LUIS MANZANO: MONS. STRAUBINGER REIVINDICADO – IX PARTE

MONSEÑOR STRAUBINGER REIVINDICADO

Johann_Straubinger

VOLO, SPERO ET AUTEM EXTENDAM

(IX)

En la continuidad de este trabajo que me he propuesto, a partir de los acontecimientos volcados en las dos primeras partes, finalizo ahora con el último párrafo que me quedaba por analizar, de la nota de Monseñor Straubinger al versículo 6 del capítulo XX del Apocalipsis, que es el que he señalado como a) en la versión de 1948. Reproduzco el pasaje:


Sobre este punto se ha debatido mucho en siglos pasados la llamada cuestión del milenarismo o interpretación que, tomando literalmente el milenio como reinado de Cristo, coloca esos mil años de los vv. 2-7 entre dos resurrecciones, distinguiendo como primera la de los vv. 4-6, atribuida sólo a los justos, y como segunda y general la mencionada en los vv. 12-13 para el juicio final del v. 11. La historia de esta interpretación ha sido sintetizada en breves líneas en una respuesta dada por la Revista Eclesiástica de Buenos Aires (mayo de 1941) diciendo que «la tradición, que en los primeros siglos se inclinó en favor del milenarismo, desde el siglo V se ha pronunciado por la negación de esta doctrina en forma casi unánime»

Monseñor Straubinger realiza una apretada síntesis de la evolución histórica de los criterios sobre el milenarismo, tal vez urgido por la presión curial que he supuesto y que detallé en la VIIª entrega.

El exégeta bíblico, en la primera frase, remite a varios siglos atrás la cuestión del milenarismo, sin especificar de qué época habla, aunque el pasaje que reproduce, de la Revista Eclesiástica de Buenos Aires, ubica el asunto en la transición Agustiniana del siglo V.

Notablemente, Monseñor Straubinger define el milenarismo como un reinado de Cristo, pero sin hacer referencia a su presencia visible, que ―como vimos en la VIIª entrega― fue el objeto directo de la carta a Monseñor José María Caro Rodríguez y del Decreto del Santo Oficio de Julio de 1944. Agrega nuestro traductor el asunto de la doble resurrección, pero sin extenderse sobre el mismo. Finaliza con el comentario de la revista del Arzobispado de Buenos Aires de 1941, que expone la mutación referida en el párrafo anterior, situándola ―como ya dije― en la Vª centuria.

Acerca del tema de la Primera Resurrección, sobre el que ya hice una muy breve cita en la VIIª entrega, veamos lo que discurre el gran Leonardo Castellani:

«La clase versa sobre el Reino de los Mil Años; es la cuestión más difícil que hay en el Apokalypsis (Cap. XX). Dicho capítulo dice que hay dos resurrecciones; dice «Esta es la Resurrección primera» y eso no lo quiere admitir hoy día, muchísima gente. Resurrección única y simultánea, dicen. Eso es lo que ellas quisieran, pero la Escritura no dice eso.»

Fragmento tomado de su obra «Catecismo para adultos», capítulo «Habrá un juicio final»:

(http://pbroleonardocastellani.wordpress.com/2012/08/29/habra-un-juicio-final/).

Por otra parte, dice también el célebre jesuita, hablando de este capítulo XX, en su obra «El Apokalipsis de San Juan» (Editorial Vórtice, Buenos Aires, 1990, páginas 267-268):

«Item, la palabra muerte tiene tres sentidos diferentes; lo mismo que la palabra resurrección ―en su afán de no admitir dos resurrecciones, Primera y Segunda, como dice el texto, ponen tres―.

¿Qué pensar de un escritor que usa una misma palabra en tres sentidos diferentes ―dos de ellos inconciliables entre sí― en un mismo capítulo y sin decir ¡agua va! Ni indicar en modo alguno el cambio de léxico? Pregunta puesta, dada la respuesta: San Juan Evangelista fue un «ido», en ese caso.»

Con su gracejo característico, se refiere Castellani a eso que Pirot llamaba «detrimento de los demás santos» (VIª entrega), o sea la Primera Resurrección, que tanto para el Padre Castellani cuanto para todo el que lea literalmente el texto de los versículos 5 y 6 del capítulo XX, es indudable que así va a ocurrir; la Primera Resurrección acontecerá al quedar prisionero Satanás, y la Segunda Resurrección, según los versículos 5, 12 y 13, sucederá luego de derrotados Gog y Magog al cabo del Reino Milenario.

