MONS. FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO – Capitulo trece: LA VIDA CRISTIANA – I – EL CRISTIANO Y LA ORACIÓN Continuación… 3 – Objeciones y errores

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capitulo trece

LA VIDA CRISTIANA

I

EL CRISTIANO Y LA ORACIÓN

Continuación…

3

Objeciones y errores

Preveo algunas objeciones.

¡Poesías, exclamará alguien, dignas de la fe ingenua y del ensueño infinito de los místicos! Pero esto no es para nosotros. No somos ni trapenses, ni carmelitas. Somos gente de negocios, hombres de mundo, personas de su casa; somos carpinteros, banqueros, ingenieros, empleados, maestras, operarías. ¿Cómo podemos ser nosotros como ese telefonista?

Cuando escucho semejantes objeciones, sacudo la cabeza. ¿Acaso al invitaros a haceros telefonistas, os dije que debíais dejar vuestras familias, vuestras profesiones y vuestras industrias? ¡Por favor! Todo lo que se refiere al campo y a la materia de vuestra actividad exterior, puede continuar; solamente hay que evitar el mal; por ejemplo, el banquero debe dejar de robar, la empleada debe atender mejor su ocupación y así por lo demás. Nada de extraordinario, pues.

No se trata de encapucharse con el sayo de un fraile o de cubrirse con el velo monacal. De ninguna manera. Trátase de imprimir un sentido cristiano a vuestra vida. Pensar, de cuando en cuando, en Dios, con una jaculatoria; ofrecerle las acciones del día; orar en la iglesia de una manera digna de esta palabra ¿son acaso cosas imposibles para vosotros, que se han de dejar a las almas místicas, dedicadas a la contemplación? ¿No tenéis vosotros también un alma que salvar? ¿No vais a la iglesia algunas veces a implorar gracias? ¿No decís que creéis en Dios? Si creéis en Él, ¿cómo podéis negaros a dirigiros a Él y ser un buen telefonista?

Continúe la madre de familia cuidando su casa; prosiga sus construcciones el ingeniero; cumpla cada uno las obligaciones de su estado; pero todos, sin excepción, pueden y deben terminar con una vida cristiana sólo de nombre, repugnante a los ojos de Dios y a la mirada de nuestras mismas conciencias.

Se dirá: —¡Pero yo no sé rezar! ¡Jamás he orado de veras en mi vida! He frecuentado las iglesias y los Sacramentos; pero no sé cómo he de hablar con Dios… Escúchame: —No me extraña. Acude al teléfono, y al momento sabrás cómo has de rezar. Me explicaré.

Para telefonear a Dios no se necesitan fórmulas especiales ni largas oraciones. Recordemos al buen anciano (¡pobre agricultor, flor de analfabeto!) al que se refiere un episodio encantador en la vida del Cura de Ars. El buen hombre permanecía largas horas en la iglesia, inmóvil delante del Tabernáculo y un día el Santo Cura le preguntó: «¿Qué hacéis durante todo este tiempo? ¿Qué oraciones recitáis? ¿Qué decís al Señor?» El viejecito, sorprendido, respondió: «Nada digo. Ninguna oración. Yo lo miro; Él me mira».

¡Qué buen telefonista! ¡Ojalá lo imitáramos todos!… ¡Ojalá todas las almas buenas imitaran, de cuando en cuando, este ejemplo! ¡Yo lo miro; Él me mira! ¿Hay un método más fácil para telefonear?

En las páginas siguientes se dará una respuesta definitiva a los que rehúsan adherirse a la sección telefónica por el pretexto de sus quehaceres, de sus empresas y cosas por el estilo. Y se han de convencer.

Por ahora prefiero hablar acerca de las personas de fe, que hayan celebrado y aplaudido la idea del teléfono, pero que no quiero que caigan en algunos errores o prejuicios.

Ante todo, el buen telefonista detesta a los herederos del fariseísmo, que al orar, hacen remilgos para atraer las miradas y excitar la admiración y el aplauso, fruncen el ceño, bajan los ojos, colócanse la máscara de compunción, con una cara tal, que parecen querer ahuyentar todos los gatos del vecindario.

El que está unido a Dios, lleva en sí la fuente de la alegría y aun en el mismo dolor se resigna y comprende cómo San Pablo pudo decir: «Tengo sobreabundancia de goces en medio de todas las tribulaciones». Si no estamos contentos los que llevamos a Dios en el corazón, ¿quién podrá estarlo en la tierra?

Nadie tiene por lo demás que enterarse de nuestro teléfono. ¿Estamos riendo, bromeando, charlando? También ésta es una circunstancia oportuna para hacer una telefoneada rapidísima a Jesús. No es menester que se muevan los labios; basta que vibre el corazón. ¡Es esto lo que Él desea!

