LA SENCILLEZ EN EL COMPORTAMIENTO HABITUAL
La sencillez en el modo de proceder
También en nuestra conducta florecerá la sencillez, si aceptamos de buen grado nuestro estado y todos los deberes que el mismo comporta. Encontramos de nuevo una idea tan querida para san Francisco de Sales, principio fundamental de su dirección espiritual, en el que insiste reiteradamente. Pero ¿no es cierto, sin embargo, que no se cansa uno de escuchar las múltiples variaciones con las que ameniza ese mismo tema?: «¡Animo! Si estáis en vuestro hogar y sois esposa y madre, las cosas no se pueden cambiar.
Debéis ser lo que sois y serlo con gusto y con amor de Dios, por el amor de Dios».
Puesto que nuestro estado es querido por Dios, cuanto más estrechamente unida esté nuestra voluntad a la divina, habrá más unidad y sencillez en nuestra vida.
Pero, a veces, nuestra condición es difícil de soportar porque acarrea muchas dificultades y
contrariedades que nos abruman; de ahí nos viene la ilusión de que estaríamos mejor en otra parte y la envidia por la suerte de los demás. ¡Ay si estuviéramos plenamente resignados a la voluntad de Dios, sin dejarnos agitar por la fiebre de la propia voluntad!
«Hay que tener en cuenta -hace notar san Francisco de Sales- que no hay ninguna vocación que no suponga molestias, amarguras y disgustos. Y lo que es más, de no ser aquellos que están plenamente resignados a la voluntad de Dios, todos querrían cambiar su condición por la de otros; los que son obispos, querrían no serlo; los que están casados, querrían no estarlo. ¿De dónde nos viene esta general inquietud del espíritu, sino de la aversión que sentimos a lo que nos contraría y de una mezquindad que nos hace pensar que todos los demás están mejor que nosotros? Todo viene de lo mismo: el que no está plenamente resignado, ya puede mirar para acá o para allá porque nunca encontrará reposo. Los que tienen fiebre no encuentran buena ninguna postura; no llevan ni un cuarto de hora en una cama, cuando ya quisieran pasarse a otra; y no depende de la cama, sino de la fiebre que los atormenta en cualquier lugar. Quien no tiene la fiebre de la propia voluntad, se siente a gusto con todo; con tal de que Dios sea servido, no se preocupa del lugar en que Él le ha colocado: siempre que se cumpla su Divina voluntad, lo demás nada le importa» .
También nosotros debemos guardarnos de esos disgustos que nos entristecen, de esos deseos ilusorios que dejan ver nuestra cobardía ante las inmolaciones que Dios espera de nosotros: «Es una fuerte tentación la de disgustarse y estar triste en el mundo, cuando sabemos que tenemos que estar en él por necesidad. La Providencia de Dios es más sabia que nosotros. Pensamos que cambiando de navío estaremos mejor, cuando sólo lo estaremos si cambiamos nosotros mismos. ¡Dios mío!, soy enemigo acérrimo de esos deseos vanos, peligrosos y nocivos. Pues, aunque lo que deseamos sea bueno, el desearlo es malo porque Dios no quiere para nosotros ese bien sino otro, en el que quiere que nos ejercitemos. Dios quiere hablarnos desde las espinas y las zarzas, como a Moisés; y nosotros queremos que nos hable en la brisa dulce y fresca, como a Elías».
Y, ciertamente, preferimos sentir en la piel la caricia de la brisa, que el pinchazo de las espinas, y nos imaginamos que nuestro Señor está más cerca de nosotros cuando gozamos de una apacible tranquilidad, que cuando estamos expuestos a las dificultades inherentes a nuestra vocación. ¡Desengañémonos! «No creáis que nuestro Señor está más alejado de vos cuando os veis rodeada de las aflicciones que comporta vuestra vocación, que lo estaría si os vierais en medio de las delicias de una vida tranquila. No, mi queridísima hija, no es la tranquilidad la que le acerca a nuestros corazones, sino la fidelidad de nuestro amor; no es el sentimiento que tenemos de su dulzura, sino el consentimiento que damos a su santa voluntad, pues es mucho más deseable que ésta se cumpla en nosotros, que hacer la nuestra en Él»
Renunciemos a nuestros gustos y preferencias personales para ser lo que Dios quiere que seamos; así alcanzaremos esa perfecta sencillez que nos hará estar «a merced de la voluntad de Dios».
«No es lo propio de las rosas ser blancas, me parece, porque las rojas son más bellas y huelen mejor; el color blanco es, en cambio, propio del lirio. Seamos lo que somos y seámoslo bien para hacer honor al Artífice cuya obra somos… Seamos lo que Dios quiere con tal de que seamos suyos, sin empeñarnos en ser lo que nosotros queremos, contra sus deseos; pues, aunque fuéramos las más excelentes criaturas del cielo, no nos serviría de nada, si no es ésa la voluntad de Dios».
Si aceptamos decididamente nuestra vocación, nos esforzaremos por cumplir todos los deberes que ésta nos impone, sin dejarnos nunca llevar por multitud de deseos de obras extraordinarias, que distraerían nuestro espíritu, apartándonos de nuestro deber. Lo que cuenta a los ojos de Dios no son los grandes y vanos deseos, sino la fidelidad a los humildes deberes cotidianos:
«Es bueno desear mucho, pero hay que poner orden en los deseos y hacer que se realicen, cada uno en tiempo oportuno y según nuestra capacidad. Se evita que las viñas y los árboles se pueblen de hojas para que éstas no se lleven la humedad y la savia e impidan al árbol dar frutos, haciendo que toda su fuerza natural se reduzca a dar hojas. Es buena cosa impedir la proliferación de deseos, pues nuestra alma podría entretenerse con ellos, descuidando los resultados que, aunque sean pobres, son siempre más útiles que los grandes deseos de cosas que están fuera de nuestro alcance; por eso, Dios prefiere nuestra fidelidad en las cosas pequeñas que nos encomienda, mucho más que el ardor por las grandes que no dependen de nosotros».
