ESTUDIOS DOCTRINALES: EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: EL NIÑO PEREZOSO 2º PARTE

Extractos del Libro Corrija a su hijo

Por Monseñor Álvaro Negromonte

Tomado del excelente blog A Grande Guerra

http://a-grande-guerra.blogspot.com.ar/2010/03/crianca-preguicosa-como-educa-la.html

Traducción de Radio Cristiandad

EL NIÑO PEREZOSO

¿CÓMO EDUCARLO?

Continuación

Mal ejemplo

Muchas cosas, por lo tanto, se parecen, pero no son holgazanería. Pero, tenemos niños perezosos… ¡debido a los padres! La intención no era esa, pero el resultado es este.

Son «demostraciones de amor» para con el «hijito de papá» a quien:

– le dan todo en la mano;

– ordenan a la empleada arreglar todo cuanto desorganiza;

– creando en él el hábito del poco trabajo;

– dejarlo hasta los ocho y diez años sin que sepa atarse los zapatos, o peinarse el pelo, etc., etc., etc.

– y si admiran de que la «belleza de la madre» sea uno de los «diez más» inactivos del barrio o de la ciudad.

Ciertas madres se excusan para proceder así alegando que «felizmente están en condiciones de pagar a la empleada para el niño».

Quién «educa así» no debe asustarse de que el hijo, crecido en la ociosidad, tenga aversión por cualquier especie de trabajo.

También el buey indómito tiene aversión al yugo y a la carreta, y nadie lo llamará perezoso.

Si la actitud de los adultos que rodean al niño no es de dedicación, sino de fuga del trabajo, si sus principios son de elogio del «dolce farniente», si el ideal es enriquecer para no trabajar; si envidian a los que no hacen nada, ¿por qué encuentran extraño que los niños piensen y… actúen así?

«Hijo de gato es gatito»: el hijo de perezoso… ¡Es la herencia… por el ejemplo!

¿Y no se castiga?

Recuerdo la distinción entre castigo y corrección. Al educador (como al niño) no es el castigo lo que le interesa, sino la corrección. Lo que importa es obtener la disposición para el trabajo. Y no es por los castigos que lo obtendremos.

Quién no siente atractivo por el trabajo, menos lo sentirá para asociar su idea a la del castigo. Cuantas más tareas desagradables se impongan, más repugnancias se tendrán por el trabajo.

Hay, sin embargo, «castigos» que puedan y deban ser impuestos, en vista del carácter natural del niño: paseos, fiestas, ciertas golosinas o regalos que se niegan por no merecerlos.

Está tan arraigada en la mayoría de los padres la tendencia a castigar que, repito, solamente los perezosos deben recibir castigos, y esto como último recurso.

Los enfermos necesitan remedios.

Actitudes generales

El verdadero educador verá en el en el trabajo el medio más importante educativo natural. El educador cristiano, que da mucho lugar a los medios sobrenaturales (la oración, los sacramentos, el amor a Dios, el estado de gracia, los medios de santificación), sabe que no hay santidad sin sólidos fundamentos humanos, como no hay construcción duradera sin fundaciones seguras.

Desde el punto de vista de la higiene física y mental, el trabajo condiciona el desarrollo armónico de las facultades y de las energías necesarias a la vida, sin hablar de la situación económica, a la que también es indispensable, se trate de pobres o de millonarios.

¿Qué deben hacer los padres?

Nunca es demasiado temprano para comenzar. Muchos trabajos pueden hacer los niños desde pequeñitos:

– guardar los juguetes y a sacarlos para jugar;

– dejar en su lugar las ropas y el calzado que se quita;

– cuidar sus libros, etc.

A medida que crece, irá aprendiendo a bastarse a sí mismo, tomando cuidado de lo que le es posible según las propias necesidades, como limpiar los zapatos, etc.

Las niñas serán encargadas oportunamente de:

– hacer sus camas;

– arreglar sus ropas;

– barrer el cuarto de dormir;

– ayudar en la despensa y la cocina;

– iniciarse en las costuras domésticos;

– ayudar a cuidar de los hermanos menores, etc.

