Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

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TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver, porque voy al Padre”. Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: “¿Qué es eso que nos dice: Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver y Me voy al Padre?” Y decían: “¿Qué es ese poco”? No sabemos lo que quiere decir.” Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: “¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver? En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar”.

Para nuestra meditación e instrucción, resumo los comentarios del Padre Leonardo Castellani sobre el Evangelio de este Tercer Domingo de Pascua.

El mismo está tomado de la larga Despedida de Jesucristo en la Última Cena.

Es el Evangelio de la Esperanza; como si dijéramos la llave de toda la vida cristiana.

Los Apóstoles estaban conturbados y consternados; cosas inauditas e insólitas se sucedían cada vez con mayor frecuencia y violencia: Nuestro Señor había denunciado la traición de Judas y lavado los pies a los Discípulos; luego procedió a la institución de la Sagrada Eucaristía, para predecir luego una vez más su Pasión y Muerte, predicción que ellos no querían admitir…

La aspereza de la lucha en las últimas semanas, la segunda purificación del Templo a latigazos, la maldición de Jerusalén, la predicción del fin del mundo, las cuatro intentonas de homicidio por parte de los fariseos; en suma, la rápida inminencia de un desenlace llenaba la mente de los Doce de imágenes sombrías e inusitadas, los convulsionaba desde el fondo, y los ponía en ese estado de pura receptividad, que es eminentemente religioso, y que se puede llamar desesperación; no en el sentido de pecado contra la esperanza, sino en el sentido de conmoción espiritual extrema y profunda…

En esta coyuntura, el Maestro les anuncia la derrota y la victoria en forma simple y sedada; es decir, que van a tener que afligirse, entristecerse y acongojarse, y que, mientras tanto, el mundo va a triunfar; pero que, después, su tristeza se convertirá en gozo, y que ese gozo nadie se los podrá quitar.

Y para que comprendieran mejor, les expone una parábola, en la cual comparó la vida espiritual a un parto: La mujer que está por dar a luz se entristece, porque le llegó su hora; pero después del nacimiento, no se acuerda más de su tristeza, y tiene alegría, porque un hombre ha venido a este mundo.

Nuestro Señor no dice solamente que no se acuerda más, sino que se alegra; y no dice que se alegra porque ahora tiene un hijo, sino porque un hombre ha venido a la luz de este mundo.

Alude, pues, no a una alegría personal, particular, sino a una alegría cósmica, por decirlo así.

Esta frase es una señal del optimismo fundamental que hay en el fondo del cristianismo —que parece tan duro y sombrío a la impiedad contemporánea— porque Jesucristo afirma sencillamente que la venida de un hombre al mundo es un bien, perfectamente consciente de los dolores de la madre y de los dolores que el mismo hombre habrá de padecer, pero que habrán de pasar.

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Nuestro Señor hizo esta advertencia grave en una forma sedada, como conviene hablarle a un asustado o perturbado: Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver…

Los Santos Padres interpretan esto de dos maneras:

Unos dicen que el no me veréis es el tiempo de la Pasión y Muerte, o sea unos días; y el me volveréis a ver el tiempo de las apariciones del Resucitado, o sea cuarenta días.

Otros dicen que el poco no me veréis es el tiempo desde la Ascensión del Señor, y el me volveréis a ver es el momento de la Segunda Venida.

En realidad, el pasaje significa las dos cosas: es bivalente, como casi toda la Sagrada Escritura; y la segunda interpretación, más difícil, se debe admitir sin duda; primero por la aposición que señala: porque voy al Padre, lo cual sucedió en la Ascensión; y segundo por la parábola de la parturienta, que asumió San Juan en su Apocalipsis, refiriéndola a los últimos tiempos.

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Los Apóstoles hablaban en voz baja preguntándose qué querría decir con éso; y el Señor se los explicó, refiriéndose a su próxima Muerte y Resurrección; pero también, y por el mismo hecho, a toda la vida posterior de los Apóstoles y su desemboque en la vida eterna.

