Mons. FRANCISCO OLGIATI – LA PIEDAD CRISTIANA – II – LA UNIÓN CON CRISTO

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDADPRIMERA PARTE

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN

IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Continuación…

II

LA UNIÓN CON CRISTO

San Bernardo comenta, en uno de sus sermones sobre la Pasión y la Resurrección de Cristo, las lágrimas y la angustia de la Magdalena ante el sepulcro vacío; y así hace hablar a Jesús:

«Mujer, ¿por qué lloras? ¿Qué buscas? Tú ya tienes a Aquél a quien buscas. Habes quem quaeris; ignoras? Tienes en ti a Aquél a quien buscas fuera de ti. Yo estoy en ti: mens tua monumentum meum est… Mens tua hortus meus est… Non longe a te sum».

Como enseña la fe, Dios vive en nosotros mediante la gracia, por la que somos partícipes de la naturaleza divina, y por la cual somos realmente ramas unidas al tronco, que es Cristo Jesús, cosa que invita a exclamar a San Pablo: «Vivo ego, jam non ego; vivit vero in me Christus». Esta buena y consoladora nueva llenaba de sal el ánimo de los primeros creyentes y siempre ha hecho exultar de gozo purísimo a los verdaderos cristianos, conocedores del donum Dei. Esta idea inspiró todo el accionar de San Pablo y constituyó el concepto fundamental de la predicación de los Padres y Doctores de la Iglesia. Somos templum Dei; con San Agustín podemos proclamar que somos un cielo (coelum sumus); podemos vanagloriarnos con León Magno de la dignidad de nuestras almas no simplemente humanas, sino divinizadas: Agnosce, christiane, dignitatem tuam. Y todo esto por la gracia, que han conquistado los méritos de Cristo; por nuestra incorporación a Él, que es la Cabeza del gran organismo que Él mismo creara: la Iglesia.

Hoy, después de la nefasta época de un naturalismo que nos recuerda simplemente el hecho helado de la muerte, la mente y el corazón de muchos predicadores y escritores católicos, triunfa lo sobrenatural. Se siente la necesidad y el deber sagrado de terminar con las palabras de la sabiduría humana y de recurrir a la idea divinamente vivificadora que ha proclamado el Evangelio y que ilustró el Apóstol de las gentes.

Estamos más deseosos de exposiciones del Cristianismo que nos recuerden simplemente el hecho y la grandeza de nuestra divinización, que no de apologías.

Desde tiempo ha, en cada pueblo, se va desarrollando, en una multitud de volúmenes, opúsculos, publicaciones y traducciones —dignos de la máxima atención— una campaña noble y eficaz, que parece anunciar un despertar intenso de lo sobrenatural en la historia.

Hoy, las almas, también las humildes, tienen viva necesidad de una doctrina, pero verdadera doctrina cristiana, doctrina de Cristo, y no doctrina humana o simplemente filosófica.

¿Qué importa si el idealismo, último residuo de teorías naturalistas ya podridas, va tejiendo fábulas sobre una pretendida reducción del Cristianismo a la filosofía? Las conciencias piden otro alimento, muy diferente. Parvuli petierunt panem; y los apóstoles de lo sobrenatural parten este pan de vida generosamente y con el propósito firme de proseguir también en el futuro la guerra santa por las victorias del reino de Dios en los corazones.

Esta primavera sonriente, que ha ido progresando sobre todo en los últimos decenios y que a muchos hizo exclamar: «Veo abiertos los cielos», debe intensificar en nosotros el anhelo de un desarrollo del espíritu de oración y de vida interior, y cada vez más debe confirmarnos en el propósito de vivir una vida de unión y de intimidad con Cristo.

***

Expongamos el problema en términos fáciles y simplicísimos.

