P. JUAN CARLOS CERIANI: FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

10452421_1426456097628506_39373057584391532_nFIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

La Sagrada Eucaristía corona todos los dones del Sagrado Corazón de Jesús a los hombres; por eso la Iglesia nos invita hoy, después de la Octava del Corpus Christi, a considerar el amor del Corazón de Cristo, fuente y motivo de todo don.

En efecto, la Fiesta del Sagrado Corazón de Cristo es la fiesta de su amor hacia nosotros: He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, dijo a Santa Margarita María.

La Iglesia, en la Santa Liturgia, nos muestra que, en el Corazón de Cristo, herido por nuestros pecados, Dios se ha dignado misericordiosamente darnos infinitos tesoros de amor, como dice la Colecta de la Misa.

Los textos litúrgicos de hoy son como una reseña de los inmensos beneficios que se derivan del amor de Cristo y un himno de alabanza a su amor.

Cogitationes Cordis ejus, canta el Introito de la Misa…

Los designios de su Corazón permanecen de generación en generación; arrebatan las almas a la muerte y las alimentan en tiempo de carestía.

El Corazón de Jesús anda siempre en busca de almas que salvar, que soltar de los lazos del pecado, que lavar con su Sangre y que alimentar con su Cuerpo.

El Corazón de Jesús está siempre vivo en la Eucaristía, para saciar el hambre de los que le ansían, para acoger y consolar a cuantos, abatidos por las amarguras de la vida, se refugian en Él en busca de paz y alivio.

Y Jesús mismo nos sostiene en las asperezas del camino: Cargad sobre vosotros mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas.

Es cierto que es imposible eliminar el dolor de la vida; pero, en cambio es posible, a quien vive por Jesús, sufrir en paz y encontrar en su Corazón el reposo del alma cansada.

+++

Rogaron los judíos a Pilato mandase quebrar las piernas de los crucificados y quitar sus cuerpos de la Cruz, para que no estuviesen en ella el día siguiente, que era sábado y fiesta muy solemne.

Consideremos la maldad de estos príncipes de los sacerdotes, los cuales, con título de fingida religión, encubrieron su crueldad y envidia; porque pretendieron se quebrantasen las piernas a Nuestro Señor para darle este nuevo tormento, si estuviese vivo, o, a lo menos, para que pasase por esta nueva injuria, si estaba muerto.

Y desearon se quitase de la Cruz, porque vieron que la gente se compungía de verle y le confesaba por justo y por Hijo de Dios, queriendo quitársele de los ojos para oscurecer su gloria.

En cumplimiento de esta petición, por orden de Pilato vinieron los soldados y quebraron las piernas del uno y del otro que estaban crucificados con Jesús, y como vieron que Jesús estaba muerto, no le quebraron las piernas.

Vemos cómo las argucias de los hombres nunca pueden prevalecer contra la sabiduría de Dios, el cual no quiso que quebrasen las piernas de Nuestro Señor, en cumplimiento de la Escritura, que dice del Cordero Pascual, que le representaba: No le quebraréis hueso alguno.

Aquí podemos reflexionar que los tormentos de la Pasión, aunque fuesen terribilísimos, no quebrantarían su fortaleza y paciencia, ni menoscabarían su caridad ni las virtudes sólidas, significadas por los huesos, sino que siempre se conservarían enteras y perfectas, por más que los demonios y sus enemigos pretendiesen quebrantarlas.

Lo mismo sucede con los escogidos, a quienes también pretenden quebrantar; pero Él los defiende y anima con su ejemplo, a los cuales dijo después su Apóstol: Alegraos con las tribulaciones, porque son prueba de vuestra fe, la cual obra paciencia, y la paciencia tenga su obra perfecta, para que seáis perfectos y enteros, sin faltar en cosa alguna.

+++

El Evangelio nos lleva más directamente aún a la consideración del Corazón de Jesús. Nos muestra su Corazón abierto por la herida de la lanza.

Sobre este misterio, lo primero que se ha de considerar es la causa de esta lanzada de parte de los soldados, la cual no fue otra que su crueldad y furia, para asegurarse más de la muerte de Cristo y hacer aquella injuria al cuerpo muerto, ya que no le pudieron quebrar las piernas estando vivo.

Nuestro Señor Jesucristo no se contentó con que sus espaldas fuesen abiertas con azotes, su cabeza punzada con espinas, sus manos y sus pies taladrados con clavos, sino también quiso que su costado fuese abierto con la lanza, con mayor abertura, de modo que penetrase hasta su Corazón.

Permitió y ordenó esto en castigo de los pecados que todo el linaje humano ha cometido con todos los miembros y potencias exteriores e interiores, y mucho más con el corazón, de donde, como el mismo Señor dijo, salen las cosas que manchan al hombre y le condenan. Y para purgar esta ponzoña, quiso que sea abierto el suyo, del cual procede la vida.

San Agustín comenta este pasaje y dice: El Evangelista escribió abrió para mostrarnos que en cierto modo allí se nos abre la puerta de la vida, de donde han brotado los Sacramentos.