En definitiva, y aunque tengamos la certeza de los acontecimientos por venir que hemos desarrollado en este trabajo, no hay duda de que Monseñor Straubinger se nota más recatado en el año 1948. Y eso también lo explica el Padre Castellani, en el artículo volcado en el enlace más arriba precisado:

«Porque existe una prohibición de enseñar el milenismo espiritual dada al Reino de Chile en 1941; la cual el año 1944 se extendió a la República Argentina. Tengo el texto latino y castellano de los dos decretos, el contra Chile y el contra la Argentina, julio de 1941 y julio de 1944 que no leo por no alargarme.

Son dos disciplinares, no doctrinales; es decir, son órdenes, y dicen que el milenismo espiritual no se puede enseñar sin peligro en esos dos paisuchos, nada más. Eso fue lo que fulminó al pobre Martínez Zuviría, José Ignacio Olmedo, y al Padre Straubinger y a varios otros.

Se asustaron, se callaron la boca y no dijeron nada. Esos dos decretos están firmados por el Card. Pizzardo (o Pizzapardo, como le decían en Roma) y definen mal el milenismo, pues el primero dice que los que enseñan que Jesucristo va a reinar durante mil años en la tierra «corporalmente» son peligrosos y eso no se debe enseñar. Ahora bien, alguien le hizo notar al Card. Pizzardo que se estaba «condenando a sí mismo» porque según ellos la Iglesia actual es el Reino de los 1.000 años, y ahora Cristo reina en el Smo. Sacramento corporalmente.

También le advirtieron al Card. Marchetti Selvaggiani que por condenar a los milenistas espirituales se estaba condenando a sí mismo; y entonces cambiaron corporaliter por visibiliter, que no va a reinar visiblemente en la tierra durante mil años. Pero ningún milenista espiritual enseña que Jesucristo reinará visiblemente en el mundo con un Ministro de Agricultura o de Bienestar Social y todas esas cosas.

Nadie dice eso. Todos dicen que van a resucitar una parte de los muertos (los mártires de los últimos tiempos) y ellos van a gobernar la tierra pero no como gobernantes ordinarios sino apareciéndose a los «viadores», a los mortales que van a quedar; van a quedar mortales durante Mil años y van a procrear gente y van a ser numerosos los cristianos que vivan en ese tiempo de la Iglesia, pero van a gobernar los obispos y los curas, como siempre.

Se van a aparecer los resucitados como Jesucristo se apareció después de su resurrección a los Apóstoles. Y con esas solas apariciones van a poner una prosperidad increíble en la Iglesia. De manera que en el segundo decreto tampoco acertaron, así que son nulos los dos decretos, pero sin embargo aquí los siguieron al pie de la letra

Poco más hay que agregar a este excelente comentario, aplicable al escueto párrafo de Monseñor Straubinger, con lo que concluyo el análisis comparativo de las notas del exégeta alemán al versículo 6 del capítulo XX del Apocalipsis.

Ahora voy a ir precisando algunas cuestiones que quedaron pendientes en otras entregas, y completaré con algunos comentarios adicionales:

***

Cuestión A: Resumamos detalladamente los acontecimientos que se han de desarrollar, desde la Parusía hasta el establecimiento definitivo del Reino de la Gloria, presidido por Dios Padre y Nuestro Señor Jesucristo, en la Jerusalén Celestial. Todo esto basado en el sentido literal de la última parte del Apocalipsis, que recapitula todo el Libro:

  1. Se abre el Cielo y aparece Nuestro Señor, montando en un corcel blanco, presidiendo los ejércitos celestiales y ostentando la Sangre bendita que ofreció por todo el Género Humano y con la que redimió a los elegidos (XIX, 11-14).
  2. Viene a regir a las naciones, y toma venganza de los impíos congregados en su contra, venciéndolos en batalla y precipitando al Anticristo y al Falso Profeta al Lago de Fuego (XIX, 15-21).
  3. Un ángel encadena a Satanás y lo encierra por mil años, luego de los cuales será soltado brevemente (XX, 1-3).
  4. Comienza el Reino Milenario, habitado por los mártires y los adversarios del Anticristo sobrevivientes; a quienes, habiendo participado de la Primera Resurrección, no les alcanza la segunda muerte (XX, 4-6).
  5. Al cabo de los mil años, el diablo es soltado, seduce a Gog y Magog, que se preparan para la guerra y rodean el campamento de los santos y la ciudad amada (Jerusalén). Dios les manda fuego del Cielo, que los devora antes del ataque, y arroja a Satanás definitivamente al Lago de Fuego (XX, 7-10).
  6. Llega el juicio final; los santos a la Gloria y los condenados al Lago de Fuego, junto con la muerte y el Hades. (XX, 11-15).
  7. Cielos nuevos y Tierra nueva; baja la Jerusalén celestial y comienza el Reino de la Gloria. (XXI, 1-27).

