DOMINGO INFRAOCTAVA DE CORPUS CHRISTI
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos esta parábola: “Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado: Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena”.
Entre Dios y el hombre hay unas relaciones personales.
Nosotros no somos únicamente un compuesto de órganos, músculos y fuerzas; sino que somos además personas, poseemos un alma espiritual.
Y Dios no es tan sólo fuente de la existencia y de las fuerzas, sino también Nuestro Señor y Nuestro Padre.
Por cuanto somos fuerza, las desarrollamos, trabajamos, luchamos, y, sujetos a las grandes leyes del desarrollo, cumplimos nuestras tareas; por cuanto somos personas y tenemos alma espiritual, creemos y esperamos en Dios y le amamos.
Y el Señor nos ama, nos aprecia, nos honra, y dispone una cena, es decir, nos considera amigos, a los cuales prepara alegría y consuelo; somos sus hijos, y nos trata con confianza; nos hace sentar a su mesa y nos alimenta con su pan espiritual.
Debemos alegrarnos de estas relaciones tan dulces y honrosas para nosotros; con sumo gusto debemos tratar y comunicar con Dios, como quien participa en una gran cena. Hemos de considerar deber nuestro el pertenecerle con todo el corazón, con toda el alma.
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Y todos a una comenzaron a excusarse… He comprado una granja… He comprado cinco yuntas de bueyes… Acabo de casarme…
Por tales motivos no acudieron a la alegría del Señor, cuando habrían podido acudir con facilidad. Porque el Señor quiere las dos cosas: el convite y los menesteres que ellos alegaron como excusa: son cosas que no se deben contraponer.
Hemos de roturar la tierra, dominar la naturaleza, para tener una vida digna del hombre; mas el Señor sigue siendo nuestra fuerza, nuestra luz y nuestro tesoro.
Las relaciones con Dios no cambian nuestra posición en el orden físico; pues tal es su santísima voluntad.
Somos hombres, vivimos en familia…; no obstante, hemos de sentirnos cerca de Dios y gozar de su amor. Dios es Nuestro Señor, y nosotros debemos serlo del mundo; Él lo quiere.
Tal es el sentido de la frase monástica: Ora et labora, ora y trabaja. Y cuando trabajes, trabaja como quien cumple la voluntad de Dios; entonces el trabajo no te alejará de Dios, sino al contrario, te comunicará un concepto más vigoroso y justo de Él, del hombre y del grandioso orden del universo.
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Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares…
¡Cuánto le cuesta al hombre unir en armonía el Cielo y la tierra, el trabajo y la vida religiosa! Los fuertes, los valientes vuelven la espalda a Dios; y son los cojos, los paralíticos y los ciegos los que viven vida religiosa.
¿No es éste el cuadro que presenta el mundo e incluso los católicos?
Pero esto no es lo razonable; es un estado anormal, en el que todavía no se sabe unir los dos mundos que hay en el hombre, ni se sabe lograr la armonía; con otras palabras: no prevalece el espíritu ni se imponen las exigencias superiores del alma en medio del trabajo y la vida de familia.
Hemos de poner todo lo nuestro al santo servicio de Dios, por más talentos y fuerzas de que estemos dotados; por amar a Dios no seremos menos fuertes, menos valientes y emprendedores; todo lo contrario, crecerán en nosotros estas cualidades.
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Existe un deseo tan general como la misma humanidad; tan duradero como la vida. Aún más, ni siquiera lo corta la muerte, porque este deseo persiste en la eternidad. Este deseo, este afán constante es el anhelo de vida.
Todo quiere la vida. La ciencia como sistema, la cultura como práctica, el arte como plasmación de la verdad y el bien en una forma bella…
Todo…, todo busca la vida. Pero, por desgracia, muchos no la buscan en su verdadera fuente. Se sumergen en pantanos, y respiran muerte en vez de vida.
¿Dónde encontraremos la vida verdadera?
El Evangelio de hoy nos muestra la mesa que verdaderamente nos vivifica. Nos muestra la mesa del Señor y en ella el Pan de la vida eterna.
Desde que en Nuestro Señor Jesucristo la vida divina se hizo pensamiento humano, desde que el amor divino es sentimiento humano en el Sagrado Corazón de Jesús; desde que el anhelo divino de educar al hombre, anhelo que no se había logrado desde Adán, se realizó en Jesucristo, hay vida, vida verdadera, humana, profunda, gozosa, rica.