Por la Revelación sabemos tres cosas, como dice el Padre Bernadot:

1ª. — «Dios es el Océano de la vida. Y esta vida, que es Luz y Amor, tiene sed de expanderse y de darse. El Padre eternamente se da al Hijo; y el Padre y el Hijo se dan juntamente al Espíritu Santo, comunicándole su única divinidad». He aquí la Trinidad;

2ª. — «Aun eternamente, por misericordia inefable, Dios resolvió comunicar su vida santa y bienaventurada a la creatura, darle su Verbo, darle su Espíritu, comunicarla con su naturaleza divina en la Luz y en el Amor». He aquí, en primer lugar, la Encarnación, pues que,

«antes de rebosar sobre todas las creaturas, la vida infinita empieza por trasmitirse (fundirse infundirse) toda entera en Aquél que es el primogénito de las creaturas, Cristo Jesús, cuya santa Humanidad, en virtud de su unión con la Persona del Verbo, recibe la participación de los bienes infinitos, en cuanto es posible a una naturaleza creada. Toda la vida divina fluye en Él. Dios quiso que la plenitud de la divinidad habitase en Él… Lo hemos visto lleno de gracia y de verdad. Más grande y sumo que todo, introducido en la adorable Trinidad, Jesús comulga con la Vida sin medida, y ella inunda su Corazón y su Alma, y sumerge todas sus potencias de inteligencia y amor, de modo que Él, a su vez, se transforma en Océano de vida».

3ª. — Mas Cristo, no está aislado. Nos redimió de nuestros pecados y nos unió a Él. Mediante el Santísimo somos injertados en Cristo, nos transformamos en sarmientos que viven en la Vid divina y reciben la savia vital, constituimos con Él un Cuerpo único, del que Él es la Cabeza y del que nosotros somos los miembros. Él es la cabeza y la Iglesia su cuerpo, enseña San Pablo y San Juan prosigue: Todos recibimos de su plenitud.

«La Vida, que de la adorable Trinidad se infundió en su Humanidad, rebosa nuevamente, se extiende y se propaga… De la cabeza, de Jesús, cuyas potencias inunda, se expande a todo el cuerpo formado por los fieles… He aquí el admirable misterio de la difusión de la vida sobrenatural, que más que otro hace resplandecer la gloria de la gracia y arrancaba a San Pablo conmovedores himnos de agradecimiento. Éste es el misterio que no cesaba de predicar el gran Apóstol, llamándolo el misterio de Cristo… el misterio escondido a los siglos y a las generaciones pasadas, pero revelado ahora a los santos: que Cristo mora en vosotros… En Jesús y en nosotros, en su alma y en la nuestra, en su corazón y en el nuestro, hay una misma vida, una misma gracia, una misma comunión de amor con el Padre en la unidad del Espíritu Santo».

Tendría que ser evidente la conclusión. El mandato de Cristo: «Permaneced en mí y Yo en vosotros»; el programa de San Pablo: «Vuestra sociedad sea con Cristo en Dios»; nuestra unión afectuosa, íntima, partícipe con Cristo Jesús, debería ser nuestra máxima preocupación.

Tener despierta tal conciencia de que nuestra vida está con Cristo en Dios; tener presente que, del mismo modo que Jesús podía decir que no estaba solo, así también nosotros, injertados en Cristo y viviendo de la vida sobrenatural de su gracia, no estamos solos, sino que Cristo está en nosotros, y tendría que ser la lámpara que diera luz a nuestra oración, a nuestra actividad cotidiana, si queremos vivir de una espiritualidad verdaderamente cristiana.

San Pablo escribía a los Gálatas: «Sois una misma cosa con Cristo». ¡Y sería superfluo enumerar el influjo que semejante buena nueva debería tener sobre toda nuestra existencia, y sobre cada minuto de nuestro camino sobre la tierra!

No podría enunciarse más claramente la cuestión.

Dado que nuestra vida debe ser iluminada por una conciencia vigilante de nuestra unión con Cristo; y dado que tal conciencia muy a menudo se debilita y desaparece en nosotros, ¿cómo podremos despertarla, alimentarla, tenerla prendida, y asemejarla a un fuego que abrasa con maravillosas llamas de amor y de luz y no a un fuego que se apaga?

Dentro de poco, cuando pueda publicar otro pequeño libro sobre San Pablo, saludaremos en él la unión con Cristo, tan viva y constante, que explica no sólo su apostolado práctico, sino toda su doctrina.

