Padre Juan Carlos Ceriani: SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO ROSARIO

 

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO ROSARIO

Principales manifestaciones marianas

Llevamos más de dos meses desarrollando esta serie de sermones con la finalidad de hacer ver la participación de Nuestra Señora en el Plan divino de Redención, Santificación y Salvación de las almas, recordando la misión y el ministerio que Dios ha asignado a su Madre Santísima.

Es muy importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.

En efecto, Dios interviene en la historia a través de la Santísima Virgen María. Desde el Paraíso Terrenal, Dios había profetizado esta intervención contra el demonio, la serpiente infernal: Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu posteridad y la de ella; ella te aplastará la cabeza y tú la acecharás en el talón.

La primera intervención manifiesta de María Santísima en la Historia de la salvación tiene lugar en el momento de la Encarnación, como señala San Luis María Grignion de Montfort: Fue a través de la Santísima Virgen María que Jesucristo vino al mundo. A través de su Fiat, Nuestra Señora imprime una modalidad mariana en todo el orden providencial divino. Por eso, San Luis María prosigue su afirmación en estos términos, y es también por ella que debe reinar en el mundo.

Precisamente, por su Corredención y Mediación universal de todas las gracias, la Virgen Santísima interviene en todo momento en la historia de la salvación. Y esto ha de suceder hasta el fin de los tiempos. San Luis María es clarísimo al respecto: Es por María que comenzó la salvación del mundo, y es por María que debe consumarse.

Entonces, no es de extrañar que la Virgen María se haya manifestado todo a lo largo de la historia de la Iglesia por múltiples y variadas apariciones.

En este Primer Domingo del mes de octubre, dedicado al Santísimo Rosario, recordemos y meditemos las intervenciones marianas que destacan más que es por María que comenzó la salvación del mundo, y es por María que debe consumarse.

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En la constante y prodigiosa intervención de la Santísima Virgen María en favor de sus hijos ocupa un lugar de predilección su aparición a Santiago el Mayor a orillas del Ebro, en Zaragoza, España.

Transcurría la noche del 1º al 2 de enero del año 40 cuando los siete primeros discípulos, vencidos por el cansancio, terminaron por dormirse; el Apóstol Santiago continuó solo en oración. Al mismo tiempo oraba la Santísima Virgen María en su oratorio del monte Sión, en Jerusalén. Presentándosele su glorioso Hijo le comunicó su voluntad de que fuese a visitar a Santiago y ejecutase todo cuanto le dictaba su inspiración. Un coro de Ángeles la colocaron en un brillante Trono de Luz y la llevaron a Zaragoza, cantando alabanzas a Dios y a su Reina. Otros Ángeles formaron una imagen suya de una madera incorruptible y labraron una columna de mármol de jaspe, que le sirvió de base, símbolo de la Fe inquebrantable.

¿Qué debemos hacer hoy, cuando parece que la Madre de Dios no nos protege, cuando nos encontramos en una situación de soledad y de desánimo semejante a aquella en que se hallaban Santiago Apóstol y sus discípulos?

Ante todo, debemos guardar la Fe; esa Fe inconmovible representada por el Pilar y que María Santísima entregó a España como precioso legado, del cual participamos, muy agradecidos, los hispanoamericanos.

Además, debemos perseverar con fortaleza y paciencia, convencidos de que nuestra fidelidad y nuestra lucha por la Fe Católica han de producir abundantes frutos. A nosotros nos toca seguir combatiendo, hoy en la inhóspita trinchera, teniendo como lema lo que decía Hernán Cortés: Adelante, compañeros, que Dios y Santa María están con nosotros.

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En el año 718 o 722 tuvo lugar la batalla de Covadonga entre los astures, de origen celta, que poblaban las zonas montañosas de Asturias, y las tropas turcas de al-Andalus, que resultaron derrotadas. Según la tradición, la Virgen Santísima ayudó a los cristianos, capitaneados por Don Pelayo, provocando un desprendimiento de rocas, que diezmó el ejército árabe.

Esta victoria es legendariamente considerada como el inicio de la Reconquista y la reinstauración de los Reyes cristianos en la Península.

