P. CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DE PASCUA 

PASCUA DE RESURRECCIÓN

El misterio de la Resurrección es un misterio de alegría, de esperanza y de gloria; por eso la Santa Iglesia nos invita a regocijarnos en el Señor.

Cristo, nuestra Cabeza, nuestro ejemplar, nuestra primicia, como dice San Pablo, estaba muerto, y he aquí que vive, y vivirá por los siglos de los siglos.

Este misterio nos fortalece e ilumina; nos santifica y consuela nuestra vida aquí, en este valle de lágrimas.

Es el fundamento de nuestra fe, la verdadera forma de la vida cristiana y la prenda de nuestra resurrección futura.

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En primer lugar, la Resurrección de Nuestro Señor es la base de nuestra fe; y esto ya que es el más grande de todos los milagros.

En efecto, sólo Dios puede resucitarse a sí mismo, tal como lo había profetizado el mismo Jesucristo: “Tengo el poder de entregar mi vida y de recuperarla cuando me plazca”; con lo cual ha probado que realmente es Dios Todopoderoso.

Entonces, podemos decir con el Apóstol que toda la doctrina cristiana, toda nuestra santa Religión descansa sobre este gran hecho, suceso histórico, públicamente comprobado y testimoniado.

Por eso San Pedro y los Apóstoles, encargados de predicar a todos y en todas partes a Jesucristo y su doctrina, se basan ante todo en este hecho singular, y dan testimonio de que su Maestro ha resucitado de entre los muertos: “A Jesús de Nazaret, entregado según el designio determinado y la presciencia de Dios, vosotros, por manos de inicuos, lo hicisteis morir, crucificándolo. Pero Dios lo ha resucitado anulando los dolores de la muerte … A este Jesús Dios le ha resucitado, de lo cual todos nosotros somos testigos … Por lo cual sepa toda la casa de Israel con certeza que Dios ha constituido Señor y Cristo a este mismo Jesús que vosotros clavasteis en la cruz”.

Si Jesucristo no ha resucitado, dice San Pablo, en vano es nuestra predicación, vana es nuestra fe… No hay Redentor, ni Redención; no hay justificación, no hay vida futura; las Escrituras son falsas, y Dios mismo nos habría engañado.

Pero, por el contrario, si Jesucristo realmente ha resucitado, Él es Dios Todopoderoso; por lo tanto, su doctrina es verdadera y celestial, y debemos creerle; sus preceptos son divinos y estamos obligados a someternos a ellos.

Hagamos, pues, de todo corazón, un acto de la fe en la Resurrección de Nuestro Señor; adorémosle y alegrémonos por todas las gracias y todos los bienes que ya hemos recibido, así como por los que nos están prometidos hasta el final los tiempos.

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En segundo lugar, la resurrección de Nuestro Señor es la verdadera forma de la vida cristiana.

¿Qué significa esto? San Pablo nos da la respuesta: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él? ¿Ignoráis acaso que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, en su muerte fuimos bautizados? Por eso fuimos, mediante el bautismo, sepultados junto con Él en la muerte, a fin de que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida. Pues si hemos sido injertados en Él en la semejanza de su muerte, lo seremos también en la de su resurrección, sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado; pues el que murió, justificado está del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que viviremos también con Él; sabiendo que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no puede tener dominio sobre Él. Porque la muerte que Él murió, la murió al pecado una vez para siempre; mas la vida que Él vive, la vive para Dios. Así también vosotros teneos por muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús”.

Y San Pablo insiste con las comparaciones: “Expurgad la vieja levadura, para que seáis una masa nueva, así como sois ázimos; porque ya nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolada. Festejemos, pues, no con levadura añeja ni con levadura de malicia y de maldad, sino con ácimos de sinceridad y de verdad”.

Por lo cual nos exhorta con vehemencia: “Si, pues, fuisteis resucitados con Cristo, buscad las cosas que son de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra; porque ya moristeis con Él, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”.

Por lo tanto, la vida de Jesús resucitado es el tipo y modelo de la nuestra, la forma de la vida cristiana.

Ahora bien, ¿cuáles son las características de esta vida gloriosa de Cristo resucitado, a la que debe conformarse la nuestra?

Sobre todo, esta vida es inmortal.

Nuestra muerte, es al pecado. Ya que somos bautizados, nacidos de Dios, nunca más deberíamos volver a morir, es decir, morir a la gracia, pecar mortalmente.

Nuestro buen Salvador se compadeció de nosotros e instituyó el Sacramento de la Penitencia, que resucita nuestra pobre alma, siempre que lo usemos con las disposiciones requeridas…

Pero, atención, cuantas veces pecamos mortalmente, otras tantas renovamos la Pasión de Cristo…

Otra característica de la nueva vida de Jesús es que ella es impasible, es decir, ya no está sujeta a dolor y enfermedad.

Participamos de su impasibilidad confiando en su ayuda y manteniéndonos superiores a las miserias de esta vida, fuertes en el dolor, evitando desanimarnos.

Jesús resucitado goza también de la sutileza, que hace penetrar, a la manera de los espíritus, los cuerpos más sólidos.

Participamos en esta sutileza haciéndonos espiritual, es decir sometiéndonos a la acción, a la guía del Espíritu Santo.

