Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA DOMÍNICA 11ª DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

UNDÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

De I Corintios 15: 1-4: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, y por el cual sois salvos, si lo retenéis tal como yo os lo anuncié, a no ser que hayáis creído en vano. Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras…

San Marcos, 7: 31-37: Dejando Jesús otra vez los confines de Tiro, se fue por los de Sidón, hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de Decápolis. Y le presentaron un hombre sordo y mudo, suplicándole que pusiese sobre él su mano. Y apartándole Jesús del bullicio de la gente, le metió los dedos en las orejas, y con la saliva le tocó la lengua, y alzando los ojos al cielo arrojó un suspiro y le dijo: Efeta, que quiere decir: abríos. Y al momento se le abrieron los oídos y se le soltó el impedimento de la lengua, y hablaba claramente. Y les mandó que no lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, con tanto mayor empeño lo publicaban, y tanto más crecía su admiración, y decían: Todo lo ha hecho bien; ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos.

Las dos lecturas de este Domingo nos invitan a reflexionar sobre la Fe recibida en el Santo Bautismo.

Escuchemos a San Pablo, que nos dice: Permitidme que vuelva a recordaros otra vez el Evangelio que os prediqué. Vosotros lo aceptasteis entonces con gusto, permanecéis todavía en Él, y Él os salvará. Si no os salva, es porque lo habréis olvidado. Ante todo os inculco, como lo hice también entonces, que Cristo murió por nuestros pecados, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras.

Lo más importante para nosotros, lo único que puede salvarnos es la Fe. ¡Una sola fe! Fuera toda diversidad de miras y pareceres; fuera toda clase de sectas y escuelas humanas; fuera los sistemas y opiniones individuales; fuera las evoluciones y adaptaciones a las diversas épocas…

Al Bautismo se le llama Sacramento de la Fe en cuanto que en el Bautismo se hace una profesión de fe y por él queda el hombre congregado a la comunidad de los fieles.

Sin la Fe no se puede recibir la gracia, que es el último efecto del Sacramento. Y en este sentido, se requiere para el Bautismo indispensablemente la verdadera Fe.

No debe darse el Sacramento del Bautismo a quien no quiere abandonar la infidelidad.

La Iglesia no quiere dar el Bautismo más que a los que tienen la Fe verdadera, sin la cual no hay remisión de los pecados. Este es el motivo de que pregunte a los que han de ser bautizados si creen.

Y no cabe más que un sí, rotundo, incondicional, de nuestra inteligencia a la Verdad sobrenatural.

Este sí es el que hemos pronunciado y debemos pronunciar aún todos los hijos de la Santa Iglesia.

Hoy, cuando el Santo Evangelio es negado o cambiado, debe brotar de nuestros corazones y de nuestras almas el mismo impetuoso y triunfal sí a los misterios de Dios, Uno y Trino, y de Jesucristo, el Verbo Encarnado.

Hoy, cuando se nos quiere inculcar otra doctrina, debemos profesar gallardamente las verdades y las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia; debemos adherir a la doctrina sobre las Santas Escrituras, la Tradición, los Sacramentos…

En esta Fe nos salvaremos, siempre que la conservemos y la practiquemos como se nos predicó.

Permanezcamos, pues, constantes en el Evangelio que nos fue predicado. La Santa Iglesia y su Liturgia ponen todo su empeño en que nosotros permanezcamos fieles y en que hagamos efectiva la fe que recibimos en nuestro Santo Bautismo. ¿Qué pides a la Iglesia de Dios? ¡La Fe!

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Hoy, el Credo de la Iglesia se ha convertido en un verdadero grito de guerra… Nuestra Fe es combatida en todo el mundo.

Se ha inventado una «nueva fe», en contraposición con la Fe de la Iglesia.

Por eso, el que todavía quiera seguir aferrado al Credo de los Apóstoles, al Credo de la Santa Iglesia, al Credo católico, no tendrá más remedio que renunciar a todo prestigio y a toda influencia; será irrevocablemente excluido de la comunión con los que ocupan la Iglesia… e incluso de la comunión con los llamados otrora a preservar la sana doctrina y los genuinos Sacramentos…

Es más, él mismo deberá auto-excomulgarse, no tener ninguna parte, nada que ver con esos innovadores o traidores…

Precisamente, por esto, la Fe católica exige firmeza de carácter, generosidad para el sacrificio, valentía hasta el heroísmo.