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La Madre de Dios, en persona, le enseñó a Santo Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe.

Santo Domingo de Guzmán había sido enviado por el Papa al sur de Francia para convertir a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albigense.

Santo Domingo trabajó por años en medio de estos desventurados. Por medio de su predicación, sus oraciones y sacrificios, logró convertir a unos pocos. Fue en una capilla dedicada a la Santísima Virgen donde Domingo le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada.

La Virgen Santísima se le apareció en la capilla. En su mano sostenía un Rosario y le enseñó a Santo Domingo a recitarlo. Le dijo que lo predicara; prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. Lo mismo haría más tarde en Lourdes y Fátima…

Santo Domingo salió de allí lleno de celo, con el Rosario en la mano. Efectivamente, lo predicó, y con gran éxito, porque muchos albigenses volvieron a la fe católica.

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El 10 de agosto de 1218 tuvo lugar la institución de la Orden de Nuestra Señora de las Mercedes.

En tiempos en que la mayor parte de España estaba sometida al yugo cruel de los sarracenos, innumerables católicos, retenidos en una horrorosa cautividad, se encontraban peligrosamente expuestos a renegar de la fe y a perder la vida eterna.

La Santísima Virgen María, la Reina del Cielo y de la tierra, queriendo en su bondad socorrer tantas miserias, manifestó su extrema caridad y misericordia proveyendo a su liberación. En efecto, quiso fundar Ella misma, en Barcelona, España, una Orden Religiosa con el fin de socorrer a los cristianos que se hallaban bajo el yugo turco.

A pesar de tener esta Orden un fin circunstancial, la Iglesia la ha conservado porque necesitamos de las Mercedes de María Santísima para librarnos de la esclavitud de nuestros enemigos, demonio, mundo y carne, así como de sus trampas.

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El domingo 16 de julio de 1251, la Santísima Virgen se apareció en Cambridge, Inglaterra, al Superior General de la Orden del Carmen, San Simón Stock, como respuesta a sus súplicas de auxilio a su oprimida Orden.

La Virgen se presentó portando un Escapulario en la mano y dándoselo le dijo: “Toma, hijo querido, este escapulario; será como la divisa de mi confraternidad; y para ti y todos los carmelitas un signo especial de gracia; quienquiera que muera portándolo, no sufrirá el fuego eterno. Es la muestra de la salvación, una salvaguardia en peligros, un compromiso de paz y de concordia”.

El Santo Escapulario nos convida a dirigir nuestros pensamientos, nuestros afectos hacia las cosas espirituales. Viene a robustecer nuestra esperanza de ir al Cielo. Fortalecen nuestra confianza las promesas de preservación del infierno al morir y de liberación del Purgatorio el sábado siguiente a la muerte.

Nuestra vida es una lucha continua; desde la cuna al sepulcro debemos luchar. Si queremos salir victoriosos en esta batalla, debemos usar los medios que el Señor nos ha concedido. Todos estamos necesitados del auxilio de lo alto, sobre todo en tres momentos esenciales de nuestra existencia:

1º) en los contratiempos y peligros constantes de la vida;

2º) en la hora de la muerte, para morir en la gracia de Dios;

3º) para salir pronto del Purgatorio, si debemos purgar nuestros pecados en esa mansión de sufrimiento.

Pues bien, la piadosa y santa devoción al Santo Escapulario soluciona estos tres problemas:

1º) Gran utilidad tiene el uso del Escapulario en la vida cristiana, particularmente en las tentaciones. Además, los milagros incontables que a María Santísima le place obrar por medio de su santo hábito nos demuestran a las claras que Ella vela continuamente sobre nosotros, sobre nuestras personas y sobre nuestras cosas.

El Santo Escapulario, considerado en toda su amplitud, no es otra cosa que una aplicación concreta de la Mediación Universal de la Santísima Virgen.

2º) Sabemos que la Santísima Madre de Dios prometió que quien muriese revestido de este hábito será preservado de los fuegos eternos del infierno.