Para leer y comprender las epístolas paulinas, la clave es nuestra incorporación en Cristo. El dogma trinitario, la doctrina referente a la Encarnación y a la Pasión de Cristo, al pecado original y a los Novísimos; la moral en todos sus aspectos, de la caridad a la esclavitud, de la pureza al problema del dolor, del escándalo a la idolatría; la teología de los Sacramentos, del Bautismo y del Matrimonio al Orden y la Eucaristía; el mismo lenguaje y el vocabulario del Apóstol —se explican y se unifican en él— si se tiene fija la mirada en su «mihi vivere Christus est».

¿Cómo podríamos imitar, aunque sea de muy lejos, un ejemplo tan elocuente?

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La primera decisión que ha de tomar quien con seriedad de propósitos quiere ceñirse a tal conquista, es, sin duda, la de dedicar algún tiempo —de cuando en cuando— al estudio y a la meditación de los libros que traten la doctrina de la gracia y de lo sobrenatural, de la inhabitación de Cristo en nosotros y de su Cuerpo Místico, la Iglesia.

Experiencias múltiples aconsejan dedicar dos meses de cada año al mismo fin, de manera que la meditación de la mañana y la lectura espiritual nos obliguen casi a renovar el propósito de pasar el día en unión con Cristo, o sea, actuar con aspiraciones renovadas y recordando repetidamente el propósito de tener en la mente que no somos nosotros los que vivimos, sino que Cristo vive en nosotros.

La disipación, derivada de nuestra misma naturaleza humana, y la tendencia hacia lo exterior, hacia la futilidad y hacia las cuestiones accidentales secundarias, constituyen una fuente de distracción continua. Si no nos preocupamos por lo menos una vez, de profundizar la gran revelación, muy pronto nos veremos arrastrados por las cosas externas y nuestra vida interior correrá el riesgo de un debilitamiento, progresivo, mortal.

En cambio, si de tanto en tanto dedicamos cuatro o cinco semanas a recordar la consoladora verdad y si pasamos esa época en un activo ejercicio cotidiano para aumentar el sentido del conocimiento de nuestra unión con Cristo, entonces aseguraremos el progreso.

Es superfluo advertir que es absolutamente indispensable formarse una idea límpida y teológicamente precisa de la verdad revelada, de lo contrario en vez de construir sobre el dogma, construiremos sobre el sentimentalismo y la fantasía.

Para esto nos ayudará mucho el elegir los libros para leer, para meditar y posiblemente para resumir en un escrito, pero ordenadamente, de los más elementales a los más elevados. Resulta sencillamente cómico pretender alimentar a un niño de pecho con un panecillo, indicado para un soldado; como no deja de ser divertido el método de quien toma en sus manos a Marmion, ajeno aún de algunas nociones teológicas y de instrucción religiosa.

Antes de llegar a la Universidad, es necesario haber cursado los grados elementales, luego el bachillerato y sólo entonces es posible cursar los estudios universitarios; así antes de tomar libros de índole teológica, hay que conocer el pequeño catecismo, donde se expone simple y esquemáticamente la doctrina cristiana.

En la práctica puede ser útil seguir este criterio:

1. — Se puede iniciar la meditación y el estudio con el «Silabario del Cristianismo» o con el «Silabario de la moral», para precisar el concepto sobre lo sobrenatural, la gracia, la Iglesia, el dogma y la moral cristiana.

2. — Luego se puede pasar a los libros del Padre Rodolfo Plus, S. J., que sabe traer hasta nosotros, sin quitarle nada de su pureza, el agua viva desde las altas montañas del dogma y de la teología, con claridad, con estilo brillante y con sentido exquisito.

