradamente, Nuestro Señor se ve obligado a quitárnoslas para enseñarnos a prescindir de todo lo que no sea Su Propia y Divina Persona.

San Pablo afirmó que “sólo por fe andamos” (II Corintos 5: 7).

Decía Santa Teresa de Jesús que era tanta la sequedad que Dios permitió que experimentara en su vida por espacio de veinte años, que ya sabía de memoria la cantidad de las baldosas que había en el coro porque “por mucho que se esforzara en la oración”, lo único que podía hacer era contarlas.

No obstante, el santo profeta Oseas nos enseña en el capítulo 2 de su libro (versículo 14) que Dios “nos conduce al desierto [a la soledad] para hablarnos allí a nuestro corazón, y es en el desierto que Él cambia el “Valle de Acor” [es decir, de ‘turbación’] en puerta de esperanza”.

Fue el propio Espíritu Santo Quien condujo a Jesús al desierto para que fuera tentado por el demonio (S. Mateo 4: 1) y es al desierto que el Espíritu nos lleva a nosotros para que aprendamos lo que no podemos aprender a través de las emociones, los deleites sensuales (disfrazados de ‘espirituales’), los sentimentalismos, etc.

El Padre Joseph Tissot, en su libro “La vida interior”, habla sobre los errores que cometemos los cristianos en nuestra vida espiritual y expresa lo siguiente:

… mis ejercicios de piedad me parecen buenos cuando me causan contento; tengo por buena una ocupación a la que me he dedicado si me ha producido mucha satisfacción, pero si no he experimentado gusto, encuentro todo eso malo, ¿Cuál es, pues, la regla de estos juicios? –Mi satisfacción personal.

“Voy de muy buena gana a buscar consuelos en la comunión, en la meditación, en la oración. Todo eso estaría bien si con esos consuelos buscara el medio de animarme y de fortificarme para cumplir mi deber… pero la razón de mis preferencias por tal o cual ejercicio no es, frecuentemente, sino el placer que en él encuentro, del cual disfruto y en el cual me detengo. Por tanto, es a mí a quien veo, a mí a quien amo, a mí a quien busco en todo esto.

“Y ¿cuál es la razón de mi fidelidad más exacta a tal ejercicio, o de mis constantes infidelidades a tales otros? –Mi consuelo. Cuando encuentro ese consuelo que estoy buscando, y con el cual me contento, me jacto del éxito con ellos, mientras esto marcha así, persevero gustosamente en ellos.

“Pero ¡llega la sequedad!… Y entonces, me parece que todo está perdido, que todo está vacío, que los ejercicios no valen ya nada, y yo menos todavía que ellos… y como consecuencia, los abandono y me desaliento. ¡Es así como juzgo hasta de los mismos ejercicios de piedad! Están demasiado llenos de mí mismo y muy vacíos de Dios…

“¡Oh!, ¡si quisiera sondearme! ¡Qué terrible examen de conciencia haría si quisiera entrar en los detalles de mis pensamientos, de mis afectos y de mis acciones! ¡Cómo vería en todo, por todas partes y siempre, el maldito instinto de mi satisfacción egoísta suplantar más o menos la gloria de Dios!“

Y para corregir esos males que nos son inherentes, Dios nos envía al desierto… y nos dice: ¡Pruébame tu fidelidad! ¡Demuestra que puedes dedicar el mismo tiempo a la devoción, a la meditación, a la lectio divina, al oficio divino… aunque no sientas absolutamente nada… aunque estés totalmente seco y ni siquiera puedas darte cuenta de Mi presencia en tu interior.

Hace muchos años, un sacerdote me enseñó una pequeñísima jaculatoria (me imagino que inventada por él) para esos momentos tan divinamente terapéuticos de sequedad, distracciones involutarias y desierto… y dice así:

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4- PODEMOS DECIR QUE TENEMOS FE cuando ante las grandes disyuntivas que nos propone la vida, somos capaces de optar por lo que a Dios le agrada.