Jesús repite el proverbio un poquito…, etc. y añade la Parábola de la Mujer que da a luz; explicando lo que quiso decir: Lloraréis y tendréis tristeza; y después vuestra tristeza se convertirá en gozo.

Y al final añade: Y ese gozo será definitivo.

Por lo tanto, estas palabras significan a la vez la Pasión y la Resurrección de Cristo, por un lado; y también la ausencia de Cristo del mundo y su Segunda Venida, por el otro.

Porque, si se tratase solamente de unas palabras de consuelo para la tristeza del momento de los Once, hay dos o tres incisos que no pegan. Además, para más certidumbre, Jesucristo aporta la metáfora de la Mujer Parturienta, que en otro lugar él mismo emplea para designar su Parusía: dolores de parto.

Y después San Juan, en el Apocalipsis, y San Pablo, escribiendo a los Romanos y a los Tesalonicenses, emplean la misma metáfora con la misma significación.

Es decir, la Parusía será un dolor para bien y no para mal; será un dolor seguido de un gozo definitivo, no como el gozo por la Resurrección, que al cabo de cuarenta días se confundió con las pruebas y tristezas, aunque siempre sirvió de apoyo a la esperanza en medio de ellas.

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Todo esto nos indica que Jesucristo habló para los Apóstoles y para nosotros; habló para la Iglesia, para la Iglesia que estaba allí presente en los Apóstoles, y para la que habría de militar hasta el fin…

La Iglesia estará de parto hasta el fin del mundo, dice San Agustín.

La enfermedad de ahora, la crisis actual, ¿es la más grave de todas y es la última; o bien es una de tantas, superadas por la Iglesia?

Podría ser, no es imposible, que esta crisis pase como tantas otras, y dé lugar a un nuevo nacimiento.

Pero podría ser que esta crisis no pase. Es posible, e incluso probable, que ella siga creciendo inexorablemente hasta su consumación…

Notemos las diferencias entre imposible, posible, probable, improbable.

Es posible que la crisis se resuelva como tantas otras en la historia de la Iglesia…; como es posible que el enfermo terminal y ya desahuciado por los médicos se recupere…

Pero los datos de la Revelación, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, nos indican que lo más probable, lo probabilísimo es que el misterio de iniquidad, que ya estaba en acción en la época apostólica, siga inevitablemente su marcha hasta su desenlace definitivo con la llegada del Anticristo.

Y en ese caso, el nacimiento sería la Parusía, el nuevo nacimiento de Cristo indicado en el Apocalipsis; y el renacimiento de la Creación de Dios salvada definitivamente.

Ciertamente, la crisis actual de la Iglesia tiene un carácter que no han tenido las otras, pues es absolutamente total:

— total en extensión, pues cubre todo el mundo;

— total en intensidad, pues la herejía modernista es la herejía más radical que ha existido y puede existir: falsifica todos los dogmas del Cristianismo, vaciándolos de su contenido sobrenatural, y poniendo en su lugar la adoración sacrílega del hombre; que sabemos será la doctrina del Anticristo.

Sin embargo, a pesar de todo esto, o precisamente por esto…, la Parusía está bastante olvidada hoy en día.

Mas el Evangelio se abre y se cierra con una alusión a este dogma de nuestra fe; y está todo impregnado por esta doctrina.

El misterio de la Encarnación de Dios se abre y se cierra con la Parusía.

No se puede conocer a Jesucristo, si se borra su Segunda Venida.

Así como, según San Pablo, si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana; del mismo modo, si Cristo no ha de volver, Cristo fue un fracasado; y a nosotros nos quitan el lastre para bandear las tormentas de esta vida, y para entender las tormentas de la Historia, e incluso la tormenta de esta nuestra feliz época atómica.

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El Apocalipsis es el libro de la Esperanza.

La Esperanza consiste en creer firmemente que todo acabará bien; que habrá un final feliz.

