PARÁBOLA DE LA PUERTA Y EL CAMINO
(Mt. VII,13; Le. XIII,24)
«Es de cabras el camino del Reino de Dios y es angosta la puerta; y es ancho y espacioso el camino que conduce a la perdición. Vosotros esforzaos por entrar en el camino estrecho y más que esto no diré». (Mt. VIl,l3; Le. XIll, 24).
Esta parábola está precedida en Lucas de una «pregunta indiscreta«. Alguno le preguntó: «¿Señor, son muchos o pocos los que se salvan?» Jesús rehusó responder a esta pregunta… a no ser por medio de esta parábola. El camino lo tenían delante, pues «iban hacia Jerusalén» por el camino estrecho (no ahora, entonces) de la Perea. La puerta no es la de una casa sino la de una ciudad, que los griegos llamaban «pile» y eran angostas para poder fácil ser defendidas (metáfora que está usada por los «nabbís» antes de Cristo), por lo cual las caravanas entraban con dificultad y a veces había que descargar los camellos; por de pronto había que bajarse de ellos; y allí se producían a veces trifulcas y salían a lucir los facones, cuando los guardias eran empleados públicos argentinos (con perdón de los buenos) es decir, gandules y prepotentes; pues los paisanos palestinos eran alguito parecidos a nuestros gauchos: no eran tan de a caballo, desde luego, no tan altivos, y sabían mucho más de religión; pero en los sentimientos e idiosincrasia son semejantes (aunque no en las costumbres) todos los pastores y labradores del mundo; y en ellos se contiene el «humus» de la nobleza (digo el «humus» solamente, el terreno) sobre todo silo son de cultivos nobles, como la vid y el olivo. Ahora dicen que van a «industrializar» a San Juan y a toda la Argentina, ¡hasta la Antártida! ¡en buena hora! con tal que no le quiten la viña y el olivo. Nobleza aquí nos hace falta: nos estamos aplebeyando. Cristo dijo que el camino del cielo es fragoso (pues es esta la palabra que empleó… en arameo) y la Puerta angosta; y en otro lugar (Me X,3Ü) dijo que «su yugo era suave y su carga ligera»; y dijo que Él mismo era el «Camino (la Verdad y la Vida)» y que la Puerta también era Él («Yo soy la Puerta: ninguno llega al Padre sino a través de Mí») y que los dignatarios eclesiásticos que no entran por la Puerta sino por la ventana, son pelandrunes y pistoleros, pero no pastores; y que Él los echará adonde» es el llanto y el castañeteo de dientes», lo dijo justo antes de esta Parábola; aunque les parezca mentira, y crean que es de un libro llamado «El Evangelio Apócrifo del P. Castellani», es del Evangelio auténtico y pueden verlo Uds. mismos en Le. XIII, 28; Jo. X, 8. «Entrar por la ventana» es, por ejemplo conseguir el solio, el troneto o la mitra por dinero; o mantenerse en él por dinero o «políticas» o claudicaciones en la doctrina; cosa que si ha pasado en la Argentina, no lo sé; y si acaso lo supiera no lo diré. Es también una pregunta indiscreta. Ayúdenme a pensar: ¿es suave o es duro?, ¿es ligero o es pesado? Cristo dijo que la vía del cielo es fragosa y pina, pero no dijo que era cruel; y dijo que el camino de la perdición era ancho y espacioso, pero no dijo que era «suave»; y del final de ambos se negó a hablar. El camino a la perdición es un «descamino», es el desierto sin señales, bajo el sol maligno, aunque los que van por él en grandes grupos dicen que ven señales; las cuales son espejismos o «fatamorganas». Van con mucha bullanga, risotadas y lujos, llevan hasta de sobra provisiones, llevan luz artificial y «video» portátil con acumuladores, llevan todo un almacén de «recambios» para el camión, improvisan «pícnics» e incluso praderas y aun bosques artificiales; tienen música a todas horas, y buena, a veces; bailan hasta por demás y los bailes más nuevos, que no se pueden bailar en un senderito de precipicio, como se podría el antiguo malambo; en suma, van la mar de divertidos (aunque, no sé por qué, hoy día la mayoría son tristes, a juzgar por su literatura) de distraídos y despreocupados; pero no hay señales, no hay camino. Por todas partes cruzan caminos estrechos, por los cuales se salen bruscamente algunos de la cabalgata; y también desembocan otros por ellos en la alegre cabalgata. Ellos van y van, el viaje es ameno; aunque algunos no saben dónde van; pero no les importa mucho; excepto en los días de «simoún»– o zonda. El camino del Cielo es duro, aunque no al principio, por lo general, ni al final, sino más bien al mediodía, al promediar; por eso dijo Cristo que «su yugo era ligero»; porque el camino duro se va haciendo más fácil con la costumbre, y en algunos hombres generosos hasta gozoso. No discutiré que para algunos, generosos incluso, es duro siempre, y más y más a veces; pero siempre les resulta posible, y cuando ya no tiran más, siempre acude Dios con un «milagrito» barato, o una casualidad, que los levanta con cruz y todo, como el Cireneo levantó a Cristo. Esto parece darnos la realidad, pues no hemos de hacer devoterías o beaterías. El Evangelio hay que entenderlo más que con el griego, el hebreo, el caldaico, el sumero y el hitita (que no están mal tampoco para los lingüistas) con la REALIDAD. Cristo existe hoy como existió entonces y está corporizado en su Iglesia; en la Iglesia se cumplió su Evangelio, se debe de haber cumplido por fuerza, y para entenderlo por ende hay que mirar a la Iglesia; es