Todos los días nos enfrentamos a múltiples disyuntivas. Desde que abrimos los ojos cada mañana hasta que los cerramos cada noche para entregarnos al descanso, nos sorprenderíamos si, de algún modo, pudiéramos conocer la cantidad de encrucijadas que hemos encontrado a lo largo de la jornada y ante las cuales hemos tenido que tomar alguna decisión radical.

La vida espiritual no es nada diferente en ese respecto. Hay fuerzas espirituales que nos combaten y tratan de alejarnos del camino cristiano, y hay fuerzas espirituales que nos asisten y nos ayudan a mantenernos unidos a Cristo.

Pues bien, podemos decir que tenemos fe cuando ante las grandes disyuntivas que nos propone la vida, somos capaces de tomar la decisión correcta por más que nos duela, por más que contradiga nuestra voluntad y derribe por tierra nuestros deseos más acariciados.

El texto original de la Epístola a los Hebreos, capítulo 5 y versículo 14 dice lo siguiente:

…el alimento sólido es para los adultos, para los que tienen la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, pues han ejercitado su facultad de percepción espiritual”.

     Es ese ejercicio de hora tras hora, prefiriendo siempre lo que Dios prefiere, deseando sólo lo que Él desea, rechazando lo que Él rechaza, apegando nuestra voluntad a la Suya, renunciando por amor a Él a cualquier cosa que no sea de Su entera aprobación… es esa ejercitación constante de la facultad de percepción espiritual lo que nos hace crecer en la fe…

     Cuando los miembros del Sanedrín trataron de convencer (y aún amenazar) a los apóstoles San Pedro y San Juan para que no continuaran predicando el Reino de Dios. Su respuesta fue terminante y decisiva: “Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

      ¡ESO SÍ ES MADUREZ! ¡ESO SÍ ES FE!

      La Escritura está llena del testimonio de aquellos que supieron qué era lo mejor y dejaron escritas sus reflexiones basadas en su propia experiencia:

  • Mejor es lo poco del justo que las riquezas de muchos pecadores (Salmo 36: 16)
  • Mejor es un día en Tus atrios que mil fuera de ellos (Salmo 83: 10)
  • Mejor es confiar en Yahvé que confiar en el hombre (Salmo 117: 8)
  • Mejor es adquirir sabiduría (espiritual) que oro preciado (Proverbios 16: 16)
  • Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte (Proverbios 16: 32)
  • Mejor es la buena fama que el buen perfume (Eclesiastés 7: 1)
  • Mejor es que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno (Mateo 5: 29)
  • Mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal.

Y podría citar cien textos más….

En fin, la Escritura nos ofrece todo un programa de vida, y el apóstol San Pablo oró por la iglesia en Filipos y por todos los cristianos a lo largo de la historia de esta manera:

Lo que pido en mi oración es que vuestro amor abunde más y más en conocimiento y en todo discernimiento, para que SEPÁIS APRECIAR LO MEJOR y seáis puros e irreprensibles hasta el día de Cristo” (Filipenses 1: 9-10)

Y LLEGAMOS AL ÚLTIMO PUNTO DE ESTE EXAMEN DE NUESTRA CONCIENCIA….

5- PODEMOS DECIR QUE TENEMOS FE cuando somos capaces de augurar y declarar la victoria aun en presencia de la crisis más absoluta.

En varias ocasiones me pregunté por qué los Santos Evangelios guardan silencio con respecto a una primera aparición de Jesús a Su Santísima Madre después de Su Resurrección, pero llegué a la siguiente conclusión:

Tal como dijo el Padre Turco en un sermón de hace uno o dos años, en “María se resumía toda la FE de la Iglesia porque nadie más que ella creía ni esperaba la Resurrección de Jesús”.

Sí, la Madre de Dios, a quien el discípulo amado recibió en su casa después de los acontecimientos del Calvario, era la única que recordaba, creía y esperaba el cumplimiento de la promesa que tantas veces había repetido el Señor de que “al tercer día resucitaría”.

Es por eso que la Santísima Virgen no encajaba en ninguno de los cuadros que presenta el Evangelio en torno a ese hecho tan trascendental.