Y vosotras, almas buenas no tenéis por qué lamentaros, por no saber orar, o por estar pasando períodos de aridez. Los sufrió también, y terribles, Santa Teresita del Niño Jesús. Mas —a fuer de exquisita telefonista— comparaba su aridez de espíritu a la obscuridad de un túnel, bajo el cual quería Dios que pasara el tren de su vida. Pero, aun entre las espesas tinieblas enviaba un saludo al Sol, suspirando por contemplarlo.

Hay más. Nunca será suficientemente repetido: el que aprende a telefonear, aprende también a hacer bien todas sus prácticas religiosas. La Comunión de la mañana, por ejemplo, adquiere otro aspecto. Las telefoneadas del día precedente y de la misma mañana son la mejor preparación para la Comunión, y el trabajo ofrecido a Dios resulta un espléndido himno de acción de gracias. La Comunión es el momento en que, después de tantas llamadas telefónicas, Jesús viene al alma y se une íntima y sacramentalmente con ella; es el instante en que Jesús habla y bendice. En este caso, ya no existe una interrupción entre la Comunión y el resto de la jornada; todo está armónicamente unido, y es la causa que permite comulgar bien, con frecuencia y con fervor.

Dígase otro tanto de la Confesión, Si somos asiduos abonados al teléfono, el dolor de nuestros pecados no será ya una empresa ardua. Basta pensar en Jesús, en sus castigos, en su Corazón, en su Pasión, en su Cielo y en su Amor, y todo quedará hecho.

No existen dificultades excesivas para habituarse a telefonear. En poco tiempo se adquiere la facilidad. Superados los primeros obstáculos, los progresos son rapidísimos. Hablad a Dios, como hablaríais a un padre, a un amigo, a un bienhechor. No se requieren frases estudiadas, ni palabras rebuscadas. Hablad con toda la sencillez y la espontaneidad del amor filial.

Recuerdo que en un Colegio de Hermanas Marcelinas de Milán, prediqué los Ejercicios Espirituales a niñitas que se estaban preparando para recibir el primer beso de Jesús Eucarístico. Aún veo delante de mí a aquellas pequeñuelas, pendientes de mis labios, que aguardaban con ansia el día de su primera Comunión.

Al principio de los Ejercicios les dije: «Hijitas, esta noche iréis a vuestras casas y llegará la hora del descanso. ¿Sois capaces de acordaros de una cosa? Mirad, haced un buen nudo en el pañuelito… De lo contrario, estoy seguro de que os vais a olvidar. Así, pues, cuando estéis en vuestra camita, después de haber recitado las oraciones de la noche, volveos a vuestro Ángel que siempre está junto a vosotros, y decidle así: —Oye, querido Ángel, hazme un favor. Vuela un instante a la Capillita del Colegio, donde dentro de unos días haré la primera Comunión. Llega hasta allí. Acércate al Tabernáculo de mi Jesús. Llévale mi beso y mi saludo. —¿Os acordaréis, hijitas?».

Todos los semblantes conmovidos me respondían que sí. A través de los ojos inocentes parecía que brillase un rayo de luz de su Ángel. Yo proseguí: «Pensad, hijitas, qué escena maravillosa se realizará esta noche en esta Capilla. Todo será silencio y tinieblas. Nadie estará aquí. Sólo estará presente Jesús, el cual pensará en vosotras, y mirará hacia vuestras casas y vuestros pequeños corazones. Delante de Él, la lámpara… ¿Veis esa lámpara, con su trémula llamita que habla a Jesús, cuando nosotros callamos y estamos sumergidos en el sueño?… Y vendrán vuestros Ángeles… Entrarán uno a uno… Se acercarán al Tabernáculo. Traerán a Jesús vuestro beso, vuestro saludo, vuestro pensamiento… ¡Y Jesús estará muy contento!… ¿Os acordaréis, hijitas?»

«Sí, sí», exclamaron con los ojos perlados de lágrimas, lágrimas dulces y puras, que el divino Amigo de la infancia habrá recogido, como las recogía un día bajo el cielo de su Palestina…

Mantuvieron la palabra. A cada plática, les recordaba la promesa. Y advertía, por la misma expresión de sus rostros y su mirada, que el llamado no había sido inútil.

Esas pequeñuelas, ¿no eran excelentes telefonistas?

4

Votos y esperanzas

Uno de los fines de esta obrita —como ya aparecerá claro a cuantos me han seguido hasta aquí— es el de hacer conocer y difundir cada vez más la unión con Dios, unión que nunca debería faltar a ninguna alma verdaderamente cristiana.