Mas estos libros deberán ser leídos en este orden:

a) Dios en nosotros, donde expone los principios de nuestra elevación a la vida divina.

b) En Cristo Jesús, donde claramente enuncia la doctrina de San Pablo de nuestra incorporación en Jesús.

c) Jesucristo en nuestros hermanos, que enseña cómo, estando unidos a Cristo, por consecuencia estamos unidos a nuestro prójimo que constituye con Jesús y con nosotros un organismo único, de modo que debemos ver en el prójimo a Jesús.

d) La idea reparadora, que deduce de nuestra incorporación en Cristo las consecuencias de la unión de nuestros dolores con los suyos y de nuestra reparación valorizada por la unión sobrenatural con el Redentor.

3. — Luego será fructuoso el Reino de Dios (Turín, 2a ed., 1932), del Cardenal Alfredo Ildefonso Schuster, que abrirá nuevos horizontes, y nos hará entender mejor la grandeza de la Iglesia, de los Sacramentos, canales de gracia, y el significado de la liturgia; — como serán queridos a los Sacerdotes los libros: La vida interior, del Card. Desiderio Mercier, y para todos: La vida interior simplificada del Padre José Tissot (Turín, 1923) y La oración sacerdotal de Jesús en la última Cena del Padre Petazzi (Milán, 1933).

4. — Después de semejante preparación se podrá afrontar la obra insigne del abad de Maredsous, Dom Columba Marmion: Cristo, vida del alma. Estas maravillosas páginas que —como se dijo— no parecen haber sido escritas sin una especial ayuda del Espíritu Santo, tuvieron una difusión extraordinaria y fueron traducidas al italiano, al flamenco, al castellano, al portugués y al alemán, siendo la tirada en francés de 80.000 ejemplares. En el prólogo a la edición alemana, dice Grabmann que es muy raro encontrar una síntesis tan feliz de los dogmas cristianos en sus relaciones con nuestra vida espiritual. Es el teólogo que se muestra hombre piadoso, para cuya alma Cristo es la vida verdadera.

5. — En este momento es bueno sumergirse en las aguas berulianas, o sea en la escuela del siglo XVII, que, si bien con alguna imperfección e inexactitud, pero siempre con ferviente espíritu de fe, agitó tan fructuosamente la bandera de lo sobrenatural.

La traducción hermosa del Cardenal Pedro de Bérulle: Las grandezas de Cristo (Milán, 1935) puede ser gustada entonces, ya que se sabrá leer el volumen procurando, adquirir no tanto ideas abstractas (que ya deben ser poseídas), cuanto un estado de ánimo que siente lo sobrenatural.

Completarán y conservarán fresca la gran idea, que debe ser nuestra idea-madre las obras de San Juan Eudes, como La vida y el reino de Jesús en las almas cristianas (Turín. 1934) y las de Olier, como Las sagradas órdenes (Roma. 1932) o las de De Condpen.

Lo mismo diremos de los libros inspirados en la corriente beruliana, por ejemplo, los del Padre Giraud: Jésus-Christ, prétre et victime (Jesucristo Sacerdote y Víctima), — De l’union a N. S. Jesús-Christ dans sa vie de victime (De la unión a N. S.Jesucristo en su vida de Víctima—. y, para los sacerdotes, Prétre et hostie (Sacerdote y Hostia), (París, Beauchesne).

Son meditaciones confortantes, que cada vez pueden ser más eficaces, si se las acompaña con la lectura, de los ensayos recientes radicados a la espiritualidad beruliana, por eiemplo: Le Card. De Bérulle, maitre de vie spirituelle (El Cardenal De Bérulle. maestro de la vida espiritual), de Claudio Taveau (París, 1933) y La spirituálité de Saint Jean Eudes (La espiritualidad de S. Juan Eudes), de Carlos Lebrun (ib.).

6. — Ya que el corazón prevalece en muchas de estas obras, conviene, pasando los años, elegir trabajos referentes a lo sobrenatural, que den o una exposición abundante y exacta de índole dogmática, o si no, que revivan la historia del pensamiento teológico sobre la gracia, durante los siglos cristianos.

