DOM COLUMBA MARMION: La Trinidad en nuestra vida espiritual – XV. CONSAGRADA POR ENTERO A LAS ALMAS

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XV. CONSAGRADA POR ENTERO A LAS ALMAS

1. Amor de Jesús hacia los hombres

No es únicamente el amor del Padre el que hace latir el Corazón de Cristo, Jesucristo nos ama también a nosotros y nos ama con un amor infinito.

Verdaderamente por nosotros bajó del cielo, para rescatarnos, para salvarnos de la muerte: Propter nos et propter nostram salutem; para darnos la vida: vino para que tengan vida y vida exuberante. Ego veni ut vitam habeant, et abundantius habeant.

Para sí no necesitaba satisfacer ni merecer, pues es el propio Hijo de Dios, igual al Padre, a cuya diestra está sentado en lo más alto de los cielos; lo ha sufrido todo por nosotros. Si se encarnó, nació en Belén, vivió una vida de trabajo, predicó e hizo milagros, murió, resucitó y subió a los cielos y envió al Espíritu Santo, y permanece en la Eucaristía, por nosotros y por nuestro amor lo ha hecho. Jesucristo, dice San Pablo, amó a su Iglesia, es decir el reino que deben formar sus elegidos; y por ella se ha entregado, para purificarla, santificarla y hacer de ella una conquista inmaculada. (Jesucristo en sus misterios, cap. I, 1).

En el decurso de su vida pública este amor de Jesús hacia los hombres, sus hermanos, se manifestó de muchos modos. Complacíase en agradar; su primer milagro fue cambiar el agua en vino en las bodas de Caná, para evitar la vergüenza y confusión a los que le habían invitado y carecían de vino.

Poco después en la Sinagoga de Nazaret Jesús tomaba las Escrituras y leyendo a Isaías, para apropiarse de sus palabras, los convertía en su programa de sus amores: «El espíritu del Señor está en mí, me ha consagrado con su unción para que lleve la buena nueva a los pobres, a curar a los que tienen partido el corazón, a anunciar a los cautivos su rescate, a los ciegos su curación, a devolver a los oprimidos su libertad y a publicar el año de la divina salvación.

«Lo que acabáis de oír, añadía Jesús, empieza a realizarse hoy mismo.»

En efecto, se revelaba el Salvador entonces a todos como «un rey lleno de dulzura y de bondad».

Tendría yo que transcribir todas las páginas del Evangelio, si quisiese haceros ver cuán grande era su compasión; cómo la debilidad, la enfermedad, el sufrimiento, le enternecían y con tan irresistible fuerza que no podía rehusar nada. San Lucas nos revela cuidadosamente cómo «se movió a compasión: Misericordia motus«. Los ciegos, los sordomudos, los paralíticos, los leprosos, se presentaban ante Él y el Evangelio consigna estas palabras: «los curaba a todos: sanabat omnes«.

Jesús acoge a todos con una mansedumbre incansable: se deja que le opriman, que le asedien por doquier, sin cesar, hasta el punto que un día no pudo comer; en una ocasión, estando en las riberas del lago de Genesaret, tuvo que subir a una barquichuela para desprenderse de las gentes y así poder hablar con más libertad enseñando la doctrina celestial; en otra parte las gentes se suben al tejado de la casa donde se encuentra el Maestro para hacer llegar a Él a un paralítico postrado en su lecho, pues no hallan otro medio sino descolgar al enfermo por una abertura hecha en la azotea.

Impacientábanse los apóstoles, y el Divino Maestro encontraba ocasión para darles muestras de su mansedumbre y dulzura. Cierto día, encolerizados porque no le hablan recibido en una ciudad de Samaría, le piden con instancia que «permita que caiga fuego del cielo sobre sus habitantes para abrasarlos». Pero Jesús les reprende al momento diciéndoles: «¡No sabéis de qué espíritu sois! El Hijo del hombre no ha venido a perder sino a salvar a los mortales.»

