P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA TERCERA DE PASCUA

Ceriani

Tercer Domingo De Pascua

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver, porque voy al Padre». Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: «Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver» y «Me voy al Padre»?» Y decían: «¿Qué es ese «poco»? No sabemos lo que quiere decir.» Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: «Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?» En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.»

La Resurrección marcha rápida hacia la definitiva exaltación y glorificación de Cristo, hacia la Ascensión.

En la Ascensión se cumplen estas palabras pronunciadas por Jesucristo en Última Cena: Si yo no me voy, no vendrá a vosotros el Consolador; pero, si yo me fuere, entonces os lo enviaré yo mismo.

Cristo se ve precisado a privarnos de su presencia visible y palpable: sólo así podrá enviarnos al Espíritu Santo y, mediante su Espíritu, podrá Él mismo permanecer siempre cerca de nosotros, para animarnos y conducirnos.

El Espíritu es quien vivifica. En la fortaleza del Espíritu, enviado a consecuencia de la separación de Jesucristo, encontrarán los Apóstoles, y con ellos todos los nacidos y resucitados en Cristo por el santo Bautismo, el valor y el coraje necesarios para confesarlo.

Llenos del Espíritu de Cristo podrán resistir y vencer al mundo; podrán marchar a través del mundo sin temor al dolor ni a las persecuciones; podrán vivir en medio del mundo, sin ser del mundo ni con el mundo.

+++

En el Evangelio de la Misa de hoy Nuestro Señor anuncia-por vez primera su separación.

Él sube al Padre; pero a nosotros nos deja todavía en medio del mundo y de sus peligros. Sin embargo, el Espíritu Santo nos conducirá felizmente a través de todos los peligros y pruebas de esta vida terrena.

Solo un poco, y ya no me veréis; y sólo otro poco, y volveréis a verme de nuevo. Ahora os invade la tristeza; pero yo os volveré a ver. Y entonces saltará de gozo vuestro corazón.

Permanezcamos fuertes, aun en medio del dolor que nos cause el tener que separarnos del Señor. Estemos seguros de que también para nosotros habrá un triunfo final. ¡Algún día lo contemplaremos cara a cara y lo poseeremos para siempre!

Ya enfoca la Sagrada Liturgia nuestra vista hacia la Ascensión del Señor. Pero no nos entristezcamos por la separación del Señor. Sintámonos en la tierra como fuera de casa: nuestra patria es el Cielo. Sólo un poco, y ya podremos seguirle y permanecer con Él eternamente.

Sólo un poco de tiempo somos, aquí en la tierra, peregrinos y extranjeros. ¡Ay de nosotros, si convertimos a la tierra en verdadera patria!

Cuanto más verdaderamente hayamos resucitado con Cristo, tanto más ansiosamente buscarán nuestros corazones las cosas de arriba, en donde está Cristo, sentado a la diestra del Padre; tanto más ardorosamente suspiraremos por la Patria, por lo eterno.

Ahora peregrinamos, todavía lejos del Señor, nos sucede lo que predijo el Señor en el Evangelio de la Misa de hoy: Vosotros lloraréis y gemiréis.

La vida del cristiano es necesariamente una tristeza, un continuo, perpetuo y alegre no a las seducciones, a las alegrías y a los bienes del mundo.

Es una vida de mortificación y renuncia, de constante y dura lucha contra la carne y la sangre, contra las inclinaciones y los halagos de nuestra naturaleza corrompida.

Es una vida de incesante crucifixión con Cristo, de continua participación en su pobreza, en sus humillaciones y dolores.

El cristiano se hace nuevo hombre, incomprensible para todo lo que le rodea. Sus actos, sus maneras, sus palabras y toda su conducta son mal interpretadas.

El mismo Dios no tiene para él más que fracasos, humillaciones, dolores, arideces, amarguras, enfermedades…

A los que aman a Cristo les va mal en este mundo.

Pero el Señor nos asegura: Sólo un poco…

Vuestra tristeza se convertirá en gozo. Ahora os invade la tristeza; pero yo volveré a veros otra vez y, entonces, vuestro corazón saltará de gozo. Y nadie podrá arrebataros ya más vuestra alegría.

Un poco todavía. Antes de que nos demos cuenta, llegará la muerte y, si por gracia de Dios nos hemos salvado, ya no habrá más lágrimas ni más miseria. Habrá acabado toda tristeza. Sólo reinará la alegría, la inalterable y perpetua alegría, que producirán la posesión y el goce del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Un gozo eterno, sin temor ni peligro a que alguien pueda arrancarnos nuestra alegría, la dicha de la Patria…

¡Ay de nosotros, si no estuviéremos tristes! ¿Cómo podría convertirse en gozo nuestra tristeza? La alegría es la hija de la «tristeza» con que vivimos aquí en la tierra.

+++

Vosotros lloraréis. Esta es la suerte de los que pertenecen a Cristo; lo que espera a la Santa Iglesia y a sus hijos. También Cristo tuvo que sufrir, para entrar así en su gloria.

¿Qué son los sufrimientos de esta vida terrena? La herencia de los miembros de Cristo.

No existe para el hombre, aquí en la tierra, ningún bien verdadero, ninguna dicha completa, ninguna virtud y santidad verdaderas, fuera de la asimilación y de la viva unión con Cristo. Ahora bien, la herencia de Jesús, aquí en la tierra, es pobreza, anonadamiento, privaciones, obscuridad, desprecios, calumnias, persecuciones, cruz, muerte.

