P. CERIANI: SERMÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

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LA ANUNCIACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Celebramos y festejamos hoy uno de los días más importantes en los anales de la humanidad: el aniversario de uno de los eventos más solemnes llevados a cabo en el tiempo.

Hoy, la Palabra Divina, el Verbo de Dios, por quien el Padre creó el mundo, se hizo carne en el seno purísimo de una Virgen, y habitó entre nosotros.

Dejemos de lado en este día nuestras tristezas y, adorando las grandezas del Hijo de Dios que se humilla, demos gracias al Padre, que ha amado tanto al mundo a punto de darle su Hijo único, y al Espíritu Santo, cuyo poder operó tan profundo misterio.

En la semana de la Septuagésima y el Miércoles de Ceniza vimos con terror la caída de nuestros primeros padres, hemos escuchado la voz de Dios pronunciando el triple castigo contra la serpiente, contra la mujer y contra el hombre. Los efectos de esta maldición llegan sobre nosotros y se harán sentir hasta el último día del mundo.

Sin embargo, una esperanza brilla, una promesa divina, un rayo de la salvación: el Señor dice a la serpiente infernal que un día su cabeza altiva sería aplastada, y que el pie de una mujer llevaría a cabo este terrible golpe.

Ha llegado el momento en que el Señor cumplirá la antigua promesa. Durante cuatro mil años, el mundo esperó el día tan ansiado. En el curso de los siglos la misericordia divina multiplicó milagros, profecías, figuras, para recordar el compromiso que se dignó asumir con el hombre.

María Santísima es la mujer por la cual debe ser levantada la maldición de nuestra raza. El Señor, al decretarla inmaculada, establece una enemistad irreconciliable entre Ella y la serpiente; y es hoy que esta hija de Eva repara la caída de su madre y coopera directamente y con eficacia en la victoria del Hijo de Dios sobre el enemigo de la gloria de Dios y de la humanidad.

Asistamos al anuncio del Arcángel a la Virgen, y llevemos nuestro pensamiento a los primeros días del mundo.

En el Jardín de las Delicias vemos a una virgen en presencia de un ángel, y un coloquio se entabla entre el ángel y la virgen.

En Nazaret, también una Virgen es interpelada por un Ángel, y se establece un diálogo entre ellos.

Pero el ángel del Paraíso Terrenal es un espíritu de las tinieblas, y el de Nazaret es un espíritu de luz.

La mujer del Edén, en su imprudencia, escucha la voz del seductor y se apresura a responder. Su curiosidad la involucra en examinar los decretos de Dios.

María, Virgen prudentísima, permanece en silencio y reflexiona sobre los elogios de que es objeto. El celestial enviado no obtendrá una palabra de respuesta hasta que haya aclarado su misión.

La primera Eva no muestra esta calma, este desinterés. Apenas el mal ángel le asegura que puede violar sin miedo a morir el mandato de su Creador, que el precio de la desobediencia será de entrar en la participación de la ciencia y de la divinidad… ella es subyugada y se deja dominar y guiar por el amor propio y el orgullo.

Así se muestra la mujer que nos ha perdido. ¡Qué diferente aparece la otra Mujer que nos salvaría! La primera es cruel con sus descendientes, la segunda se olvida de sí misma, piensa sólo en los derechos de Dios y en sus hijos.

El Arcángel, encantado con esta fidelidad sublime, completa la revelación del plan divino, y espera en silencio la respuesta de la Virgen de Nazaret.

Detengamos nuestros ojos sobre la mujer del Edén. Apenas el espíritu infernal dejó de hablar, ella echa un vistazo de deseo sobre la fruta prohibida, aspira a la independencia que esta fruta deliciosa le ofrece, estira su mano desobediente, la corta y la lleva con entusiasmo a su boca… Al mismo tiempo la muerte se apodera de ella… la muerte del alma por el pecado apaga la luz de la vida…, la muerte del cuerpo que se convierte en un objeto de vergüenza y de confusión, hasta que vuelva al polvo del que salió.

Volvamos nuestros ojos a la Virgen de Nazaret. La voluntad del Cielo es clara para Ella. En presencia de la voluntad soberana, María se inclina con una obediencia perfecta, y pronuncia su Fiat: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Por lo tanto, la obediencia de la segunda Mujer repara la desobediencia de la primera.

Una Virgen se convierte en madre, y Madre de Dios; y es el asentimiento de la Virgen a la voluntad soberana la que la hace fecunda, por la virtud inefable del Espíritu Santo.

Arcano sublime que establece misteriosos vínculos entre Madre e Hijo, entre el Verbo eterno y una sencilla mujer, que ofrece al Todopoderoso un medio digno de Él para asegurar su triunfo contra el espíritu infernal.

Nunca hubo derrota más humillante y más completa que la de Satanás en ese día. El delicado pie de la Inmaculada hace sentir todo su peso sobre la orgullosa cabeza de la serpiente.

Por eso, miembros de la raza humana, arrancados del diente venenoso de la serpiente infernal por la obediencia de María, celebramos hoy el amanecer de nuestra liberación.

Llegó la plenitud de los tiempos, y la antigua profecía de que una virgen sería madre se descubre en el día de hoy. Un misterio profundo se cumple; reverenciemos el poder del Señor y su fidelidad a sus promesas.