***

Cuestión B: Hay cierto tema, visible en tres de los versículos del fragmento visto, que refuerzan la idea de que el Reinado Milenario se desarrollará en la Tierra, antes del Juicio Final y del Reino de la Gloria, y presidido por Nuestro Señor Jesucristo.

En los tres pasajes se nombra a las naciones, o a los pueblos, entendidos ambos conceptos como entidades sociales y políticas; en XX, 3 nos dice el Águila de Patmos: «y lo arrojó al abismo que cerró y sobre el cual puso sello para que no sedujese más a las naciones, hasta que se cumpliesen los mil años, después de lo cual ha de ser soltado por un poco de tiempo.» En XX, 8 leemos: «y se irá a seducir a los pueblos que están en los cuatro ángulos de la Tierra, a Gog y Magog, a fin de juntarlos para la guerra, el número de los cuales es como las arenas del mar.»

Las demás referencias del contexto, relativas a sucesos que transcurren en la Tierra, como vimos en las entregas Vª y VIª, obligan a considerar a estos «pueblos y naciones» como terrenales. En el Reino de la Gloria, aunque los elegidos provendrán «de entre todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas» (VII, 9), esto denotará su procedencia, pero no la subsistencia de esas diferencias territoriales, sociales y lingüísticas, que no se dará en la visión beatífica; pero sí ocurrirá en el Reino Milenario, al inicio del cual Satanás cesará en su obra de seducción de las naciones, y al cabo del cual el mismo Satanás reanudará esa empresa.

Excurso: Los elegidos de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que en el capítulo VII aparecen vestidos de túnicas blancas, se asemejan a los ángeles («los ejércitos del cielo«) que cortejan la Parusía «en caballos blancos, y vestidos de finísimo lino blanco y puro» (XIX, 14).

La restante ubicación donde se nombra a esas circunscripciones terrenales, es en XIX, 15: «De su boca sale una espada aguda, para que hiera con ella a las naciones. Es Él quien las regirá con cetro de hierro;… «. La mención de la Boca de Nuestro Señor como castigo de los impíos se repite en II Tesalonicenses, II, 8: «Y entonces se hará manifiesto el inicuo, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con la manifestación de su Parusía«. El Verbo aniquila a sus enemigos con su propio Verbo.

Con respecto a este versículo 15, habiendo repasado minuciosamente, en la magnífica traducción de Monseñor Straubinger, el fragmento XIX, 11-21 detallado en los puntos 1) y 2) anteriores, he comprobado las conjugaciones y modos verbales utilizadas por el ilustre traductor alemán:

  • Infinitivo, «comer» (v. 18) y «dar» (v. 19).
  • Presente del indicativo: «he», «llama», «juzga», «pelea» (v. 11), «sale» (v. 15), y muchísimos otros.
  • Pretérito indefinido: «vi» (vv. 11, 17 y 19), «gritó» (v. 17), «fue» (v. 20), «recibieron» (ídem), «adoraron» (ídem), «fueron» (vv. 20 y 21) y «hartaron» (v. 21).
  • Pretérito imperfecto: «montaba», (vv. 11, 19 y 21), «volaban» (v. 17), «había» (v. 20, dos veces) y «salía» (v. 21).
  • Gerundio: «diciendo» (v. 17), único caso.
  • Participio: «abierto» (v. 11), «escrito» (vv. 12 y 16), «empapado» (v. 13), «vestidos» (v. 14), «reunidos» (v. 19), «presa» (v. 20), «hecho» (ídem), «seducido» (ídem), «arrojados» (ídem), «encendido» (ídem) y «trucidados» (v. 21).
  • Imperativo: «Venid, congregaos» (v. 17).
  • Presente del subjuntivo: «hiera» (v. 15), único caso.
  • Futuro: «regirá» (v. 15), único caso.