3º) Finalmente, y según la promesa sabatina, confiamos en que la Virgen Santísima descenderá graciosamente al Purgatorio el sábado después de la muerte de sus devotos, librará a cuantos hallase en aquel lugar de expiación y los llevará al Monte Santo de la vida eterna.

Por llegar su protección a todos los momentos de la vida, al momento crucial de la muerte e incluso más allá de ella, las credenciales del Santo Escapulario son: «En la vida protejo; en la muerte ayudo; después de la muerte salvo».

Estas promesas y privilegios, hablando doctrinalmente, no son otra cosa que la aplicación práctica del famoso principio: “Ningún devoto fiel de María puede perderse eternamente”; o de aquel otro: “La verdadera devoción a la Santísima Virgen es una señal de predestinación”.

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El martes 12 de diciembre de 1531 Juan Diego se presentó al Obispo de México, narró todo lo sucedido en el Tepeyac y, cuando desenvolvió su tilma y se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María de Guadalupe, Madre de Dios.

Las apariciones de Nuestra Señora y Reina en la cima del Tepeyac resumen su misión, tanto en el Primer como en el Segundo Adviento.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es una maravillosa síntesis doctrinal de la fe católica; una obra maestra de catecismo, adaptado a los habitantes del país de tal modo que pudo ser entendido y aceptado inmediatamente.

Esta estampa contiene una rica y profunda simbología, en la cual cada detalle de color y de forma es portador de un mensaje teológico, comprendido inmediatamente por los nativos del lugar, acostumbrados al lenguaje de las representaciones plásticas, de manera que la figura de la Virgen en la tilma sin duda ayudó a la conversión a la verdadera fe.

La Santísima Virgen de Guadalupe, con su mensaje y su imagen, allanó muchas dificultades en el camino de la evangelización, trazado por los primeros misioneros que llegaron a América.

Incluso hoy, y más que nunca, su estampa bendita y su enseñanza deben iluminarnos respecto de los días que nos tocan vivir, anunciados por los signos de los tiempos, y fortalecernos en el combate que debemos librar para conservar nuestra Fe y todas las venerables tradiciones que nos han sido transmitidas.

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Aunque ha sido muy célebre la devoción del Santísimo Rosario desde el tiempo de Santo Domingo, se hizo aún más glorioso con ocasión de la famosa batalla naval de Lepanto, que se ganó por intercesión de Nuestra Señora y, particularmente, por la devoción de su Santo Rosario.

Después que Selim II decidió dominarlo todo con su poder, y presumía eclipsar con sus lunas las luces clarísimas de nuestra fe, el Santo Pontífice Pío V procuró unir todas las armas católicas contra el enemigo común de la Cristiandad.

Se debió esta insigne victoria a las oraciones de San Pío V y de la Cristiandad, y principalmente a la intercesión de la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, singular patrona de las cristianas batallas, a quien el Sumo Pontífice encomendó esta empresa, y a la cual hicieron diversos votos el general y capitanes.

Se consiguió esta victoria en el primer domingo de octubre de 1571, día que la Orden de Predicadores tenía consagrado al culto de Nuestra Señora del Rosario.

El Sumo Pontífice San Pío V, en reconocimiento de tan señalada merced, consagró este día a su culto con el título de Santa María de las Victorias.

Gregorio XIII, que le sucedió, mandó en 1573 que se celebrase, cada año en el primer domingo de octubre en todas las iglesias del orbe cristiano donde hubiese capilla o altar de Nuestra Señora del Rosario, fiesta a Nuestra Señora con título del Rosario, por haberse alcanzado esta victoria por su devoción.

“Dadme un ejército que rece el rosario y conquistaré el mundo”. El futuro de Europa se jugaba todas las fichas en un solo campo de batalla. Un ejército, compuesto en su mayoría por españoles, con don Juan de Austria a la cabeza y bajo el amparo del Santo Papa Pío V; se dirigían al infierno turco para salvar su continente. El Papa pidió que se rezara el Rosario. En aquella batalla se jugó mucho más que un territorio…, se puso en jaque toda una cultura, una forma de ver el mundo, unos valores…

Por eso los Papas, dedicaron este mes al Santísimo Rosario, en agradecimiento a esta victoria tan importante. Desde entonces, no han sido pocos los milagros que se han atribuido al rezo de esta oración, que a veces nos cuesta tanto rezar.