Jesús disfruta de la agilidad, en virtud de la cual se transporta en un abrir y cerrar de ojos de un lugar a otro.

Participamos de esta cualidad, al liberarnos de todas las cadenas del diablo, del mundo y de la carne, para que nada nos detenga cuando se trata del servicio de Dios. Debemos correr en el camino de los preceptos, llenos de celo por la gloria de Dios, los intereses de su Iglesia y salvación de las almas.

Jesús posee la claridad, cualidad que lo hace luminoso y brillante como el sol.

Para el cristiano, claridad es pureza, candor, sencillez, verdad, todo eso constituye la verdadera belleza de un alma, que, siendo luz en el Señor, debe iluminar a todos los que están en la casa, es decir, al prójimo, y debe hacer conocer y amar a Dios, por sus palabras, y sobre todo por sus ejemplos.

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Finalmente, la resurrección de Nuestro Señor es el gaje o prenda de nuestra futura resurrección.

El Miércoles de Ceniza, la Iglesia nos dijo a todos: “Acuérdate que eres polvo, y que en polvo te convertirás”. Hoy, haciéndonos adorar a Jesucristo resucitado, ella nos promete que, si queremos morir con él, nosotros también resucitaremos un día con Él, para la gloria.

Es una verdad revelada, registrada en mil páginas de nuestro Libros Sagrados y constituyendo uno de los artículos de nuestra Símbolo: «Credo in carnis resurrectionem».

Ahora bien, podemos también decir “Creo en la remisión de los pecados”, es decir, en la resurrección de las almas, puesto que la resurrección de la carne es la misma gracia extendida a los cuerpos y la vida eterna.

La sublime conveniencia de este orden, establecido por Dios, es fácil de explicar.

En efecto, la gloria de Dios está concernida en ello; porque Él creó el cuerpo, como el alma, y es digno de él que el hombre no sea menos completo en el Cielo que en el Paraíso terrenal.

Además, Jesucristo vino a redimir y restaurar la naturaleza humana, pero por completo; y Él, nuestra Cabeza, siendo alma y cuerpo en la gloria, quiere vernos allí de la misma manera.

Este orden también se basa en la justicia; porque no sólo el hombre, alma y cuerpo, es obra de Dios; no sólo Jesucristo vino a purificar y salvar a ambos, santificándolos tanto por su gracia como por sus Sacramentos, sino que el hombre, con su cuerpo y con su alma, cada uno a su manera, debe adorar y honrar a Dios, trabajar y sufrir por Él.

Por lo tanto, es justo que, estando unidos en la prueba, lo siguen siendo en la recompensa.

Nuestro Señor es, pues, por su resurrección, verdaderamente la causa, el modelo y la prenda de la resurrección universal.

La causa, porque Él es el principio de nuestra vida y, habiendo resucitado su propia carne, sembró en toda carne una semilla de resurrección, es decir, la virtud de resucitar con Él y por Él

El modelo, porque, como dice San Pablo, seremos semejantes a Él; así como ha reformado su Cuerpo humillado y herido, también reformará el nuestro y le dará la forma de su Cuerpo glorificado.

La prenda, porque, siendo nuestro primogénito, nuestra primicia, es claro que lo que se realizó en Él, también será realizado en nosotros.

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¡Qué futuro! ¡Qué promesas! ¡Qué luces proyectadas sobre la vida y sobre la muerte!

¡Qué fuente de fortaleza, de coraje, de paciencia y de consuelo para nosotros en este valle de lágrimas!

Comprendamos cuánto este pobre cuerpo, ennoblecido por esta inefable unión, presente y futura con Jesucristo, y destinado a tal gloria, debe ser estimado, respetado, honrado; y cuánto debemos guardarlo puro y casto, glorificando y llevando a Dios en él, como recomienda San Pablo.

¡Qué horrible profanarlo y abusar de él!

No digamos con los impíos: “¿Cómo será posible esta resurrección de los cuerpos? ¡Es imposible!”

Pues bien, para Dios nada es imposible; es todopoderoso. Y, si pudo crear nuestros cuerpos del polvo, ¿por qué no podría recoger el polvo, dondequiera que esté, y devolverlo a la vida?

Decía Santa Mónica: «Qué me importa morir lejos de mi país? Dios, al final de los tiempos, sabrá encontrarme para resucitarme».

Por tanto, todos resucitaremos, a la voz o trompeta del Ángel… Pero no todos serán transformados en cuerpos gloriosos… Los justos resucitarán con cuerpos rebosantes de gloria, como Jesucristo, y para vida eterna… Mientras que los impíos resucitarán con cuerpos horribles y deformes, y para los tormentos eternos…

¿Entre cuáles queremos estar?… Depende de nosotros, de nuestra vida aquí abajo…

Alegrémonos, pues, hoy de la gloriosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Multipliquemos nuestros actos de adoración y de agradecimiento.

Pero tratemos de resucitar espiritualmente con Él, es decir, llegar a ser hombres nuevos, viviendo su vida. Porque, por tal vida, seremos verdaderamente dignos de Él y mereceremos levantarnos un día, triunfantes e inmortales como Él, y disfrutar de la felicidad eterna con Él.

Que María Santísima, asunta a los Cielos en Alma y Cuerpo, nos obtenga todas estas gracias.