Todas las formas y tiempos incluidos en los puntos 1) a 8), son utilizados en casos lingüísticos como el de esta profecía, donde el Santo Augur relata algo que está percibiendo o se le está inspirando. Los tiempos pretéritos se ajustan a ese relato, que no por ello se refiere a hechos acontecidos, sino a una visión de un suceso que se percibe como presente; es un modo habitual y coloquial de narrar.

La única excepción al principio lingüístico detallado, es el verbo «regirá», que dentro de los acontecimientos vistos como presentes, refiere a un futuro.

Es decir, en medio de la narración de lo que Nuestro Señor protagoniza en la visión de su Parusía, San Juan menciona una sola cosa que ocurrirá en el futuro de los hechos que relata en presente, obviamente luego de la victoria divina en Armagedón: Jesucristo regirá a las naciones con cetro de hierro.

Como vimos, no habrá naciones, pueblos, tribus y lenguas en la metahistoria, por lo tanto esta regencia de Nuestro Señor, sólida, firme y segura como cetro de hierro, se concretará en esta Tierra, durante el Reino Milenario.

No debe asombrarnos esta posibilidad, puesto que si muchos autores hablan de que la Iglesia debe pasar por su Viernes Santo y su Pasión, luego de ésta y antes de su Ascensión a la Gloria definitiva, no es descartable que Nuestro Señor se le aparezca al modo en que lo hizo a los Apóstoles desde el Domingo de Gloria hasta su partida de esta Tierra.

***

Cuestión C: ¿Qué significan los dos últimos versículos del capítulo XX del Apocalipsis? Los reproduzco:

«14Y la muerte y el Hades fueron arrojados en el lago de fuego. Esta es la segunda muerte: el lago de fuego. 15Si alguno no se halló inscrito en el libro de la vida, fue arrojado al lago de fuego.»

Es notorio que se diga que la muerte es arrojada a la segunda muerte, y esto tiene una explicación: Satanás ya «vive», por decir así, en la muerte espiritual que significa la condenación eterna; su estado desgraciado, castigado severísimamente por Dios, de imposible redención e irreversible, es muchísimo más penoso y desdichado que nuestra muerte corporal. Por el Demonio entró la muerte en el mundo, como salario del pecado cometido por nuestros Primeros Padres a instancias de Lucifer.

Por lo tanto, esa muerte corporal que nos trajo aquella primera tentación del primer enemigo de Dios Nuestro Señor, vuelve a la morada de Satanás, no ya para castigarlo a él, que no tiene cuerpo, sino para que la sufran, a partir de su resurrección, los seres humanos condenados, que pasarán el resto de la eternidad «viviendo» en una constante muerte corporal ―además de la espiritual―; una permanente agonía que acompañará a todos sus otros padecimientos, como herencia de aquel a quien quisieron servir en lugar de Nuestro Señor.

Satanás vuelve a sus terribles aposentos flamígeros y la muerte vuelve a la muerte.

Se cumple así lo anunciado por Isaías y doblemente por San Pablo; luego de derrotar al Anticristo y al Falso Profeta (Apocalipsis IX, 20), a Gog y Magog (Apocalipsis, XX, 9) y a Satanás (Apocalipsis, XX, 10), así como a todos los secuaces de éstos, «el último enemigo destruido será la muerte» (I Corintios, XV, 26); «La muerte es engullida en la victoria. ¿Dónde quedó, oh muerte, tu victoria?, ¿dónde, oh muerte, tu aguijón?» (I Corintios, XV, 54-55); «Destruirá la muerte para siempre» (Isaías, XXV, 8).

La segunda muerte, desde luego, es la condena eterna de las almas de los réprobos; la pena de daño es mucho mayor que la de sentido, y así los infelices que han rechazado a Cristo, comienzan a padecer, desde su muerte, la muerte espiritual que significa la pérdida de la visión beatífica, al igual que su diabólico precursor. A este deceso espiritual se ha de agregar, luego del Juicio Final, la primera muerte; muerte inacabable del cuerpo pecador.

¿Y el Hades? Parece ser el Infierno, puesto que para nombrar la morada de ultratumba de los condenados, muchas veces se utilizan indistintamente ambos términos, así como también Seol, Gehena, Averno, y otros.

Pero en este caso, el Hades no puede asimilarse al Infierno, que es la Gehena, el lago de fuego; si no, Dios estaría arrojando el Infierno al Infierno. En el supuesto de las dos muertes, como vimos, se trata de finales distintos para cuerpos y espíritus, pero en este caso no parece ser lo mismo.

