PADRE LEONARDO CASTELLANI: CRISTO, ¿VUELVE O NO VUELVE?

Conservando los restos

A los fieles de los países del Plata,
previniéndolos de la próxima gran tribulación,
desde mi destierro, ignominia y noche oscura.

Leonardo Castellani, Captivus Christi, 1946-1951

SECCIÓN TERCERA

EL ADVENIMIENTO

21.- CABO

Debo callarme ahora, porque soy incapaz de describir el Cielo. En mi presente circunstancia me siento profundamente inspirado para describir el infierno, o a lo más el purgatorio. Mi descripción del Cielo sería una noche oscura, mi soledad en medio de ella y una cúpula de bronce. Si yo escribiera ahora un poema teológico, sería más parecido a Las Flores del Mal —en que un pobre réprobo y mártir de nuestra época describió su infierno interior—, que a la Divina Comedia, Tercera Parte.

Baste decir que la Nueva Jerusalén es cien veces mejor que la mejor cosa que ha existido en el mundo.

La vida eterna, dice Santo Tomás, citando a Boecio, que es “de una vida interminable la posesión toda junta y perfecta».

La vida del hombre es dual, aunque no doble; vida del alma (el alma es el sentido del cuerpo) y vida del cuerpo (el cuerpo es la aparición del alma); vidas que, aunque no son separadas ni superpuestas, se encuentran más de una vez en este mundo violentamente desgarradas o contrastadas, a causa del oscilar vicioso del Yo entre los dos polos: misterio que hacía gemir a Aristóteles.

El Redentor del mundo, “que reformó la bajeza de nuestro cuerpo, configurándolo a la claridad del suyo”, entregado por nosotros a los tormentos, ha salvado al hombre entero, alma y cuerpo, y con él a toda la naturaleza, creada para el hombre.

Cristo se debe en cierto modo a sí mismo la restauración del Paraíso Terrenal, si ha de reparar con ventaja, como está escrito, todo el daño hecho por la serpiente. Y aun quizá por eso en el Génesis el Paraíso Terrenal se dice “cerrado» y trancado después de la culpa, no se dice destruido.

El Paraíso vive como nostalgia insaciable en la sangre de los hijos de Adán, impulsándolos a la conquista de los elementos, haciéndolos marchar adelante, inspirándoles proezas y perpetraciones; y en nuestra época, poniéndolos frenéticos y haciéndolos delirar nuevas torres que lleguen al cielo.

Todo poema de amor es una evocación del Edén. Ya sé que a los teólogos no les gusta que sea así; pero es así y está en la Escritura. Todo gran poema debería llevar el título de Milton: El paraíso perdido. Sin Beatriz, Dante no hubiera podido imaginar el cielo.

Los estudiantes de teología se imaginan el cielo como un lugar lleno de palmeras y pajaritos, sin frío ni calor, donde se pueden echar excelentes siestas.

Cuando era joven, yo me lo representaba como una playa de mar y sobre ella un chalet con caballos y libros de metafísica, imagen que ahora me parece inferior a la otra —a la de las palmeras.

Como estoy seguro que si forjo otra imagen mejor me la va a reventar la Censura, opto por acudir a la que hizo el poeta maldito que pasara en esta vida un infierno, si no fuera por los repentinos relámpagos del cielo que su genio poético le procuraba; en momentos raros, henchidos de lágrimas de una nostalgia infinita.

“… Al cielo, do adivina para sí un trono raro,
alza el poeta calmo los dos brazos piadosos,
y los vastos fulgores de su espíritu claro
le ocultan el tumulto de los pueblos furiosos.

Oh Dios, bendito seas que das el sufrimiento
como un divino díctamo de nuestra impuridad
y como el más activo y el más puro fermento
que prepara los fuertes para la eternidad.

Yo sé que Tú preparas un lugar al Poeta
en las filas ardientes de las santas legiones,
donde le esperan, huésped de la fiesta secreta,
los Tronos, las Virtudes y las Dominaciones.

Yo sé que el Dolor forma la aristocracia sola
do no hará mella el diente del mundo y los infiernos.
Sé que es preciso, para fabricar mi aureola,
juntar los universos y los siglos eternos.

Mas las joyas perdidas del Ofir y de Ankhara,
los ignotos metales, las perlas de la mar
por tu mano engarzados no podrán igualar
a mi diadema cierta, resplandeciente y clara.

Porque no será hecha sino de pura luz
arrancada a los focos primitivos del ser,
del cual aun esos ojos que yo sé de mujer
son menos que un espejo deslustrado y marfuz.

Charles Baudelaire
Les Fleurs du Mal, I Bénédiction