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En la noche del 18 al 19 de julio de 1830, María Santísima se apareció a Santa Catalina Labouré. Durante dos horas la Virgen Gloriosa habló con la Santa sobre una misión que Dios quería encargarle y sobre las dificultades con que iba a tropezar al realizarla.

Una segunda aparición tuvo lugar el 27 de noviembre del mismo año: por la tarde, Santa Catalina se encontraba en la capilla cuando se apareció la Santísima Virgen, que lucía un vestido blanco; en sus manos llevaba un globo de oro provisto de una cruz. Clavando los ojos en el cielo, la Virgen parecía ofrecer el globo a Dios implorando mercedes sobre él. En sus dedos portaba anillos en los cuales figuraban incrustadas piedras preciosas; de ellas se desprendían haces de luz que se ensanchaban a medida que bajaban; son las gracias que Ella dispensa.

Luego se formó un marco ovalado en cuyo contorno figuraban letras de oro que rezaban Oh María sin pecado concebida rogad por nosotros que acudimos a Vos.

Y la Madre de Dios le dio el siguiente encargo: “He aquí el símbolo de las mercedes que concedo a cuantos me las piden. Haz acuñar una medalla conforme a este modelo; cuantos la lleven puesta gozarán de muchas mercedes, sobre todo si la llevan puesta al cuello. Para cuantos la lleven con confianza, las mercedes serán abundantes”.

El conjunto giró, y Santa Catalina vio el reverso de la medalla: la letra M, encima de ella y entrelazada una Cruz, y debajo los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En el contorno del conjunto figuran doce estrellas.

¿Cuál es la voluntad de María Santísima al mandar acuñar la Medalla, invitándonos a llevarla con fe, confianza y devoción? El mensaje de la Medalla Milagrosa es la voluntad salvífica de la Madre de Dios. Ella nos entrega su Medalla para que pensemos en nuestro destino eterno.

Como un día entregó el Santo Rosario a Santo Domingo y el Escapulario a San Simón, de la misma manera quiso entregar a Santa Catalina el escudo de la fe en la Medalla de la Inmaculada, que el pueblo fiel bautizó con el nombre de Milagrosa por los muchos milagros y conversiones que realizó.

La Santísima Virgen María viene para recordar el plan de Dios y su propia misión en relación con él: conducir el mundo a su Hijo. Nos da a conocer el medio para realizar este plan: el recurso confiado a su Corazón Inmaculado y la recitación del Santísimo Rosario, tal como especificará más tarde en otras apariciones.

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El Escapulario Verde es un sacramental que la Santísima Virgen nos entregó por medio de Sor Justine Bisqueyburu, contemporánea de Santa Catalina Labouré, a quien la Virgen le entregó la Medalla Milagrosa en 1830.

El 8 de septiembre de 1840, encontrándose en oración meditando la celebración del Nacimiento de Nuestra Señora, la Hermana Justina tuvo de repente una nueva visión, pero esta vez, diferente a otras de ocasiones anteriores.

La Santísima Virgen también vestía una larga túnica blanca, cubierta por un manto azul pálido, y en sus manos sostenía su Inmaculado Corazón, resplandeciente con intensas y deslumbrantes llamas que salían de él, pero tenía algo diferente: en su mano izquierda sostenía lo que parecía ser un Escapulario o insignia de alguna clase.

A diferencia de otros Escapularios, este tenía un sólo cuadrado de tela en lugar de los dos usuales. El cuadrado de tela estaba atado con cordones verdes. En él, se veía una imagen de la Virgen tal como se le había aparecido a la Hermana Justina en sus anteriores visiones, sosteniendo en su mano derecha su Inmaculado Corazón.

Al dar vuelta la imagen, la Hermana vio un Corazón ardiendo con rayos más deslumbrantes que el sol y tan transparente como el cristal. El Corazón estaba perforado por una espada y rodeado por una oración en forma oval, y en la parte superior de óvalo, una Cruz de oro. En la oración se leía: “Inmaculado Corazón de María, rogad por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte.”