Si alguien necesita vida para sus pensamientos, que vaya a beberla allí; si necesita sentimientos armónicos para el corazón, que vaya a calentarse allí. Si necesita perfección, que la trasplante en su interior.
La clave es la unión con Cristo. Unión es la Eucaristía. En la Eucaristía las especies de pan y de vino nos invitan a la unión; comulguemos, pero no olvidemos que el comulgar es un signo que urge la unión, aquella unión de que sólo son capaces las almas y los corazones.
Las almas se unen, si piensan una misma cosa; los corazones se unen, si tienen los mismos sentimientos.
Y la Santísima Eucaristía es unión de las almas en unos mismos pensamientos, fusión de los corazones en la identidad de sentimientos.
¿Cuál es la verdadera comunión? Asimilarnos los pensamientos de Cristo, enardecernos al contacto de los sentimientos de Cristo, reflejar los rasgos, la expresión de Cristo, en los ojos, en la frente, en los labios, en el modo de hablar, en el amor, en el corazón, en la vida, en toda la vida, en todo el hombre.
De esta manera debemos comulgar. Debemos acercarnos a la Sagrada Eucaristía con deseos de apropiarnos los pensamientos de Jesucristo; debemos ir a comulgar como quien va a ser iluminado por el Señor.
Allí, en la Sagrada Comunión, se presenta ante nosotros Jesucristo; allí mira Jesús profundamente en nuestra alma, de modo que ya nunca podemos olvidar su Santo Rostro.
Cuando contemplamos un cuadro hermoso, descansamos en las ideas del artista, y en ellas encontramos verdadero deleite. Miramos también la Sagrada Eucaristía, y su contemplación nos sosiega y llena de gozo. Le miramos a Él, y Él nos mira. Todas las veces que con tal sosiego miramos al Señor, sus pensamientos se transfunden en nosotros y acrecientan nuestras fuerzas. Entonces nuestra alma se une con el Señor y descansa en Él.
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Repasemos la Sagrada Escritura; las escenas en que el alma reposa son escenas de comunión…
En Betania, está María sentada a los pies de Jesús. Hay comunión de vida.
En el Banquete Eucarístico recibimos el Pan vivo bajado del cielo, y el comulgar es señal de unión; también aquí descansa el alma.
Cuando María está sentada a los pies de Jesús, y sus ojos no solamente se clavan en los del divino Maestro, sino que también penetran en su Corazón, el alma amante descansa en su Esposo.
Descanso en el Esposo es la Sagrada Comunión.
Entremos en el Cenáculo, la noche del primer Jueves Santo.
Los pensamientos agitados se sosiegan allí; once almas están pendientes del Maestro, que ora por ellas. Es comunión. No ya por la Cena, sino por el descanso de las almas en el Maestro.
Observemos la mañana pascual; ahí tenemos la comunión de Magdalena. El alma atormentada de dudas, quebrantada en sus esperanzas, ¡cómo sabe comulgar, cómo sabe descansar en los pensamientos del Maestro, en esos pensamientos triunfales!
Observemos en la tarde de Pascua el camino de Emaús; vemos dos hombres que renunciaron a toda esperanza; y luego, ¡de qué manera se encienden y sosiegan estos corazones de poca fe junto a un alma grande! Es comunión…
Y la noche pascual es una comunión de todo el colegio apostólico.
Nosotros acudimos a la Sagrada Comunión, vamos a descansar en los pensamientos alentadores, triunfales de Jesús. Vamos a comulgar para que el Corazón de Jesús llene de luces nuestros pensamientos, nuestras opiniones, nuestra alma —que muchas veces está en pugna consigo misma— y así nos dé una santa paz.
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Además, la Santísima Eucaristía sosiega nuestra alma, no solamente por descansar nuestros pensamientos en Jesús, sino también porque confirma de un modo extraordinario nuestra fe.
Nuestra fe se encuentra ante las obras maravillosas de Dios, porque la Santísima Eucaristía es el recuerdo de las obras admirables del Señor, es un recuerdo grande en que se renueva la Encarnación y la Pasión de Cristo; es un recuerdo grande, porque el Señor está prodigiosamente presente, y su presencia está atestiguada por milagros, cuyo magnífico monumento es la sublime catedral de Orvieto; es un recuerdo grande al que van unidos hechos admirables de las almas, secretos de la ascesis, una serie gloriosa de éxtasis.