Es verdad certísima de que obró milagros para resucitar a los muertos. A las puertas de Naím encuentra a una pobre madre llorando tras el cadáver de su único hijo que llevan a enterrar; Jesús la ve y ve sus lágrimas; su corazón, conmovido profundamente, no puede sufrir el dolor y exclama: «Mujer, no llores: Noli flere; manda en el mismo instante a la muerte que devuelva su presa: «Muchacho, levántate». El joven se incorporó en el ataúd y Jesús se lo entregó a su madre (Jesucristo en sus misterios, cap. XIII, 5).

Jesucristo, dice San Pablo, a quien place el empleo de este término, «es la misma benignidad de Dios; aparecida en la tierra; es un rey, pero un rey lleno de dulzura que manda perdonar y llama bienaventurados a los que, a su ejemplo, son compasivos». «Por todas partes, dice San Pedro que ha vivido con Él tres años, por doquier pasó derramando beneficios: pertransit benefaciendo.» Como el buen samaritano cuya caridad ha pintado tan bellamente, Jesús tomó la humanidad en sus brazos e hizo suyos en su alma sus dolores: Vere languores nostros ipse tulit et dolores nostros ipse portavit. Vino a destruir al pecado, supremo y único criminal; lanzó al demonio del cuerpo de los posesos, pero expulsóle sobre todo de las almas al dar su propia vida por todos nosotros (Jesucristo vida del alma, cap. VIII, 7).

Cuando va a sonar la hora de su sacrificio, ¿qué dice a los discípulos que le rodean el divino Maestro? «No hay mayor muestra de amor que el dar la vida por nuestros amigos.» Esta muestra de amor, que sobrepuja a todo amor, nos la va a dar Jesús, pues dice San Pablo: «Se ha entregado por nosotros.» Ha muerto por nosotros, «aunque éramos enemigos suyos». ¿Puede, darse otra prueba mayor de amor? Ninguna (Jesucristo en sus misterios, cap. XIV, 1).

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2. Amor misericordioso de Jesús para con los pecadores

El pecado, la huella de la miseria que más profundamente se adentró en el ‘hombre, conmovió ante todo el Corazón de Jesús. Si hay algún rasgo que pinte la conducta del Verbo Encarnado durante su vida pública con su verdadera fisonomía, es la preferencia tan marcada que demuestra hacia los pecadores en los días de su ministerio.

Los Sagrados Libros consignan que «muchos publicanos y pecadores comían con Jesús y con sus discípulos: ecce multi publicani et peccatores venientes discumbebant cum Jesu et discipulis ejus«. Era esta costumbre tan habitual en Él, que se le llamaba el «amigo de publicanos y pecadores: publicanorum et peccatarum amicus. Y cuando los fariseos socarronamente se escandalizaban de Jesús, Él, lejos de negar su trato con los pecadores, lo confirma alegando esta razón: «No son los sanos, sino los enfermos los que tienen necesidad del médico; yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.»

En el plan de Dios, Jesucristo es nuestro hermano mayor. Asumió la naturaleza humana, pecadora en la raza, pero pura en su Persona: in similitudinem carnis peccati. Jesucristo sabe que la masa de la humanidad sucumbe al pecado y tiene necesidad de perdón; sabe que las almas, esclavas de la culpa «sentadas, lejos, de Dios, en las tinieblas y la sombra de la muerte» no comprenderán la revelación divina y no serán llevadas a Dios más que con las condescendencias de la santa humanidad. Esto nos explica el por qué una gran parte de su doctrina y una gran parte de su mansedumbre y de su indulgencia con los pecadores, tienden a capacitar a las almas para que comprendan y capten algo de los abismos de su conmiseración divina.

En una de sus más bellas, parábolas, que recordáis muy bien, la del Hijo pródigo, Jesús nos descubrió patentemente lo que es su Padre celestial. En ella nos muestra la bondad singular del padre que olvida toda la ingratitud y bajeza del culpable para no pensar más que en una cosa: en que «su hijo estaba muerto y había tornado a la vida; se había perdido y le había encontrado; por lo cual convenía alegrarse y preparar por consiguiente un festín». Pues «el cielo experimentará mayor alegría en la penitencia de un pecador que en la perseverancia de noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse».