Recurramos al “Teorema matemático del absurdo” (“reductio ad absurdum”) para demostrarlo:

¿Dónde podríamos ubicarla? ¿Entre las mujeres que compraron especias aromáticas y que se fueron al sepulcro con la vana pretensión de “ungir el cuerpo del Señor”? ¡Imposible! Yo me la imagino sonriendo indulgentemente ante la idea descabellada de aquellas pobres mujeres olvidadizas y dejándolas que se enfrentaran por ellas mismas a la realidad que iba a cambiar por completo sus vidas. Pero Ella, ¿cómo iba a sumarse a aquel grupo cuando estaba convencida de que el tal sepulcro estaba vacío?

¿Podríamos acaso ubicarla junto a María Magdalena llorando ante el sepulcro sobre la base de una premisa falsa que ella misma había inventado en relación con un supuesto hurto del cuerpo del Señor? ¡Imposible! ¿Cómo iba a estar llorando la que esperaba contemplar de un momento a otro el Rostro Refulgente de Su Divino Hijo?

¿La ubicaríamos caminando con los deprimidísimos discípulos de Emaús, incapaces de reconocer al Señor? ¡Imposible! Aquel domingo de Pascua, ella no estaba deprimida sino LLENA DE GOZO… EXULTANTE DE FELICIDAD…

     ¿En medio de los once llenos de miedo y de incredulidad en el Cenáculo que confundieron al Señor con un fantasma? ¡Imposible! En el Cenáculo sí habría de estar -40 días después- pero esperando la Venida del Divino Paráclito.

     Por consiguiente, el Evangelio no podía decir nada… y prefirió callar… Los evangelistas prefirieron hablar de los temas que tienen que ver más con nosotros… de nuestra tristeza, de nuestros miedos, de nuestras depresiones, de nuestras inconsistencias y debilidades…

     La fe del Corazón de María, en cambio, es la fe que se apoya en la promesa de Dios y depende únicamente de ella…. Es la fe que “constituye la sustancia de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve”. Es la fe que “está segura de lo que aguarda y convencida de lo que no ve”. Es la fe que pregunta ¿cómo será?” tras haber escuchado de labios de Gabriel algo que, humanamente hablando, no tenía pies ni cabeza.

Es la fe –como la de Abraham– que “llama las cosas que no son como si fueran” (Romanos 4: 17B).

Esa es la fe que AUGURA VICTORIA en medio de la derrota, que PROCLAMA ALEGRÍA en medio del dolor, que ESPERA EL CUMPLIMIENTO DE LAS PROMESAS DE DIOS cuanto todo parece contradecirlas…

Es la fe de Pablo CUANDO ESTABA PRESO y le escribió a Filemón diciéndole: “Prepara hospedaje para mí porque espero que por vuestras oraciones os seré restituido” (Filemón 1: 22).

     Es la fe de David cuando escribió en el Salmo 70: “Oh, Dios, ¿Quién como Tú? Tú, que me has hecho ver tantas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra. Aumentarás mi grandeza y volverás a consolarme”.

Y para concluir, recemos junto con el Padre Tissot:

Dios te salve, María.

¡Oh dulce y santa Madre! Sí, yo quiero ir a Ti, quiero poner mi mano en Tu Mano, mi corazón en Tu Corazón, mi mirada en Tu mirada.

Tengo muchos deseos y una gran necesidad de vivir esta vida de la FE, cuyos tesoros están en Ti. Te saludo, María; Te saludo, Reina y Madre de la misericordia porque eres mi vida, mi dulzura y mi esperanza.

Hijo de la muerte, desterrado de la vida divina, clamo a Ti. A Ti suspiro gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Madre y Protectora mía, vuelve a mí Tus miradas llenas de misericordia. Sé mi Madre, crea en mi vida esta vida que yo no puedo alcanzar por mis propios esfuerzos, esta vida de FE, esta vida de Dios que sólo Tú puedes engendrar en Mí porque eres la Madre de Dios, porque la posees con una plenitud inconmensurable, porque Dios Te ha dado para mí todas las riquezas de esa vida.

Madre de mi Dios, Madre de la Divina Gracia, Madre mía, ayúdame a vivir por FE y en Fe para poder vivir con Dios, en Dios y para Dios… como Tú.