LA RELACIÓN ENTRE
MISERICORDIA Y FIRMEZA DOCTRINAL
(Escuche el audio de este programa especial en Especiales de Cristiandad)
El Reverendo Padre Bernard Marie de Chivré, de la Orden de Padre Predicadores, nació el 12 de febrero de 1902 y fue bautizado con el nombre de Michel Pierre Marie Gonzague. Ordenado sacerdote el 25 de julio de 1930, falleció el 14 de julio de 1984 después de una vida dedicada a Jesucristo y a su Iglesia en perfecta fidelidad.
Como introducción a nuestro tema, leamos algunos de sus pensamientos:
Los espíritus más abiertos a las nuevas ideas son a menudo los más cerrados a las independencias intelectuales.
Ellos son apasionadamente abiertos… Abiertos… sí, pero por desgracia ¡apasionadamente! Es lo que estrecha su apertura…
Las estrecheces y las rigideces que ellos encuentran en los principios que otros defienden, vienen de la inconsciente pasión con la cual, al juzgar esos principios, los disminuyen.
El hombre ansioso de caridad, a tal punto de despreciar los principios fundamentales de la inteligencia y de la vida, es un río que rechaza su fuente.
Jesucristo nos manifestó una misericordia del corazón a la medida de la firmeza de su inteligencia. El veía claramente en la luz de su divinidad como para confundir la caridad con el liberalismo. Como tampoco no podía confundir verdad e intransigencia.
Consideremos, pues, a la luz de estos pensamientos la Relación entre Misericordia y Firmeza Doctrinal:
La Iglesia es intransigente en los principios porque cree.
Mientras que Ella es tolerante en la práctica porque ama.
Los liberales, en cambio, son tolerantes en los principios porque no creen.
Y ellos son intransigentes en la práctica porque no aman.
De allí se sigue que:
La Misericordia sin Firmeza Doctrinal, es liberalismo humanitario.
La Firmeza Doctrinal sin Misericordia, es fanatismo, falso celo o celo amargo.
Mediemos ahora otros pensamientos del Padre de Chivré:
La Caridad de Dios florece sobre una fuerza moral inaudita; bastante audaz como para frenar los continuos asaltos del amor propio; bastante independiente como para decir y para reconocer las verdades dolorosas, cuando el deber manda imperiosamente al amor maltratar el error respetando a los extraviados; bastante audaz como para tomar partido por Dios, incluso si eso no sea cobardemente diplomático.
Hay en la caridad una aleación de ternura e intrepidez; una preocupación de no herir nunca y de luchar siempre; una voluntad de ser según el corazón de Dios y de nunca dimitir; en una palabra, es una virtud y no un tembleque, una lengua que se expresa y no un silencio que expresa una ausencia. Ella soporta por heroísmo, y no por cansancio; su paciencia, es una actividad, nunca un fatalismo; su suavidad, la cumbre de sus esfuerzos, por nada del mundo la expresión del miedo; su resistencia, es la de los mártires; su fe, el resultado de su discernimiento y no de la ingenuidad; su esperanza, la recompensa de sus convicciones, y no la fatalidad de los desengañados.
Ella es la vida decantada de lo carnal, llegada a su punto de ebullición espiritual, cuya fuerza de expansión mide la intensidad de su valor.
Ella es a la vez: brisa y tempestad; frescura y calor. Es como Dios, la síntesis de las virtudes, reuniendo los contrarios en la potencia de su simplicidad.
Para completar esta meditación, consideremos ahora un resumen del texto capital del Cardenal Louis Pie
SOBRE LA INTOLERANCIA DOCTRINAL.
Nuestra época grita: «¡Tolerancia! ¡Tolerancia!» Se admite que un sacerdote debe ser tolerante, que la religión debe ser tolerante.
Mis hermanos: en primer lugar, nada iguala a la franqueza, y yo vengo a decirles sin rodeos que no existe en el mundo más que una sola sociedad que posee la verdad, y que esta sociedad debe ser necesariamente intolerante.
