Se ha publicado una entrevista del Superior General de la FSSPX, Mons. Fellay, en la que revela el estado actual de las relaciones entre la Fraternidad y Roma (DICI N º 256, de DICI 08/06/12). La entrevista ofrece varios puntos que resultan interesantes de comentar.
Mons. Fellay sostiene que la iglesia oficial ha cambiado al buscar un acercamiento hacia la Fraternidad.
«[…] es la actitud de la Iglesia oficial la que ha cambiado, nosotros no. No somos nosotros los que hemos pedido un acuerdo, es el Papa el que quiere reconocernos. Podemos pues preguntarnos el porqué de este cambio. ¡Todavía no estamos de acuerdo doctrinalmente, y sin embargo el Papa quiere reconocernos!»
En verdad, ese acercamiento ya existía desde hace varios años, por lo que en ese sentido no ha habido cambio alguno en Roma. Fue el mismo superior de la Fraternidad quien así lo decía ya en julio de 2003:
«Si Roma está dispuesta a recibirnos y hasta a eso nos invita, es en la nueva perspectiva ancha y pluralista que acepta que puntos de vista contradictorios puedan coexistir (ya que ignora la contradicción). No se trata aquí de opiniones aceptables divergentes y que hacen la riqueza de la Iglesia en su diversidad. Se trata de un pensamiento no católico que quiere, cueste lo que cueste, hacerse aceptar por y para nosotros.
La fe católica en cambio es exclusiva, como toda verdad; no puede conceder de derecho a su contrario, aunque, circunstancias exteriores con vistas al bien común, piden a veces la tolerancia.» (Cfr. Carta a los Amigos y Bienhechores Nº. 64, de 2003)
Monseñor también afirma que la Fraternidad no ha cambiado
(«[…] es la actitud de la Iglesia oficial la que ha cambiado, nosotros no.»), lo cual evidentemente es falso. ¿O acaso ya se olvidó aquello que se escribió con gran convicción?:
« Quiera usted entonces juzgar de qué lado se encuentra la ruptura. Estamos extremadamente apenados por la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón de las autoridades romanas. En cambio, nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad.» (Cfr. Carta abierta de la FSSPX dirigida a su Eminencia el cardenal Gantin, Prefecto de la Congregación de los Obispos. Ecône, 6 de julio de 1988)
¿Puede decirse honestamente que la FSSPX no ha cambiado, cuando antes recibía gozosa la excomunión del espíritu adúltero del modernismo, en tanto que después imploró el levantamiento de esa excomunión y se celebró y agradeció con vehemencia en cuanto dicho levantamiento fue concedido?
« No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles.» (Idem)
También su puede sacar a colación las palabras que otrora clamaba Mons. Fellay:
«Es Asís que se repite. […] Por todo esto nos preguntamos cómo es posible un acuerdo en estas condiciones. ¿Acaso podríamos callarnos ante tales aberraciones? Rechazamos un acuerdo puntual y afirmamos la contradicción entre lo verdadero y lo falso, así como nuestra férrea voluntad de no tener nullam partem en tal empresa, pues sencillamente no queremos dejar de ser católicos. Con horror y asco nos alejamos de esa visión de la Iglesia y de esa forma de «comunión». ¿Cómo puede pensarse que la Roma modernista ha cambiado, mostrándose favorable a la Tradición? ¡Qué ilusiones!» (Cfr. Carta a los Amigos y Bienhechores No. 65, de 2004)
Y ciertamente Asís se repitió, lo cual no impidió que se continuara buscando ese acercamiento que tanto se rechazaba antes…
Mons. Fellay continua en su entrevista:
«¡Todavía no estamos de acuerdo doctrinalmente, y sin embargo el Papa quiere reconocernos! ¿Por qué? La respuesta es ésta: hay problemas tremendamente importantes en la Iglesia de hoy. Debemos hacer frente a estos problemas. Debemos dejar de lado los problemas secundarios y hacer frente a problemas mayores.»
Seria oportuno que se nos explicara cuáles son esos problemas mayores que dan lugar a que los problemas doctrinales pasen a ser secundarios.
