MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Tercero
LA LEY DEL AMOR
Continuación…
II
EL AMOR AL PRÓJIMO
Al mandamiento del amor a Dios añade Jesús el del amor al prójimo.
Un «mandamiento nuevo os doy», dice el divino Maestro, amaos los unos a los otros, como yo os he amado. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros.
Tal vez no hay en el Evangelio palabras más conocidas, pero quizá también no hay palabras menos comprendidas y menos practicadas.
Muchos objetan: ¡¿un mandamiento nuevo?! ¡De ninguna manera! Antes de Jesús, el corazón humano, en las antiguas civilizaciones, ya poseía este tesoro.
Tomemos, por ejemplo, los egipcios: en los epitafios de los grandes señores de Egipto leemos testimonios de beneficencia de este género:
«He dado pan a quien tenía hambre, vestido a quien estaba desnudo, de beber a quien tenía sed».
«Entef… ha hecho justicia al llanto de los pobres; era el padre de los débiles, el asilo del huérfano».
Y en el Libro de los muertos encontramos máximas como éstas: «Si te enriqueces, eres sólo el administrador de los bienes de Dios; no pospongas al prójimo, que es tu semejante: sé para él como un compañero».
Parece no ser necesario abrir el Evangelio para encontrar el precepto del amor fraternal; aun los estoicos, para no mencionar otros, nos ofrecen la misma enseñanza. Marco Aurelio se alegra, porque —afirma— «cada vez que quise socorrer a alguien, ya pobre, ya necesitado, jamás se me contestó que yo no tenía dinero para hacerlo».
En sus Recuerdos concibe «todas las cosas… recíprocamente ligadas entre sí, sagrado es el lazo que las une y ninguna puede considerarse extraña a la otra. Todas están coordinadas entre sí».
Y con Séneca añade que «la sociedad humana se asemeja a una bóveda, cuyas piedras, afirmándose unas en otras, producen la seguridad del conjunto… Los seres inteligentes tienen entre sí en el cuerpo colectivo, la misma relación que entre sí tienen los miembros del cuerpo en cada animal; todos deben cooperar a un fin común».
Por lo tanto, nosotros no debemos odiar, porque el que odia deja de ser una rama unida al gran árbol de la humanidad y se convierte en una rama arrancada del mismo. Debemos perdonar las injurias, no sólo porque «la mejor manera de vengarse de una injuria es no asemejarse a quien la ha inferido», sino también porque, como dice la amonestación de Antístenes «obrar bien y ser injuriado es propio de rey».
Orientados en esta dirección muchos han buscado el origen del precepto del amor al prójimo entre los antiguos hebreos, en la India y en Atenas; se ha comparado la moral de Cristo a las de Moisés, de Buda y de Platón, y se ha llegado en algunas ocasiones a sostener la superioridad de las demás morales sobre la ética cristiana.
Otros han recurrido a Schopenhauer, quien, en nombre de su pesimismo, ideó la moral de la piedad y de la simpatía, y otros hasta a los utilitaristas ingleses, cuya moral está fundada sobre el bien social.
También se ha traído a colación la vida política; y el mágico grito de «fraternidad» lanzado por la Revolución Francesa pareció tener mayor eficacia que el precepto cristiano del amor. Más aún, después de la proclamación de la «fraternité», se intensificaron las tentativas de dejar descansar la antigua charitas para sustituirla con la rozagante y joven filantropía vestida a la última moda y victoriosa con los bailes de beneficencia y las copas de un champagne que burbujea, como los tiernos corazones de las damas y de sus caballeros.
Un Silabario no puede combatir contra teorías tomadas de la historia de las religiones, de la historia de la filosofía, de la historia política y social, antigua, moderna y contemporánea. Sólo queremos exponer la doctrina moral cristiana. Su escueta enunciación podrá persuadir una vez más a ciertos intelectuales de su ignorancia respecto del Cristianismo.
Será una refutación implícita de todas las objeciones y mostrará cómo el amor natural del hombre por el hombre (omne animal diligit simile sibi) no es la caridad inculcada por Cristo, pues sólo el amor cristiano al prójimo tiene la misma raíz del amor a Dios y se extiende aun allá donde la filantropía no alcanza, es decir hasta el amor de los enemigos.
***
a) El verdadero concepto cristiano del amor al prójimo
Ante todo determinemos con precisión el verdadero concepto del amor fraterno según el Cristianismo.
Un individuo, por ejemplo, un antiguo egipcio, veía a otra persona que sufría: movido a compasión la socorría. ¿Era esto un acto de caridad cristiana? No, por cierto; en esto nada hay que se refiera al orden sobrenatural. Es un acto caritativo humano, que es un elemento indispensable en el acto de caridad cristiana, pero no es suficiente.