El católico de hoy ha de ser un verdadero mártir. Vive en medio de una terrible y continua persecución moral; por todas partes encuentra miserias espirituales, tribulaciones, hostilidad, frialdad, vacío.

Sus contemporáneos, incluyendo antiguos compañeros de combate, le consideran como un ser anacrónico, como un rebelde, un sectario. Por eso tratan con todas sus fuerzas de eliminarlo, de hacerle callar.

De aquí la oportunidad con que la Iglesia nos presenta las palabras del Apóstol: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, y por el cual sois salvos, si lo retenéis tal como yo os lo anuncié…

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La Iglesia también recuerda hoy con júbilo y agradecimiento el instante en que el Señor tomó a sus hijos y les dio un nuevo oído, un oído interior, un sensus fidei para que pudiesen escuchar y retener la Palabra divina, como se requiere para el verdadero acto de Fe sobrenatural.

La Iglesia cree… Toda su vida y todo su ser no son otra cosa que un convencido y fervoroso Creo… Creo en Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, concebido del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María, crucificado, muerto, sepultado y resucitado de entre los muertos…

En la ocasión del milagro, Jesús no estaba en Judea; y los nombres de los lugares enumerados en el Evangelio del día indican que la gentilidad se convirtió en el escenario de la salvación.

Es allí donde tendrá lugar la curación de sordomudo.

Evidentemente se trata de una enfermedad muy triste; porque el sordo no escucha nada de lo que se dice alrededor de él; y además, como consecuencia, por no haber podido aprender a hablar correctamente, sólo puede comunicar sus pensamientos y sus deseos con mucha dificultad; de modo tal que, viviendo en medio de los hombres, en gran medida se siente frustrado al no poder participar de los beneficios de la sociedad.

Sordo para escuchar a Dios, mudo para suplicarle, se cierran los dos caminos que podrían conducirlo a su liberación.

El adversario de Dios y del hombre, Satanás, puede alegrarse de su trabajo…

Más que la curación del sordomudo del Evangelio de hoy, nos asombran las ceremonias con que el Señor procedió a obrar tal milagro.

A otros desgraciados sanó Jesús con su palabra llena de autoridad.

Con éste, en cambio, emplea un ceremonial complicadísimo: le aparta de la gente, le mete los dedos en las orejas, toca con su saliva la lengua, alza los ojos al cielo, lanza un suspiro y pronuncia aquella palabra misteriosa, Efeta, que quiere decir: ¡Abríos!

Algún secreto debió encerrarse en este ceremonial, puesto que Jesús no necesitaba de ritos externos para curar al sordomudo.

Sin lugar a dudas, existe un fundamento racional de las ceremonias y ritos externos empleados.

El Señor usa en su curación de un rito no acostumbrado en casos análogos. ¿Por qué?

Fue una atención delicadísima del Señor al modo de ser humano, a nuestra naturaleza: espiritual y sensible a la vez.

No somos puros espíritus. Tenemos un cuerpo con su sensibilidad. De ahí que el rito externo adquiera tal ascendiente sobre el hombre. Cada cosa exige su forma protocolaria especial, fuera de la cual nos deja fríos.

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Podemos añadir a esto que Jesús se hallaba en la Decápolis, rodeado de multitud de paganos. Convenía, pues, que el milagro revistiese formalidades externas, para que con mayor intensidad impresionase a aquellos corazones todavía faltos de espiritualidad y extraños a las realidades divinas.

Existe, además, un sentido místico del milagro. La primitiva Iglesia leyó en la curación del sordomudo algo más que un milagro de interés puramente individual.

Si el Señor quiso llamar la atención de las multitudes, es porque revelaba la acción misteriosa que venía a realizar en el mundo por medio de su obra redentora.

El sordomudo figuraba la humanidad pecadora. Por el pecado había quedado ésta sorda a la voz del Espíritu. Veía, sí, la naturaleza, pero no reconocía en ella el dedo de Dios. Nada le hablaba la hermosura de la Naturaleza entera.

Y si no llegaba a percibir estas voces, ¿cómo había de transformarlas y modularlas en su corazón, para dar a Dios la gloria que tenía obligado tributarle en nombre de las criaturas?

