Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 27

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.






Día 27

QUINTO MISTERIO: VIDA DE ACCIÓN DE GRACIAS

TERCERA MEDITACIÓN: La acción de gracias después de la Santa Misa y de la Santa Comunión

El fiel y, sobre todo, el sacerdote consagrado al Sagrado Corazón de Jesús debe amar este Divino Corazón, reparando los ultrajes que la malicia de los hombres y la ingratitud de las almas le hacen soportar. Debe también dar gracias al Sagrado Corazón de Jesús por su gran amor por nosotros y por la santificación que este amor obra en las almas.

Agradecerle, sobre todo, por haber querido revelar a la Iglesia la devoción a su Corazón amantísimo, por causa del honor que le es debido y de los actos de amor que, comenzados en la tierra, nunca más terminarán de consolarlo durante toda la eternidad: In servis suis consolabitur Deus. Fue para coger este amor por lo que Jesús descendió a la tierra; es, por tanto, muy justo y razonable que lo recoja.

I. Sentimientos de acción de gracias

La acción de gracias ha de inspirarnos, por tanto, una alegría inmensa, porque el Divino Corazón de nuestro amigo y de nuestro hermano comienza a ser alabado, conocido y amado; pero, a este sentimiento se une otro, la alabanza amante: “Puedo usar todo para alabar y amar este Divino Corazón, él está encima de toda la alabanza y de todo el amor: Quantum potes, tantum aude, quia major omni laude, nec laudare sufficis”. ¿Quién podrá jamás igualar la alabanza y el amor a los beneficios? Este Corazón se da a Sí mismo, nos da a su Iglesia, nos da a su Madre santísima, nos da sus sacramentos; y sus beneficios no revelan sino una parte del amor que tiene por nosotros. ¡Ah!¡Cómo es amante, cómo es amable: Quid retribuam Domino? ¿Qué le daré? ¡Ah! Tomaré su cáliz, elevándolo al cielo con su Corazón precioso, la fuente y el canal de todo el amor y de todo don perfecto. Y, si Él quisiera embriagarme con el cáliz de los sufrimientos, acéptalos con amor, porque la acción de gracias me revela que los sufrimientos también pueden ser un don de su amor. La cruz es también un sacramento de amor.

Estas efusiones traen con ellas un completo olvido de sí mismo: ante tanto amor, no hay tiempo para pensar en lo poco que se piensa hacer. Las almas ingratas son las únicas que tienen el triste ánimo de divertirse en hacer regresos continuos a Sí mismas. Y el olvido de sí inspira un deseo siempre mayor de mostrarnos agradecidos con el Sagrado Corazón de Jesús, de agotarnos por Él, de morirnos por Él, si fuese preciso; en una palabra, de consumirnos, según la expresión de la Beata Margarita María.

Y este deseo genera, a su vez, la verdadera generosidad que sabe dar y se da con movimientos de alegría, sin abrir los ojos sobre sí misma.

II. Celo y apostolado

El sacerdote, en particular, y todo apóstol del Sagrado Corazón tiene un medio poderoso de testimoniar su gratitud con el Sagrado Corazón de Jesús: es la santificación de las almas por la oración, por los sacramentos, por la plegaria y, sobre todo, la que tiene por objeto el Sagrado Corazón de Jesús. Él dirá así mismo: No es suficiente mi corazón, es preciso que arrastre conmigo todos los corazones al amor de aquel que tanto nos amó, y los buscará con su oración ardiente; y, si hay obstáculos, su corazón será suficientemente generoso para ir más allá, porque el Corazón de Jesús no sabe rehusar nada a un corazón que es verdaderamente grato y amante.

En la administración de los sacramentos, la acción de gracias da una fuerza muy particular al sacerdote que de ella se sabe servir. Si queremos arrancar un alma al pecado, pidamos a este Divino Corazón que haga de ella un trofeo de su amor; ¿podrá rehusarla? Es así como haremos correr tesoros de gracias sobre estas pobres almas que tienen una tan gran necesidad de misericordia en el santo tribunal de la penitencia y en el último momento, cuando deben recibir la Extrema Unción, último testimonio de la ternura del Sagrado Corazón de Jesús sobre este alma que va a partir de este mundo.

III. Alegría y dilatación del corazón

La práctica de la acción de gracias hace que el corazón, siendo él mismo dilatado, dilate fácilmente los corazones que sufren su acción. En fin, este fuego que diviniza un corazón de apóstol, el ardiente deseo que tiene de testimoniar algún regreso al Corazón amabilísimo de Jesús, darle, en la oración y en los ejercicios de celo, una elocuencia, un calor verdaderamente divinos. No se rezará a sí mismo, rezará al Corazón de Jesús. ¡Oh! ¡Cuándo, exclamará, este Divino Corazón podrá decir con toda verdad: mi amor está en todos estos corazones que rescaté y yo en ellos!¡Cuándo se le concederá, sobre todo a los corazones consagrados, saborear las suavidades del Corazón de Jesús, de expresar en ellas, no viviendo sino para Él?”