Para comprender el amor cristiano al prójimo, es necesario partir de nuestra unión con Jesucristo.
Como hemos visto, no estamos separados de Él; constituimos con Jesús un mismo organismo del que Él es la Cabeza, nosotros los miembros y el Espíritu Santo el alma. Como todo sarmiento unido a la vid vive de la vida de ésta, así en todo cristiano unido a Cristo está presente Cristo que lo vivifica.
Por esto cada cristiano es otro Jesús —Christianus alter Christus—. Y nosotros podemos exclamar con el padre Plus —en su ágil y hermosa obra: Jesucristo en nuestros hermanos—: «Señor, yo te encuentro a cada paso. En virtud de la maravilla de nuestra divina incorporación en tu sagrada Persona no puedo hacer un movimiento sin estar en tu presencia. Dirijo mis ojos hacia mí, allí estás Tú. Miro al prójimo, allí estás Tú. Si quiero ver, ¡por todas partes estoy rodeado de tabernáculos vivientes!»
Esta idea todo lo aclara. En la última Cena en el discurso en que precisamente explicó el «mandamiento nuevo», Jesús tuvo cuidado de indicar su verdadera nota esencial: «que todos los que han de creer en Mí sean todos una misma cosa y así como tú, Padre, estás en Mí y yo en Ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros… Yo en ellos; y Tú en Mí, para que sean perfectos en la unidad».
En otras palabras, somos hijos adoptivos de Dios, porque estamos unidos a Cristo, Hijo del Padre por naturaleza; precisamente por esto somos hermanos entre nosotros, porque participamos de esta divina filiación, por la cual Cristo es el «primero entre los hermanos». Nuestra fraternidad, por lo tanto está basada sobre todo en la divinidad, y no —como la de la Revolución Francesa— puramente en la humanidad.
Amamos a Dios en Cristo y amamos al prójimo por amor a Dios, en cuanto amando al hermano, en éste amamos a Cristo.
Peteonio se preguntaba horrorizado: «¿cómo puedo amar a mi esclavo?» Y en verdad, si en mi prójimo sólo viese al individuo humano, yo amaría a poquísimas personas y a muchas odiaría; pero para mí el prójimo es Jesucristo presente en él; es un estuche más o menos hermoso, lleno quizás de defectos como yo, que encierra un diamante, es decir, lleva oculto a nuestro Señor.
¿Qué importa que el estuche sea una persona antipática, un adversario, un delincuente? Como en el sarmiento no considero la leña, sino la vitalidad que se agita en él, comunicada por la vid, así en el prójimo no me detengo en el hombre, miro a Cristo. Y el acto cristiano de caridad consiste precisamente en amar al prójimo reconociendo en él a Nuestro Señor, presente ya de hecho (con la gracia, si se trata de un justo); ya de derecho (si se trata de un pecador o de un infiel). Yo no socorro a Ticio, Cayo o Sempronto, sino a Jesús en Ticio, en Cayo o en Sempronio.
Lo que hago lo hago por amor a Jesús: o sea el amor a Dios y el amor al prójimo no son dos cosas diversas o separables, pues «el segundo precepto es igual al primero». Hasta no haber alcanzado esta altura, no he comprendido el precepto cristiano del amor. Quien la alcanza, adquiere una nueva fuerza inmensa: pues es evidente que si supiéramos que Jesús, venido de nuevo a la tierra visiblemente, tiene necesidad de ser ayudado por nosotros, nos sentiríamos dichosos de quitarnos el pan de la boca para dárselo a Él; haríamos esfuerzos y prodigios para socorrerlo. El cristiano no necesita contemplar a Jesús con los ojos del cuerpo; tiene la mirada mucho más penetrante de la fe y ve a Jesús bajo los semblantes de sus hermanos, lo mismo que bajo las apariencias de la Hostia.
De este modo todo el Evangelio y el Nuevo Testamento se hacen inteligibles.
Es este mandamiento un mandamiento verdaderamente nuevo. Ridículo es el buscarlo en Egipto o en la India, en Grecia o en Roma, en las tumbas de los Faraones, en la doctrina de Buda, junto a las guillotinas de la Revolución Francesa, en los libros de Marco Aurelio o de Schopenhauer, o en las así llamadas fiestas de beneficencia: es sólo Cristo quien lo ha enseñado.
En la descripción del juicio universal, según San Mateo, Jesús afirma que en el último de los días, el Hijo del hombre, el Rey del universo aparecerá y dirá a los que estén a su diestra: «Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os tengo preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui peregrino y me alojasteis; estuve desnudo y me cubristeis; enfermo y me visitasteis; encarcelado y vinisteis a Mí. Entonces preguntarán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer; con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te hemos visto peregrino y te hemos recibido; desnudo y te hemos cubierto?; ¿cuándo te hemos visto enfermo y encarcelado y fuimos a visitarte? Y el Rey les responderá: En verdad os digo: cuantas veces habéis hecho algo por uno de estos hermanos míos pobres, a Mi lo habéis hecho».