San Francisco de Sales conocía bien esa debilidad de nuestra naturaleza, que muestra un extraordinario valor ante peligros imaginarios, pero que retrocede enseguida ante la más pequeña dificultad que encontramos todos los días. Por ello, reconduce nuestro esfuerzo, que tiende a irse por las nubes, hacia su objetivo real, que es la prosaica realidad:
«Poned empeño en aprovechar las pequeñas ocasiones que Dios os va presentando, poned en ello vuestra virtud y no en desear grandes empresas; porque suele suceder que se deja uno vencer por un mosquito y está combatiendo contra monstruos imaginarios».
El obispo no se cansa de recordarnos esta realidad cotidiana:
«Aprovechad las diarias contradicciones para mortificaros, aceptándolas con amor y dulzura».« Porque esas contradicciones no son fantasías, ni son según nuestro gusto. Precisamente por eso tienen gran valor:
«Las mortificaciones que no van condimentadas con la salsa de nuestra propia voluntad son las mejores y las más excelentes, como las que nos tropezamos por la calle, sin pensar en ellas ni buscarlas, y las de cada día, aunque sean pequeñas». Ejercitándonos en soportarlas con dulzura adquiriremos la suficiente fuerza de ánimo para resistir el martirio o para vivir abandonados en Dios, con un desprendimiento total.
«Aprendamos a sufrir con gusto las palabras humillantes y que tienden a despreciar nuestras opiniones y nuestro modo de pensar; después aprenderemos a sufrir el martirio, a anonadarnos en Dios y a hacernos insensibles a todo».
Pero ¡qué grande es nuestra inconsecuencia! Con la imaginación, aceptamos heroicamente los sufrimientos más terribles, que no se presentarán, probablemente, jamás; y en la realidad, huimos vergonzosamente de las humildes cruces de cada día.
«Hay almas que se forjan grandes proyectos de prestar excelentes servicios a nuestro Señor, con obras eminentes y sufrimientos extraordinarios, pero esas ocasiones no se presentan y quizá no se presenten jamás. Con ello creen haber hecho un gran acto de amor. En esto se equivocan a menudo, pues sucede que se creen capaces de abrazar grandes cruces futuras y huyen de inmediato del peso de las presentes, que son menores. ¿No es una gran tentación ser tan valientes en la imaginación y tan cobardes en la realidad?».»
El obispo escribía así a una religiosa que soñaba con verter su sangre para dar testimonio de su fidelidad a Dios: «Sobre todo, no deseéis persecuciones para probar vuestra fidelidad, pues vale más esperar las que Dios nos envíe que desearlas. Tenéis muchas otras ocasiones para ejercitar vuestra fidelidad: la humildad, la dulzura, la caridad al servicio de vuestro pobre enfermo, pero con un servicio cordial, amoroso y lleno de afecto. Dios os da un poco de tiempo para que hagáis provisión de paciencia y resistencia; ya vendrá luego el momento de emplearlas».»
Mantengámonos más cerca de la realidad: «No siempre encontramos en nuestro camino grandes acciones; pero siempre podremos hacer excelentemente las pequeñas, es decir, con mucho amor» .
Y eso es lo que él hacía. Entonces, ¿por qué se negó durante tanto tiempo a dejarse retratar? Él, que siempre se hacía todo para todos y que había dicho: «ya que estamos obligados por imperativo de la caridad a transmitir al prójimo la imagen de nuestra alma, haciéndole partícipe, con franqueza y sin envidia, de lo que hemos aprendido sobre la ciencia de la salvación, no deberíamos poner trabas para proporcionar a nuestros amigos el consuelo que desean de tener ante sus ojos, mediante la pintura, la imagen de nuestro cuerpo» .
Quizá lo consideraba una vanidad: «Me dicen, escribía, que nunca me han retratado bien; pero creo que eso importa poco».» El caso es que se negó durante mucho tiempo a que le retrataran, hasta el punto de que hubo que recurrir a una estratagema para que se decidiera. «Una dama devota» -probablemente la Sra. de Granieu- convenció a Miguel Favre para que intercediera ante el obispo. Miguel Favre era el confesor del Santo, y le dijo «con cierto aire severo… que estaba siendo causa de algunos pecados veniales de murmuración y de inquietud, que cometía la gente por su resistencia a dejarse retratar, y que le rogaba que se enmendase».
Atrapado en esta emboscada, el buen Santo obedeció con admirable humildad.
Y el retrato colmó de gozo a la Sra. de Granieu. El obispo le escribió así, con este motivo: «¡Dios mío!, querida hija, ¡qué será el ver eternamente el rostro del Padre celestial tal como es, puesto que el retrato mudo y muerto de un mísero mortal tanto regocija el corazón de una hija que le ama! Me respondéis que ese retrato no está mudo, porque habla a vuestro espíritu y le dice hermosas palabras. Pero eso solamente lo oyen vuestros oídos, porque oyen con tanta finura que, sin decir una sola palabra, os habla y os recuerda lo que me habéis oído en el púlpito, cuando os decía que la voluntad de Dios es vuestra santificación».»
San Francisco de Sales no nos dice jamás otra cosa, y la sencillez a la que nos exhorta, es la adhesión a la voluntad divina, es el camino que nos conduce derechos a la santidad.
Continuará…

