CARTA DE LECTORES: «Roma traditoribus non praemiat» – ANDRÉS CARBALLO

Sr. Director de Radio Cristiandad:

He leído con atención una carta de Mons. Tissier al P. Couture y no he tenido otro remedio que salir al paso del pobrísimo espíritu de tal misiva. En primer lugar, con el máximo respeto, me voy a permitir recordarle a S. E. Mons. Tissier que es importantísimo que los fieles tengan claro que la obediencia ciega no es católica.Dios no habla con dobleces. Él es perfectamente coherente.

Por otro lado, los líderes de la F.S.S.P.X, los supestos visionarios y presuntos aprendices de gurús, son ciertamente capaces de decir una cosa hoy y mañana la contraria, los hechos de los últimos tiempos así parecen demostrarlo.

Cuando la fe se encuentra en peligro y la unidad de la fraternidad se está fragmentando en mil pedazos por culpa de la paupérrima gestión de sus cuadros dirigentes, los miembros restantes y sobre todo los obispos tienen la obligación moral de cerrar filas en torno a tales superiores, actitud que fue la adoptada por Mons. Lefebvre con la jerarquía de su época, y no «llenarse la boca» con hacer citas suyas, las más de las veces fuera de contexto y luego adoptar una actitud totalmente contradictoria a la que el Gran Arzobispo se hubiese planteado. No, no basta con hacer mención de Mons. Lefebvre, haciendo juegos de malabarismo con su genuino proceder. Vemos que, al menos Mons Williamson transita hoy por derroteros que están más acorde con el proceder del Arzobispo que lo consagró. La diferencia es de alta significación y marca una feliz distancia.

El daño que se ha generado a la Fraternidad, por plegarse una parte de sus miembros ( que no creo que sean muchos aunque sean los que más meten ruido) a los «cantos de sirena» de Mons. Fellay y sus adláteres, ya son conocidos por todos aquellos que desde un principio confiábamos en que la Fraternidad iba a ser un bastión seguro e inexpugnable, ¡Qué fiasco! Hoy, lamentablemente, ya nos han convencido de que no lo es, por lo menos hasta que su dirección siga en manos de los causantes de tamaña conjura.

Y es que la lealtad no consiste ni en el «pelotilleo» ni en la adulación en torno al jefe que se ha equivocado o ha defeccionado. La lealtad a la obra majestuosa de Mons. Lefebvre, consiste en todo lo contrario, en exigir con valentía, con hidalguía y por qué no decirlo, con virilidad,por lo menos a Mons. Fellay, a sus dos asistentes y a los que han demostrado afinidad con sus postulados, que pongan sus cargos a disposición del Capítulo General, en eso sí que tenía que haber consistido la lealtad, por lo menos eso es lo que hubiese garantizado la supervivencia. Todo lo demás, no es otra cosa, que plegarse a una complicidad vergonzante. Los fieles necesitamos ver en nuestros superiores actitudes varoniles, actitudes que nos devuelvan la ilusión perdida.

Toda culpa requiere, mientras estemos en el tiempo y con lo pies en la tierra, una sanción directamente proporcional al daño infringido, castigo que desafortunadamente no hemos percibido y que por justicia urge. La actitud de la cúpula, desde mi punto de vista y de la de una gran mayoría de los fieles de siempre, no de los advenedizos de última hora, presuntos modernistas apasionados por el ridículo, peyorativo y odioso «motu proprio» que dignifica y eleva la «misa» del masón Bugnini y reduce la Santa Misa de siempre a una ínfima expresión; vergonzante e hirientemente vitoreado, precisamente por aquellos que tenían el deber de rechazarlo y hoy se pliegan al contubernio del acuerdismo. Y por el carnavalesco espectáculo del levantamiento de las «excomuniones», de las que la Fraternidad en su día se enorgulleció y se firmó aquella carta que nos dio fuerzas para continuar en el combate trazado por Mons. Lefebvre y Mons. de Castro Mayer. Es que esta felonía sólo puede deberse a dos factores: la inopia e ingenuidad, o lo que sería peor: la traición. En tales casos, exíjase la dimisión, por ingenuos e inútiles o por traidores.

Hay veces que es preciso tomar medidas enérgicas, para después, más tarde no tener que verse obligados a hacer un sacrificio mayor. La solución no está ni muchísimo menos en ir practicando aquí y acullá la «caza de brujas», más propia del marxismo-leninismo o de sectas peligrosas que de una organización católico-tradicionalista. Pues es absolutamente notorio que en las ya mencionadas «cazas de brujas», ha caído lo mejor, lo más arraigado y lo de más solera y genuino del tradicionalismo de siempre, pues muchos de ellos son los que han dedicado muchísimos años de su vida y denodados sacrificios tanto materiales como espirituales a esa obra que se debate en un altísimo riesgo de zozobra y en un elvado peligro de desaparecer. Los hechos así lo demuestran.

He titulado mi escrito con la frase: «Roma traditoribus non praemiat». Frase pronunciada, al parecer por el Cónsul Escipión cuando mandó que los traidores: Audax, Ditalcos y Minuros (parecidos haylos), fuesen ejecutados, lejos de darles la recompensa prometida por Marco Pompilio al asesinar a su jefe Viriato.

¿Praemiabit hodie Roma traditoribus?

Yo aconsejaría a los tentados a la fechoría, que valorasen la mezquindad de esa eventual «paga» engañosa.

A. Carballo.