Y a los condenados, después del reproche por no haberlo socorrido y después de su asombro, responderá diciendo: «En verdad os digo: cuantas veces no habéis hecho esto a uno de estos pequeños, no me lo habéis hecho a Mí».
Nuestro prójimo pobre, necesitado, dolorido es Jesucristo. Lo que se hace con el hermano se hace con Jesús. Si se persigue al hermano, Jesús se lamenta, como con Pablo en el camino de Damasco: «¿Por qué Me persigues?» Si poseyendo bienes, añade San Juan, y viendo al hermano necesitado, cerramos nuestro corazón, «¿cómo puede permanecer en nosotros el amor a Dios?»: quien no ama al prójimo, no ama a Cristo y por lo tanto no ama al Padre.
De esto deriva toda la predicación de caridad del Discípulo del amor y toda la historia de la caridad cristiana, desde las cadenas rotas de los esclavos hasta los asilos para el dolor opuestos a los circos y a los coliseos. Y si nos interesáramos en penetrar algo en las sublimes almas de los Santos, haríamos quizás un descubrimiento: no hay uno que haya concebido la caridad hacia el prójimo de distinto modo del expuesto: todos han amado en su prójimo a Jesucristo.
«Con frecuencia —escribe San Jerónimo en sus Cartas— Fabiola recogía a los necesitados y les lavaba sus inmundas llagas venciendo toda repugnancia, porque sabía que en las llagas de los pobres curaba las del Salvador».
San Benito, en su Regla, ordena que «todos los huéspedes sean recibidos tamquam Christus, como Cristo» y que al partir sean saludados con gran humildad: «Cristo sea adorado en ellos». Añade que «debe tenerse ante todo y sobre todo el cuidado de los enfermos y debe servírseles, ¡como a Cristo!»
San Bernardo rudamente se expresa así: «En vuestras relaciones con el prójimo no consideréis al hombre exterior con su envoltura de lodo; deteneos en el hombre interior, creado a imagen de Dios, redimido con la sangre de Jesucristo, templo del Espíritu Santo, tabernáculo de Jesús y destinado a la felicidad eterna».
«Procurad ver a Dios y a Jesucristo en el prójimo» insiste San Ignacio.
San Martín obispo, Ángela de Foligno, Isabel de Hungría, José Cottolengo, Federico Ozanam y Luis de Casona jamás han hablado de distinto modo.
Para que no se sustraiga a la acción un tiempo precioso, Vicente de Paúl llega a limitar las oraciones de sus Hijas de la Caridad. «Los pobres —les prescribe— sean vuestro Oficio, vuestras letanías. Son suficientes. Abandonad todo por Dios. Procediendo así, dejáis a Dios por Dios».
«Hermanos —repetía frecuentemente Camilo de Lelis, el santo fundador de los Camilos, a sus compañeros enfermeros— considerad que los enfermos son la pupila y el corazón de Dios y que lo que hacéis a estos pobrecitos lo hacéis a Dios mismo».
Afirmaba un testigo en el proceso de canonización.
«Camilo no sólo amaba a los enfermos, sino, en cierto modo, los adoraba, porque en cada pobre adoraba la persona de Cristo». «Yo lo he visto —añade otro— llorar cerca de estos enfermos por su vehemente consideración de que en ellos estaba Cristo».
Un día el prior del Hospital Santo Spirito lo mandó llamar, estando Camilo ocupado en asear un enfermo: «Decid a Monseñor —contestó al mensajero— que estoy ocupado con Jesucristo, y que al concluir esta obra de caridad iré inmediatamente».
Por lo demás, seamos sinceros, si la moral cristiana fuese distinta, si en nuestro prójimo sólo debiéramos ver al hombre, ¿cómo podríamos soportarnos mutuamente, con todos los defectos de nuestro carácter más o menos amable? ¿Cómo podríamos amarnos? ¿Cómo podría obtenerse de una Hermana de Caridad que pase toda su vida en las crujías de los hospitales, no por dinero sino con el voto de pobreza? Es inútil: para explicarse a las señoras en los bailes de beneficencia, basta la consideración del hombre; pero una joven Hermana jamás sacrificaría en austera penitencia una vida recta y pura, si no viese a Jesucristo en el enfermo con frecuencia gruñón y descontentadizo.