Est mysterium fidei. Es el misterio de la fe. Lo acompañan milagros. Uno de ellos es el milagro de Bolsena. En memoria de este milagro hizo construir Urbano IV la magnífica catedral de Orvieto.
Pero no son tanto estos milagros los que prueban la realidad de la Santísima Eucaristía, como los milagros vivientes, los Santos admirables, que sólo se alimentaban de la Eucaristía, y eran tan fuertes que todo lo vencieron…
Seamos también nosotros testimonios vivientes de la Sagrada Eucaristía, mediante una vida fervorosa, que se inspire en el Santísimo Sacramento. Es el Pan de vida quien ha de transformarnos.
Nuestros pensamientos son pensamientos débiles; son pensamientos grises, sin luz, sin los centelleos de la fe; son pensamientos terrenos, envueltos en dudas, de los que en vano buscaríamos empuje.
Hay que buscar los pensamientos de Dios. Los concibió el divino Redentor, los hallamos en el Evangelio; mas en la Santísima Eucaristía el Señor nos los inculca y los graba en nuestra alma como al rojo vivo.
La Sagrada Eucaristía es la fuente de la vida divina; la recibimos y empezamos a vivir. Así como el órgano transforma en música el aire que sopla, de un modo análogo Cristo transforma la vida terrena en vida divina.
No nos apeguemos a nuestros pensamientos; ¡nos han comprometido tantas veces, tanto nos han atormentado!, ¿cómo podemos amarlos?
No admitamos los pensamientos del mundo, porque ¡son tantos, tantísimos los que naufragan a causa de ellos!, ¿qué puede importarnos el juicio del gran mundo, cuando sabemos que Jesucristo nos promete una vida armónica y rica?
Deseamos la vida que forma a todo el hombre, que llena y sosiega con verdadera ciencia la razón; esto sólo puede lograrlo con perfección la fe. Por esto queremos comulgar.
No es únicamente la razón humana, sino también el corazón el que pide su parte. El corazón humano se siente embargado por dos clases de sentimiento, por dos clases de amor: caritas et cupiditas.
La cupiditas, el amor de codicia, de concupiscencia, es como el incendio que pasa a través de la humanidad; anhelo de placeres y goces; fuego que chamusca y consume, fuego que excita la sed y atormenta.
El mundo está sediento y se traga este fuego. Consecuencia de ello es, no solamente el orgullo que proyecta su sombra sobre la razón, sino también la pasión que devasta el corazón humano.
Hay que dar posesión del corazón humano al amor santo, para que el otro amor, que es ávido y glotón, que es la pasión de la bestia, vaya disminuyendo en nosotros… dar incremento a la caridad y menguar la concupiscencia… Donde hay caridad, allí no habrá concupiscencia.
No lo lograremos del todo sino en el Cielo; pero es cierto que, en cuanto se enciende el amor, la caridad pura, disminuye y se agota el alimento de esa otra llama, la cual termina por apagarse.
Sí, el amor santo es bastante poderoso para encender el mundo. Y lo hace principalmente en la Santísima Eucaristía.
Nuestro Señor Jesucristo vence en nosotros, mediante el amor santo, al amor sensual. Nos deleita, nos enardece de tal manera que ya no deseamos nada más; tenemos nuestro goce, nuestra satisfacción, y no buscamos otra cosa.
El alma, según San Gregorio, se deleita o con las cosas más pequeñas o con las cosas más grandes; y si tiene lo supremo, olvida lo más mezquino.
La Santísima Eucaristía apaga en nosotros la pasión mala, el amor inmundo. La unión con el Cuerpo más puro y virginal quebranta la ley de nuestra sangre ardorosa.
Podríamos aducir otros muchos argumentos; siempre sacaríamos esta misma consecuencia: la Sagrada Eucaristía es una gran ayuda de la vida espiritual.
Tanto si queremos dar descanso a nuestra alma, como si queremos sofocar las pasiones del corazón y ennoblecerlo luego, nuestra ayuda es la Santísima Eucaristía.
Procuremos, por tanto, comulgar bien, llenarnos de los pensamientos y del amor de Nuestro Señor Jesucristo.
Aprendamos a comulgar, a emanciparnos de los pensamientos débiles y de los deseos desordenados del corazón.
La paz que nos comuniquen los pensamientos de Jesucristo será un Banquete Eucarístico.

