EL CISMA DE ROMA
En tiempos en que la Iglesia fundada por el Hijo de Dios, transita por su más grave crisis, no está demás estudiar acontecimientos del pasado.
No hemos querido hacer especulaciones sobre los sucesos que reclamaron la intervención del gran San Bernardo en aquella crisis, pero nos parece interesante conocerlos.
Es el caso que se denomina Cisma de Roma.
En la sintética cronología que sigue, el lector podrá ver la gravedad de aquellos momentos. Verá que en aquella hora, nada exenta de dramatismo, la Fe estaba no obstante a resguardo ya que la cuestión no pasaba por aspectos de Dogma o de doctrina.
Sin embargo es importante conocer lo ocurrido y nos puede servir para meditar al respecto.
Es muy interesante ver que la «legitimidad», y la «mayoría» incluso, estaban del lado de quien finalmente la Iglesia ha reconocido como un ANTIPAPA.
En aquel tiempo, para la inmensa mayoría de los que tuvieron conocimiento de estas circunstancias y que intervinieron en las distintas instancias que llevaron a la finalización de esa crisis, San Bernardo defendía la parte equivocada.
No existían ni los diarios, ni la televisión, ni mucho menos internet, de manera que la vida, para la inmensa mayoría de los cristianos de entonces, transcurría de un modo… digamos que, normal.
Si los mismos acontecimientos hubieran ocurrido en nuestros tiempos, podemos imaginar algo muy parecido a lo que ahora nosotros estamos viviendo: comentarios en los incontables blogs tradis; disputas sin fin sobre si Bernardo de Clarvaux era un cismático que contrariaba al LEGITIMO sucesor de Pedro, etc. Etc.
En aquel entonces no había sedevacantismo, sino sedeplenismo por partida doble; con hombres de Iglesia en ambos bandos… En fin, un verdadero lío que la sagacidad y SANTIDAD de San Bernardo logró resolver.
Hemos recurrido a esta excelente síntesis que nos otorga un buen panorama de cómo se desarrollaron los hechos.
En el año 1130, a la muerte del Papa Honorio II, se suscitan los acontecimientos que siguen.
Dos grupos de cardenales se dan a la tarea de elegir al sucesor de su preferencia, entonces, un nuevo cisma se cierne sobre la Iglesia:
Inocencio II (1130-1143) y Anacleto II (1130-1138).
La elección de un Papa había provocado, con harta frecuencia, verdaderos dramas. El decreto de 1059 se propuso resolver el problema reservando esa tarea sólo a los Cardenales. La sucesión de Honorio II vino a demostrar, sin embargo, que la cuestión no se había arreglado todavía.
Recién fallecido Honorio II, veinte cardenales, todos relativamente jóvenes y todos originarios del norte de Italia y de Francia, se reunieron a toda prisa bajo la presidencia del Canciller Aimerico y, mediante formas jurídicas no claras del todo, eligieron Papa al Cardenal-diácono Gregorio Papareschi, del partido de los Frangipani, que había sido uno de los legados signatarios del concordato de Worms en 1124.
Unas horas más tarde de aquel mismo día —14 de febrero de 1130— otros veintidós cardenales, es decir, la mayoría, designaron al cardenal Pedro Pierleone, con la más estricta sujeción a la normativa vigente.
Gregorio Papareschi tomó el nombre de Inocencio II. Pedro Pierleone asumió el de Anacleto II.
Comenzaba así un nuevo cisma que iba a durar diez años.
Pedro Pierleone procedía de una familia que había prestado un decisivo apoyo a la reforma gregoriana. Había estudiado en París, después de educarse en la corte francesa junto al futuro Luis VI. Siendo monje en Cluny, en 1116 fue nombrado por Pascual II Cardenal-diácono de los Santos Cosme y Damián; posteriormente, en 1120, el Papa Calixto II le hizo Cardenal-presbítero de Santa María en Trastévere.
