ALEJANDRO BAYER OPINA SOBRE LOS HECHOS DE LA FSSPX BOGOTÁ

2014-01-12 10.28.46Apreciado Fabián:

Desde hace “mucho” tiempo, por lo menos 2 años, hemos venido temiendo como uno de los peores males que podía infligirnos el enemigo precisamente cuanto acaeció hace pocos días en Bogotá: que llegaran miembros representativos de la Fraternidad traidora y se quedaran con algo que pertenece a la Iglesia de Cristo, a los fieles que quieren ser fieles a Dios hasta las últimas consecuencias: el priorato y la capilla, realidades tan importantes (aunque no indispensables) en la batalla de conservar la fe, tanto para darle a Dios el culto debido, como para contar con los mínimos soportes materiales del trabajo sacerdotal. Esas dos realidades, sobre todo la capilla, era conquista valiosa que no poco dinero y muchos sudores había costado a los fieles católicos y a los directos ejecutores de su construcción. Lo cual no lo hace ni más importante ni más imprescindible, pero le da cierto valor simbólico que habría que haber tenido en cuenta…

Ahora bien: la actual Fraternidad se quedó con ellos ilegítimamente. Vinieron, llegaron, entraron, sacaron a patadas (es un modo de decir) al sacerdote en oposición a sus actuales políticas, y todos nos quedamos sin capilla y él sin casa. ¡Qué gran pérdida! ¡Qué golpe en la cabeza! ¡Qué triunfo del enemigo! ¡Qué derrota temida y, sin duda, prevista como posible y como altamente probable!

¿Qué pasó? ¿Por qué ocurrió eso si lo temíamos y lo veíamos como posible y probable desde hace tanto tiempo? ¿Es que no se podía evitar semejante descalabro? ¿Es que no habría podido ocurrir aquí lo que ese mismo día supimos que había ocurrido en Austria, a saber, que toda una capilla (supongo que eso quiere decir “fieles y su templo”) daba la espalda a la Fraternidad y se independizaba de ella, reclamando legítimamente lo que había sido querido por Dios para expresar la única fe verdadera? Claro que podía ser, pero no fue. ¿Y de eso hay responsables? Claro. En toda derrota de este tipo hay responsables. ¡Si al menos hubiéramos hecho lo que los peterburgueses le hicieron a Napoleón, dejándole una ciudad completamente vacía! Pero no. Ni eso. Toda defensa del bastión consistió o parece haber consistido en esperar a que llegara el momento del golpe. Y el golpe llegó y nos lo dieron con toda la fuerza posible y sin posibilidad alguna de evitarlo ante su poderosa presencia.

Hasta donde yo alcanzo a ver, el Rey Nuestro no fue bien servido. Los generales y capitanes de esta sección del ejército perdieron lo que se les había confiado, algunos hasta capitulando. ¡Qué vergüenza! Y por eso creo que todos los que podemos habernos considerado aunque sea mínimamente responsables de ese bastión (incluyendo a todo soldado, por raso que fuera su rango) deberíamos confesarnos, es decir, reconocer nuestra falta y pedirle perdón al Señor Rey Nuestro, pues no supimos defender lo que nos regaló y confió para representarlo públicamente. Ahora estamos como quedamos: en catacumbas, en casas, en mesas de comedor, en altares improvisados, en lugares menos dignos (no dedicados), y como sin derechos a lo que legítimamente es “nuestro”: de los representantes de la verdadera fe. ¿Dónde, pues, la victoria? ¿A un golpe semejante llamamos victoria? ¿No estaremos escondiendo el sol con las manos para no sentirnos tan mal como deberíamos?

Por eso me resulta difícilmente comprensible los “gritos” de júbilo, la exaltación de una mal llamada victoria. Ni quiero ni pretendo ni me parece justo desanimar a mis hermanos en la última batalla. Pero, ayyy, ¡qué cosa más semejante a la ceguera eso de ver una victoria donde hay una derrota! Aquí, si acaso, hay mucha misericordia: Dios saca cosas buenas de nuestros pecados (un número elevado de almas separadas de esa institución traidora, de donde todos nosotros deberíamos haber “salido” hace tiempo). Lo cual no nos sirve de excusa y sigue en pie la obligación de pedirle perdón por el pecado. Debemos llamar las cosas por su nombre y examinar nuestras conciencias minuciosamente, para que no haya en nuestras almas manchas no lavadas por la gracia de Dios. Derrota, sí: aquí hubo derrota y yo creo que muy culpable. Y creo que todos y cada uno de los fieles que comprendemos el problema de la Iglesia somos esos culpables y debemos pedirle perdón a Nuestro Buen Señor.

Y con perdón de los bien intencionados escritores de cartas públicas: nada más lógico y más sensato (y cuando se está en lo correcto es lo que Dios espera) que expulsar del seno de una institución a cualquier miembro que actúa contra ella o contra las directrices de sus dirigentes. Luego Bouchacourt hizo lo razonable, y harto se demoró (quizás hasta maliciosamente, o con falta de sagacidad). Y además es ridículo que se cante victoria por la actual libertad e independencia del ex – prior y que luego se le diga a Bouchacourt que no se está de acuerdo con la destitución. Si es algo que produce alegría, ¿por qué el desacuerdo? Es que nuestro sacerdote no tiene por qué representar (actuar en nombre de), ni como sacerdote miembro ni como prior, los intereses de una institución cuyas directrices rechaza. Es que él mismo debería apartarse por sí mismo, como hace toda persona normal de una institución cualquiera: más si se trata de la defensa de la fe y de asuntos relativos a la gloria de Dios. Luego si cantan victoria, agradezcan de todo corazón a Bouchacourt el tomar, por fin, la decisión que a todos alegra.

Alejandro Bayer