RADIO CRISTIANDAD: EL FARO

Conservando los restos

EL GOZO CUMPLIDO

Narrado por Fabián Vázquez (once minutos)

Y os lo escribimos
para que os gocéis,
y VUESTBO GOZO SEA CUMPLIDO.
(San Juan, Epístola I, 1-4)

GAUDIUM PLENUM

Nos ha dicho que en eso consistía el último término de su revelación, y que de todo lo que anunciaba, debíamos sacar motivos de alegría; de todo, aun de su mandamiento, hasta de la noticia de su partida —gauderetis utique—, cuando Él se volvía a la gloria de su Padre.

La alegría es una palabra de eternidad; y hay un modo de fijarse en ella de suerte que ni la muerte ni el sufrimiento pueden arrebatárnosla.

El cristiano siempre está de fiesta, y llama a la causa de su alegría con un nombre divino —Dei genitrix.

El Evangelio, buena nueva, se termina en San Lucas con la oración del alborozo —cum gaudio magno—, y la virtud sin sonrisa interior, y sin alegre entusiasmo, aún no ha tomado su forma perfecta; es todavía encogida y dura, meritoria sin duda, pero imperfecta.

Es raro, sin embargo, que dispensemos en general tan mala acogida a la santa alegría. Vemos en ella como una insolencia o un peligro; nos parece que la alegría es una forma de vanidad.

El que dice: soy feliz, ¿no confiesa que no le falta nada, y, por consiguiente, no olvida todos sus defectos presentes y todo su abrumador pasado?

Los antiguos griegos se imaginaban que la risa del hombre ocasionaba envidia a los dioses, y que éstos se vengaban en la tierra contra los mortales que no lloraban bastante. Hemos heredado algo de esos terrores paganos, y no nos atrevemos a recibir la alegría como un río, y la paz como una cosecha.

Guardamos nuestra alegría en rincones escondidos; la disimulamos por temor de perderla, y no gustamos de ella más que furtivamente, a toda prisa, como los niños golosos que roban las golosinas en las alacenas mal cerradas.

Y nos queda aún de esas alegrías, demasiado breves, un remordimiento indefinido.

Por no ser franca nuestra actitud, por no ver claro nuestro espíritu, conservamos la impresión de una doblez y de una debilidad; nos persuadimos, ¡ay!, con razón, de que nuestras alegrías son servidumbres, y que, al gustarlas, faltamos a nuestro Dios.

¿Así es como debe recibirse el fruto del Espíritu Santo? ¿Por esta actitud innoble es por la que creemos respetar el mensaje de Cristo? ¿Y no habría sobrada pusilanimidad en no atreverse abiertamente a declarar que todo va bien, ya que nada nos falta?

En el fondo, el que se juzga feliz renuncia a lo que los hombres desean profundamente; renuncia a que se le compadezca y consuele; renuncia a los gestos proficuos de los mendigos; renuncia a aprovecharse de la energía de los demás; y hasta se convierte en deudor de todos los débiles, en bienhechor de todos los famélicos, que da de balde y constándole que incluso olvidarán el darle las gracias.

Nuestra conducta siempre es equívoca e híbrida: quisiéramos guardar en secreto las ventajas de nuestra situación y permanecer ricos, reivindicando al mismo tiempo los privilegios de los pobres, y eximiéndonos de las cargas comunes. Queremos conservar nuestra salud, porque la amamos; y hacer también que se nos mime un poco como a los enfermos, porque esto resulta agradable. Queremos conservar el uso de nuestros pies, y hacernos llevar en sillas de ruedas.

Y cuando decimos que la alegría no es para nosotros, mentimos y blasfemamos de la misma palabra de Cristo.

Es que la alegría, la verdadera alegría cristiana es más profunda, que el dolor.

Hay en nosotros —y lo sabemos muy bien— un punto último en el que siempre podemos encontrar la gracia y unirnos a lo definitivo. Pero para llegar a ese punto, se necesita a veces valor, y para permanecer en él se precisa heroísmo.

La alegría no es una herencia fácil, no es un sentimiento agradable; nace de un principio de fe, y se conquista como la Jerusalén de los antiguos cruzados.

Hay mucha, sangre sobre el camino que lleva a la gloria de la Resurrección y a la alegría perpetua —aeterna perfrui laetitia.

Los pastores de égloga, que nos han cantado la dicha, sin esfuerzo, son paganos o cándidos; han olvidado lo que somos, ya que para permanecer serenos y seguros en la tempestad y la batalla, para sonreír a la muerte —la propia y la de los demás— es menester adentrarse totalmente hasta el fondo de sí mismo, como el pescador de perlas, que se sumerge con los ojos cerrados, aceptando voluntaria y completamente los designios de la Divina Providencia.

¡Qué alegría la de saber que Dios se sirve de nosotros, que nada se pierde de cuanto hacemos, que las Ocho Bienaventuranzas son eternas, y que Cristo y nosotros no formamos dos, sino uno!

¿Dónde están dos hombres dispuestos a poner toda su felicidad en el cumplimiento de su deber? Y ¿dónde están los que se atreverían a afirmar que no tienen deber? Por eso exigen siempre un estuche maravilloso y seguro, en el que podemos colocar la joya de nuestra alegría, y ya que la voluntad divina nos asigna siempre hasta el fin una ocupación, hasta el fin nuestro deber puede proteger nuestra santa alegría.

Comenzamos con exigencias; luego declaramos que nuestra dicha consistirá en ver satisfechas esas exigencias; después nos quejamos de que los hombres o las cosas vayan completamente al revés, y que no se preocupen lo más mínimo de lo que hemos deseado; luego la emprendemos con Dios, que nos abandona, y, finalmente, declaramos que la dicha es una palabra huera, y molestamos con nuestros sarcasmos o con nuestras historias a cuantos nos hablan de ella, y se jactan de encontrarla en el Evangelio.

Y todo esto es muy lógico, pues se parte de un principio absurdo: nuestras exigencias.

No es Dios quien nos abandona, somos nosotros quienes nunca le hemos considerado como el Primero y como el Soberano y quienes le hemos sometido humilde e insistentemente un plan ya todo elaborado, como un proyecto de ley sometido a la sanción real y al que no se puede retocar; nosotros somos los que hemos definido la felicidad: la satisfacción de nuestras exigencias, sin preocuparnos de poner orden y coherencia en nuestras pretensiones; somos nosotros los que hemos cometido ese doble error, siempre el mismo en la vida espiritual, de tomar la criatura por Dios, y de- tratar a¡ Dios como a una criatura.

No nos hemos percatado de que nuestra dicha consistía en ser perfectamente nosotros mismos, y que nuestra naturaleza, y por lo tanto nosotros mismos, no tiene otra necesidad sino la de servir a Dios.

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