Con esta sencilla llave en las manos podéis penetrar en las salas llamadas los capítulos del Evangelio o las maravillas de los siglos cristianos. Se reprobará el odio, porque observa San Juan en su primera Epístola, «quien dice estar en la luz y odia a su hermano, aún está en las tinieblas»; aún no ve al Salvador en su prójimo. Y Jesús insiste: «Os digo: amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os odian y rogad por los que os persiguen y calumnian, para ser hijos de vuestro Padre que está en los cielos»; «perdonad y seréis perdonados». No os detengáis en la envoltura exterior ni en el frágil recipiente: recordad el «tesoro» oculto allí.
***
b) Amor humano y amor cristiano al prójimo
Si quisiésemos ahora confrontar la caridad humana con la caridad cristiana, podríamos llegar a las siguientes consecuencias.
Ante todo, no intentemos formar un juicio a la caridad, que de hecho ha existido en terreno extraño al Cristianismo.
Bien sabemos con cuánta razón San Pablo definió a los paganos: «gentes sine affectione: gente sin amor», y con cuánta exactitud esta definición puede ser aplicada al paganismo moderno con su queso de la filantropía sobre los macarrones de las fiestas de beneficencia.
Sabemos muy bien cuáles fueron las delicias de la esclavitud y los horrores cometidos cada vez que se ha pisoteado el Evangelio.
Y en la fraternité abstracta y en los eternos principios del 89 creemos casi tanto como en el corazón del anticlericalísimo farmacéutico Homais —tan artísticamente retratado por Gustavo Flaubert— el cual, habiendo encontrado a un ciego, le aconsejó beber buen vino, buena cerveza, comer carne asada y al fin abriendo el bolsillo le dijo: «¡Ah!», ¡toma un sou!, devuélveme dos céntimos y no olvides mis consejos: te encontrarás bien».
Prescindamos de tales frioleras y de hechos históricos no demasiado lejanos, como el sucedido a principios de este siglo en Francia, al ser suprimidas las Congregaciones Religiosas, cuando por un motivo de… fraternidad humana se les robaron sus bienes para reunir los mil millones necesarios para las pensiones obreras. ¡Ay!, los mil millones se evaporaron y después de la «liquidación» no quedó nada: el amor al prójimo en manos de la masonería francesa y de sus aliados —el socialismo y el radicalismo— se había trocado en amor al propio bolsillo.
Digamos sólo que, en la comparación entre el amor al prójimo que puede encontrarse en un sistema de moral humana y el precepto cristiano, jamás debemos fijarnos en la enunciación de la norma ética.
El budista puede ordenar también el perdón de los enemigos: aparentemente puede hablar alguna vez en términos Iguales a los de Cristo, pero realmente su raciocinio es éste: «Debemos suprimir el dolor. Abandonemos, por lo tanto, la actividad y todo lo que pueda turbar nuestra tranquilidad. Sumerjámonos en el Nirvana. Si te vengas de tu enemigo, éste se vengará luego de ti, tendrás fastidios e inquietudes».
En pocas palabras, la enunciación verbal de la máxima moral es idéntica, el espíritu es sencillamente opuesto; según Buda, debemos perdonar por amor a nosotros mismos, según Cristo, por amor al prójimo. ¡Juzgad si es pequeña la diferencia!
Pero aun en las formas más elevadas de la moral filosófica, aun en el desarrollo más sereno de la razón, sólo podemos encontrar un amor al hombre por el hombre.
Es éste —repitámoslo hasta el cansancio— un elemento precioso, indispensable. La moral cristiana lo toma, lo perfecciona, lo diviniza con la gracia y con la unión a Cristo, de tal manera que nos hace amar a Jesucristo en todos nuestros hermanos.
Los jóvenes de Italia, en estos últimos años, han admirado con santo entusiasmo la figura de Pedro Jorge Frassati, fúlgido ejemplo de caridad cristiana hacia el prójimo. La vida escrita por la pluma, o mejor por el corazón del padre Cojazzi, puede servir mejor que cualquier tratado para ilustrar el mandamiento de Cristo.
Quince días antes de su muerte, Pedro Jorge fue a Valsálice para hablar con el padre Cojazzi por una familia desventurada y necesitada. Conversando del fundador de las Conferencias de San Vicente, admirable fruto del árbol del amor cristiano, el sacerdote recordó al joven cómo Ozanam solía festejar la Pascua. Recibida la Comunión pascual, antes de volver a su casa, Iba a visitar al más pobre de sus protegidos, para devolver a Jesús en la persona del pobre la visita recibida.
En los párpados de Pedro Jorge Frassati brilló una lágrima, una de aquellas lágrimas buenas que desearíamos ver en los ojos puros de nuestra juventud llamada a enjugar el llanto, a levantar al débil, a propagar el amor a Cristo.
Continuará…