El superior de la FSSPX dice luego que
«Las autoridades oficiales no quieren reconocer los errores del Concilio. Ellas no lo dirán nunca de manera explícita. Sin embargo, si leemos entre líneas, se puede ver que quieren remediar a algunos de estos errores.»
Si quieren remediar algunos de estos errores, luego no quieren remediar otros. Eso, que ya de por sí es inadmisible, es además falso. Y es que, aunque Mons. Fellay se esfuerza en hacernos creer que Roma regresa a la Tradición al ofrecer la imagen tradicional del sacerdote cuando dice:
«Ahora la fiesta del Sagrado Corazón es el día dedicado a la santificación de los sacerdotes. En esta ocasión, una carta fue publicada y un examen de conciencia fue compuesto para los sacerdotes. […]La carta dice: «La Iglesia y el mundo no pueden ser santificados sino por la santidad del sacerdote.» Realmente se pone al sacerdote en el centro.»
Pero lo que el obispo no dice es que en esa misma carta se habla del concilio Vaticano II de la siguiente manera:
«Se nos pedirá, pues, trabajar en profundidad sobre cada uno de estos «capítulos»:
sobre el Concilio Vaticano II, a fin de que sea de nuevo acogido como «la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX»: «Una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza», «una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia«; sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, para que realmente se acoja y se utilice ‘como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial y como una regla segura para la enseñanza de la fe; sobre la preparación del próximo Sínodo de los Obispos, para que sea realmente «una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe»»
Mons. Fellay además comenta:
«Algunos argumentan que para trabajar «con seguridad» en la Iglesia, en primer lugar, ésta debe limpiarse de todo error. Esto es lo que se dice cuando se afirma que Roma debe convertirse antes de cualquier acuerdo, o que los errores deben ser primero removidos para que podamos trabajar. Pero esta no es la realidad. Basta con mirar el pasado de la Iglesia; a menudo y casi siempre, vemos que hay errores difundidos en la Iglesia.»
Sin embargo, al decir que «esta no es la realidad», contradice al fundador de la Fraternidad, quien dijo:
«Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil.»
Y el obispo Fellay continúa:
«Ahora bien, los santos reformadores no la abandonaron [a la Iglesia] para luchar contra estos errores. Nuestro Señor nos enseñó que habrá siempre cizaña hasta el final de los tiempos. No sólo la hierba buena, no sólo el trigo.»
Y concluye que
«En tiempos de los arrianos, los obispos trabajaron en medio de los errores para convencer de la verdad a los que estaban equivocados. No dijeron que querían estar fuera, como algunos dicen ahora.»
Pero, ¿será que el prelado ya no recuerda las palabras de San Atanasio?:
«»Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos. se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos entonces poseen los templos. Vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe.»
El obispo nos dice que los santos reformadores (¿?) no abandonaron la Iglesia. Ciertamente no hizo tal San Atanasio, ni lo hizo Mons. Lefebvre. Tampoco lo hacen quienes rechazan el acuerdo con la roma anticristo.
Pero, ¿a quiénes se refiere Monseñor cuando dice que querían estar fuera? ¿Y fuera de qué? Estas palabras explican por qué el superior de la Fraternidad buscó con tanto afán la anulación de las excomuniones y por qué se conformó con el levantamiento de las mismas: estaba convencido de que en verdad estaba excomulgado de la Iglesia Católica. Al parecer, nunca entendió la carta abierta de 1988 al cardenal Gantin. La excomunión no era ni fue válida, ya que la consagración episcopal estaba plenamente justificada; el decreto de excomunión declaró lo que siempre se supo: que la FSSPX no estaba en comunión impía con los infieles.
Entonces ¿quiénes quieren estar fuera y fuera de qué? Es difícil no pensar que Mons. Fellay se refiere a aquellos que se le oponen a que llegue al acuerdo puntual que tanta le horrorizaba antaño. Es lamentable cómo Mons. Fellay echa todo por la borda poniendo en gravísimo peligro a sacerdotes y fieles que han depositado su confianza en él y que, cegados por esa confianza, no se dan cuenta hacia dónde son conducidos.
¿Qué responderá a Dios cuando le pida cuenta de ellos?