Legado pontificio en Inglaterra en 1121 y en Francia durante los dos años siguientes, aquel hombre, poseedor de una cultura más que notable, prelado inteligente y reflexivo, y de intachables costumbres, era —sin duda— la figura más prestigiosa del colegio cardenalicio. Pero… he aquí que sus lejanos antepasados eran judíos; su bisabuelo, Baruch-Benito Pierleone, apenas hacía un siglo que se había convertido al catolicismo. Y tener ascendientes judíos, constituía un problema que ni la más sincera conversión podría nunca borrar.
Bueno… ya se sabe, hoy… Montini, Ratzinger… en fin…
San Bernardo no tenía dudas al respecto al parecer, y creemos que no las tendría de vivir en nuestros tiempos.
Es que ese fue, en particular, el punto de vista de Bernardo de Claraval, que, en el concilio de Etampes, en 1130, se refirió a Pedro Pierleone como aquel «papa salido del ghetto», aquel «retoño de judío», y se puso de parte de Inocencio II.
Su argumento principal fue que casi toda la Iglesia, las órdenes religiosas y los príncipes —salvo Rogerio— estaban a su favor.
Inocencio, por su parte, al tener noticias de que Anacleto II había sido elegido por una mayoría de los cardenales, huyó de Roma y se refugió en Francia.
Anacleto, en cambio, se quedó en la Urbe, apoyado por toda la nobleza romana, la Italia del sur, los normandos del rey Rogerio, Aquitania y Escocia, y esperaba también el respaldo del monarca alemán Lotario III al que, según la costumbre, había dado cuenta de su elección.
Pero lo mismo había hecho Inocencio II. ¿Por quién se decidiría Lotario III? ¿Por Anacleto, el elegido legítimamente por la mayoría de votos del colegio cardenalicio, o por Inocencio, designado por un grupo minoritario pero del que formaba parte el Canciller Aimerico?
Lotario solicitó el arbitraje del sínodo de Wurzburgo. El obispo Norberto de Magdeburgo, amigo de Bernardo de Claraval, hizo que la balanza se venciera a favor de Inocencio II.
Este Norberto pertenecía a los nuevos círculos espiritualistas en los que se integraban, junto a Bernardo, personalidades como Pedro el Venerable, Hugo de San Víctor y todos los canónigos regulares. Se trataba de un nuevo movimiento reformador, poderoso y muy extendido ya, gracias al cual fue reconocido Inocencio II por Francia, Inglaterra, Alemania y España.
En marzo de 1131, en Lieja, Lotario III prometió a Inocencio que le reconquistaría Roma. La expedición, que tuvo lugar dos años después sólo fue un éxito a medias. La Ciudad Leonina, el castillo de Santángelo y la iglesia de San Pedro resultaron inexpugnables.
O sea que entre otros lugares, la Sede continuaba en manos de Anacleto.
Al menos, Inocencio II pudo agradecer la ayuda del rey alemán consagrándole emperador, en Letrán, el 4 de junio de 1133.
Pero nada más irse Lotario, Anacleto y los suyos salieron de sus fortalezas, provocando de nuevo la huida de Inocencio II. Decidió éste fijar su residencia en Pisa, desde donde conjuró al emperador, muchísimas veces, para que fuera a ayudarle a reconquistar Roma y el sur de Italia.
En 1136 logró Lotario III vencer a los normandos del rey Rogerio, y entregó la región de Apulia a Rainulfo de Alife. Pero las relaciones entre el emperador e Inocencio II se agriaron a propósito de Monte-Casino: el papa quería tenerlo estrechamente sometido a la jurisdicción romana, en tanto que el monarca alemán consiguió imponer como abad a su candidato, Wibaldo de Stablo.
El 25 de enero de 1138 murió Anacleto II en Roma. Su sucesor, Víctor IV se dejó convencer por Bernardo de Claraval y abdicó el 29 de mayo de aquel mismo año.
Inocencio II quedó sólo. En 1139 convocó el II concilio de Letrán —décimo de los ecuménicos— para proclamar el fin del cisma, la excomunión póstuma de Anacleto y la condena de Rogerio II. Mas no por eso se acabaron las preocupaciones para el Papa.
Es que, llevado por el espíritu de venganza llevó adelante acciones contra sus adversarios, que le valieron una inmediata y dura recriminación por parte de San Bernardo.
