P. CERIANI: SERMÓN DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

PASCUA DE RESURRECCIÓN

En aquel tiempo, pasado el sábado, María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas, para ir a ungir a Jesús. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, llegaron al sepulcro, al salir el sol. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” Y al mirar, vieron que la piedra había ya sido removida, y era en efecto sumamente grande. Y entrando en el sepulcro vieron, sentado a la derecha, a un joven vestido con una larga túnica blanca, y quedaron llenas de estupor. Mas él les dijo: “No tengáis miedo. A Jesús buscáis, el Nazareno crucificado; resucitó, no está aquí. Ved el lugar donde lo habían puesto. Pero id a decir a los discípulos de Él y a Pedro: va delante de vosotros a la Galilea; allí lo veréis, como os dijo.”

Ante todo, en este Domingo de Pascua Florida, les deseo una santa y feliz fiesta de Pascua de Resurrección.

Nuestro Señor, por medio de sus Ángeles, quiso manifestar su Resurrección a las devotas mujeres que le habían seguido, cuya devoción declaran primeramente los Evangelistas, diciendo que María Magdalena y María Jacobi, Salomé y otras devotas mujeres, habiendo estado en quietud todo el sábado por reverencia de la fiesta, madrugaron el domingo, y con sus especies aromáticas caminaron de noche al sepulcro, diciendo: ¿Quién nos quitará la piedra de la puerta del sepulcro?

En estas mujeres se nos representa la devoción con que hemos de buscar a Cristo Nuestro Señor, acompañada de las virtudes que ellas ejercitaron.

La primera fue obediencia a la Ley; porque con tener gran deseo de ungir el cuerpo del Señor, no quisieron hacerlo contra el precepto, enseñándonos que, por título de piedad, no se ha de faltar a la obediencia.

La segunda fue diligencia grande en madrugar antes del día, y con ser las mujeres naturalmente temerosas, no temieron salir y caminar de noche, por cumplir el deseo que tenían de hacer este servicio a su Maestro.

La tercera fue confianza en Dios y perseverancia en el bien, sin dejar de hacerlo por temor de las dificultades; porque, con saber estas mujeres que no podrían quitar la grande losa que cerraba el sepulcro, prosiguieron su camino confiando en que la Providencia les depararía medio para ello; y así cuando llegaron la hallaron quitada.

Llegando las mujeres al sepulcro, y viendo removida la piedra, entraron, y se atemorizaron con la vista del Ángel, el cual les dijo: No queráis temer; ¿buscáis a Jesús Nazareno crucificado? Ya ha resucitado, no está aquí; venid y ved el lugar donde le habían puesto.

Destaquemos aquel nuevo renombre que el Ángel da a Jesucristo, llamándole Jesús Nazareno Crucificado, como quien sabía el proceder de nuestro buen Jesús, que es preciarse de sus desprecios y honrarse de haber sido crucificado por nosotros.

Estas santas mujeres, por su corta fe, no eran dignas de que Nuestro Señor se les apareciese ya; y así el Ángel las dispone para ello avivando su fe, diciéndoles: Entrad y ved el lugar donde le pusieron; y por aquí creeréis ser verdad que ha resucitado.

También avivó su caridad, diciéndoles que con presteza fuesen a dar noticia de esto a los Apóstoles y a Pedro, nombrándole en particular, para que no se tuviese por desamparado a causa de sus negaciones, pues por haberlas llorado, era merecedor de este consuelo.

Acordándose por estas palabras de las que ya había anticipado Jesús, se volvieron con temor, pero con gozo de lo que habían oído y visto.

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Consideremos ahora la aparición reservada a Santa María Magdalena.

Aquí debemos encomiar la infinita caridad del Redentor en honrar a los pecadores convertidos, escogiendo por primer testigo de vista de su resurrección, después de su Santísima Madre, a una mujer que había sido morada de siete demonios y de los siete pecados capitales que de ellos proceden.

Y esto sucedió para que se entendiese que no daña la muchedumbre y gravedad de los pecados pasados, cuando se desagravian con mayor fervor presente; como sucedió a la Magdalena, la cual se señaló singularmente en amar y servir a Cristo Nuestro Señor, haciendo por su amor muchas cosas que otros no hicieron, como fue lavarle los pies con lágrimas, secarlos con sus cabellos, ungírselos con precioso ungüento, asistir a sus pies oyendo su doctrina con mucho gusto, ungirlo una segunda vez, acompañarle en el monte Calvario, y madrugar para rendirle homenaje después de muerto con mayor fervor que todas sus compañeras.