Esta sola parábola constituye una estupenda manifestación de las divinas, misericordias. Pero se ha complacido Nuestro Salvador en aclarar esta doctrina, en ponerla de relieve con actos de bondad que nos extasían y conmueven. No olvidéis la conversación de Jesús con la Samaritana.

Y ¿quién era aquella alma? Ciertamente que en el pueblo de Sicar habría muchas menos pecadoras que la que Él quería salvar, y no obstante, es aquella la que espera; conocía Jesús sus extravíos, las obscenidades de aquella pobre mujer, y, a ella, con preferencia a las demás, se va a manifestar. La pecadora de Sicar no tenía nada que la distinguiese de las demás, si no fuera acaso su miseria mayor y más digna de lástima; pero la arrastraba a Jesús el Padre y el Salvador la recibe, le comunica su luz, la santifica, la transforma y la convierte en su apóstol: «et eum qui venit ad me non eficiam foras, y no echaré de mí al que se me acerca». Pues «es voluntad del que me ha enviado el que yo no pierda a ninguno los que me han sido dados, sino que les devuelva la vida» de la gracia aquí en este mundo, en espera del postrero día cuando les resucite para la gloria.

La Samaritana fue una de las primeras a quienes resucitó Jesús a la gracia; la otra fue Magdalena; pero ¡ésta mucho más gloriosa! Erat in civite peccatrix. En un pueblo había una pecadora, una mujer de mala vida.

Así empieza el Evangelio a narrarnos la historia de esta alma; con sus desórdenes y pecados, pues la profesión de Magdalena era la de ramera, como la profesión del soldado es la de vivir de las armas, y el del político gobernar y dirigir la nave del Estado.

Las faltas de moralidad de Magdalena eran del dominio público. Siete demonios, símbolo del abismo en que había caído la desgraciada, tenían presa a su alma y habían tomado posesión de ella. ¿La rechazó Jesús? Ni mucho menos; la deja que se le acerque y le bese los pies, la defiende delante del fariseo y le perdona todos sus pecados.

Magdalena la pecadora se ha convertido en el triunfo de la gracia de Jesús, en uno de los más hermosos trofeos de su Preciosa Sangre.

Prosigamos todavía. ¿A quién ha puesto Jesús al frente de su Iglesia, de la sociedad que quiere «santa, inmaculada, sin mancha y por la que ha venido a dar toda su sangre»? ¿A quién ha escogido? ¿A Juan Bautista, santificado en el seno de su madre, confirmado en gracia y de tan alta perfección que le tomaban por el mismo Cristo, el Mesías? No, ¿A Juan el Evangelista, el discípulo virgen, a quien Él distinguía con un amor especial, el que sólo permaneció fiel al pie de la cruz? Tampoco. ¿A quién eligió? Con conciencia, deliberadamente, Nuestro Señor escogió a un hombre que le abandonaría. ¿No es digno de notar esta elección?

En su presciencia divina, Jesucristo Lo sabía todo, y cuando prometía a Pedro construir sobre él su Iglesia, no ignoraba que Pedro, cuya fe era admirable, espontánea, viva, habría de renegar de Él.

A pesar de los milagros obrados por el Salvador ante sus ojos, a pesar de las gracias recibidas, a pesar de la gloria que había visto en la humanidad de Cristo transfigurada, resplandeciente en el Tabor, el mismo día de su primera comunión y de su ordenación, Pedro «jura que no conocía a tal hombre». A él ha escogido Jesús con preferencia a todos los otros.

¿Por qué esto? Porque su Iglesia se compondría de pecadores. A excepción de la purísima Virgen María, todos somos pecadores, todos necesitamos sus divinas misericordias; por esto quiso Jesús que el jefe de su reino fuese un pecador, y su falta quedase escrita y consignada en las divinas Escrituras con todos sus pormenores, que nos dicen tan elocuentemente cuáles fueron la cobardía y la ingratitud de Pedro.

Pregunto otra vez: ¿Por qué tanta condescendencia?