Durante esta visión se le dio a conocer, por una revelación interior, el significado de esta aparición. La Santísima Virgen nos hacía entrega de un nuevo medio para alcanzar gracias: el Escapulario del Inmaculado Corazón.

Este escapulario sería un poderoso instrumento para la conversión de las almas, particularmente aquellas que no tienen fe, y que, por medio de él, la Santísima Virgen obtendría para ellas, mediante su Hijo, la gracia de una buena muerte.

El fin específico de este Escapulario es la invitación a orar, a recurrir al Inmaculado Corazón de María con confianza y pedir, sobre todo, por los pecadores. Hay que recitar, dijo Sor Justine, por lo menos una vez al día la jaculatoria del reverso.

Este Escapulario ha sido dado por Nuestra Señora, particularmente como un don para los enfermos. Se le puede poner en sus ropas, en su cama o en su habitación. Si la persona a quien se le aplica no dijera la jaculatoria, el que le haya proporcionado el Escapulario debe decirla por el enfermo.

Los prodigios que ha producido atestiguan la bendición y el cumplimiento de la promesa de la Virgen a todos los que lo lleven y digan la jaculatoria: “Hará grandes conversiones, particularmente para alcanzar la buena muerte a los pecadores y a los que no tienen fe”.

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En 1858, cuatro años después de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Lourdes se hizo eco del magisterio del vicario de su divino Hijo.

La gruta de Massabielle era misteriosa, con leyendas siniestras. El bloque cuadrangular que se ve en el nicho es muy probable que sea una antigua piedra sacrificial, esculpida para los sacrificios paganos. San Pablo dice de éstos: lo que ellos inmolan a los ídolos, lo inmolan a los demonios. La grutita de Lourdes, antiguo feudo del demonio, fue conquistada por la Purísima; allí proclamó su título de gloria: Yo soy la Inmaculada Concepción. Por lo tanto, la Inmaculada posada sobre dicha piedra confirma la sentencia del Génesis: Ella te aplastará la cabeza.

Fue el jueves 25 de marzo, Fiesta de la Anunciación y Encarnación. La Señora descendió del nicho en que ordinariamente se aparecía y se situó junto a la fuente milagrosa.

La vidente se dirigió hacia Ella y le preguntó su nombre. Una sonrisa y un saludo fueron la respuesta. Insistió de nuevo la niña, y la Señora volvió a sonreír. Tercera insistencia de la vidente, y llegó el momento supremo del mensaje, el que le da su fuerza y su verdad, el que desvela su misterio y lo hace luz y vida para los hombres.

La Señora abrió sus brazos, los dejó caer un tanto, los elevó luego, juntando las manos a la altura del pecho y, después de haber mirado al cielo, pronunció la ansiada palabra: Yo soy la Inmaculada Concepción. Sonrió y desapareció.

Se ha descubierto el centro del mensaje; el Nombre de la Señora ha establecido inmediatamente una corriente de relación entre Lourdes y Roma, entre la Virgen y la Iglesia. La Señora ha terminado su mensaje; no dirá una palabra más. Ella es la Mujer que aplasta la cabeza de la serpiente infernal, la Mujer revestida del sol.

El viernes 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, Bernardita, que portaba su Escapulario, ve por última vez a la Santísima Virgen durante apenas un cuarto de hora; confesará después: Nunca la había visto tan hermosa.

Aquella visión de hermosura inigualada en día del Carmen fue el sabor último que María Inmaculada quiso dejar a su vidente para que en el resto de sus días la nostalgia del Paraíso la consumiese en breve.

Las apariciones en Lourdes habían terminado, y su mensaje, esculpido en las rocas pirenaicas, quedaba allí perenne para lección de las generaciones.

En las 18 apariciones la Virgen se posó sobre un rosal salvaje, sobre cada uno de sus pies llevaba una rosa, y en sus manos portaba el Rosario. Santa Bernardita recitó durante cada aparición el Salterio de María, mientras la Señora iba pasando las cuentas del suyo, pero sin mover los labios; solamente al fin de cada decena recitaba visiblemente el Gloria Patri, inclinando la cabeza.