¡Ah! La mayor pena que podríamos tener es esta: encontrar tantas resistencias al amor en nuestro propio corazón y en el de nuestros hermanos.

En cuanto a las penas que este Divino Corazón nos envía, son, sobre todo, un alivio para un alma que ama mucho, porque recuerda que el Corazón de Jesús daba gracias por los sufrimientos que soportaba. Su amor llega hasta este punto.

Resolución. – Sagrado Corazón de Jesús, que toda mi vida, según la palabra del Cura de Ars, se pase de ahora en adelante en acción de gracias, en la gratitud y en el amor. Amén.

APÉNDICE PARA LOS SACERDOTES

El cardenal de Lugo hace observar esto: Toda la materia en un sacramento expresa una gracia esencial especial. Ahora, en la Santa Eucaristía, hay una materia doble: el pan y el vino. Por tanto, una gracia muy especial está ligada a cada una de las especies, aunque cada una de ellas contenga todo el Cuerpo, toda la Sangre, toda la Divinidad, todo el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo.

Hay, por tanto, una gracia unida a la Comunión del cáliz, distinta de la del pan eucarístico, y de la cual, hoy, solo el sacerdote puede gozar porque solo él comulga bajo la especie de vino. El santo y sabio cardenal de Lugo añade que esta gracia consiste en la embriaguez espiritual: et calix meus inebrians quam praeclarus est, en la alegría fuerte y generosa: bonum vinum laetificat cor hominum, en la propia acción de gracias, porque el sacerdote no encuentra otro medio de expresar su reconocimiento por el amor tan grande del Salvador, sino el de tomar y beber el cáliz de Sangre: quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi? Calicem salutaris accipiam…

Aquí está un enorme privilegio que hace del sacerdote el órgano especial y oficial, de la acción de gracias, como lo es de la reparación. Es por eso que el Espíritu Santo representa el banquete eucarístico como un cántico de alegría, como el concierto del festín de las nupcias: In voce exultationis et confessionis, sonus epulantis. La especie santa del vino produce esta alegría y estas traslaciones inefables, porque representa de una manera distinta el Sagrado Corazón de Jesús, de donde parte la Sangre y el amor.

Esta alegría divina es una composición de ternura y de generosidad, puede ir hasta el éxtasis, hasta la licuefacción del corazón.

No tiene miedo de manifestarse exteriormente, por demostraciones exteriores, cánticos, transportes de toda clase. Era así como David danzaba ante el arca.

El cuerpo, el alma, la inteligencia, el corazón, todo lo debemos olvidar ante el Sagrado Corazón eucarístico y sacerdotal; una vez que Él se vuelva loco de amor por nosotros, porque ¿no lo imitaríamos en esta santa locura?

Los sacerdotes de la secta jansenista y liberal no reconocían ni reconocen en la santa Eucaristía más que una profunda tristeza, porque el orgullo es señor de sus corazones, porque se dan, unos a sí mismos, otros al mundo y, en fin, al demonio, y porque esta comunión no puede generar sino disgusto y aborrecimiento.

Pero el Sagrado Corazón de Jesús no genera sino alegría, esta alegría que embriaga a los mártires en el momento de sus suplicios, esta alegría que arrebata fuera de sí misma a las almas de los niños, llenas de simplicidad y de rectitud y que es el fruto de la comunión en la Sangre del Salvador.

¿Por qué los ministros sagrados la experimentan tan pocas veces? Es que ellos buscan las alegrías de este mundo, es que sus corazones no están ávidos de la embriaguez divina de la que nos habla el Cantar de los Cantares. Cuanto más se olvidan, tanto más se embriagarán en el torrente de las delicias del Sagrado Corazón de Jesús, que Catalina Emmerich nos representa en sus visiones bajo una multitud de figuras encantadoras y llenas de instrucciones. ¿Por qué las almas fervorosas parecen, a veces, más llenas de la alegría eucarística que nosotros mismos? El Sagrado Corazón de Jesús les da como recompensa de su generosidad, ex opere operantis, lo que nos había concedido más ampliamente, si hubiésemos igualado y superado estas santas almas en el camino del amor. Nuestro Señor mismo lo dijo a Santa Teresa y lo repitió, varias veces, a Catalina Emmerich. Esta santa alegría trae consigo una multitud de gracias actuales, justo para hacernos superar los obstáculos que encontramos en el ejercicio de la vida sacerdotal y religiosa y en el voto de inmolación. Algunas almas llamadas a la vida de víctimas de justicia se sienten de una manera menos sensible; pero, en fin, la sienten siempre. Y, si la expresión de su alegría es menos aparente, la alegría no está menos en sus corazones, muchas veces, incluso sin que duden de ella. En este caso, la alegría se vuelve paz, esta misma paz que superar todo sentimiento.

Resolución. – Perdóname, mi buen Maestro, toda la frialdad que tantas veces te testimonio tras mis comuniones. Estaba ciego y egoísta. Reconozco hoy todas tus bondades, y quiero que toda mi vida no sea más que acción de gracias.