Por supuesto, el Hades es una mansión de ultratumba, porque en el versículo 13 San Juan dice que entregó a sus muertos; si luego es arrojado al lago de fuego, algo habrá pasado para que Dios Nuestro Señor así proceda.

A mi entender, hay dos mansiones de ultratumba a las que Dios les asignó una función con un final preciso y determinado. No ocurre esto con el Cielo, ni con el Infierno, ni con el Limbo de los Niños, desde luego, que durarán por el resto de la eternidad.

Pero el Seno de Abrahán, donde reposaban los justos del Antiguo Testamento y las primicias de la Nueva Alianza (San José, Santa Isabel y San Juan Bautista, por ejemplo) ya cumplió su función, habiendo sido clausurado al momento del descenso de Nuestro Señor luego de su Pasión y Muerte. Esa clausura no implica necesariamente que haya sido aniquilado por el Creador; si antes de la Redención ya estaba aparejada la Mansión celestial para los bienaventurados, lo más probable es que Dios haya agregado a esa residencia beatífica el Seno de Abrahán, ya transformado y hecho de la misma especie que el Paraíso sobrenatural de la felicidad eterna e inconmensurable; si no lo estaba, la probabilidad apunta a la transformación que Nuestro Señor habrá consumado, haciendo del Seno de Abrahán la Mansión de los bienaventurados.

Con el Hades debe suceder lo mismo, y por eso Dios lo envía a la Gehena, para que forme parte de ella, con su misma naturaleza. Por lo tanto, el Hades sólo puede ser el Purgatorio, puesto que entregó a sus muertos, que en esa mansión sufrían penas similares a las del Infierno ―aunque no eternas― y luego de ceder las almas que lo habitan, es incorporado (arrojado) a la Gehena.

Se me podría objetar a esto que al tiempo del Juicio Final algunas almas del Purgatorio podrían no haber cumplido la pena que merecieron por sus pecados, pero contra esto se alza la facultad que tiene Dios Nuestro Señor de administrar las penas del Purgatorio extensiva e intensivamente; y así, al momento de convocar a las almas al Valle de Josafat, las que aún tengan penas que cumplir las purgarán en un santiamén, con la intensidad necesaria para satisfacer la duración que se quita.

Así, creo, se puede entender la profecía del envío de la muerte y el Hades al lago de fuego.

En cuanto al segundo versículo (15), menciona el Libro de la Vida (Éxodo, XXXII, 32; Salmos LV, 9; LXVIII, 29 y CXXXVIII, 16; Isaías IV, 3; Daniel XII, 1; Lucas X, 20; Filipenses IV, 3; Apocalipsis III, 5; XIII, 8; XVII, 8 y XX, 12), que es el registro de los elegidos que Dios tiene completado en los Cielos, para llevarlos a la bienaventuranza final. Por eso el versículo dice que los que no se hallan en ese Libro, fueron arrojados al Infierno.

***

Vayamos a las cosas que he dejado pendientes en entregas anteriores:

Cuestión D: Comienzo por lo que postergué en la VIª entrega, acerca de la disyuntiva entre la interpretación literal y la alegórica de los textos sagrados.

Hice en la IIª entrega un breve repaso de la nota de Monseñor Straubinger al versículo 5 del capítulo XX del Apocalipsis, pero sin desplegarla en su totalidad. La transcripción que el sitio «SPES» (actual integrante de Nolumus, sitio virtual y colectivo de la resistencia laxa), hizo de esa nota en el artículo allí analizado, incluye un párrafo que, seguramente, se le escapó al Profesor Carlos Nougué (que sigue sin responder a esta crítica; debe ser muy acertada):

«La Pontificia Comisión Bíblica ha condenado en su decreto del 20-VIII-1941 los abusos del alegorismo, recordando una vez más la llamada «regla de oro», según la cual de la interpretación alegórica no se pueden sacar argumentos.»

Pero esta «regla de oro», este principio exegético básico, no es una creación de la Pontificia Comisión Bíblica; veamos cómo se dijo esto, hace más de siete siglos:

«La diversidad de sentidos [en las Sagradas Escrituras] no engendra ningún equívoco o cualquier otro tipo de ambigüedad. Pues, como ha quedado dicho, estos sentidos no se multiplican porque un mismo término tenga muchos significados, sino porque el contenido de lo significado por los términos puede significar otra cosa. En este sentido, nada en la Escritura se presta a confusión, puesto que todos los sentidos parten de uno, el literal. Sólo del sentido literal puede partir el argumento, no del alegórico [espiritual], tal como dice Agustín en su carta a Vicente el Donatista. Sin embargo, no por eso se echa a perder algo de la Sagrada Escritura, puesto que si en el sentido espiritual [que incluye el alegórico] hay algún contenido necesario de fe, la Sagrada Escritura en algún otro lugar lo transmite explícitamente en sentido literal.»