Lejos de terminar, los conflictos continuaron de la siguiente manera:
Rogerio II de Sicilia se había alzado de nuevo: quería recuperar lo que había perdido dos años antes. Inocencio le atacó y cayó prisionero. La cautividad del pontífice, sin embargo, no fue muy larga. El 27 de julio de 1139, por el tratado de Migniano, el rey Rogerio reconoció a Inocencio como Papa y aceptó su soberanía.
En 1141 se torcieron las relaciones con Luis VII. El joven rey de Francia había vetado, para la sede episcopal de Bourges, al candidato del Papa, Pedro de la Chatre. Inocencio reaccionó lanzando un entredicho sobre el reino.
Al año siguiente fue Roma la que se sublevó contra el pontífice. Instigado por un discípulo de Abelardo, Arnaldo de Brescia, el Senado romano pretendió que la Urbe se constituyera en Comuna o República, a ejemplo de otras ciudades del norte de Italia. Los disturbios por este motivo duraron cuarenta y cuatro años. En tales circunstancias, la vida de Inocencio II se extinguió en Roma el 24 de septiembre de 1143.
Celestino II (1143-1144)
Dijimos que Arnaldo de Brescia estaba incitando al Senado a que proclamara la República romana. No es, pues, casualidad que otro discípulo de Abelardo, el Cardenal Guido de Castellis, fuera elegido Papa a los dos días de morir Inocencio II. Su pontificado no duraría más de seis meses.
Celestino II levantó el entredicho que pesaba sobre las tierras del rey de Francia, Luis VII, y ratificó el tratado de Migniano concluido entre Rogerio 11 e Inocencio. Le faltó tiempo para promover de manera eficaz la re forma de la Iglesia. Murió el 8 de marzo de 1144.
Lucio II (1144-1145)
El Cardenal Gerardo de Caccianemici, Canciller y bibliotecario de la Iglesia, fue elegido el 12 de marzo del año 1144 para suceder a Celestino II. Tomó el nombre de Lucio II. Su pontificado no llegaría al año, pero iba a ser intenso en preocupaciones.
El rey de Sicilia, Rogerio II, a pesar de la reciente ratificación del tratado de Migniano, se mantenía amenazante; los cardenales se pronunciaron por la reanudación de las hostilidades. Hicieron todo lo posible para obstaculizar los esfuerzos del Papa, quien, a pesar de todo, logró imponer la idea de una tregua de siete años.
La situación en Roma era más grave aún. El propio hermano de Anacleto II, el infortunado rival de Inocencio II, fue proclamado Patricio de los Romanos y jefe de la República autónoma. El Papa, que esperó en vano la ayuda del rey de Alemania Conrado III, sólo encontró apoyo en la nobleza de la Urbe, refractaria a las ideas republicanas. Se combatía en las calles.
El 15 de febrero de 1145, con ocasión de un enfrentamiento particularmente duro con el pueblo de Roma en las inmediaciones del Capitolio, Lucio II cayó mortalmente herido por una pedrada.
Aquel mismo día fue elegido su sucesor.
Impresionante, ¿verdad? Dos papas que pugnan el uno contra el otro; uno de ellos de origen judío; intrigas interminables; estado de guerra casi constante; el «papa» de origen judío excomulgado y declarado antipapa… combates en las calles; un Papa que es muerto de una pedrada al enfrentarse con el pueblo de Roma…
Y con todo, aquello era mucho menos grave que lo que nos toca vivir desde la realización del espantoso Concilio Vaticano II.
Hoy también tenemos DOS «papas», pero en un aparente estado de armonía… y respaldados por los poderes mundiales… De uno de ellos se dice que tiene origen judío por parte de madre, lo cual parece ser indudable.
Nuestra crisis ya dura algo más de la que ocurriera a partir de 1130.
Pero nuestra crisis es DE FE. La «idea» modernista, la herejía última y definitiva, campea en toda la jerarquía y ha trastocado hasta los Sacramentos, incluido el del Orden Sagrado.
En aquel momento, pese a todo, todavía existía el OBSTÁCULO.
Hoy la LEX ORANDI es otra… porque, precisamente, se ha adulterado la LEX CREDENDI.
Si; la nuestra es una crisis distinta.
Hoy, la apostasía, está consumada.