¿Podrá, pues, ser distinta la herencia de sus miembros? Si contempláramos la vida a la luz de la fe, ¿no deberíamos recibir como un bien, como el más sublime y precioso bien, las tristezas y dolores de nuestra existencia, pues nos hacen semejantes al Señor?

¿Hubiera el Hijo de Dios, la eterna Sabiduría, elegido y buscado el dolor, si éste no fuera un bien tan grande?

Ahí están también los Santos. ¿No prefirieron todos el dolor? ¡Con qué ansiedad lo buscaron siempre! ¡Miremos también nosotros la vida con estos ojos de la fe!

Es una, señal de predestinación. San Pablo dice: Si somos hijos, seremos también herederos. Herederos de Dios y coherederos de Cristo. Con tal de que suframos con Él, para ser también glorificados con Él.

¡Sufrir para ser glorificados! Entre ambas cosas existe la más estrecha relación. Nuestra tribulación presente, leve y momentánea, nos granjea allá arriba un enorme y eterno peso de gloria, insiste San Pablo.

Vuestra tristeza se trocará en gozo… Sí; así tiene que ser… Así ha de suceder. No cabe señal más cierta de predestinación que la semejanza con Cristo, con nuestra crucificada Cabeza.

Apoyada en esta creencia, la Sagrada liturgia celebra con preferencia, durante el santo tiempo pascual, las fiestas de los mártires. Los mártires son los auténticos imitadores del Rey de los mártires, de Cristo. Con su pasión y muerte Cristo conquistó la corona del martirio y santificó todo verdadero martirio y todo dolor.

Con sus padecimientos y muerte por Cristo, los mártires conquistaron la corona de la vida eterna y se aseguraron su eterna predestinación.

¡Benditos, pues, los dolores! Ellos curan la ceguera de nuestro espíritu ante la ilusoria felicidad de esta vida. Purifican nuestro corazón de su profundo apego a lo terreno, a los honores, al dinero, al crédito y aplauso de los hombres, al egoísmo.

Nosotros aborrecemos el dolor, lo rehuimos. Sólo un poco que suframos, y ya no sabemos más que lamentarnos. Una palabra…, un desprecio…, la privación de un placer que anhelábamos…, basta para malhumorarnos, para irritarnos, para hacernos infelices.

Y, sin embargo, sabemos que es una contradicción ser cristiano y rehuir el estar crucificado con Cristo…

Comprendemos todavía muy poco de la cruz. No miramos más que a la cruz, no a la resurrección; sólo a la aflicción, a la pobreza, a la persecución, no a la bienaventuranza…

Bienaventurados los pobres…, bienaventurados los que lloran…, bienaventurados los que sufren persecución… ¡Qué lejos estamos todavía del Espíritu de Cristo! ¡Qué poco esclarecidos! No comprendemos el misterio del Crucificado y del Resucitado.

+++

Voy al Padre. Jesucristo tiene que ir al Padre. En lo más íntimo y santo de Jesús sólo un ser tiene cabida: el Padre.

Lo más íntimo y profundo de su alma está totalmente vacío de lo humano, de lo terreno, desprendido de todo apego a lo de este mundo: está consagrado al Padre.

La vida de Jesús está en un íntimo y permanente contacto con el Padre, es un continuo descanso y sosiego en el Corazón del Padre.

Los ojos de Jesús ven al Padre en todo instante y en todo acontecimiento. Los impulsos, los anhelos más íntimos de su Corazón van siempre encaminados al Padre. No quiere más que vivir para Él, servirle, sacrificarse por Él.

Se arroja en sus brazos con la intimidad y la efusión, con la confianza y el candor de un niño. No tiene para Él, incluso en los más angustiosos momentos de su vida, como el del Huerto de los Olivos, más que una sola palabra: Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Por eso, en lo más íntimo de su alma Jesús está siempre lleno de confianza, de claridad, de serenidad, de energía, de optimismo magnífico, de ecuanimidad, de equilibrio moral, de dulzura, de firmeza, de impecabilidad.

A ejemplo de Jesucristo, dirijamos siempre al Señor nuestros pensamientos y afectos, nuestras inclinaciones y gustos. Dejemos a los muertos que entierren a sus muertos, y entremos con coraje en el mundo de los vivos.

Que nada nos retarde. No nos apeguemos a nada, no nos apoyemos en nada. Contemplemos la vida con ojos no terrenos, con ojos nuevos. Coloquémonos por encima de todas las vanidades, afanes e inquietudes del hombre terreno.

Voy al Padre… He aquí el secreto del resucitado con Cristo.

Voy al Padre, pidiendo y luchando constantemente, hasta alcanzar un perfecto desprendimiento del yo, una verdadera pobreza de espíritu, un ancho y profundo espíritu de fe, un santo y encendido amor a Dios y a Cristo, una unión perfecta de la voluntad con la voluntad infinitamente santa de Dios.

Oración:

Suplicámoste, Señor, concedas a tu pueblo la gracia de amar lo que Tú le ordenas y de desear lo que Tú le prometes; para que, en medio de las variedades mundanas, nuestros corazones estén siempre fijos allí donde se encuentran los verdaderos gozos.