«In laudem gloriæ gratiæ suæ: para hacer resaltar ante el mundo entero la gloria triunfal de su gracia.» Dios quiere «que nadie se vanaglorie de su propia justicia», sino que alaben el poder de su gracia y la anchura de sus misericordias: quoniam in æternum misericordia ejus. Asaz conocemos nuestras miserias, nuestras faltas, nuestros pecados; lo que ignoramos, ¡almas de poca fe! es el precio de la Sangre de Jesús y el poder de su gracia. (Jesucristo en sus misterios, cap. XI, 4 y 5).

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3. Tengamos una confianza firme en el amor de Jesús hacia nosotros

Cuando meditamos en los misterios de Jesús, ¿cuál es la perfección que en ellos resplandece principalmente? El amor. El amor realizó la Encarnación. Propter nos… descendit de cœlis, et incarnatus est; por nosotros… descendió de los cielos, y se encarnó.

El amor es el que hace a Jesús nacer en carne pasible y mortal, inspira su vida oculta y alienta el celo de su vida pública. Si Jesús se entrega por nosotros a la muerte, se entrega cediendo al «exceso de un amor inconmensurable»; si resucita, resucita «para nuestra justificación»; si asciende a los cielos, asciende «para ser precursor que nos prepara un lugar» en las moradas de la patria feliz; envía al Espíritu consolador «para no dejarnos huérfanos»; instituye el Sacramento de la Eucaristía como memorial de su amor. Todos los misterios de Jesús nacen en el amor.

Es menester, pues, que nuestra fe en el amor hacia Jesús sea fe viva y constante. ¿Por qué? Por ser el más firme sostén de la fidelidad.

Ved a San Pablo. Nunca ha trabajado nadie como él, nadie ha superado su desvelo por Jesús.

Un día que sus émulos atacan la legitimidad de su misión y niegan su elección como apóstol, tiene que alegar como defensa propia sus trabajos, esbozados en un cuadro, sus sufrimientos, sus conquistas. Es un cuadro, no obstante, lleno de viveza, lo recordáis bien; mas el alma goza releyendo esta página, sin rival en los anales de las misiones: «He padecido, dice, muchos y frecuentes peligros de muerte. He recibido de los judíos cinco veces cuarenta azotes, menos uno, he sido azotado tres veces con varas, he sido apedreado una vez, he estado una noche y un día en lo profundo del mar, he sufrido tres naufragios, he vivido en continuos viajes y en peligros sin cuento; peligros en los ríos, en los desiertos, peligros por parte de ladrones, peligros de los de mi raza y de los gentiles, peligros en las ciudades, en los desiertos; peligros en el mar; me he visto cargado de trabajos y fatigas; y sin dormir; he padecido hambre y sed y sin probar bocado, con frío y sin tener con qué cubrirme. Y sin hablar de estos males y otros muchos más, os recordaré que todos los días vivía preocupado de vosotros, solicito por la buena marcha de las comunidades cristianas que he fundado.»

En otro lugar el Apóstol se aplica las palabras del salmo: «Por ti, Señor, en todo momento vivo en trance de muerte, se nos mira como ovejas destinadas al sacrificio.» ¿Qué añade todavía el Santo? «En todas estas dificultades somos más que vencedores, triunfadores: sed in his omnibus superamus

¿Dónde está el secreto de esta victoria? Preguntadle por qué sobrelleva todo, incluso «el tedio de vivir»; ¿por qué en todas estas pruebas, permanece unido a Jesucristo tan estrecha e inquebrantablemente que «ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la espada son capaces para separarle de Jesús? Y el Apóstol os responderá: «Propter eum qui dilexit nos: por el que nos amó.» Lo que le sostiene, fortifica, alienta y estimula es la convicción tan metida en su corazón de que «Jesucristo le ama: dilexit me et tradidit semetipsum pro me, me ha amado y se ha entregado a la muerte por mí». Por eso el sentimiento que brota de esta convicción es de querer «Vivir sólo para él».

Sin embargo Pablo blasfemó del nombre de Dios, y Pablo persiguió a los cristianos, pero por el que le amó hasta dar su vida por él. «Caritas Dei urget nos; nos urge el amor de Cristo, escribe el Santo. Por eso me entregaré por Él, me gastaré gustosamente sin reservas y sin hacer aprecio de nada que sea mío; me agotaré en provecho de las almas que son mi conquista: libentissime impendam et superimpendar.» Esta convicción de que Jesucristo le ama es la clave que nos descubre la obra del gran Apóstol de las Gentes.

