EL PACIFISMO ANTE LOS HÉROES Y LOS MÁRTIRES
En la misa de siempre, anterior al Novus Ordo de Pablo VI, cuando se mencionaba la paz, se hacía especificando que se trataba de la paz del Señor (pax Domini), que es distinta de la paz que da el mundo, en palabras de nuestro Redentor.
En la nueva misa se repite el término siete veces, y parece que se ha convertido en el objeto único de oración, para la cual se reúne en ocasiones a miembros de las distintas religiones con trasgresión del primer Artículo de la FE (creo en UN SOLO DIOS todopoderoso) y del primer Mandamiento de la Ley de Dios (amarás al Señor tu Dios y a ÉL SOLO adorarás).
Además, parece que no se trata ya de la paz de Dios, sino de la paz humana como mera ausencia de guerra, condición para el bienestar y el progreso de los pueblos. Ya dijo Pablo VI que «el Desarrollo es el nuevo nombre de la paz».
Muchos creen ver desmentido ese pacifismo a ultranza de la Iglesia actual en el hecho relativamente reciente de las beatificaciones de mártires de la Guerra de España, en su día llamada Cruzada de Liberación.
Sin embargo, por más que sea muy laudable ese desbloqueo de tales beatificaciones, más de treinta años retenidas, es preciso observar una característica común a todas ellas. Se beatifica a los mártires, pero no a los que, además, fueron héroes. Todos los beatificados —hasta ahora al menos— fueron sacerdotes y religiosos o religiosas sacrificados por serlo y que supieron confesar su fe ante la muerte.
Parece así que se considera un obstáculo para esa beatificación el que el mártir fuera combatiente en las filas de quienes luchaban «por Dios y por la Patria”. Tal es el caso, por ejemplo, del llamado «Ángel del Alcázar» y del requeté gaditano Antonio Molle Lazo, que sufrió el más espantoso martirio mientras vitoreaba a Cristo Rey.
Sin embargo, en ellos se dio, sobre el morir por la fe y el confesarla públicamente, un tercer mérito, que es su carácter voluntario. Es decir, que los asesinos no fueron a buscarlos a sus casas o conventos, sino que los hallaron en el campo del honor al que habían acudido voluntariamente. Con lo que, de tratarse de una norma establecida, se daría esta extraña paradoja: esos jóvenes en ningún caso podrían ser beatificados: si no estuvieron en el frente, por no estarlo, siendo el deber propio de su edad (es decir, por ser desertores o emboscados); y, si lo estaban, por estar.
La historia —nuestra historia patria— nos muestra con evidencia cómo la guerra defensiva (y aun la de conquista) es, en casos, absolutamente necesaria. Si Europa no es hoy musulmana se debió a la Reconquista en España y, más tarde, a las victorias de Viena y Lepanto. Y si Francia y más de media Europa continuaron católicas en el siglo XVI se debió a las armas de Carlos V y Felipe II en defensa del Pontificado y del Sacro Imperio contra la rebelión luterana.
Y lo mismo puede decirse sobre la labor misionera hacia el exterior, en los pueblos paganos. Al iniciarse la conquista de Méjico, la Corona envió allá a doce misioneros franciscanos (los doce varones apostólicos, entre ellos el famoso «Motolinía»), que lograron unos frutos evangelizadores extraordinarios, casi milagrosos. La labor que ellos iniciaron se vio respaldada por la conquista de Hernán Cortés, que creaba las condiciones para que esa conversión se perpetuase. El resultado es hoy la más grande nación católica del mundo, animada aún ahora de un fervor popular admirable.
Hacia Oriente, en cambio, se dirigió la gran figura misionera de nuestro San Francisco Javier, más excelsa por su esfuerzo y santidad que la de todos aquellos evangelizadores de Méjico. Sin embargo, al no verse consolidado en su labor por una simultánea o subsiguiente empresa de conquista, sólo quedó de su obra la salvación de cuantos él convirtió y bautizó, pero nada para la posteridad, que permanece hoy tan pagana e idólatra como antes de su llegada.