El que habla, Profesor Carlos Nougué, como se habrá dado cuenta, es su mentor, Santo Tomás de Aquino, apenas, apenas comenzada la Suma Teológica. El párrafo transcripto, con los insertos que yo realicé, es la respuesta a la primera objeción del artículo 10º: «El texto de la Sagrada Escritura, ¿tiene o no tiene varios sentidos?», de la cuestión 1ª: «¿Qué es y qué comprende la doctrina sagrada?».

Pero Usted, Profesor Carlos Nougué, esto lo debe saber… porque el 5 de Marzo del corriente Año del Señor, publicó en su sitio especializado «SPES» (actual integrante de Nolumus, sitio virtual y colectivo de la resistencia fofa), EL ARTÍCULO 10º DE LA 1ª CUESTIÓN DE LA SUMA TEOLÓGICA de Santo Tomás de Aquino, completo, íntegro:

http://www.spessantotomas.com.br/2014/03/cuestiones-teologicas-n-ix-5-de-marzo.html.

Me da la sensación de que a Usted, Profesor Carlos Nougué, le pasa algo parecido a lo que mencioné de Pirot en la VIª entrega («no cayó en la cuenta de lo que ha dicho; si lo ha advertido, no ha abarcado su importancia; y si percibió su trascendencia, la dejó en el camino, ignorada«), pero con respecto a quien integra (ocultamente) el nombre de su sitio. Efectivamente, la sigla SPES alude al «Seminário Permanente de Estudios Sociopolíticos», cuyo nombre —según el propio sitio— es «Santo Tomás de Aquino».

Mas no es sólo en la sigla que Usted, Profesor Carlos Nougué, ignora al Buey Mudo: USTED NO HA LEÍDO EL ARTÍCULO QUE POSTEÓ EL 5 DE MARZO; SI LO LEYÓ, NO LO ENTENDIÓ; Y SI LO ENTENDIÓ, LO IGNORÓ CRASAMENTE. Haga un favor, Profesor Carlos Nougué; hágase un favor a Usted mismo y a sus seguidores: No invoque más a Santo Tomás de Aquino; si lo va a invocar, estúdielo; y si lo va a estudiar, aplique la doctrina del Santo Doctor en todo lo que publica en sus sitios; honestamente, se lo digo.

Para colmo, en ese artículo de la Suma que publica, inserta —luego de los subtítulos— un pequeño enlace que reza «LAT«, con ese color; si se ubica el ratón sobre el link, aparece el subrayado usual de los enlaces, y un letrero que dice «texto original en latín». Pero eso es una falsedad, porque entrando al enlace, dirige al sitio de Don Hernán J. González:http://hjg.com.ar/, donde se encuentra la Suma Teológica completa (excepto el suplemento), PERO NO EN LATÍN, sino en castellano y transcripta literalmente de la edición de la B.A.C. Claro, es mucho pedir que Usted, Profesor Carlos Nougué, entienda algo que se le transcribe en forma o en sentido literal. Me imagino que tampoco habrá leído lo que Hernán J. González ha publicado de los libros del Padre Leonardo Castellani.

Volviendo al texto de la respuesta a la primera dificultad, y asentándome en la última locución de Santo Tomás, le pregunto dónde, en las Sagradas escrituras, se transmite explícitamente todo lo que San Agustín alegorizó del capítulo XX del Apocalipsis; ya sé que esta es otra pregunta que no merecerá respuesta…

Para más datos, le transcribo la nota que el Padre Alberto Escallada Tijero, O.P., agrega en este artículo, como comentarista de la edición de la B.A.C. de 1994:

«Importa hacer notar el rigor, en esta materia, de Santo Tomás, para quien el sentido literal es el primero y fundamental. Efectivamente, el sentido literal es:

  1. Fundamento de los demás;
  2. El único válido para argumentar;
  3. Aquel en el que se expresa lo necesario para la fe, aun cuando en otros lugares aparezca en sentido espiritual.»

O sea que todas las enseñanzas bíblicas de fe, están en algún sitio en sentido literal, y lo que se discurre por alegoría debe tener ese reflejo primero exacto, en algún otro pasaje de las Sagradas Escrituras.