Nada espolea tanto el amor como el saberse y sentirse amado. «Cuantas veces pensamos en el amor de Jesucristo, escribe Santa Teresa, reflexionemos en el amor con que nos ha colmado de beneficios… El amor pide amor.» (Jesucristo en sus misterios, cap. XIX, 4).

Jesucristo no se muda; era ayer, es hoy y permanece en el cielo el corazón más amoroso y más amable que pueda encontrarse. San Pablo nos dice en propios términos que tenemos que confiar en Jesucristo, porque es un pontífice compasivo que sabe nuestros sufrimientos, conoce nuestras miserias y no se le ocultan nuestras enfermedades, pues Él se desposó con nuestras flaquezas, excepto el pecado.

Sin duda Jesucristo no puede ya padecer: mors illi ultra non dominabitur. Sin embargo Jesús sigue siendo el que se movió a compasión, el que padeció y rescató a los hombres por amor, dilexit me et tradidit semetipsum pro me; me amó y por mi amor se entregó a la muerte (Jesucristo en sus misterios, Ibid.)

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4. A imitación de Cristo, debemos nosotros amar a todos los hombres, hermanos nuestros

Había llegado el día tan deseado por Nuestro Señor; había comido la pascua con sus discípulos; había reemplazado las figuras y los símbolos, por una realidad divina; había instituido el sacramento de la unión y dado a sus apóstoles el poder de perpetuarlo. Y antes de ir a padecer la muerte, abre su Corazón para revelar los secretos que hay en él a sus «amigos», les manifiesta su testamento: «Os doy, les dice, un nuevo mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado»; y termina su discurso renovándoles el mismo precepto: «Esto os mando, que os améis los unos a los otros.»

Y tanta importancia da al cumplimiento de este precepto, que pide a su Padre realice en sus discípulos este amor mutuo: «Padre Santo, conserva en tu nombre a los que tú me has dado, para que sean una sola cosa como nosotros lo somos; yo estoy en ellos y tú en mí, para que se realice en ellos la unidad.»

Notad que Jesús hizo esta petición no sólo por los apóstoles sino también por todos nosotros: «No pido únicamente por ellos, pido también por todos los que han de creer en mí, para que sean una sola cosa, como tú Padre, estás en mí y yo en ti, para que lo mismo ellos sean una cosa en nosotros.»

Por estas palabras se ve claro que es deseo vehemente de Jesús que el precepto de amarse sea un hecho; su deseo es tal que le convierte no en consejo, sino en mandamiento, en un mandamiento suyo, y la observancia de este precepto la pone como señal infalible que dará a conocer a sus discípulos: In hoc cognoscent omnes quia discipuli mei estis, si dilectionem habueritis ad invicem. Es una, señal clara para, todos y no hay otra: cognoscent OMNES; inconfundible, el amor sobrenatural con que os améis los unos a los otros será una prueba inequívoca de que sois de Jesús. Y, en efecto, en los primeros siglos, los paganos por este amor mutuo distinguían a los cristianos: «¡Ved cómo se aman!», decían.

Para nuestro Señor será también la señal que dará, para distinguir el día del juicio a los buenos de los malos, a los elegidos, de los réprobos; Él mismo nos lo dice… Jesucristo se ha convertido en nuestro prójimo, es, mejor dicho, nuestro prójimo, se presenta a nosotros con tal o cual forma: con su paciente en los enfermos, como pobre en los que tienen hambre, como prisionero en los que están cautivos y como triste en los que lloran. La fe es la que nos le hace ver así en sus miembros; y si no lo vemos es porque tenemos una fe muy débil, es porque nuestro amor es muy imperfecto. Por eso dice San Juan: «Si no amamos a nuestro prójimo a quien estamos viendo, ¿cómo vamos a amar a Dios a quien no vemos?» Si no amamos a Dios en la forma visible en que se nos aparece, es decir, en nuestros prójimos, ¿cómo hemos de decir que le amamos en sí mismo como Dios?

El amor de Jesucristo a los hombres tiene que ser la regla y norma del nuestro para con los prójimos: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado, sicut dilexi vos‘», ¿Y cuál es la suprema razón que motivaba el amor de Jesús hacia sus apóstoles y hacia nosotros? La de ser pertenencia de su Padre: «Te pido por los que me diste, porque son tuyos»: rogo pro his quos dedisti mihi, quia tui sunt. Porque las almas pertenecen a Dios y a Jesucristo, por eso tenemos que amarlas. Con un amor sobrenatural, pues la verdadera caridad es el amor de Dios que estrecha, con un solo abrazo, a Dios y lo que le está unido; nuestro amor debe extenderse a todas las almas, como se dilató el amor de Cristo, y amarlas hasta el extremo de darnos a nosotros mismos: «hasta el grado supremo, usque in finem«.

Amemos, pues, a Dios unidos siempre con Jesús, que si así amamos, como de un horno caldeado que lanza rayos de luz y de calor, así también se difundirá nuestra caridad en derredor nuestro, y en la misma medida que abrase en la misma se esparcirá por doquier: el amor a nues.tro prójimo ha de ser el fruto esplendoroso de nuestro amor a Dios. (Jesucristo vida del alma, cap. VIII, 5 y 6; cap. IX, 1).

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Lovaina, 27 de agosto de 1899

«Cuando mejor reproducimos en nosotros la imagen de Jesucristo, más gloria damos al Padre. Él es Hijo de Dios y Salvador de los hombres.»

1. En cuanto Hijo de Dios es el esplendor de la gloria del Padre. No busco mi gloria, dice en el Evangelio, sino la de mi Padre, que me ha enviado.

En el frontispicio del libro de mi vida está escrito: «Padre, cumpla yo tu voluntad y sea santificado tu nombre.»

2. En cuanto Salvador de los hombres: «Para que el mundo sepa que amo a mi Padre, cumplo el mandamiento que me dio de entregarme por los hombres. No he venido a hacer mí voluntad, sino la voluntad de mi Padre que me envió. Y la voluntad de mi Padre es que todo el que ve al Hijo y crea en Él tenga la vida eterna. No hay otra muestra de amor más acendrado que la de dar la vida por los amigos. Debemos darla también nosotros por nuestros hermanos.»

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29 de septiembre de 1829

Hoy he recibido una gracia muy especial: he comprendido que toda mi perfección debería consistir en unirme íntimamente con Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador de los hombres. Lo he comprendido después de celebrar, y mi acción de gracias se simultanea entre los actos de Jesús relacionados con su Padre, y con los actos hacia mi alma y las almas de los demás hombres.

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17 de junio de 1901

En la oración Nuestro Señor me solicita a identificarme con Él, «a habitar en Él y Él en mí» y me inspira: 1.º a hacer actos, de amor hacia su Padre en unión con Él; 2.º a abandonarme, por mi parte, enteramente en Él, y 3.º a amar al prójimo como Él lo amó. Este último me embelesa desde hace algún tiempo. Siento crecer mucho mi amor a la Iglesia, la Esposa de Cristo. Habitualmente vivo sintiendo cómo mi prójimo es Jesucristo y no puedo resistir a amar a todos. Veo claramente que la verdadera caridad comprende todas las virtudes y exige un renunciamiento continuo.

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23 de febrero de 1903

Nuestro Señor me da cada vez mayor confianza en el santo sacrificio y en el oficio divino. Paréceme que, cuando celebro o rezo el breviario, llevo sobre mí al mundo entero, a todos los atribulados, a los que sufren, a los menesterosos, los intereses todos de Jesús. Al darme a Jesús créome unirme con Él y después con todos sus miembros y que me pide que haga como Él, de quien se escribe: «Verdaderamente tomó sobre Él nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores.»

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20 de enero de 1904

Desde que me doy más a Dios en la oración voy sintiendo más en mí la unión con todos los miembros de la Iglesia y con algunos especialmente. Me imagino llevar a la Iglesia entera en mi pecho, más especialmente en la misa y en el oficio y así me distraigo menos que antes (Un maestro de la vida espiritual, cap., VIII, 9, 10 y 11).