Y así fue digna de verle primero que los demás, como dice el himno: Mereció tener los primeros gozos de la resurrección de Cristo, porque ardía por aquel entonces más que todos en su amor.

Estaba, pues, María de pie, fuera del monumento, llorando; y se inclinó para ver el interior del sepulcro, y vio dos Ángeles con vestiduras resplandecientes.

Le dijeron los Ángeles: Mujer: ¿por qué lloras?

Respondió ella: Porque se llevaron a mi Señor y no sé dónde le pusieron.

En estas palabras se nota el fervor de la Magdalena, el cual resplandece en las grandes ansias que tenía de ver el Cuerpo de su Maestro, la solicitud en buscarle, y su pasión en las lágrimas que derramaba por esta causa, sin que la vista de los Ángeles pudiese enjugarlas, porque no hallaba ningún consuelo en vista de criaturas, pues buscaba al Creador…

Como quien dice: ¿No os parece bastante causa para llorar haberse llevado a mi Señor y todo mi bien, sin saber quién le llevó y a dónde le pusieron? Hasta ahora lloraba su muerte, pero me consolaba con tener su Cuerpo; ahora me han quitado este consuelo.

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Compadeciéndose Nuestro Señor de las muchas lágrimas de María Magdalena, quiso consolarla para cumplir la palabra que dio cuando dijo: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Pero en esto procedió poco a poco, para mayor bien de esta alma.

Primero se le apareció, no poniéndosele delante de los ojos, sino a las espaldas, haciendo algún ruido para que ella se volviese para mirarle.

En lo cual se nos representa el modo como Dios Nuestro Señor busca las almas que le tienen vueltas las espaldas, y le dejan, y no le conocen ni le respetan por no conocerle.

Aunque la Magdalena miró a Crismo Redentor, no le reconoció porque tenía todavía muy corta fe.

Nuestro Señor le dijo, con una voz diferente de la que solía hablar: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Cuando Dios hace tales preguntas en casos semejantes, haciéndose el que no sabe, quiere dar a entender que allí hay algo que no aprueba.

Cuando la Magdalena lloraba a sus pies, en el festín, y los regaba con lágrimas, no le preguntó: ¿Por qué lloras?, ¿a quién buscas? Porque aquellas lágrimas se fundaban en profundo conocimiento de sus pecados y en viva fe y amor del Señor que tenía presente, el cual las reconocía y aprobaba.

Pero en este caso, como las lágrimas procedían de falta de fe, llorando por muerto al vivo, y buscando al vivo entre los muertos, le pregunta: ¿Por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Como si le dijera: ¿Sabes por qué lloras y a quién buscas? Sin duda que no lo sabes bien, porque, si lo supieras, no me llorarías de esta manera por muerto, ni buscarías como ausente al que tienes presente.

En lo cual nos enseña Nuestro Señor cómo su voluntad es que examinemos bien la causa de nuestras lágrimas y suspiros, y también qué es lo que buscamos y pretendemos en su servicio, para no se mezcle algo que sea contrario a Dios o desdiga de lo que a su grandeza y a nuestra perfección convienen.

Viendo el Señor el fervor, las lágrimas y el ofrecimiento de la Magdalena de ir a buscar su Cuerpo, se le descubre, llamándola por su propio nombre y con el tono de voz que solía, diciendo: María

Y al punto le reconoció y respondió: Maestro mío.

Consideremos la omnipotencia de Cristo, llena de dulzura y suavidad, pues con una sola palabra, diciendo María, desterrando de ella toda tristeza, la llena de incomparable alegría…

Con una sola palabra ilustró su entendimiento con nueva luz, deshaciendo todas las tinieblas de infidelidad que tenía; y encendió su voluntad con nuevo fuego de amor, para que amase como a Dios vivo al que amaba como a hombre muerto.

La respuesta de la Magdalena fue: Maestro mío; porque, arrebatada del amor, llamó a su Amado con el nombre que solía llamarle.

Cuando habló con los Ángeles, usó del nombre de reverencia, llamándole mi Señor; ahora que habla con Él mismo, lo llama con nombre de reverencia y amor, llamándole Maestro mío; porque en oyendo aquella palabra, María, experimentó dentro de su alma los efectos de su divino magisterio, por la plenitud de luz que le infundió, y así se echó a sus pies, donde solía estar oyendo su doctrina.

Finalmente, viendo Nuestro Señor que María, postrada a sus pies, los aferraba y quería besárselos, le dijo: No quieras retenerme, porque no he subido a mi Padre; sino ve a mis hermanos y diles de mi parte: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dio.