De todos modos, como dijo la Pontificia Comisión Bíblica siguiendo al Doctor Angélico, no se puede abusar de la alegorización porque este abuso está condenado. Pero Usted, Profesor Carlos Nougué, que prefiere mantenerse encastrado en la alegorización del capítulo XX, para sostener su posición, además de plagiar y adulterar textos, necesita también suprimirlos, y por eso, como dije en la IIª entrega, deliberadamente omitió el siguiente párrafo de la nota de Monseñor Straubinger:

«Bail, autor de la voluminosa Summa Conciliorum, lleva a tal punto su libertad de alegorizar las Escrituras, que opta por llamar primera resurrección la de los réprobos, porque éstos, dice, no tendrán más resurrección que la corporal, ya que no resucitarían para la gloria. Según esto, el v. 6 alabaría a los réprobos, pues llama bienaventurado y santo al que alcanza la primera resurrección.»

Me permití destacar la conclusión ridícula y aberrante que Louis Bail provoca con su alegorización abusiva de la Primera Resurrección, conclusión que Usted, Profesor Carlos Nougué, optó por ocultar en su artículo, y que es uno de esos corolarios que el gran Leonardo Castellani, con toda la autoridad de su formación teológica y su penetrante visión de las Sagradas Escrituras, llamaba «patochadas»:

«Entonces pasó algo curioso: San Jerónimo, desde Palestina, donde la nueva Herejía crecía mucho, escribió a San Agustín que era jovencito y lo veneraba, reprendiéndolo acremente porque con su sermón 259, donde San Agustín decía que él era milenista, «ayudaba a la herejía» que él denominaba «fábulas judaicas» y exhortándolo a interpretar de otro modo el Apocalipsis.

Lo asustó a San Agustín y este inventó una «interpretación alegórica» del cap. XX del Apocalipsis, que (Dios me perdone porque me cuesta decirlo), es una patochada y un tropezón del Santo Doctor tan grande como su talento. Hace llorar cuando uno lo lee en el libro 20 del «Civitate Dei» y uno se avergüenza por San Agustín (no de).

Para decirlo breve, el cap. XX del Apocalipsis sería una poesía, pero si así es ¿qué impide que el resto del Apocalipsis y aún toda la Escritura sean alegorías, o sean poesías? Según esa interpretación el triunfo de la Iglesia es este triunfo que nosotros conocemos y que no es muy triunfante. En el Cielo es triunfante pero acá no. Los tronos de los 12 apóstoles que van a juzgar a todos los hombres son las sedes de los Obispos y así va diciendo todo el resto… el demonio que es retirado por un Ángel y encadenado por mil años dice que significa que ahora el demonio no tiene mucho poder y fuerza para tentar a los hombres; y eso no es cierto.

Tiene una fuerza bárbara ahora. Y así continuamente lo interpreta todo alegóricamente, deshace la profecía de la Escritura y expone a la Escritura a ser derribada toda convirtiéndola en poesía y para peor, mala poesía, como dijeron los impíos como Aldous [1] quien observó que la Escritura era poesía un poco salvaje de los tiempos de la Edad de Piedra y atacó a la Biblia diciendo que no valía nada y que era poesía mala.

De manera que esa interpretación alegórica es una caída de San Agustín por consideración a San Jerónimo, él hizo esa interpretación nueva y dijo «Yo no digo que esta sea la interpretación única posible; hay otra, y esa otra no me atrevo a condenarla porque ha sido seguida por muchos Santos y muchos Mártires». Y San Jerónimo, que estaba furioso contra los milenistas de su tiempo, dice lo mismo: «No nos atrevemos a condenar el milenismo porque lo han seguido muchos Santos y Doctores y Mártires».

Y resulta que ahora se atreven; hay mucha gente que condena el milenismo puro y trata de hacer castigar a los que los siguen. No son lo mejor de la Iglesia Católica ni como ciencia ni como calidad los que hoy día tienen una especie de conjura contra el milenismo espiritual.

De manera que no quedaría más que aceptar el milenismo alegórico de San Agustín, que él mismo dijo que era una interpretación alegórica y nada más (leer ese milenismo alegórico en mi libro, Pág. 271).

Así que tienen aquí figurados muy veraz y exactamente los tres milenismos, con lo cual cumplo mi oficio de Doctor en Teología y con esto no predico ninguno de los tres Milenismos, sino simplemente digo «le cose come stanno» [las cosas como son] ¿Por qué digo esto?»

