Hacia Galilea

Voy siguiendo tus pasos muy de lejos,
venerando tu estela ensangrentada
que, –plena de lumínicos destellos–
siembra huellas de amor en la distancia.
Quiero encontrar tus sienes espinosas,
el divino refugio de tus llagas
y el olor a vinagre de tu boca
que puede perdonar mis muchas faltas.
¿Dónde estás, nazareno? Ya es de noche
mas no quiero acampar. En la montaña
pude escuchar a mudos dando voces,
vi a ciegos estrenando la alborada,
a leprosos besar sus propias manos,
a sordos bautizarse en la palabra…
¡y vi muertos salir del camposanto
regresar, jubilosos, a sus casas!
Ando tras de tu voz que aplaca mares,
suplicando el reposo de mis aguas
y he traído mis panes y mis peces
para multiplicarlos con tu gracia.
Porque confío en que tus santas manos
guardarán los despojos de mi barca
¡y habrá un amanecer de lino blanco
cuando alcance tu orilla iluminada!