Ponderemos la ternura de aquel recado tan amoroso que envió el Señor a sus discípulos, no desdeñándose de llamarlos hermanos, para que entendiesen que la gloria de la resurrección no le había mudado la condición, antes les daba mayores muestras de amor con este nombre de hermanos.

Y lo que les mandó decir fue: Ya he resucitado para subir a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios; mi Padre por la generación eterna, y vuestro por la adopción graciosa; y mi Dios por la unidad de naturaleza, y vuestro por la unión de caridad.

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Para terminar, resumiré las causas por las cuales Nuestro Señor quiso resucitar conservando en su Cuerpo glorioso las señales de las llagas de los pies, manos y costado.

La primera causa fue para confirmar a sus discípulos en la fe de su resurrección, mostrándoles, no solamente su Cuerpo, para que le palpasen, sino los agujeros que hicieron en él los clavos y la lanza, para que creyesen que era el mismo Cuerpo que fue crucificado y no otro hecho de nuevo.

La segunda causa fue para que fuesen señales de su victoria y triunfo, y juntamente indicios de lo mucho que estimaba padecer trabajos e ignominias, honrando sus llagas con dejarlas en el Cuerpo glorificado con especial hermosura y resplandor.

La tercera causa fue para que le sirviesen como de memoria y despertador de lo mucho que le habíamos costado, y con esto le moviesen a amarnos y perdonarnos y hacernos siempre bien. El que, en cuanto Dios, no se olvida de nosotros, porque nos tiene escritos en sus manos, como dice Isaías, también, en cuanto hombre, no se olvidará de nosotros, porque en sus manos y en todo su Cuerpo está escrito lo mucho que le costamos.

La cuarta causa fue para mostrar estas llagas al Eterno Padre y aplacar con ellas la ira e indignación que tuviese contra el mundo por nuestros pecados, haciendo oficio de perpetuo abogado y mediador nuestro…

Si mirando Dios Nuestro Señor el Arco del Cielo, con la belleza de sus colores aplaca su ira, y por esta señal se acuerda de no anegar otra vez al mundo con diluvio, ¿cuánto más se aplacará viendo este arco del Cielo empíreo, Cristo Jesús, con aquellas llagas en manos, pies y costado, y le servirá este Arco de señal y motivo para no castigar al mundo como sus pecados merecen?

La quinta causa fue para provocarnos con estas llagas a que le amásemos y obedeciésemos, conociendo por ellas lo mucho que nos amó y lo que padeció por nosotros.

De modo tal que la vista espiritual de estas llagas, que están en el Cuerpo glorificado de Cristo, fuesen un despertador eficacísimo de nuestras potencias para que todas se ocupen en el servicio de este Señor.

A estas causas añadimos la última: para confundir el día del Juicio a los condenados, mostrándoles las llagas que recibió por ellos y el deseo que tuvo de salvarlos. A los cuales, como exclama San Agustín, dirá de esta manera: Veis aquí al Hombre que crucificasteis, mirad las llagas que le hicisteis, reconoced el costado que alanceasteis, el cual por vosotros y para vosotros fue abierto, y con todo eso, no quisisteis entrar por él.

Entonces será el terrible llanto que está profetizado de estos miserables, viendo la ocasión que perdieron de salvarse y la justa razón que tiene Cristo para condenarlos.

Al contrario, con estas mismas llagas alegrará Nuestro Señor a los escogidos, no solamente aquel día, sino por toda la eternidad, viendo en ellas claramente tantos motivos de amar al que las recibió por ellos.

Estas consideraciones y afectos tenemos que ejercitar, acordándonos de las llagas de Nuestro Señor Jesucristo; y para mirarlas más de cerca, avivaremos la fe de que las tiene su Cuerpo gloriosísimo, no solamente en el Cielo, sino en el Santísimo Sacramento del Altar, y que allí son como cinco fuentes del Salvador, de las cuales manan aguas de gracias y consuelos espirituales para todos los que se llegan con espíritu a ellas.

Digámosle, pues:

¡Oh Salvador amabilísimo!, por estas llagas te suplico humildemente obres en mí los efectos por los cuales las conservaste en tu glorioso Cuerpo, admitiéndome a entrar por ellas y morar allí como en lugar de mi descanso; porque no quiero otro en esta vida, sino pensar en lo mucho que por mí hiciste y padeciste, amándote por ello y obedeciéndote con perseverancia, hasta gozar de Ti en la gloria por todos los siglos. Amén.