Ateniéndome a la cuestión propiamente religiosa y teológica, expondré estos dos principios:
La religión que viene del cielo es verdad, y ella es intolerante con las otras doctrinas.
La religión que viene del cielo es caridad, y ella está llena de tolerancia hacia las personas.
A) Es de la esencia de toda verdad no tolerar el principio contradictorio.
Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio.
Es condición de toda verdad el ser intolerante, pero siendo la verdad religiosa la más absoluta y la más importante de todas las verdades, es por lo tanto también la más intolerante y la más exclusivista.
El establecimiento de la Iglesia fue una obra de intolerancia dogmática y, de la misma manera, toda la historia de la Iglesia no es más que la historia de esa intolerancia.
¿Qué son los mártires? Unos intolerantes en materia de fe, que desean más los suplicios que profesar el error.
¿Qué son los símbolos de la Fe? Fórmulas de intolerancia, que reglamentan lo que se debe creer y que imponen a la razón misterios necesarios.
¿Qué es el Papado? Una institución de intolerancia, que por la unidad jerárquica mantiene la unidad de la fe.
¿Para qué los concilios? Para detener los desvíos del pensamiento, condenar las falsas interpretaciones del dogma, anatematizar las proposiciones contrarias a la fe.
Nosotros somos, por consiguiente, intolerantes, exclusivistas en materia de doctrina: en suma, somos decididos.
Si no lo fuéramos, es que no tendríamos la verdad, puesto que la verdad es una y, en consecuencia, intolerante.
Reprochar a la Iglesia católica su intolerancia dogmática, su afirmación absoluta en materia de doctrina, es hacerle un reproche muy honroso: es reprochar al centinela por ser demasiado fiel y demasiado vigilante; es reprochar a la esposa por ser demasiado delicada y demasiado exclusiva.
Nosotros los toleramos bien, dicen algunas veces las sectas a la Iglesia, ¿por qué, entonces, vosotros no nos toleráis?
Mis hermanos, es como si las esclavas dijesen a la esposa legítima: Nosotras os soportamos bien, ¿por qué ser más exclusiva que nosotras? Las intrusas soportando a la esposa, ¡es un gran favor, verdaderamente! Y la esposa es muy injusta por pretender para ella sola los derechos y los privilegios, de los cuales desean dejarle una parte, ¡al menos hasta lograr alejarla del todo!
A menudo estamos desconcertados de lo que escuchamos decir sobre todas estas cuestiones a personas, por lo demás, sensatas.
Les falla completamente la lógica tratándose de religión.
¿Es la pasión, es el prejuicio lo que los ciega? Es lo uno y lo otro.
En el fondo, las pasiones saben bien lo que quieren cuando buscan trastornar los fundamentos de la fe, hasta colocar a la religión entre las cosas sin consistencia.
Y, para resumir en pocas palabras, les diré: ¿Buscan la verdad sobre la tierra?, busquen a la Iglesia intolerante.
B) Me queda por añadir: La religión que viene del cielo es caridad, y en consecuencia, plena de tolerancia en cuanto a las personas.
Es propio de la Iglesia católica, mis hermanos, el ser firme e inquebrantable acerca de los principios y mostrarse dulce e indulgente en su aplicación.
¿Qué tiene de asombroso? ¿No es ella la esposa de Jesucristo y, como Él, no posee a la vez el coraje intrépido del león y la mansedumbre pacífica del cordero? ¿Y no representa ella sobre la tierra la suprema Sabiduría, que tiende con fuerza a su fin y que aplica todo suavemente? ¡Ah!, es también por este signo, es sobre todo por este signo, que la religión descendida del cielo debe hacerse reconocer: por las indulgencias de la caridad, por las inspiraciones de su amor.
Como la Iglesia no ha inventado la verdad, de la que es solamente depositaria, no se encuentra nada de pasión ni de exceso en su enseñanza.
En ese fenómeno extraordinario, que no se encuentra más que en la Iglesia católica, esa tranquila majestad en la afirmación, esa moderación y esa discreción en todas las cuestiones no definidas, allí está, a mi parecer, el signo adorable por el cual debo reconocer la verdad venida del cielo.