decir, a la realidad actual. Bueno fuera que para entender el Evangelio, que es nuestra salvación, hubiera uno de asistir al Instituto Bíblico de Roma -que no está mal tampoco; aunque cuando yo asistí andaba flojito. La vía del Cielo es estrecha pero no «demasiado estrecha», ojo. Al diablo lo mismo le da que nos perdamos por más que por menos y si puede dárnosla ñata, no nos la dará aguileña; pues como dicen en el almacén de los hermanos «Rodríjez», «tan malo es pasarse como no llegar»; aunque ellos nunca se pasan en el peso ni en el vuelto. Hoy día pocos se condenan, según creo, por demasiada estrictez, como los Fariseos en tiempo de Cristo, los «Flagelantes» en la Edad Media, los jansenistas y calvinistas en el setecientos, o los Puritanos y Schopenhauerianos en nuestros días. Por demasiada estrechez es posible perderse. No es eso andar por el camino estrecho, sino usualmente querer hacer andar por él a los demás; como los fariseos de marras, que prohibían mirar a una mujer; y si la sombra de una mujer lo tocaba a uno en la calle, mandaban que se lavara tres veces, la cabeza, las ropas y el cuerpo; y cuando Cristo les dijo: «el que está sin pecado, que le tire la primera piedra» y escribió unos nombres propios en la arena, salieron todos volados, empezando por los más viejos. Pero hoy día, como digo, más se pierden los hombres por la «anchurosidad» que por la «austeridad«; aunque temo que algún político se va a perder por la demasiada austeridad … de los demás. El filósofo Schopenhauer, ya que lo recordé, les dijo a los protestantes de su país y época en su obra magna (que para mí es la mejor obra de filosofía alemana del siglo pasado sin exceptuar a Nietzsche), les dijo, a pesar de ser ateo, que ellos creían que Dios era un padrazo buenazo, que hacía la vista gorda a todo lo que obraban, y no se metía mucho con sus pequeñas diversiones; y que les tenía preparada otra vida mucho mejor, después de haberlos puesto cómodos y ricos en ésta, para cuando ésta se acabara: «lástima que a través de una Puerta bastante horripilante» (la muerte); y que por eso el catolicismo era mejor y más profundo que ellos, porque veía la vida, la naturaleza humana y Dios (» si existiera») cómo son; y no como se nos antoja. Está en «El Mundo como Voluntad y Representación». Cristo no quiso decir con todo esto que «eran pocos los que se salvaban». Si me objetan con un famoso milagro de san Francisco de Jerónimo, el milagro de Catalina, les diré simplemente que yerran; como está explicado en «El Evangelio de Jesucristo» pág. 194.
He traducido la «Oda a San Benito», de Paul Claudel, para que haya también algo hermoso en estas parábolas, que no sé si no están saliendo un poco secas.
PAX
Benito, al salir de la infancia oye esta palabra de queja
Que nos dijera Cristo un día:
«Todos los bienes déste mundo a quien por ellos su alma deja
No tienen ninguna valía».
Si sus tropillan en tropel, sus pasiones y sus pensares
Como cabras en derredor. Por aquí por allá, riscos y valles, caprichosos y dispares,
Son señores de su señor,
Para dejarla así romperse y desparramarse
¿Tenemos de recambio un alma?
Aguas adúlteras, alcántaras hechas hieles al derramarse
Charcas de agua sucia sin calma.
-Y por eso Benito se pone en marcha, su cayado en mano,
Arreando su rebaño grácil
Por la vía invisible y dura, ese sendero llano,
Estrecho, pero que es el fácil.
Pues el desierto es ancho y la marisma y landa es inmensa
Mas la ruta es fina y final.
Déjala y no hallarás otro que el obstáculo sin recompensa,
Y la arena a la arena igual.
Manderecha o Siniestra, oh alma, renuncia al doble desierto
¿Renunciar acaso es tan duro?
A la hambre, a la sed, a la muerte y al infierno muerto
¡Cuán dulce es sentirse seguro!
Seguro de pie, seguro del rastro, seguro de la meta,
Seguro de esta recia cruz;
De los hermanos, y la Iglesia entorno en marcha quieta,
Seguro de Guía y su luz.
Dichoso el que plantó una cruz en su propia encrucijada,
El que lleva a Dios en tesoro,
Y sus pensares a Él retornan siete veces cada jornada,
Así como los Monjes al Coro
Dichoso ese hombre en regla, ese alma atada a un rosario,
Que cambió el calabozo en clausura,
Negro hoplita que no pierde nunca, doble escudo y escapulario,
El contacto con su sepultura.
Más bien que regresar a Dios es más fácil no dejarlo
Mi hijo, escucha a san Benito:
Es más fácil el perdón si nunca uno no cesa de implorarlo
Va rápido quien va derechito.
¿Y por qué torturarse tanto con las cosas de la tierra Si es tan sencillo no tenerlas?
Si callarse es fácil, ¿para qué tanta disputa y guerra?
Vende el fusil y compra perlas.
Come a Dios y calla. Trabaja, obedece, gasta
Tu vida… ¡Mañana morimos todos!
Cuando Dios mismo dice que con eso basta
¿Para qué buscar otros modos?
Ya que Dios mora aquí, nosotros, ¿para qué irnos a la luna?
¿Por qué añorar la batahola?
Y si nuestra dicha en el cielo será de cantar a una,
¿Por qué no comenzar ahora?
Si la dicha celeste es amar, ¿a qué este odio horrible?
Hermanos, ¿por qué distanciamos?
Démonos uno al otro las voces para el acorde imprescindible
En la integración de los cánticos.
Dichosos los hijos de Benito que todos los tiene junto a sí,
Dichoso el alumno discreto
De quien sin palabras emana, como aquel que dice que Sí,
El consentir el Gran Secreto.