Del Corazón traspasado de Cristo han brotado, en efecto, los Sacramentos, figurados en la sangre y el agua salidos de su herida; y mediante estos Sacramentos recibimos la vida de la gracia; así pues, es exactísimo decir que el Corazón de Jesús ha sido abierto para introducirnos en la vida.

Angosta es la puerta que conduce a la vida, dijo un día Jesús; mas si por esta puerta entendemos la herida de su Corazón, cabe decir que no podía abrirnos una puerta más acogedora.

+++

Pero San Pablo, en su bellísima Epístola, nos invita a entrar más adentro aún en el Corazón de Jesús para contemplar sus incalculables riquezas, y penetrar el misterio oculto desde los siglos en Dios.

Este misterio es, precisamente, el misterio del amor infinito de Dios, que nos ha prevenido desde la eternidad y que nos ha sido revelado por el Verbo hecho carne; es el misterio de aquel amor que nos ha querido redimir y santificar en Cristo, en el cual tenemos franco acceso a Dios.

Por esta llaga del costado quiso descubrir nuestro buen Jesús la infinita caridad y amor que nos tiene, y cómo todo cuanto había hecho y padecido por nosotros había sido por puro amor y con amor, como si dijera aquello de los Cantares: Llagaste mi corazón, hermana y esposa mía, llagaste mi corazón. Dos veces le llagaste: una con llaga de amor, cuando te amé por sola mi bondad y misericordia, poniendo en ti mis dones para que ellos me inclinasen a amarte, y otra vez le llagaste con el hierro de una lanza, pues por tu causa fue llagado, para que por esta segunda llaga conocieses la primera y echases de ver lo mucho que te amé.

Una vez más Jesús se nos presenta como la puerta que conduce a la salvación: Yo soy la puerta. Quien entre por Mí se salvara. Y la puerta es su Corazón que, rasgándose por nosotros, nos ha introducido en la vida.

Sólo el amor nos puede permitir penetrar este misterio de amor infinito; pero no basta un amor cualquiera, es menester, como dice San Pablo, estar arraigados y fundados en el amor; sólo así podremos conocer el amor de Cristo, que supera toda ciencia, para que seamos llenos de toda la plenitud de Dios.

+++

Luego salió sangre y agua, y el que lo vio dio testimonio de ello, y es su testimonio verdadero. El misterio de esta sangre y agua, que manó del costado de Cristo, fue uno de los principales fines por que quiso fuese abierto con la lanza.

Las causas de este misterio fueron:

La primera, para declararnos su inmensa largueza y caridad en darnos toda su Sangre, sin reservar gota de Ella, porque esa poca que había quedado en el Corazón, donde no llegaron las espinas ni los clavos, quiso que saliese siendo punzado con la lanza.

La segunda causa fue para declararnos la eficacia de su Pasión y muerte para lavar nuestros pecados y purificarnos en virtud de su Sangre con el agua de su gracia, y con ella juntamente apagar el ardor de nuestras codicias y hartar la sed de nuestros deseos.

De aquí procede la tercera causa, para significar que del costado de Cristo, muerto en la Cruz con tanto amor, saldrían los Sacramentos de la Nueva Ley con virtud de lavar y santificar las almas, especialmente el Sacramento del Bautismo y el de la Penitencia, que es bebida de lágrimas, figurado por el agua, y el Santísimo Sacramento del Altar, figurado por el agua y Sangre, en cuya memoria en el Cáliz se mezcla agua con el vino

De este modo, al recibir estos Sacramentos, y sobre todo el divinísimo Sacramento, hemos de imaginar que nos llegamos al costado de Cristo Nuestro Señor a beber del agua y sangre que salió de Él, y a participar de las gracias y dones que manan de las fuentes del Salvador.

En este sentido, las lecturas de Maitines traen un hermoso sermón de San Buenaventura: «¡Oh Jesús! Ahora que ya he entrado en tu dulcísimo Corazón —y bueno es estarnos aquí— no quiero dejarme fácilmente separar de Ti. ¡Oh cuán bueno y dulce es habitar en tu Corazón! Tu Corazón es el rico tesoro, la perla preciosa que he descubierto en el campo excavado de tu Cuerpo. ¿Quién arrojará esta perla? Más bien, tiraré todas las perlas del mundo, daré a cambio todos mis pensamientos y afectos y me la compraré; arrojare toda mi solicitud en tu Corazón, ¡oh buen Jesús! Y ciertamente Él me saciara. Yo he encontrado tu Corazón, ¡Oh Señor!, tu Corazón, ¡oh Jesús benignísimo!, Corazón de rey, Corazón de hermano, Corazón de amigo. Ya tu Corazón es mi corazón. ¡Qué alegría! Mira: Tú y yo tenemos un solo corazón. Entretanto, habiendo encontrado de nuevo, ¡oh Jesús dulcísimo!, este Corazón divino que es tuyo y es mío, oraré a ti, Dios mío: acoge en el sagrario de tus audiencias mis oraciones, mejor aún, atráeme enteramente a tu Corazón».