Los destacados e insertos son míos; continúa allí el Padre Castellani con el párrafo que comienza «Porque existe una prohibición… «, que transcribí más arriba, proveniente del mismo libro y del mismo sitio de Internet:

http://pbroleonardocastellani.wordpress.com/2012/08/29/habra-un-juicio-final/.

[1] Se refiere al escritor Aldous Huxley, de quien también hablara en las páginas 268-270 de su libro «El Apokalipsis de San Juan» ―ya identificado anteriormente, en esta misma entrega― al criticar asimismo la exorbitante alegorización:

«Otras dificultades y absurdos más graves aún ―si cabe― resultan desta «alegorización» de un capítulo solo del Apokalypsis; que no daré pues está fuera de mi propósito polemizar o argüir, mas solamente exponer.

Toda la tradición antigua en masa durante los cuatro primeros siglos de la Iglesia entendió en este capítulo simplemente que habría un largo período de paz y prosperidad en el mundo (mil años o bien mucho tiempo) después del Retomo de Cristo y el refulgir de su Parusía; que habría dos resurrecciones, una parcial de los mártires y santos últimos, otra universal al fin de buenos y malos, lo cual también San Pablo dice; que todo este largo tiempo es quizás lo que designamos con el nombre de Juicio Final, el cual se describe metafóricamente al final del capítulo; es decir, se describe su término y finiquito un día solar.

Por qué existe hoy día tal desaforado furor  ―que los fieles ignoran generalmente― hacia los que prefieren la sencilla y natural inteligencia textual de Hipólito, Victorino, Policarpo, Ireneo, Lactancio ―que no eran zotes― además de otros «innumerables santos y mártires» ―como confiesa San Jerónimo― «cur irae, cur clamores istit». Yo no lo sé; y si lo supiera, no lo diría aquí.

Lo que sé, está en un libro que traduje y publiqué poco ha: La Iglesia Patrística y la Parusía, del P. Florentino Alcañiz, S. J. (Buenos Aires, Ediciones Paulinas, año 1961).

El Reino de los Milaños: es la parte más dura, difícil y discutida de la Profecía de San Juan; pero es adonde toda ella confluye.

La verdad es que si Dios se hizo hombre en la persona de Jesús de Nazareth, no cabe asustarse de cosa alguna por grande y extraordinaria que sea ―pues más que estotra no puede serlo― con tal que se encuentre realmente en las Sagradas Letras; como se encuentra el Reino Milenario, «Basta que yo exista y todo es posible», dice en el Bhagavad Gita el dios Michna, figura de Cristo.

La otra alternativa, la de interpretar alegóricamente las profecías mesiánicas y aplicarlas a la Iglesia actual, tiene un efecto pavoroso: la Biblia se convierte en literatura; y por cierto, en mala literatura. Entonces parece tendría razón Aldous Huxley [en su libro «El fin y los medios»] cuando califica a los Profetas hebreos de escritores exagerados, ultrarrománticos, y en puridad «salvajes», poseídos de pasiones groseras y cuasi delirantes; y la idea vulgar de que la Biblia es un libro arqueológico, y en definitiva inútil, no se puede entonces ni refutar ni excluir.

Si se tiene sinceramente que la Biblia es la palabra de Dios, entonces hay que aceptar que su sentido literal responde a cosas, que son tan grandes o más de lo que suenan las palabras; que esas cosas no se han verificado todavía muchas dellas; y que se habrán de verificar; y por cierto pronto, como dice siete veces Juan Apokaleta. La palabra de Dios no puede ser un centón de metáforas extravagantes y adivinanzas desaforadas de unos pobres rapsodas orientales a medio civilizar. Blasfemia es esto. Mas «Spiritu Sancti inspirati locuti sunt Sancti Dei Homines.»

Dijo el gran exegeta Maldonado:  [In Mattheum, VIII, 12] «Quod propie interpretari possumus, id per figuram interpretari, proprium est incredulorum, aut fidei diverticula quaerentium». O sea: «Lo que puédese interpretar literalmente, interpretarlo alegóricamente, eso es propio de incrédulos o de gente que busca salirse de la fe».»

En la siguiente entrega concluiré con el tema de la alegorización, en su apreciación por el Magisterio, y encararé las otras cuestiones pendientes.

Hasta la próxima.

Luis Ricardo Manzano

Director Ejecutivo

Radio Cristiandad