Para ello son aconsejables algunas obras:

a) Los dos volúmenes del Padre Terrien: La grâce et la gloire (La gracia y la gloria), que con precisión elegante y claridad enuncian los principios teológicos, y la obra de Ch. De Smedt, S. J., Notre vie surnaturelle (Nuestra vida sobrenatural) (2 vol., París, 1929).

b) El ensayo de José Anger, La doctrine du Corps mystique de Jésus-Christ d’aprés les principes de la théologie de Saint-Thomas (La doctrina del Cuerpo místico de Jesucristo según los principios de la teología de Santo Tomás) (París, 1929).

c) Los dos libros del Padre Emilio Mersch: Le Corps mystique du Christ, études de théologie historique (El Cuerpo místico de Cristo, estudios de teología histórica) (Lovaina, 1933).

d) El trabajo de Ernesto Mura: Le Corps mystique du Christ, sa nature et sa vie divine d’après Saint-Paul et la théologie (El Cuerpo místico de Cristo, su naturaleza y su vida divina según San Pablo y la teología) (París, 1934).

Después de tales lecturas, pueden cooperar a completar la propia cultura religiosa a propósito de nuestra unión sobrenatural con el divino Salvador, otras publicaciones como el librito de Jager, Nuestra identificación con Cristo, las hermosas y pías obritas de Schrijvers y otras más.

Si bien estas publicaciones no nos traerán nada de nuevo, regarán la flor de la gran idea en nuestra alma, la conservarán en su frescura y favorecerán su desarrollo.

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Como los libros señalados constituyen nuestro alimento espiritual, si no queremos detenernos en una pura especulación, noble y espléndida sí, pero sin mayores frutos prácticos, debemos cada día —como conclusión de la meditación y de la lectura— despertar activamente durante el día la conciencia de nuestra unión con Cristo.

Especificando:

a) Es evidente que, especialmente en tales épocas, es necesario tener cuidado de conservar y de aumentar la gracia, no sólo evitando el pecado mortal, sino las culpas veniales, que, si no apagan en nosotros la llama de la misma gracia, la hacen languidecer.

¡Vivid vuestro bautismo! es el lema que se inculcó durante las semanas de la joven realizadas en varias ciudades de Italia a muchas obreras, empleadas, señoritas que vivían alejadas de la vida sobrenatural.

La explicación de lo que es la gracia, y de lo que ha significado nuestro Bautismo, se ha demostrado como el medio más eficaz para iluminar las mentes, para convertir los corazones, para hacer resurgir las conciencias a una nueva vida, animada por el pensamiento de que el cristiano debe vivir una vida divina y no puramente humana, y menos aún una vida de pecado.

b) Después, durante la oración, en la iglesia o fuera de ella, especialmente al principio, conviene refrescar en nosotros el gran pensamiento, de manera que tengamos conciencia de que nuestra oración es la oración de Jesús y que nuestra pobre voz se eleva al Padre fundida en la voz divina del Hijo y vivificada por el amor del Espíritu Santo. Si no, excitemos en nosotros el recuerdo del carácter cristiano de nuestras oraciones, que nos hará ver la dulce realidad, tan favorable al fervor sobrenatural, o sea, que no oramos solos, sino que Jesús ora en nosotros, por nosotros y con nosotros.

c) La oración litúrgica, en especial, será el campo de nuestros ejercicios prácticos, porque durante la Misa, y en otras ceremonias litúrgicas, es Cristo quien reza con su Cuerpo Místico. Y pensar así equivale a sentir un estremecer que sacude, alegra, conforta, hace potente la misma oración y permite una participación más intensa en la oración de la Iglesia.

d) Si luego durante el día se presenta de cuando en cuando algún instante de recogimiento, en cuyo transcurso se reflexiona sobre nuestra inefable unión con Cristo y se saluda a Aquél que vive en nosotros con su gracia, la hermosa idea penetrará en nuestro espíritu y se transformará en alma de nuestra alma.

e) También aquí hay que afirmar bien fuerte que de ninguna manera se quiere cambiar el curso de nuestros deberes cotidianos, y menos aun que se deba desear meterse en el convento o el monasterio más cercano. Todo lo que debemos cumplir será cumplido, y desde el punto de vista de la exterioridad, no habrá ni se quiere ninguna modificación.