El autor de las leyes de la naturaleza las suspende: la virginidad y la maternidad se unen en una sola criatura. Lo cual indica que un Dios va a nacer. Es por eso que el hijo de María llevará por nombre: Emmanuel, Dios con nosotros.

Sin perder nada de su divinidad, se someterá a todas las condiciones de nuestro ser debilitado, a fin de hacernos partícipes de la naturaleza divina.

Hermosamente dice San Bernardo:

Alégrate, Adán, padre nuestro; y tú, Eva, madre nuestra, llénate de gozo también. Porque así como fuisteis padres de todos, así fuisteis de todos homicidas; y, lo que es mayor desgracia, primero fuisteis homicidas antes que padres. Consolaos con esta hija, consolaos con tal hija.

Pero alégrese Eva principalmente, pues de ella primero nació el mal, y su oprobio pasó a todas las mujeres. Porque ya está cerca el tiempo en que se quitará el oprobio y ni tendrá ya de que quejarse el hombre contra la mujer. El cual pretendiendo excusarse imprudentemente no dudó acusarla cruelmente, diciendo: La mujer que me disteis me dio del fruto del árbol y comí.

Así, corre Eva a María, corre madre a tu Hija, Ella responderá por ti, Ella quitará tu oprobio, Ella dará satisfacción al Padre por la madre. Pues Dios ha dispuesto que ya que el hombre cayó por una mujer, fuese levantado por otra mujer.

¿Pero qué es lo que decías Adán? La mujer que me disteis me dio del fruto del árbol y comí. Palabras de malicia son éstas que más acrecientan tu culpa que sirven para borrarla.

Sin embargo la sabiduría ha vencido a la malicia; aunque malograste la ocasión que Dios quería darte para el perdón de tu pecado, cuando te preguntaba y hacía cargos por él, ha hallado en el tesoro de su indeficiente piedad arbitrios para borrar tu culpa.

Te da otra Mujer por esa mujer, una prudente por esa fatua, una humilde por esa soberbia; la cual, en vez del árbol de la muerte, te dará el gusto de la vida; en vez de aquel venenoso bocado de amargura, te traerá la dulzura del fruto celestial y eterno.

Por tanto muda las palabras de la injusta acusación en alabanzas y acción de gracias a Dios y dile; Señor, la Mujer que me habéis dado, me dio del fruto del árbol de la vida y comí de él, y ha sido para mi boca más dulce que la miel, porque en él me habéis dado la vida.

Mira pues a lo que fue enviado el Ángel Gabriel a la Virgen. ¡Oh Virgen admirable y dignísima de todo honor! ¡Oh mujer singularmente venerable, admirable entre todas las mujeres que trajo la restauración a sus padres y la vida a sus descendientes!

No vamos a terminar este gran día sin haber recordado y recomendado la institución piadosa y saludable que el cristianismo solemniza cada día en honor del augusto misterio de la Encarnación y de la Maternidad divina de María.

Tres veces al día, por la mañana, al mediodía y por la noche, los fieles se unen al Arcángel San Gabriel para saludar a la Virgen Madre, y glorifican el momento en que el Hijo único de Dios condescendió a tomar carne en ella.

Es de este modo que el Verbo divino ha triunfado sobre nuestra degradación. Dejó a los ángeles rebeldes en el abismo cavado por su orgullo, y sobre nosotros desplegó su misericordia.

Pero no es por una mirada de misericordia que nos salvó, sino viniendo a esta tierra manchada, tomando la naturaleza de esclavos, y comenzando una vida de humillación y dolor.

El Verbo se hizo carne para salvar, no para juzgar.

Te saludamos, oh María, llena de gracia, en este día en que disfrutas el honor sublime de ser Madre de Dios.

Por tu pureza incomparable has atraído las miradas del Creador, y por tu humildad lo has hecho descender a tu seno purísimo y virginal

¡Oh, Mujer incomparable! Tú eres el supremo esfuerzo del poder divino.

Nueva Eva, hija de la primera, pero sin pecado.

Por tu obediencia a los decretos divinos, salvas a tu madre y a toda su raza; restableces en la inocencia primitiva a tu padre y a toda su familia.

El Salvador que llevas en tu seno nos asegura todos los bienes, y es por tu mediación que nos llega la vida, el fruto sin el cual quedaríamos en la muerte.

Él recibe en tu seno virginal la Sangre preciosa que será nuestro rescate, la Sangre cuyo poder ha protegido la pureza en el momento de tu Inmaculada Concepción, la Sangre de un Dios por la unión que se consuma en Ti entre la naturaleza divina y la humana.

Hoy es el día en que se lleva a cabo, oh María, el oráculo del Señor anunciado después de la culpa: pondré enemistades entre ti y la mujer…

Por eso nuestras almas se regocijan con el pensamiento de la dicha inefable que inundó tu Corazón Inmaculado cuando el Espíritu Santo te cubrió con su sombra, y el Hijo de Dios descendió a tu purísimo seno.

Por eso permanecemos todo este día junto a Ti, en tu modesta casa de Nazaret. Nueve meses todavía, y llegaremos a Belén para postrarnos, con los Pastores y los Reyes Magos, ante el Niño Dios nacido para alegría tuya y nuestra salvación.

Allí diremos, junto con los Ángeles: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!