Dos son, pues, las principales armas que nos proporciona Nuestra Señora de Lourdes: el Santo Rosario y el Santo Escapulario.

Si hemos comprendido este mensaje, ya sabemos lo que desea nuestra Madre del Cielo y lo que debemos hacer.

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En 1917, la Virgen Santísima se presentó en Fátima bajo el título de Nuestra Señora del Rosario, y reveló los medios para hacer triunfar su Inmaculado Corazón. El 13 de julio de 1917 proclamó, de hecho: “Al final mi Inmaculado Corazón triunfará”.

En tan corto mensaje Nuestra Madre del Cielo menciona diez veces a su Corazón Inmaculado; siete veces se refiere al rezo del Santo Rosario, y en tres oportunidades lo hace en relación a Nuestra Señora del Rosario.

El 13 de junio de 1917, durante la segunda aparición, la Santísima Virgen dijo: “Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. A quien la abrace, prometo la salvación; estas almas serán predilectas de Dios, como flores colocadas por Mí en su trono”.

El 10 de diciembre 1925, en Pontevedra, tuvo lugar una aparición de la Santísima Virgen con el Niño Jesús, que le dijo a Sor Lucía: “Ten piedad del Corazón de tu Santa Madre, circundado de espinas, que los hombres ingratos le clavan a cada momento”. La Santísima Virgen, apoyando la mano sobre la espalda de Sor Lucía, expresó: “Mira, hija mía, mi Corazón atravesado de espinas a causa de los pecados de los hombres. Tú al menos procura consolarme, y hazles saber que a todos aquellos que durante cinco meses seguidos el primer sábado del mes se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen el Santo Rosario y mediten durante 15 minutos los Misterios del Santo Rosario con espíritu de reparación, Yo les prometo que los asistiré en su último día con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas”.

El 13 de octubre de 1917 tuvo lugar la sexta aparición. La Santísima Virgen declaró: Yo soy Nuestra Señora del Rosario.

Siguió el milagro de la danza del sol. Al término de la misma aparecieron sucesivamente tres visiones en el Cielo.

La primera es una visión de la Sagrada Familia con San José, la Santísima Virgen y el Niño Jesús.

En la segunda visión estaba Nuestro Señor bendiciendo al mundo, y a su lado se encontraba Nuestra Señora de los Siete Dolores.

La tercera visión correspondió únicamente a Nuestra Señora del Carmelo.

Años más tarde Sor Lucía reveló que la Madre de Dios no le dijo nada sobre el Escapulario, pero sí le dijo que “Vendría como Nuestra Señora del Carmelo”, y su interpretación es que la devoción del Santo Escapulario agrada a la Virgen y que Ella desea que se propague.

Al preguntársele si creía que el Escapulario forma parte del mensaje de Fátima, Sor Lucía respondió: “Ciertamente, el Escapulario y el Rosario son inseparables”, ya que el Escapulario es un signo de consagración a Nuestra Señora.

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Como podemos comprobar, la comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensa mucha luz e infunde mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispone las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.

San Pablo, al escribir a los discípulos de Éfeso, los exhortó de este modo: Revestíos de la armadura de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del diablo. Porque no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes, y potestades, contra los tenebrosos rectores de este mundo; contra los espíritus del mal en los cielos. Por lo cual, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y ser perfectos en todo.

Parafraseando al Apóstol y teniendo en cuenta las manifestaciones de Nuestra Señora que hemos meditado hoy, exhortamos: Revestíos de la armadura de la Santísima Virgen, Madre de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del diablo.

Por lo cual, asentaos sobre el Pilar de la Fe, tomad la armadura de María Santísima, para que podáis resistir en el día malo, y ser perfectos en todo. Revestíos de la coraza del Santo Escapulario, embrazad el escudo del Corazón Inmaculado, con el cual podáis extinguir todos los dardos encendidos del malvado; y el yelmo de la Medalla Milagrosa y la espada del Santísimo Rosario para combatir las batallas de la Inmaculada Madre de Dios, a la mayor gloria de su divino Hijo.