¿Cómo había de entonar el himno de la creación que él mismo desconocía?

Sí; la humanidad estaba sorda y muda para percibir el sentido de la Creación y dar su respuesta al mismo; pero lo estaba mucho más para oír la voz del Espíritu y para desatar su lengua y comunicarse con Dios.

A curarla de una y otra sordomudez vino el Señor a la tierra. Desde el árbol de la Cruz pronunció un solemne Efeta sobre la humanidad entera, y al momento se desataron las ligaduras de su esclavitud, y quedó libre para oír la voz de Dios y para responder a ella con voces de alabanza.

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Como ya hemos considerado en otras ocasiones, la sociedad ha regresado a su primitiva situación, pero empeorada…

La causa está en la apostasía de las naciones, y en el retorno del fuerte armado con sus siete demonios peores que él… los siete pecados capitales que dominan a la humanidad alejada de Jesucristo y de su Iglesia…

Pueden vanagloriarse los revolucionarios del estercolero que han forjado…

Nosotros tratamos de mantener los restos de la Civilización Cristiana legada por la España católica, mientras esperamos la restauración final de todas las cosas en Cristo y por Cristo.

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La gracia de la Redención que el Señor ganó para la humanidad entera, se aplica a cada una de las almas por medio del Bautismo.

De ahí que en la administración de este Sacramento use la Iglesia de un rito parecido al que Jesús practicó con el sordomudo.

Para nuestra edificación, no sólo el Evangelio, sino también la Epístola de hoy nos presta adecuados símbolos del misterio que se realiza en el Santo Bautismo, así como la importancia del don recibido. Dice San Pablo:

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué… Si no, ¡habríais creído en vano!

El fruto de la predicación apostólica es la gracia de la fe recibida por el Santo Bautismo; la cual debemos conservar tal como la hemos recibido, si queremos salvarnos.

Tan importante es la fe recibida en el Bautismo, que el mismo San Pablo amonestó con duras palabras a sus discípulos de Galacia:

Me maravillo de que tan pronto os paséis del que os llamó por la gracia de Cristo, a otro Evangelio. Y no es que haya otro Evangelio, sino que hay quienes os perturban y pretenden cambiar el Evangelio de Cristo. Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os predique un evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema. Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo: si alguno os predica un evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema.

Hoy en día, en que hay tantos y tantos que perturban y pretenden cambiar el Evangelio de Cristo, y en que otros quieren dialogar con los perturbadores…, es fundamental prestar atención es la amonestación del Apóstol.

Les demuestra a los gálatas su error, esgrimiendo la autoridad de la doctrina evangélica.

Primero les muestra su ligereza en cuanto al fácil abandono de la doctrina evangélica; y subraya la culpa, tanto de los seductores como de los seducidos.

En cuanto a los seducidos, les inculpa su ligereza de ánimo: Me maravillo de que en tan breve tiempo, os paséis…

Además, les afea su culpa porque abandonaron el bien, es decir el don de su fe…, y se han convertido a otro evangelio, esto es, el de la antigua ley.

Respecto de los seductores, ellos perturban, o sea manchan la pureza de la verdad de la fe; porque si después de haberse recibido el Nuevo Testamento se regresa al Antiguo, parece afirmarse que el Nuevo no es perfecto.

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La admiración y la gratitud arrancan a la multitud una apología noble y bella del Redentor, opuesta a los murmullos y calumnias de los fariseos: Él ha hecho bien todas las cosas…

Este elogio es una alabanza maravillosa, digna solamente de Dios. Bene omnia fecit… ¡elogio admirable!

Debemos recordarlo y repetirlo a menudo. Dios es infinitamente sabio; infinitamente bueno e infinitamente poderoso: Bene omnia fecit…

Adoremos a Nuestro Señor, que todo lo ha hecho bien: Él ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos.

Mas, recordemos por eso el Evangelio que se nos ha predicado, la Sagrada Escritura, la Santa Tradición y la enseñanza del Magisterio infalible de la Iglesia: lo que hemos recibido en el Santo Bautismo, y en lo cual permanecemos firmes; depósito sagrado por el cual también somos salvados, si lo guardamos tal como nos ha sido predicado… Si no, ¡habríamos creído en vano!