Los niños van a hacer las compras, ayudan en el jardín, se dedican a trabajos manuales.

Hacer amar el trabajo

No con alocuciones, que disgustan a los niños, sino con medios eficientes, que no faltan.

– Los pequeñitos pueden asociar el trabajo al juego, de modo que harán lo que deben, sin distinguir los límites entre el juego y el deber. Esto irá dejándoles en el espíritu reflejos agradables.

– Proporcionar condiciones favorables: lugar apropiado a la tarea, tiempo compatible con las condiciones del sujeto, trabajos agradables (a los que se irán agregando poco a poco a aceptado menos) y del acuerdo con el temperamento, de la educación o de las circunstancias de la salud.

Despertar el interés

Cuando el niño no ofrece buena disposición para el trabajo, es necesario despertarla. Hay que ofrecer la ocasión para victorias fáciles, con resultados tangibles: esto anima.

Ejemplos:

Establecer discretas emulaciones, descubriendo lo que más lo estimula. Hay quien se anima por motivos ideales, quien por egoísmo y quien por las ventajas extrínsecas. Cabe al educador descubrir el punto sensible y utilizarlo con ventaja pedagógica.

Poner al menos dispuesto entre los amigos laboriosos. Esto puede dar buenos resultados, si no se establecen comparaciones, que haría odiosa la compañía. El mismo niño percibirá la diferencia, y reaccionará con mayor brío.

Nada más justo que la recompensa del esfuerzo. Darla cuando los niños la merecen. No hay que prometerla, salvo casos excepcionales. No transformar en soborno una medida pedagógica tan valiosa. Que llegue espontáneamente.

Otra manera de estimular es presentar el trabajo realizado a los amigos y visitas: una discreto alabanza es excelente reconfortante.

Pedir más

Como la vida, la educación crece o declina. Exigiremos siempre más esfuerzos al niño: la edad aumenta, las posibilidades se desarrollan, la capacidad se extiende, y es necesario que él produzca más y mejor.

La mayor preocupación del educador es formar el carácter: el dominio de sí mismo, la noción de la responsabilidad, el amor al deber, la búsqueda de la perfección.

El trabajo de los menores tiene como objetivo antes la formación moral que la renta económica.

Al comienzo, nos contentaremos con la limpieza, la constancia, el respecto al tiempo previsto.

Pero exigiremos esfuerzos gradualmente más serios; que produzcan más en cantidad y, sobre todo, en calidad.

Motivar bien

Varias son las razones por las cuales debemos trabajar:

– Dios lo desea;

– Jesucristo nos dio el ejemplo;

– Lo han hecho los Santos y los sabios;

– Las exigencias sociales, la necesidad, la salud física y espiritual, etc. lo reclaman.

– O, por el contrario, la vergüenza de la holgazanería, la inutilidad del perezoso, las tristes consecuencias de la ociosidad, y cuántas otras miserias.

Notamos que los niños aceptan más las razones menos perfectas: porque son más comprensibles, más tangibles. Las más elevadas sirven para las mentalidades más elevadas.

Entre una predicación sobre el Hijo de Dios trabajando en Nazaret, y el riesgo para perder el paseo…, el niño «entiende» mejor el riesgo de perder dar un paseo…

Esto no significa que no motivemos al trabajo por motivos elevados. Debemos hacerlo, sí, pero sin insistencias exageradas. No faltarán ocasiones para decir de paso una palabra sobre el tema:

– una imagen de Jesús o san José en el taller;

– una obra bien acabada;

– la dedicación de un bombero, de un doctor o de la enfermera;

– el descubrimiento de un sabio para la salud o el bienestar de los hombres;

– la victoria de un hombre que se realizó por sí mismo con su esfuerzo;

– o, también por lo contrario, el decaimiento de un negligente, la ruina del hombre joven que dilapidó la herencia, la diferencia que se establece entre dos hermanos por el amor o la negación del trabajo.

No nos olvidemos de que la mejor motivación es el ejemplo y el ambiente del trabajo que el propio hogar ofrece.