San Agustín sentía dentro de sí hervir los ardores del celo; pero, si había leído en las Escrituras que Dios es la verdad, había leído también que Dios es caridad.
Comprende entonces que el exceso de la verdad puede convertirse en déficit de la caridad; se pone de rodillas y dirige al cielo esta admirable plegaria: «Envíame, Señor, envía a mi corazón la dulcificación, la moderación de vuestro espíritu, a fin de que llevado por el amor a la verdad no pierda yo la verdad del amor».
Oíd estas bellas palabras del bienaventurado obispo de Ginebra, San Francisco de Sales:
«La verdad que no es caritativa deja de ser la verdad, pues en Dios, que es la fuente suprema de la verdad, la caridad es inseparable de la verdad».
Incapaz de soportar jamás las malas doctrinas, la Iglesia es tolerante sin medida hacia las personas; jamás confunde el error con quien lo enseña, ni al pecado con quien lo comete.
Ella condena el error, pero sigue amando al hombre; al pecado lo denigra, pero al pecador lo persigue con su ternura, ambicionando volverlo mejor, reconciliarlo con Dios, hacer entrar en su corazón la paz y la virtud.
No nos pidan más, entonces, la tolerancia con respecto a la doctrina.
Alienten, por el contrario, nuestra solicitud por mantener la unidad del dogma, que es el único vínculo de la paz sobre la tierra.
Nuestra sociedad, mis hermanos, es víctima de mil divisiones: de ello nos lamentamos todos los días.
¿De dónde proviene ese debilitamiento de los afectos, ese enfriamiento de los corazones?
¡Ah, mis hermanos! ¿Cómo podrán estar próximos los corazones allí donde los espíritus están tan alejados? Porque cada uno de nosotros se aísla en su propio pensamiento, cada uno de nosotros se encierra también en el amor de sí mismo.
¿Queremos poner fin a esas innumerables disidencias, que amenazan destruir pronto todo espíritu de familia, de ciudadanía y de patria? ¿Queremos no ser más extraños los unos para los otros, adversarios y casi enemigos? Volvamos a un símbolo, y encontraremos pronto la concordia y el amor.
El día en que todos digan: «Yo creo en Dios, en Jesucristo y en la Iglesia», todos los corazones no tardarán en acercarse, y encontraremos la única paz verdaderamente sólida y duradera, la que el Apóstol llama la paz en la verdad.
Padre Juan Carlos Ceriani

Muy interesante artículo:
Los que hoy se denominan tolerantes, lo son con todo aquello que tenga la siguiente condición: guiarse por los intereses personales; pero no lo tienen, en absoluto, si ya realmente uno quiere hacer el bien de verdad, guiarse por el amor de verdad. Permiten, pues, elegir sólo entre las múltiples variedades del egoísmo, incluso en la que éste está disfrazado, pero siempre que el interés personal, como objetivo prioritario, esté presente.
Ella condena el error, pero sigue amando al hombre; al pecado lo denigra, pero al pecador lo persigue con su ternura, ambicionando volverlo mejor, reconciliarlo con Dios, hacer entrar en su corazón la paz y la virtud.ESTA ES VERDADERA CARIDAD.
Amar a Dios por sobre todas las cosas. y al hombre Por y para Dios. Por eso aunque odia al pecado AMA al pecador y quiere su salvación por amor a su Creador, que quiere que todos los hombres se salven, por amor y reverencia a cada gota de Sangre derramada por la redención, de todo el genero humano, siente una sed un celo que le impulsa a ganarlos a todos para Dios.
Dios le Bendiga Padre Ceriani,
Lees esto y piensas: lo escribio un buen sacerdote Catolico, de verdad. Luego miras las fechas y confirmas que realmente se trata de un VERDADERO sacerdote Catolico, en todo sentido.
Muy interesante y muy buena doctrina.
Palabras Santas!!!
Muy bueno este escrito, felicitaciones.