+++

Últimamente, consideremos que, como advirtió el Evangelista, esto sucedió en cumplimiento de la Escritura, que dice: Verán al que traspasaron. Para significar que los pecadores, que con nuestros pecados punzamos y alanceamos a Cristo, hemos de verle y contemplarle con viva fe, para que con sus heridas quedemos sanos, y con sus llagas quedemos libres de las nuestras, y con su lanza quede traspasado nuestro corazón, y salga de él una fuente de agua de lágrimas, haciendo grande llanto por su muerte y por la causa que dimos a ella.

Pero, si no hiciéremos esto en esta vida, juntamente nos avisa que vendrá tiempo en que le veremos, no en la Cruz con las llagas de fealdad, sino en trono de gloria, como juez, con llagas de resplandor, de las cuales saldrán rayos de ira y de venganza contra sus perseguidores, y llorarán amargamente sin remedio las injurias que le hicieron.

+++

La Misa del Domingo Infraoctava de la Fiesta del Sagrado Corazón se ve impedida este año debido a la ocurrencia con la Fiesta de San Pedro y San Pablo.

Toda elle es una cálida invitación a la confianza en el amor misericordioso de Jesús.

Pidamos a Nuestro Señor se digne descubrirnos los infinitos tesoros de misericordia encerrados en su Sagrado Corazón.

Desde el principio de esa Misa la Iglesia nos hace orar así: Vuélvete a mí y ten de mi piedad, Señor, porque estoy desolado y pobre. Mira mi miseria y mi tribulación y perdona, Dios mío, todos mis pecados.

En la Colecta nos hace pedir: Oh Dios…, derrama sobre nosotros tus misericordias; y poco después nos exhorta: Deja en Dios la preocupación de ti mismo, que Él te sustentará.

Pero, ¿cómo justificar tanta confianza en Dios, si a pesar de todo somos siempre pobres pecadores? Esta justificación la encontramos en el Evangelio, que refiere dos parábolas de que Jesús mismo se sirvió para enseñarnos que jamás confiaremos demasiado en su misericordia infinita: la parábola de la oveja descarriada y la de la dracma perdida.

Ante todo, se nos presenta el buen pastor que va en pos de la oveja descarriada; es la figura de Jesús, bajado del Cielo para ir en busca de la pobre humanidad perdida en los antros oscuros del pecado.

Para encontrarla, para salvarla, y conducirla de nuevo al redil, no duda Él en afrontar los más amargos sufrimientos y aun la muerte.

Y cuando la ha encontrado, se la carga a los hombros todo feliz y, llegado a casa, llama a sus amigos y vecinos y les dice: Congratulaos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había extraviado.

Esta es la historia del amor de Jesús, no sólo con toda la humanidad, sino con cada alma en particular; historia perfectamente sintetizada en la dulce figura del Buen Pastor, bajo la cual Jesús mismo ha querido representarse.

Bien se puede decir que la figura del Buen Pastor equivale a la del Sagrado Corazón; una y otra son la expresión viva y concreta del amor misericordioso de Jesús y nos convidan a ir a Él con plena confianza.

+++

Yo os digo que habrá en el cielo mayor fiesta por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no necesitan de penitencia.

Con este pensamiento, aunque expresado en forma diversa, terminan las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja descarriada, la de la dracma perdida y la del hijo prodigo.

Esta insistente repetición nos indica cuánto interés ha tenido Jesús en inculcarnos un profundo sentimiento de la misericordia infinita, misericordia que está en absoluto contraste con la actitud dura y desdeñosa de los fariseos, que murmuraban diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos.

Más aún, las tres parábolas son, precisamente, la respuesta del Maestro a la insinuación maligna y mezquina de los fariseos.

A nosotros, criaturas limitadas y tan miopes de vista espiritualmente, no nos es fácil calar a fondo este inefable misterio; y no sólo nos resulta difícil comprenderlo respecto a los demás, sino aun respecto a nosotros mismos.

Sin embargo, Jesús lo dijo y lo repitió: Hay más fiesta en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos; y con esto ha querido declararnos cuánta gloria da a Dios el alma que, tras sus caídas, vuelve a Él arrepentida y confiada.

El sentido de estas palabras no se ha de aplicar sólo a los grandes pecadores, a los que se convierten del pecado grave, sino también a aquellos que se convierten de los pecados veniales, que se humillan y se levantan después de las infidelidades que se les deslizan por debilidad o por irreflexión.

Esta es nuestra historia de todos los días; ¡cuántas veces hemos propuesto vencer nuestra impaciencia, nuestra irritabilidad o susceptibilidad…, nuestro orgullo o pereza…, y cuántas veces recaemos!

Pero, si reconociendo humildemente nuestra falta, vamos con confianza a pedirle perdón, arrojándonos en sus brazos, Jesús se estremece de alegría. Y hará todavía más: nos amará con mayor amor que antes de cometer nuestra falta.

En la Oración Communio repite la liturgia el último versículo del Evangelio: Yo os digo, los Ángeles de Dios se regocijan por un solo pecador que se arrepienta. Pidamos, pues nosotros en la Sagrada Comunión que nos deje penetrar los secretos de su amor infinitamente misericordioso.