Todavía caminaremos, in novitate vitae; y si nada cambiará, todo será nuevo.

Don Juan Colombo observaba en la Revista del Clero italiano (octubre 1930): «imaginaos ¡en qué latidos de amor se transformaría nuestra vida lánguida si viviésemos con fe en este contacto con Cristo! Una multitud circundaba un día a Jesús: de repente N. Señor se vuelve y pregunta: «¿Quién me ha tocado?» Pedro responde: «¡Qué ingenuidad, Maestro! La gente os acosa de todas partes y vos preguntáis quién os ha tocado». Pero Jesús insiste: «Alguien me ha tocado, porque sentí que una fuerza salía de mí». En ese instante sanaba una mujer.

Cada día sucede algo análogo entre nosotros. Una multitud de cristianos están en torno a Jesús, a su Hostia, a sus Sacramentos, a su gracia. Sin embargo, son pocos los que viven la fe de este contacto y ellos solos sanan de toda fascinación maligna. ¡Hagámonos a nosotros y a otros conscientes de nuestra sublimidad! Ser un cuerpo solo con Cristo: por lo cual todos sus méritos, toda su gracia, toda su gloria están a nuestra disposición; por lo mismo, nuestro cansancio, nuestras penas, nuestras lágrimas, nuestras sonrisas se transforman en cansancio, penas, lágrimas y sonrisas de Jesús… ¡Cuán bella es así la vida! Por esto, poniéndonos a trabajar, pensaremos en Cristo con quien estamos unidos y que diviniza con su gracia nuestra actividad, sea física o intelectualmente; cuando suframos pensaremos en las palabras del Apóstol: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia»; cada vicisitud del día podrá ser una invitación a recordar que los afectos, aspiraciones, sudores, aflicciones, y nuestros esfuerzos llevan un signo, en cuanto están consagrados y sobrenaturalizados por Cristo.

Acaso ¿no era este mismo pensamiento el que sugería a San Pablo su recomendación: «Hoc sentite in vobis quod et in Christo Jesu… Vuestro sentir sea el sentir de Cristo Jesús»? Como consecuencia ineluctable ¿no se seguirá, por un ejercicio semejante, que paulatinamente nos convenceremos —por nuestra unión con Cristo— que hablando, debemos hablar como quiere hablar Jesús en nosotros, que trabajando debemos fatigarnos unidos a Él, y que sufriendo virtamos lágrimas que se unan a sus dolores?

f) El examen atento y detallado, hecho a la noche, sobre los diversos momentos del día —el cuidado de anotar los progresos o atrasos eventuales que se produzcan— la relación diligente y sincera a quien dirige nuestra conciencia — completarán y activarán aquí también el ejercicio espiritual descrito.

En la vida de Olier, leemos que muchas veces oía una voz interna, que con imperiosa suavidad le susurraba: «¡Vida divina! ¡Vida divina!» Su existencia se «asemejaba a una solemnidad’!

Y el mismo Olier elogiaba así al Padre Condren:

«En él se veía una apariencia simple y una cáscara de lo que mostraba ser en idealidad: interiormente era otro, siendo como el interior de Jesucristo y su vida sagrada; de manera que en el Padre Condren vivía más bien Jesús, que el mismo Padre Condren. Se asemejaba a una Hostia de nuestros altares; de afuera se ven los accidentes y las apariencias; pero adentro estaba Jesucristo».

También la hora actual, más fervorosa que nunca, vuelve hacia nosotros el llamado: «¡Vida divina! ¡Vida divina! Sed como las Hostias, que recibís en vuestros corazones con la sonrisa del alba. Incorporados, injertados, unidos a Cristo, sentid cómo Él vive en vosotros y en cada uno de vuestros hermanos».

Nunca atenderemos demasiado a tal llamado.

Pero reflexionaremos suficientemente sobre las gotas de agua, vertidas por el Sacerdote en el cáliz, por la mañana, las cuales se pierden en el vino, y son el símbolo de nuestra vida, de nuestra acción y de todo nuestro ser que debe formar una sola cosa con Cristo Jesús.

Continuará…