Y éso no lo podemos saber sino por la Revelación.

El que está embarcado y no sabe dónde va el barco, no puede estar muy tranquilo.

Y el que no sabe el fin de las cosas, y de su vida, por más que se aturda con agitaciones, diversiones y placeres, es un desesperado.

Y el fin de nuestra vida y de este grande y misterioso Universo, solamente lo sabe el que lo hizo; y nosotros solamente si Él nos lo dice o revela.

De modo que… ¡confianza! Un poquito y no me veréis; Yo estaré ausente y escondido; y después de un poco, otra vez me veréis, y vuestro mal de ausencia, tristeza, lucha y nostalgia, se convertirá en gozo; en gozo definitivo, gozo que nadie os podrá quitar.

¿Qué viene a ser este gozo que nadie nos puede quitar? ¿Qué es esa mezcla de dolores y de alegría, de derrota y de victoria, de ver y no ver?

Eso es sencillamente la Esperanza.

La Esperanza es triste, porque el que espera no posee; y la Esperanza es alegre, porque el que espera no desespera.

La vida espiritual es un camino que no carece de altibajos y baches, de zarzas y espinas, de sombras y de accidentes; pero el sentirse en el buen camino compensa y domina todo eso; con la ventaja en este caso de que el termino del camino, que es el amor de Dios, está ya incoado en cada uno de sus tramos.

El nutrimiento y el acto por excelencia de la Esperanza es la oración. Por eso Cristo añade de inmediato la promesa de la Oración Eficaz: Pedid y recibiréis, a fin de que vuestra alegría sea plena.

Los frutos del amor de Dios son la voluntad de no ceder a las tentaciones, la confianza en su Providencia, y el gozo en el Espíritu Santo.

Porque el fruto del amor es el dolor y el gozo; y amor es más poderoso que la muerte.

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El mundo ha sido creado por Dios para Cristo, su Hijo, Cabeza de todos los hombres.

Todo esto que Dios ha creado camina hacia la Recapitulación, hacia el encuentro con la Cabeza.

Todas las criaturas gimen con dolores de parto, hacia esa suprema integración, porque ahora están cautivas de la mortalidad; mas un día todas las cosas serán sujetas a los hombres, los hombres serán sujetos a Cristo, y Cristo lo sujetará todo a Dios; y este gran Todo, hoy día desgarrado y dividido será realmente un Todo.

Suframos, pues, serenamente todos estos contrastes y dolores que ni comparación tienen con la inmensa gloria futura que se revelará en nosotros.

Los trabajos de la Iglesia son trabajos de gestación. La Iglesia es un Reino en gestación.

Hoy día hay una intensa aspiración, esperanzada o desesperada, hacia una transformación total de la humanidad.

Esta aspiración multiforme a un renacer indeterminado se desata a veces en maldiciones, blasfemias, utopías, movimientos de odio colectivo, proyecto de violencia, imprecaciones por una catástrofe; y en la esfera religiosa, en herejías burdas o sutiles.

La UN, la UNA, la UNESCO, son expresiones actuales de esa aspiración a la UNIDAD, que Cristo pidió al Padre, y por tanto, se realizará; pero por Cristo y en Cristo.

La creencia en una nueva Revelación, que obsede a Berdyaef, cansado o decepcionado de la Antigua, tiene sus raíces en una antiquísima herejía que se remonta a la primitiva Iglesia, que en el Medioevo fue predicada por los discípulos del Abad Joaquín de Fiore, y que parece haberse conservado en Rusia.

No habrá una nueva revelación. Se cumplirá la antigua.

La Revelación cristiana se cerró a la muerte del último Apóstol de Cristo.

Sabemos ya todo lo que necesitamos para nuestra salvación.

Este renacer no sólo de los hombres, más aún de todo el mundo sensible, es inimaginable para nosotros ahora, pero no increíble, pues tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos hablan de esos nuevos cielos y nueva tierra.

En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo… Vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar…