DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
XIV. TODA CONSAGRADA A TU PADRE
La vida de Jesús es santa, porque toda entera está, por el amor, unida a su Padre, entregada a la voluntad y a la gloria de su Padre.
1. Desde el primer instante de la Encarnación
En la Trinidad, Dios Padre está en posesión de un atributo propio, distintivo de su Persona: es el primer principio, sin principio procedente: Principium sine principio. Sólo al Padre le compete sin rival.
El Hijo es un principio, sí; Él mismo dijo a los judíos: Ego principium qui et loquor vobis; mas lo es respecto de nosotros únicamente; con el Padre y el Espíritu Santo, es para toda criatura el origen de la vida.
Mas al hablar de las tres divinas Personas, sólo el Padre es el principio que no procede de ninguno; de Él procede el Hijo y del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo. El ser principio es atributo personal del Padre.
El Hijo, aun como Dios [en cuanto Hijo] lodo lo tiene del Padre; Omnia quæ dedisti mihi abs te sunt. El Hijo, al contemplar a su Padre, puede decirle que todo cuanto es, cuanto tiene, cuanto sabe, lo tiene del Padre, porque procede del Padre, sin que por lo demás —y este es un aspecto del misterio de la Santísima Trinidad— -haya en ellos entre la primera y la segunda Persona, desigualdad, inferioridad o sucesión de tiempo.
El Evangelio de San Juan nos revela esta sublime verdad, en él no cesa Nuestro Señor de confesar que todo lo tiene del Padre (Jesucristo, ideal del monje, cap. XI, 11 y 12).
Si Jesucristo es Dios, «verdadero Dios salido de Dios, luz que brota de la luz increada», el Hijo de Dios vivo, igual al Padre, Jesús es también hombre, es auténticamente uno de nuestros semejantes por su naturaleza humana.
Aunque unida ésta con un vínculo indisoluble a la Persona divina del Verbo; aunque el Alma sacratísima de Jesús haya gozado incesantemente de las delicias; de la visión beatífica; aunque haya llevado necesariamente al Hijo hacia el Padre; con todo, se dice con verdad que la actividad humana de Cristo, la actividad derivaba de las facultades humanas como de fuentes inmediatas, era una actividad enteramente libre.
Pues bien, ¿cuál es la natural actividad de la humanidad de Jesús, cuáles las aspiraciones más íntimas de su alma hacia las cuales se enderezaba su misión y en las que se resumía su vida entera?
A estas preguntas; responde San Pablo, levanta un poco el velo para que contemplemos al Santo de los Santos cuando nos dice que la entrada de Jesucristo en el mundo fue una explosión de intenso e infinito deseo de unirse al Padre: Ingrediens mundum, dicit: Ecce venio, in capite libri scriptum est de me: ut faciam, Deus, voluntatem tuam: Al venir al mundo dice: Aquí vengo y está escrito al principio del libro que yo cumpla, Dios, tu voluntad.
Y vemos a Jesús que, cual gigante, se lanza a la carrera, a glorificar a su Padre. Este es su primer afán y única aspiración. Oídselo decir a Él mismo en el Evangelio: «No busco mi voluntad, sino del que me envió.» Hablando a los judíos les prueba que viene de Dios, que su doctrina es de Dios y les asegura que «no busca su propia gloria, sino la del que le ha enviado.» Y la busca de tal forma que «no se preocupa para nada de la suya.» No se le caen de los labios estas palabras: «Mi Padre»; toda su vida no es sino un eco continuado de este grito: Abba, Pater, Padre, Padre. Para Jesús todo se reduce a buscar el querer y la glorificación de su Padre.
¡Con qué constancia lo procura! Nos declara expresamente que no pierde de vista esta preocupación: Siempre hago lo que le agrada: quæ placita sunt ei facio semper; cuando le llegó la hora de dar su postrer adiós a los suyos, en el momento en que se iba a entregar a la muerte, nos confiesa que «ha cumplido enteramente la misión que recibiera del Padre» (Jesucristo ideal del monje, cap. I, 4).
El corazón de Jesús es un inmenso horno de amor. El amor grande de Cristo es el que tiene a su Padre: la vida toda de Jesús se puede condensar en esta palabra: «No busco más que agradar en todo a mi Padre.»
Meditemos en la oración esta palabra; en la oración solamente seremos capaces de penetrar un poco el secreto. Este amor indecible, este anhelo del alma de Jesús hacia su Padre es la consecuencia necesaria de su unión hipostática. El Hijo es todo del Padre, ad Patrem, como se expresan los teólogos; en eso consiste, si puedo decirlo así, su esencia; la humanidad santísima es arrastrada dentro de esa corriente divina, desde que, por la Encarnación, la propia humanidad del Hijo de Dios es toda del Padre; es necesario que la actitud fundamental, el sentimiento primario y habitual del alma de Cristo sean estos: «Yo vivo para mi Padre; amo a mi Padre. Porque Jesús ama a su Padre, por eso se entrega a su querer» (Jesucristo vida del alma, capítulo II, 3).
El mismo Jesucristo enseñó a sus discípulos la verdadera noción del amor, la regla infalible del amor, cuando les dijo: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor», y se pone como modelo: «Como yo he guardado los mandatos de mi Padre y permanezco en su amor.» Jesús permaneció constantemente en el amor del Padre, porque siempre cumplió su voluntad.
Las aspiraciones de Jesús hacia su Padre no cesaron nunca en los días de su vida terrestre. Todo lo que el Padre le pide, lo acepta Él, incluso el cáliz amargo de la agonía: Non mea voluntas, sed tua fiat; incluso la muerte ignominiosa de la cruz: «Ut cognoscat mundus quia diligo Patrem, sic facio, lo hago así, para que el mundo sepa que amo a mi, Padre.» Y cuando ha consumado todo, el postrer latido de su corazón, el último pensamiento de su mente es para su Padre: «En tus manos, Padre, encomiendo mi alma.»
El amor de Jesús hacia su Padre late en todos los estados de su, vida, y explica todos sus misterios (Jesucristo en sus misterios, cap. III, 4).
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2. En la Pasión más principalmente resplandece el amor acendrado de Jesús hacia su Padre
El primer acto del alma sacratísima de Jesús, hecho hombre, fue lanzarse a amar a través del espacio infinito que separa lo creado de lo divino.
Cuando todavía reposa en el seno del Padre se extasía contemplando cara a cara sus adorables perfecciones. No nos imaginemos que esta contemplación haya sido, si así puedo expresarme, meramente especulativa. No. Como Verbo, Jesucristo ama a su Padre con amor infinito, todo en acto enteramente incomprensible.
La humanidad de Jesús se ve arrebatada por la corriente impetuosa del amor increado y su corazón arde en el amor más perfecto que pueda existir jamás.
Como miembro del humano linaje por la Encarnación, también a Jesús llegaba el mayor de todos los mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas.» Y Jesús cumplióle a maravillas. Desde el momento de su entrada en el mundo se entregó por amor: Ecce venio… Deus meus, volui, et legem tuam in medio cordis mei: He puesto, Padre mío, tu ley en mi corazón.» Toda su existencia se resumirá en el amor a su Padre. Los dolores y las ignominias de la Pasión, ni la misma muerte no disminuirán ese ardor del corazón de Jesús para procurar la gloria del Padre; al contrario.
Por buscar y procurar en todo el complacer a su Padre, se entrega por amor al suplicio de la cruz. Las aguas de un gran rio no fluyen hacia el mar océano con mayor ni más majestuosa impetuosidad como el alma de Jesús tendía en su interior hacia el abismo de sufrimientos en que le sumergiría la Pasión: «Así lo hago, para cumplir el precepto que me ha dado mi Padre» (Jesucristo ideal del monje, cap. XIV).
Contempladle durante las horas de su agonía. Tres horas de tedio, tristeza, temor; las angustias chorrean torrencialmente en su alma y la invaden hasta el punto de que la sangre brota de sus sagradas venas. ¡Qué abismo de dolores en la agonía de Jesús! Y ¿qué dice a su Padre? «Si es posible, que este cáliz pase de mí.» ¿No aceptaba, acaso, Jesús la voluntad de su Padre? ¡Ah! Ciertamente que sí. Pero es que aquella oración era el dolor de la sensibilidad de la pobre naturaleza humana destrozada por el disgusto y el sufrimiento; entonces Jesús fue más que en otro momento alguno «el Varón que saboreó el dolor»: Vir sciens infirmitatem.
Nuestro Señor experimentó sobre sus espaldas el peso aterrador de la agonía; quiere que lo conozcamos nosotros y por eso reza entonces con tanto fervor.
Pero proseguid leyendo lo que sigue a continuación: «Con todo, hágase, Padre, tu voluntad y no la mía.» Ved aquí el triunfo del amor. Porque ama a su Padre más que nada, más que a nadie, acepta sufrirlo todo. Notad que el Padre pudo, si tal hubiese sido su voluntad eterna, atenuar los sufrimientos de Jesús, y cambiar los pormenores de su muerte.
No lo quiso. En su justicia, exigió para salvar al mundo que Jesucristo se entregara a padecer todos los dolores. ¿Esta decisión del Padre disminuyó el amor del Hijo? Ciertamente que no; por eso no dice: «Mi Padre pudo arreglar de otro modo las cosas»; no; Jesús acepta enteramente el beneplácito de su Padre: «Non mea voluntas sed tua fiat: Hágase tu voluntad y no la mía.»
Irá hasta el extremo en el sacrificio. Instantes después de su agonía, cuando es arrestado, cuando San Pedro le quiere defender y para ello corta con la espada la oreja de uno de los que iban a prender al Maestro, ¿qué le dice el Salvador? «Mete la espada en la vaina ¿no voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre»? Calicem quem dedit mihi Pater, non bibam illum?
Al punto le prenden como a un malhechor; podía librarse de sus enemigos, pues una sola palabra suya les tira al suelo; podía, si tal hubiera sido su voluntad, «rogar a su Padre que le enviase legiones de ángeles», pero mantiene la palabra dada a su Padre de hacer su voluntad, palabra consignada en las Escrituras que se cumplió a la letra: Sed ut adimpleantur Scripturæ. Para cumplirlo todo, Jesús se entregó a sus mortales enemigos. Obedece a Pilato, porque, aunque pagano, el gobernador representa la autoridad; en el momento de expirar, para dar cumplimiento a una profecía, dice, dando un grito, que tenía sed: Propterea sciens Jesus quia omnia consummata sunt, ut consummaretur Scriptura dixit: Sitio; Jesús no muere sino cuando todo lo ha consumado con una perfecta obediencia: Dixit: Consummatum est, et inclinato capite, tradidit spiritum. El consummatum es la más verdadera expresión, la más adecuada para significar toda la vida de obediencia de Jesús; es el eco de aquella otra palabra, del Ecce venio que pronunció al encarnarse.
Ambas palabras son gritos de obediencia y la existencia de Jesucristo sobre la tierra gira en el eje en que se apoyan estos dos polos (Jesucristo en sus misterios, cap. XIII y Jesucristo ideal del monje, cap, XIV).
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3. Como la vida de-Jesús, Hijo de Dios, también la nuestra debe consagrarse por amor a Nuestro Padre celestial
Nuestra santidad no es sino la entrega absoluta de nosotros, por medio del amor, al cumplimiento de la voluntad de Dios. Ahora bien, el querer divino no es sino que nos hagamos dignos hijos suyos: «Nos predestinó para conformarnos a la imagen de su Hijo, Prædestinavit [nos] conformes fieri imaginis Filii sui; lo que Dios nos manda y nos-pide, y nos aconseja Jesús, no tiene otro fin que el hacernos ver que somos los hijos de Dios, los hermanos de Jesucristo; y cuando realizamos este ideal en todos nuestros actos, en los móviles de nuestras obras, entonces llegamos a la meta de la perfección.
En efecto, la perfección puédesela reducir a ésta disposición del alma que busca agradar al Padre celestial viviendo habitualmente, totalmente en conformidad con la gracia de adopción sobrenatural.
La perfección tiene como móvil el amor; la perfección se extiende a todos los actos de la vida, es decir, obliga a pensar, querer, amar, odiar y obrar penetrada de ese divino «crecimiento» infundido por Dios, a saber, la gracia que nos hace sus hijos y sus amigos; no en virtud de esas miras e ideales bastardeados por el pecado original, ni siquiera por esas aspiraciones naturales, aunque sean inspiradas por una sana y recta moralidad, (esto es requisito necesario).
El que habitual y totalmente vive según la gracia es varón perfecto; el sustraer el más mínimo de sus actos al influjo de gracia y del amor que la acompaña, es una imperfección en el alma que ha sido adoptada por Dios como hija.
El ideal y la divisa de la perfección cristiana están cifrados en esta frase: «¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi padre?»
Esta disposición en que vive el alma plenamente saturada del sentimiento de su adopción sobrenatural, hace gratas a Dios todas las acciones, porque entonces todas tienen su raíz en la caridad.
Oigamos a San Pablo: «Vivid con dignidad agradando a Dios en todo. Y ¿cómo se vive dignamente con Dios? Viviendo conforme a la vocación a la que Él nos ha llamado: ut digne, ambuletis vocatione qua vocati estis. Y esa vocación ¿cuál es? La vocación a la vida sobrenatural y a la bienaventuranza que la corona.
«Nos hemos portado, dice el Apóstol, con cada uno de vosotros (a la manera que un padre con sus hijos) amonestándoos, consolándoos y conjurándoos a llevar una vida digna de Dios, que os ha llamado a su reino y gloria.
Por tanto, en agradar a nuestro Padre celestial para que sea glorificado, para que su reino se afiance en nosotros y para que se haga su voluntad y de un modo estable, de un modo total, consiste la perfección: «Os saluda Epafra… siempre solícito en rogar por vosotros en sus oraciones, para que seáis perfectos y conozcáis bien todo lo que Dios quiere de vosotros: ut stetis perfecti et pleni in omni voluntate Dei.
El resultado de esta disposición de alma es «el que continuamente estemos produciendo frutos de buenas obras: per omnia placentes, in omni bono fructificantes«.
¿No dice Nuestro Señor que esta perfección es gloriosa para Dios? Mi Padre queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto y seáis mis verdaderos discípulos (Jesucristo ideal del monje, cap. II, 1 y 2).
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Lovaina, 18 de abril, martes de Pascua de 1900
¡Cuánta luz derraman estas palabras: «Jesucristo vive para Dios»! He comprendido la fuerza de esta vida de Jesús toda en Dios. La unión de nuestra vida con esta vida es la forma más acabada de perfección. Sin ella no podemos nada, pero para comunicárnosla vino Él: «Como el Padre tiene la vida en sí mismo, así ha dado a su Hijo el tener la vida en sí mismo.» «He venido para que mis ovejas tengan vida y la tengan exuberante.» La resurrección es el misterio de esta vida y Jesús, nos la comunica sobre todo en la comunión: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tendréis la vida en nosotros.» Este pan «da la vida al mundo». He sentido cada vez más el ansia de asociarme a esta vida divina para que Jesús sea glorificado en mí. Pues este es el fin de su vida gloriosa: «Ha resucitado para nuestra justificación.» Y, continuamente sigue realizando esta obra: «Siempre viviendo para interceder por nosotros.» Esta vida de Jesucristo es amar a su Padre, haciendo florecer todas las virtudes humanas divinizadas en Él. Jesús es el modelo. He tomado la resolución de trabajar por unir mi pobre vida a la suya intensa y divina (Un maestro de la vida espiritual, cap. VII, 2).