Desgraciadamente, son numerosos quienes, proclamándose cristianos, del Cristianismo no conocen ni los primeros principios; que conceptuándose creyentes, jamás encontraron, como dice Contardo Ferroni, «la sonrisa de Dios», jamás han saboreado «la fiesta de los santos pensamientos». «Arrojados a un mundo corrompido y enloquecedor, en medio del vértigo de la vida disipada que nos circunda por todas partes, entre el vicio supersticioso y las doctas blasfemias», si no queremos perecer, tenemos que recurrir a las «comunicaciones íntimas», a «los abrazos de Dios». Será un recuerdo de los pensamientos de la mañana, que retorna entre las obras del día y nos consuela; será un volver la mirada a nuestro Padre, en medio de las preocupaciones diarias; será un acto de amor que sale casi de un modo inadvertido de nuestros labios, pero es recogido por los Ángeles y arrebata el Corazón de Dios; será finalmente lo que San Pablo llama la conversación en los cielos y que él señala como un deber de los cristianos.

En las Homilías sobre el Evangelio de San Juan, el Crisóstomo compara el alma del Evangelista con una lira, que tañe el Espíritu Santo para arrancarle un canto suave y melodioso. No se debe pensar que sólo el alma del Discípulo predilecto de Jesús sea semejante a una lira; cada una de nuestras almas, si posee la gracia, se halla bajo el influjo del Espíritu Santo, que diviniza todas nuestras actividades y las transforma en música divina.

La música de las almas: ¡he ahí nuestro ideal! Hoy día, muchas almas no saben cantar, ni siquiera conocen el solfeo espiritual. Que este librito les enseñe, con brevedad y claridad, toda la belleza del canto íntimo religioso, comparado con el cual, nada significan las suaves armonías del canto gregoriano y de Palestrina.

Una cruzada de oraciones acompaña a estas pobres páginas: almas hermosas, conciencias virginales, espíritus generosos, que sufren por amor de Cristo, oran intensamente mientras vosotros leéis estos renglones. Quizás al leer, sintáis en vosotros mismos, un eco de ese coro, al que debéis unir vuestras voces. Con la publicación de esta obrita, se ha iniciado en Italia una nueva campaña para la cultura religiosa y para… la implantación del teléfono.

Si estos esfuerzos y trabajos son bendecidos por el Corazón de Cristo, nuestra patria contará pronto con millares y decenas de millares de telefonistas cristianos.

Mientras la pequeña labriega recoja la espiga de trigo de los campos de esta alma parens frugum, como la ha llamado Virgilio, cantará en su corazón: «Alabado sea en todo momento y lugar, el Santísimo y Divinísimo Sacramento».

De toda oficina, de toda plaza, de toda escuela, de todo hospital —y no sólo del Seminario, del Convento o del Monasterio—, partirá un saludo a Cristo Jesús y una súplica que invoque su reinado social en el mundo. De las Catacumbas de Roma y de los sepulcros de los santos la voz de los mártires, de los grandes y de los padres, se ha de confundir en un solo coro con el himno de los hijos, conscientes de su grandeza y de sus gloriosas tradiciones. El himno está próximo a ser entonado.

Aguzad el oído y sentiréis que se anuncia a todos los vientos el amanecer esplendoroso de una nueva Italia, de una Italia cristiana que avanza hacia el porvenir, con la mirada fija en el Corazón omnipotente, que conoce las victorias del amor.

RECAPITULACIÓN

La gracia habitual nos diviniza y nos une a Dios; la oración debe hacer que todos nuestros actos libres sean vivificados por Dios y dirigidos a Él, como al centro de todas las cosas.

El método práctico para organizar en ese sentido la vida, consiste no sólo en conservar la gracia en el propio corazón, sino también en volar frecuentemente con el pensamiento y el corazón hacia el Tabernáculo.

Hay que dirigir un silencioso saludo a Jesús, especialmente:

a) al despertar, para que Jesús reciba la primera palpitación de nuestro corazón;

b) ofreciendo, por la mañana, todas las obras que realizaremos en el día, al Corazón de Jesús;

c) antes de recitar nuestras oraciones;

d) caminando por las calles y las plazas;

e) al penetrar a la iglesia, mientras nos santiguamos con el agua bendita y hacemos la genuflexión;

f) durante el trabajo;

g) cuando se oye una blasfemia, o una mala conversación nos hiere los oídos;

h) al sentarnos a la mesa, o cuando nos divertimos;

i) por la noche, antes de dormir, de modo que Dios reciba el primero y el último beso de la jornada.

El que vive así, el que santifica sus obras y su trabajo, practicando esta unión con Dios, puede repetir las palabras del autor de la Imitación de Cristo: «Estar con Jesús es un dulce paraíso».

Continuará…